27th July 2007

La portentosa inteligencia de los primogénitos

Yo sabía que, tarde o temprano, la ciencia iba a pronunciarse de manera defi nitiva sobre este asunto. Ahora acaba de hacerlo. Una comisión de destacadísimos profesores del riguroso Instituto de Salud Ocupacional de la admirable Universidad de Oslo, en ese país de profundos pensadores que es Noruega, ha determinado que los vástagos mayores (sean hombres o mujeres) revelan un coefi ciente intelectual muy superior al de los restantes hermanos.
Para llegar a esta conclusión -por lo demás ya anticipada por otros estudios- los sabios profesores realizaron la más vasta pesquisa científi ca que se conozca sobre la relación entre cerebro y mayorazgo. Estudiaron a 250 mil reclutas de 18 y 19 años, analizaron su coeficiente intelectual, investigaron el de sus hermanos, compararon sus resultados académicos y realizaron elevadas comprobaciones sobre el entorno familiar. Con el respaldo de computadores de última tecnología, los sabios de Oslo cruzaron datos y obtuvieron lo que ya se conoce -al menos en mi familia- como la Respuesta Definitiva e Inapelable (RDI): los hermanos mayores son mucho más inteligentes que los otros.
(Los párrafos anteriores, traducidos al nivel de los demás hermanos, signifi can lo siguiente: el mayor de la familia es brillante y los otros son bastante burros. ¿Entendieron?)
Justipreciados diversos factores, cotejados resultados, calculados índices y medidas respuestas, los computadores elaboraron una tabla numérica que permite valorar la inteligencia comparativa de los hermanos. El resultado dice que, en promedio, los mayores registran un cociente cerebral superior en 2.3 puntos al de sus hermanos. Un objetivo diario europeo lo describió así: “Los primogénitos no solo suelen ser más maduros y comprometidos con la familia que sus consanguíneos, sino también más listos”.
(En términos al alcance de los hermanos menores, lo que quiere decir este párrafo es que los mayores no solo son más vivos que los otros, sino que ayudan mucho más a la familia. ¿Captan?)
¿A qué se debe este fenómeno, comprobable en el mundo entero? Hay varias explicaciones. La primera es que el primogénito recibe mayor atención de los padres por ser el primero. En cambio, el segundo y el tercero -para no hablar de los siguientes hijos- apenas pueden aspirar a un fragmento de la atención que consiguió su hermano. La segunda es el peso de la responsabilidad. El primogénito adquiere un grado de responsabilidad respecto a sus hermanos y a su hogar que los otros no tienen. Sabemos que la responsabilidad forma, fortalece la personalidad, vigoriza el cerebro y despierta la mente. Mientras el primer hijo asume buena parte del compromiso de ayudar a sus padres y auxiliar a sus hermanos, estos se crían a la bulla de los cocos y diciendo pendejadas.
(Digamos en resumen, para que entiendan los demás hermanos, que el mayor recibió más formación y por eso se muestra mucho más despierto. Hermano mayor, hermano berraco, ¿sí?)
Lo más interesante de la labor de los sabios de Oslo es que, si bien la RDI era algo que se adivinaba desde hace siglos, nunca había gozado del respaldo de una base de datos tan amplia. Dijo al respecto la estupenda revista Science, de ese gran país que es Estados Unidos: “La enormidad de la muestra avala los resultados del trabajo”. En otras palabras, la investigación se basa en una muestra cuantitativa tan vasta que es capaz de ofrecer certezas cualitativas.
(Para los hermanos menores: cuando el río mucho suena, muchas piedras lleva).
Otra conclusión fascinante es que no se trata de una circunstancia genética, sino ambiental. Siempre se creyó que el ADN de los mayores contenía aminoácidos superiores al de los demás, y que por eso son tan inteligentes los primogénitos. Pero no es por eso. Lo que hace sobresaliente al mayor, y un poco estúpidos a los otros, es la necesidad de responder a las exigencias del medio. Esto se determina porque, cuando por alguna razón falta el hermano mayor, el segundo adquiere muchas de sus cualidades. No todas, vayamos con cuidado: jamás alcanzará la sabiduría del primero. Pero saldrá bastante más despierto que los demás hijos.
(Pongámoslo fácil: los menores no son burros por naturaleza, sino por culpa del medio. Pero son burros).
Lo mejor del portentoso estudio, lo que realmente permite saber que carece de errores o fallas, es que fue elaborado exclusivamente por científicos primogénitos. Y esto lo entienden hasta los hermanos menores.

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20th July 2007

Más mandamientos para la carretera

La ampliación y especificación que ha hecho esta columna del Decálogo del Conductor recientemente planteado por el Vaticano ha suscitado numerosas cartas y comentarios. Un distinguido sacerdote, incluso, me comentó que había enviado a Roma copia de las dos últimas entregas del Postre de Notas. “Allá también tenemos sentido del humor”, me dijo.

Todos los buenos católicos recordamos que la Iglesia Católica, en forma sensata y didáctica, quiso contribuir a la disminución de los accidentes de calle y de carretera y lanzó los Diez Mandamientos que deben obedecer los buenos choferes. Pretendo humildemente ayudar a esta campaña y por eso propuse en las dos últimas semanas versiones discriminadas del Decálogo del Timón (para señoras, choferes de camión, ejecutivos y chicos “play”). Como muchos lectores me sugirieron que formulara recomendaciones parecidas para ciclistas y motociclistas, procedo a exponerlas, no sin antes advertir que aún no cuentan con el imprimátur vaticano.

Los diez mandamientos del ciclista

  1. No llevarás pasajeros en la parrilla.
  2. No llevarás pasajeros en la barra.
  3. No llevarás pasajeros en el manubrio.
  4. Sobre todo, no llevarás pasajeros en todos los anteriores casos juntos.
  5. Tendrás luces atrás y adelante para protegerte la cabeza por delante y por detrás.
  6. Utilizarás casco para protegerte la cabeza en general.
  7. Circularás por la ciclorruta.
  8. No te colincharás de vehículos automotores, ni siquiera en las subidas.
  9. No considerarás que el peatón es tu enemigo, como desquite por lo que el conductor de carro considera que eres tú el suyo.
  10. Para ciclistas profesionales: No te doparás.

Los diez mandamientos del motociclista

  1. Usarás casco y chaleco.
  2. Si has consumido bebidas alcohólicas, te abstendrás de conducir, en particular si notas que te cuesta trabajo mantener el equilibrio sobre la moto.
  3. Un parrillero, vaya y venga; pero evitarás pasearte con tu señora en la parrilla, un bebé entre tu espalda y el pecho de la señora y una niña entre tu chaleco y el manubrio.
  4. No harás eses en la vía pública, porque te pueden volver heces.
  5. Usarás las luces, pues no son un adorno, pero alumbrarás con ellas prudentemente, porque tampoco pueden ser una amenaza.
  6. Evitarás los paquetes altos en la parrilla: una gallina dentro de un guacal es aceptable, pero ocho guacales con ocho gallinas pueden convertirte en tortilla.
  7. No circularás por andenes, zonas verdes, puentes peatonales, separadores, vestíbulos de hoteles, atrios de iglesias ni áreas semejantes.
  8. Si eres mujer, procurarás no usar minifalda: los demás conductores no son de palo.
  9. Recuerda que el sentido de la vía también rige para las motocicletas.
  10. No conducirás con una sola mano, aunque en la otra empuñes el santo rosario.

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13th July 2007

Están faltando mandamientos (2)

Hace pocas semanas la Iglesia Católica proclamó con sapiencia suma los Diez Mandamientos del Conductor. Trata con ello de acomodar a las normas cristianas la conducta de esos ciudadanos que se transforman en fieras, locos o idiotas cuando agarran un timón.

Temo, sin embargo, que no basta con la lista del Papa para controlar la peste de los accidentes de calle y carretera. Mi teoría es que no todos los conductores son iguales; cada quien peca por su lado, y eso obliga a proponer mandamientos diferentes para cada grupo.

La semana pasada presenté a las autoridades vaticanas y a los lectores de esta columna los decálogos correspondientes a los choferes de camión y las señoras al volante.

Esta semana haré lo propio con las dos categorías que aún me faltan: los ejecutivos briosos y los jóvenes ‘play’.

Helos aquí.

Los diez mandamientos del ejecutivo brioso
Respetarás a los conductores de automóviles más baratos que el tuyo, porque a los ojos de Dios y de la ley son exactamente iguales la vieja pendeja que maneja un R-4 y tú, tan fino y elegante en tu BMW.
No creerás que tu potencia sexual depende de la cilindrada de tu automóvil.
Evitarás manejar con una sola mano mientras con la otra enciendes cigarrillos, fumas, sintonizas el radio, te peinas y escoges los discos que quieres oír.
Estando al volante, no usarás gafas negras de noche aunque te sientas divino con ellas.
Cuando violes el reglamento de Tránsito, por ningún motivo entregarás al agente tu pase con un billete gordo que “se te olvidó adentro por distracción”.
Si el policía insiste en imponerte la multa, no le gritarás en la cara: “¡Usted no sabe quién soy yo, y se va a meter en un lío!”
Recordarás permanentemente que la velocidad permitida no depende del sueldo que recibes.
Desconectarás el celular al subirte al carro. Piensa que Julio Mario rara vez lo usa.
No pitarás enardecido en los atascos. Es verdad que con eso llamas la atención, pero no te imaginas lo que la gente comenta de ti en esos casos.
Entenderás que, cuando te entran ganas de contratar un trío y largarte a pasear con tus amigas, es porque ha llegado la hora de irse a dormir la perra en casa.
Los diez mandamientos del chico ‘play’
No robarás el carro de papi.
No conducirás sin pase.
No te embucharás de cerveza si tienes que manejar.
No meterás más de nueve o diez amigos en el automóvil.
No tratarás de que la ciudad entera oiga la música que pones en el carro.
No echarás piques de velocidad con otros chicos como tú.
No le dirás al policía de Tráfico que te retiene: “¡Usted no sabe quién es mi papá, chupa ignorante, y se va a meter en un lío!”
Recuerda que no eres más chévere por el hecho de negarte a usar el cinturón de seguridad.
No te meterás el iPod en la oreja como si fuera un copito para la cera.
Si vas a hacer cositas en el carro con tu novia, al menos esperarás a que esté parqueado en lugar discreto.

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6th July 2007

Están faltando mandamientos (1)

La Iglesia Católica acaba de aprobar y divulgar los Diez Mandamientos del Conductor. Me parece una medida sabia, pues traslada a términos concretos y prácticos esas Tablas de la Ley que todos aprendimos para la Primera Comunión y todos olvidamos unas horas después.
Entre los mandamientos del conductor figuran, por ejemplo, “No matarás”, “Brindarás apoyo a las familias de las víctimas de accidentes”, “El automóvil no debe ser para ti expresión de poder y dominio ni ocasión de pecado…”

Todo esto está muy bien, repito. Pero creo que no todos los conductores son iguales y que haría falta especificar un poco más los mandamientos. Puesto que las ocasiones de pecado son completamente distintas, yo propondría que hubiese al menos un decálogo especial para choferes de camión, otro para las señoras, uno más para los ejecutivos briosos y una cuarta lista para los jóvenes ‘play’.

Esta es mi propuesta formal al Vaticano:

Los diez mandamientos del chofer de camión

  1. No cerrarás en la carretera al carro pequeño, muerto de la risa.
  2. No dejarás piedras en la calzada después de cambiar una llanta.
  3. No encenderás las luces plenas para molestar al carro nuevecito que viene en sentido contrario.
  4. No arrojarás por la ventana latas de cerveza vacías.
  5. No tratarás de adelantar a otro camión que marcha a la misma velocidad que el tuyo.
  6. No instalarás cornetas de trasatlántico en el vehículo.
  7. No harás pistola al grupo de monjitas que espera en el paradero bajo la lluvia.
  8. No intentarás mirar, mientras conduces, la minifalda de la señora que circula en su carro al lado de tu camión.
  9. Revisarás los frenos y las llantas… antes del accidente.
  10. No subirás a tu novia a la cabina para pecar contra el sexto mandamiento original mientras viajas a Tunja.

Los diez mandamientos de la señora al volante

  1. Respetarás al peatón por sobre todas las cosas.
  2. No te maquillarás con el carro en movimiento.
  3. Usarás el cinturón de seguridad aunque creas que te apachurra el busto.
  4. No tratarás de coquetear con el agente de Tránsito ni le ofrecerás plata “para comprarles cositas a sus niños” cuando te vueles un semáforo en rojo.
  5. Echarás gasolina ¡¡ya!!, sin esperar a que se encienda la lucecita.
  6. No conversarás con tu amiga del carro vecino mientras los demás esperan.
  7. No parquearás “solo un segundito” en avenida atafagada para que te tomen las medidas de un vestido.
  8. No dejarás el carro tirado en la calle con un papel en la ventana porque se te pinchó una llanta.
  9. No llevarás niños sueltos en el puesto delantero, ni, mucho menos, intentarás sonarles los mocos mientras manejas.
  10. Conducirás con gafas si eres miope, aunque te veas “horrible, horrible, horrible”.

Continuará la semana próxima. No se la pierda porque es muy importante y usted puede estar en una lista.

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25th June 2007

¡Pobre rata, pobre china!

En abril del año pasado en un restaurante de Shenyang (ya saben, la capital de Liaoning) se encontraba la universitaria china Luz Dary Echeverri (*). Se había citado con varios compañeros para comer hamburguesa, papas fritas y gaseosa en uno de esos McDonald’s que pululan en la China posterior a Mao Zedong. De repente la muchacha sintió que algo le subía pierna arriba hasta que, sorprendida y atemorizada, asestó un golpe al extraño objeto y el objeto la mordió. Ocurre que ese objeto era un ratón, y, al verse agredido, el animal hincó el diente en la pierna derecha de Luz Dary.

Como resultado del incidente, Luz Dary demandó a la famosa cadena de restaurantes y exigió 2.600 dólares de indemnización por el mordisco. Tras varios meses de proceso, un juez obligó a McDonald’s a pagarle 290 dólares (que equivalen, como va el dólar en Colombia, a unos 17 pesos con 45 centavos). La noticia ha dado la vuelta al mundo y, más que la pequeña multa a favor de Luz Dary, la hamburguesería sufrió un importante golpe de imagen. La razón, creo yo, es que mucha gente que solo lee el titular de la noticia (“Mordida una estudiante china por una rata en McDonald’s”) cree que el roedor saltó sobre el cuello de la joven desde el fondo de un Big Mac.

A mí me parece injusto y absurdo todo esto que está pasando. Vamos a ver. No es por defender a la estudiante, pero si a mí me ataca un ratón en un restaurante, yo también vuelo a demandarlo. Hasta ahora, como relaté en otra columna, he padecido varios encuentros cercanos con ratones en sitios de comida, pero nunca me atacaron. En una ocasión era una rata que salía a almorzar en un restaurante de mejor calidad; en otra, un ratón que miraba con curiosidad el extraño plato suizo que me habían servido; y en el tercer caso una rata, al parecer vegetariana, que se escondía detrás de la cómoda de una fritanguería. En fin: desagradable, pero cero violencia. Comprendo, pues, al ratón.

Sin embargo, y no es por defender a McDonald’s, no hay que extrañarse de que en restaurante oriental encuentre uno ratones.
Lo raro es que no aparezca extendido y pelado en la bandeja. El noble y laborioso pueblo chino padeció durante siglos las vicisitudes de la falta de alimentos, y durante ese tiempo el ratón se convirtió en apetitoso plato. Recuerden que allí también comen perro y mico. Lo digo con admiración, porque un buen sánduche de chimpancé o unos huevos fritos con perro salchicha son verdaderos manjares. Que los ratones ya no estén en el piso sino en el plato, revueltos con arroz y brotes de bambú con salsa de soya, constituye un formidable avance en un país que supo lo que es el hambre.

Hay quien piensa que el castigo de 17 pesos con 45 centavos es poco para una firma que ha convertido en hábito cotidiano la comida rápida. No es por defender esta clase de comida hipercalórica, cuyas consecuencias para la salud son afrentosas, pero entendamos que si fuera verdad que estos restaurantes ofrecen comida rápida uno encontraría en el local gacelas o caballos de carreras, no ratones.

Tampoco faltará quien culpe a los líderes chinos posteriores a Mao Zedong por haber permitido una invasión de hamburgueserías extranjeras. No es por defender a las hamburgueserías extranjeras, ni tampoco por atacar al Gran Timonel Mao Zedong, pero quienes conocieron, como yo, la China de hace treinta años, saben la falta que hace una ocasional hamburguesa cuando uno lleva meses comiendo solo arroz frito con brotes de bambú y salsa de soya.

¿Se excedió entonces el juez al clavarle una multa a la empresa por culpa del ratoncito? No es por defender al juez, pero los únicos mordiscos legales en un restaurante son los que el cliente le propina a la comida. Los demás están fuera de sitio, y cabe la posibilidad de sancionarlos. Sin embargo, habría que conocer en persona a Luz Dary: se vuelven tan gordas y feas esas muchachas alimentadas solamente con hamburguesa, papas fritas y gaseosa, que a lo mejor la multa ha debido imponerse a favor de la rata.

* No es su verdadero nombre, naturalmente: ¿cómo podría llamarse Luz Dary Echeverri una china de Shenyang? Es como si una señora oriunda de Chiquinquirá se llamara Wu Chao-ying.

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21st June 2007

Papá está de parto

Leí con mucho interés en una reciente CARRUSEL las experiencias de colegas míos -es decir, periodistas muy ilustres- que fueron invitados a asistir al nacimiento de uno de sus hijos. Me tranquiliza saber que, de los nueve entrevistados, solo dos aceptaron semejante viaje al horror.
Digo horror porque, salvo los especialistas, los hombres no estamos diseñados para presenciar espectáculos donde se mezclan sangre, linfas, fragmentos de tejido, leucocitos, humores, pelos, líquidos viscosos, gasas en remojo, algodones sucios, sábanas manchadas y tiras de carne ensortijada que recuerdan la longaniza.
Estos ingredientes -sumados a los ayes de parturienta, los cuerpos húmedos que emergen de cavernosos orificios, la bofetada del médico, el llanto infantil y los movimientos veloces de las enfermeras- solo son aptos para la entereza y coraje típicos de las mujeres.
Si digo lo anterior de un parto cualquiera, ¿qué quiere que les diga sobre el nacimiento del propio hijo? Me parecen unos valientes los padres que presencian y ayudan a recibir a sus guámbitos. Pero no los envidio. Pertenezco a la generación de taitas cuyo único aporte al maravilloso proceso de la procreación consistía en sembrar la semillita; y después, dejar que obrara la naturaleza…

Al final, uno llegaba a una sala de espera y, tras unas horas de aguantar café y nervios, una sonriente enfermera le mostraba el feliz bojotico, seco, aseado y libre de detritos. Yo habría preferido que me lo entregaran de 25 años, ya graduado de doctor en una universidad prestigiosa y con casa propia. Pero es pedirle mucho a la naturaleza.
Pese a mis hondas convicciones al respecto, cuando iba a nacer mi último hijo alguien me convenció de que tomara uno de esos cursos donde el papá aprende a ayudar en el alumbramiento. Les contaré lo que pasó, para que vean el peligro de la cooperación paterna en el parto.
Acudí a las clases lleno de temores y de ascos, pero acudí. Éramos una veintena de taitas que en situación parecida cerrábamos los ojos, rechinábamos los dientes y procurábamos pensar en otra cosa cada vez que el doctor describía los pasos del parto natural. Había ingenieros, comerciantes, transportadores, dentistas, agrimensores, un actor de televisión, un ex cura, un aviador, dos funcionarios públicos. “Había hasta periodistas”, como dijo alguno.
Nos hablaron de la respiración, tenía que ser acompasada con la de la parturienta, rítmica, a fondo, e intentábamos poner en práctica las instrucciones. Yo estuve a punto de asfixiarme y el aviador se puso verde por culpa de la hiperventilación. Otro compañero, de bigote y gafas gruesas, cayó desmayado entre estertores y ronquidos.
También nos instruyeron sobre las contracciones. Yo terminé sintiéndolas en mi propio cuerpo, uno de los funcionarios públicos quedó al borde de la peritonitis y el de bigote y gafas exigió morfina a gritos.
La colaboración en la pujanza de la parturienta no fue menos tremenda. Los veinte terminamos haciendo cola para entrar al baño, y el de las gafas no alcanzó a llegar.
Cuando explicó el doctor cómo cortar el cordón umbilical, el ex cura pidió los santos óleos y el de gafas se cercenó un dedo.
Las conferencias estaban adobadas con reflexiones sobre belleza de la paternidad y la importancia de acompañar a los vástagos desde su debut en el mundo. Nos decían: “No se trata de que ustedes se vuelvan comadronas, sino de que asistan a sus propios hijos”.
Llegó por fin el día de la graduación. Cuando conté cabezas, me di cuenta de que faltaba uno de los alumnos.
- No estamos completos- le comenté al ex cura.
- Al del bigote y las gafas lo metieron ayer en una casa de reposo -me respondió él- porque empezó a gritar que su mujer debía poner un huevo ya que él no pensaba ayudar en el parto.
Ambos consideramos explicable: la presencia del marido en la sala de maternidad se nos hacía inoficiosa y susceptible de irritar la delicada sensibilidad del varón. Lo insólito fue cuando pregunté qué profesión tenía el pobre sujeto a quien había desequilibrado la posibilidad de intervenir en el difícil trance.
- ¿Cómo? -me dijo el ex cura-. ¿No lo sabías? Es un obstetra.
Que esta historia sirva de advertencia sobre el error de meterse a recibir recién nacidos, sobre todo si son propios.

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8th June 2007

Pero, ¿qué es lo mejor?

En un reciente artículo critiqué el Día de la Madre porque considero que se ha convertido en un certamen comercial, y pedí que se abolieran los regalos obligatorios a mamá, desnaturalizados por el apetito mercantil. Muchos lectores expresaron su desacuerdo con mi posición, y otros señalaron que la soberbia me impedía ver que estaba equivocado en mi argumento, ya que los objetos de valor expresan amor por los antepasados.

Para demostrar que los equivocados son ellos, acepto con humildad franciscana que me convencieron y me dispongo a modificar mi posición. Así, pues, estoy dispuesto a corregir mi actitud de entonces para afirmar que el Día del Padre debe consolidarse como una fecha sentimental en que los hijos regalan a papá toda suerte de presentes pagados, eso sí, de su propio peculio.

Con ello demostrarán su amor por los antepasados, como exigen los lectores, aunque no ocurra igual con las antepasadas. Abrumemos de obsequios al taita cuando llegue su Día, y después combatamos el mercantilismo prescindiendo de todo regalo a mamá que no sea un dibujito o un poema.
CARRUSEL está sintonizado en esta onda. Su lema es “lo mejor para papá”. Sin embargo, resulta difícil precisar qué es “lo mejor”. Algunos incurren en un error típico al creer que lo mejor es lo más caro. No necesariamente es así.

Algunos dichos los apoyan (“Lo barato resulta caro”, por ejemplo), pero se ha descubierto que estos refranes fueron elaborados a petición de fabricantes de productos costosísimos. Serrat, en cambio, deja en claro que “no hay que confundir valor y precio”. Y José Alfredo Jiménez, imbuido por lamentable mentalidad consumista, dice: “Yo no nací pa’ pobre/ me gusta todo lo bueno”.

¿Quién ha dicho que el pobre no puede conseguir lo bueno? Aquí coexisten una curiosidad y una paradoja. La curiosidad es que lo bueno no depende forzosamente del dinero, y la paradoja es que a menudo el pobre tiene lo bueno, y no lo sabe.

En mi condición de periodista he viajado por medio mundo; me han invitado a lugares donde solamente llegan los dueños de grandes empresas; he probado los manjares más exquisitos, dormido en los más lujosos hoteles y acudido a los restaurantes más finos. Basado en esta amplia y gratuita experiencia puedo ahora proclamar la verdad sobre lo bueno, lo mejor y lo malo. De modo que tomen nota los jóvenes:

* No es mejor el caviar que el arroz con coco…

* No es mejor un sacoleva nuevo que un viejo bluyín…

* No es mejor un jarrón chino que una urna precolombina…

* No es mejor un martini en el salón de un palacio que un canelazo al pie de una chimenea…

* No es mejor la porcelana Lladró de Don Quijote y Sancho que un gato de plastilina hecha por el hijo o la nieta…

* No es mejor una bebida energética que un sorbete de curuba…

* No es mejor el mármol que el ladrillo…

* No es mejor un lied cantado por soprano alemana que una cumbia interpretada por Totó la Momposi na…

* No es mejor ir de paseo con cartera de Gucci que con mochila arhuaca…
* No es mejor una cena de corbata negra que una pa rranda vallenata…

* No es mejor la nouvelle cuisine que la fritanga…

* No es mejor faisán a la Normanda con tenedor de plata que pollo a la brasa con la mano…

* No es mejor “La muerte del cisne” que “Se murió mi gallo tuerto”…

* No es mejor trasnochar que madrugar…

* No es mejor rico enfermo que pobre sano (a menos que se trate de rico un poquito enfermo y sano su mamente pobre)…

* No es mejor Bilbao que Zipaquirá, si descontamos el Museo Guggenheim…

* No es mejor un buen partido de balonmano que un mal partido de fútbol…

* No es mejor una obra de Paulo Coelho en edición de tapas doradas que la más rústica edición de Cien años de soledad.

* No es mejor la admirable firmeza en el error que la duda terrible en el acierto…
Dicho lo anterior, hay que agregar lo siguiente:

* Sí es mejor viajar en clase ejecutiva que en turismo, pero ambas aterrizan al tiempo…

* Sí es mejor un Mercedes Benz que un Volkswagen, pero a nadie han llamado arribista, lobo y nuevo rico por comprar un Volkswagen…

* Sí es mejor ojo bonito que gafa fina, a menos que el ojo no solo sea bonito sino miope…

* Sí es mejor ver un partido de fútbol en televisor de plasma de 38 pulgadas que en un portátil de 21, pero el marcador final será el mismo…

* Sí es mejor malo conocido que bueno por conocer, pero no conviene olvidar que también es mejor solo que mal acompañado.

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28th May 2007

Berracos y culiprontos

Dicen algunos padres -no es mi caso, lo advierto- que lo más emocionante que puede ocurrirle a uno es presenciar el nacimiento de un hijo. Discrepo. Creo que conmueve mucho más asistir al parto oficial de palabras, después de que se han gestado por ahí en la calle, y, además, no quedan por ahí sangre, gasas húmedas ni cordones umbilicales olvidados.

Hace poco presencié el alumbramiento formal de dos palabras que el lenguaje colombiano fecundó en parques y plazas. Nacieron ambas en pabellones de maternidad muy distinguidos y las trajeron al mundo oficial personajes de alto rango. Hablo de los términos “berraco” y “culipronto”.

Ninguno figura en el diccionario, pero ambos forman parte del español que hablamos los colombianos. Habrían podido seguir vivos durante muchos años sin reconocimiento oficial alguno, como ocurre con muchas palabras. Pero, por una casualidad, subieron a los altares del uso culto en la misma semana.

Vamos por orden alfabético. Me hallaba yo en un seminario sobre lengua y medios de comunicación celebrado en San Millán de la Cogolla, cuna de la lengua castellana, cuando le llegó el turno de hablar a Luis Fernández, un español importantísimo que es presidente de Radio Televisión Española. Cuál no sería mi sorpresa cuando el hombre comienza así su intervención: “Les quiero platicar acerca del idioma más berraco que existe”. Berraco. Dijo berraco.

Luego continuó con una interesante disquisición acerca del castellano en los noticieros. Había entre el público académicos, filólogos de varios países, periodistas y lagartos, como yo. Todos oímos la palabra.

Cuando acabó la ceremonia, me acerqué a Fernández y le pregunté dónde había aprendido el término y con qué ortografía lo había escrito. Esto era fundamental para saber si quería calificar al castellano de “cerdo padre” -su significado cuando se escribe con “v”-, o si se refería al berraco colombiano, sinónimo de excelencia, que se escribe con “b”.

Me mostró sus apuntes: estaba con “b”. Era el berraco criollo, el nacional, el nuestro. Y me reveló que había oído la palabra a unos bogotanos amigos suyos y le había encantado. Por eso la incluyó en ese discurso pronunciado muy cerca de la biblioteca donde, hace mil años, un monje escribió las primeras palabras en lengua española. El berraco colombiano acababa de universalizarse. Una berraquera.

La historia del término “culipronto” es distinta. Aquí no fue un alto funcionario español sino un ministro colombiano, el de Defensa, quien lo elevó al lenguaje oficial. Lo pronunció Juan Manuel Santos para justificar un error suyo en las cifras de cierta captura de cocaína: “por culipronto -dijo- corrí a dar la noticia”.

Aunque la palabra no figura en el Diccionario de la Real Academia Española -donde sí salen “culinegro” y “culillo”, por ejemplo-, sí está registrado en el de colombianismos del Instituto Caro y Cuervo. Explica allí que se emplea para designar a la persona “que tiene relaciones sexuales por dinero”. Si algún ciudadano buscó la palabra en el diccionario local, luego de que Santos confesó serlo a través de los medios de comunicación, se llevó con seguridad una idea lamentable del ministro.

No es así. Santos tendrá sus defectos, pero no parece ser de esas personas que tiene relaciones sexuales por dinero. Es más: con sus ocupaciones, quizás ya ni gratis lo hace. De modo que conviene buscar otro sentido del vocablo que el diccionario en cuestión no recoge. Ese sentido es el que ha popularizado Guillermo La Chiva Cortés y que significa, más o menos, “precipitación para aceptar propuestas o invitaciones” o “disposición fácil para decir que sí”.

En otros términos, apenas el ministro recibió el dato, se precipitó a divulgarlo como noticia sin confirmar sus detalles. Primer síntoma de culiprontismo. Y tan pronto como se supo que había cometido un error, se declaró culipronto. Síntoma definitivo de lo mismo.

Fue así como la palabra culipronto, en su sentido no sexual, subió al alto gobierno y alcanzó estatus digno de ministro de Estado. No me extrañaría que llegara pronto a la Academia Española. Para los amantes del lenguaje popular, esta sería una berraca noticia.
cambalache@mail.ddnet.es

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23rd May 2007

Por culpa de los sudokus

Empecé a resolver crucigramas porque alguien me reveló que era un estupendo ejercicio para reforzar la memoria y “elevar la autoestima”. No recuedo quién fue, por lo cual colijo que los crucigramas no son tan buenos para lo primero, pero sí han elevado mi autoestima. Lo digo porque, pese a tener muy mala imagen de mí mismo por culpa del profesor Herrera, quien afirmaba que yo era un burro para los números, descubrí que no lo hago mal a la hora de encasillar palabras en un parrilla y soy capaz de resolver un crucigrama no muy complicado – digan ustedes, de 5 cuadros por 5 cuadros – en menos de dos días. Con lo cual mi autoestima salía disparada.

Digo “salía”, porque un día aparecieron unos garabatos que en vez de letras contenían números, y otra vez me hundí en la ignominia. Antes de entrar en materia explico mi relación con los números y las letras. Las letras me gustan cuando están al servicio de un significado gramatical, como cuando dice “sobacuna” y en el diccionario explican que es una cosa relativa a la axila.
En cambio, las letras mis enemigas al mezclarse con los números. Verbigracia, si en vez de “sobacuna” dice: S04Ba2CuNa. En ese caso, hablamos de una fórmula química (algo así como bisulfatobárico de cuprosodio) y surgen contratiempos matemáticos como los átomos del sulfato, las valencias del sodio y un viejo conocido de los crucigramistas: el mol, o peso molecular.
No es que yo sea un burro para los números; de hecho, recuerdo el teléfono de mi casa cuando los de Bogotá eran de apenas cinco cifras (era el 93 556) y entiendo que el equipo que mete tres goles vence al que anota solo uno. El tropiezo surge cuando intento restarlos, sumarlos, multiplicarlos o dividirlos o cuando es preciso encasillar un número distinto en las casillas de una especie de crucigrama a fin de que la suma del conjunto sea igual en cualquier columna.

En esto, exactamente, consiste un jueguito que está de moda en el mundo entero. Como casi todo, data de los chinos. El emperador Shu caminaba una linda mañana del año 2200 antes de Cristo cuando encontró a orillas del río Amarillo una tortuga. Aprovechándose de la lentitud física del quelonio y de la rapidez intelectual de su principal consejero, el emperador marcó con un número diferente cada casilla del caparazón de la tortuga y consiguió que en todas direcciones la suma de los dígitos arrojara un 15.

Semejante prueba fue imitada por los eternos lambones que marchan al pie del emperador o gobernante de turno y de repente nacieron los cuadradosmágicos. Con ellos apareció un elemento que, siglos después, iba a acabar con la poca autoestima que nos quedaba a algunos: los sudokus. Aunque sus raíces se remontan al emperador Shu, la versión moderna surge en una revista de Estados Unidos en 1979. Cinco años después, un diario de Tokio lo perfecciona y lo denomina “So ji wa dokushin ni kagiru”, que, para los lectores que no dominen el japonés, significa “los números deben permanecer célibes”. Resumido, Su (número) doku (soltero). Compuesto de 81 cuadrículas (9 x 9), se hace famoso en la prensa inglesa, que empieza a publicarlo al lado de los crucigramas. Hace dos años llega finalmente a Colombia, para mal de los pecados de quienes pensamos que nos habíamos desembarazado de la fama de burros que nos dieron las matemáticas escolares.

Ahora el sudoku me persigue con la saña con que me ponía ceros el profesor Herrera. Veo con cuánta facilidad lo resuelven los niños y, sin necesidad de borrador, muchos adultos de pocas luces. Los que llevan las luces medio encendidas solucionan sudokus de memoria. Hasta mis nietos me desafían y los rellenan antes de que yo haya logrado sacar la calculadora.

Lo peor es que, siguiendo un consejo, busqué en Internet el secreto para resolver sudokus. Se llama escaneo y dice así: “El escaneo se realiza desde el principio y periódicamente, durante toda la resolución. Puede tener que ser ejecutado varias veces entre periodos de análisis. Consta de dos técnicas básicas: trama cruzada y recuento, que pueden usarse alternativamente.

Se trata del escaneo de las filas (o columnas) para identificar qué línea en una región particular puede contener un número determinado mediante un proceso de eliminación. Este proceso se repite entonces con las columnas (o filas). Para obtener resultados más rápidos, los números son escaneados de forma ordenada, según su frecuencia de aparición. Es importante realizar este proceso sistemáticamente, comprobando todos los dígitos del 1 al 9″.

Después de conocer el secreto me doy cuenta de que no solo soy burro para los números. Ahora, por culpa de los sudokus, tampoco entiendo lo que dicen las letras.

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17th May 2007

Amor de Cabra

El Postre de Notas de hoy debería estar prohibido para niños y chivitos, porque el tema es fuerte. Muy fuerte. Pero al mismo tiempo resulta interesante. Muy interesante. Con decirles que, cuando se publicó en el famoso servicio de la BBC por Internet, se convirtió en una noticia atractiva. Muy atractiva. La más atractiva de los últimos meses, pues atrajo a cientos de miles de lectores, casi todos ellos aficionados a la zoología. Muy aficionados.

De modo, pues, que lo que me mueve a comentar este asunto no es el morbo, sino mi interés por la zoología y por las noticias de la BBC. Dicha información contaba que en un pueblo de Sudán (país africano con 4 millones de personas menos y un millón y medio de kilómetros más que Colombia), cierto aldeano llamado Charles Tombe se enamoró de la cabra de su vecino y todas las noches saltaba la cerca y cumplía con ella una apasionada cita.

Una vez el vecino oyó ruidos, se acercó al corral y sorprendió en plena flagrancia (que no fragancia, pues es bien sabido que las cabras apestan) a Charles y Rose, que así se llamaba el animal.

Puestos a órdenes del consejo de ancianos que imparte justicia en las tribus sudanesas, los viejitos, para velar por las buenas costumbres de la aldea y recordando, quizás, sus pecadillos de juventud, se negaron a ordenar la muerte de la cabra y la prisión de Tombe, como muchos pedían. En un gesto que honra la moral, dispusieron, en cambio, que la pareja se uniera en sagrado vínculo matrimonial. Fue así como hombre y chiva (con perdón de Guillermo Cortés) contrajeron nupcias. Así lo hicieron y fueron felices y comieron perdices (él) y heno (ella), hasta cuando, no hace mucho tiempo, falleció Rose por causas desconocidas. Fue muy doloroso para todo el país, pero sobre todo para Charles. No alcanzaron a tener niños con cuernos, ni cabritos con Play Station.

Cuando leí la noticia quedé tan impresionado, que le pregunté a mi mujer:

¿ ¿Usted cree que es posible el matrimonio de un ser humano y una bestia?

Y ella, sonriendo irónicamente, respondió:

¿ Por supuesto: míreme a mí.

Su reacción es la misma de casi todo el mundo: rechazar el tema, eludirlo. Pero, pensándolo bien, el apareamiento con animal ha sido obsesión constante del hombre (y la mujer, para que no crean las feministas que las excluyo). Toda la mitología está poblada de criaturas producto del cruce entre humano y animal: los faunos eran fruto de la relación de un Charles y una Rose; las sirenas, de un bagre y un caballero (se ve mucho); el hombre lobo, de una dama y un lobazo (también se ve mucho); el minotauro, de un humano y un toro (probablemente un miura corniveleto, meano y bocinero). Son famosos, por otra parte, ciertos romances de difícil consumación, como el de Leda y el cisne o, en la rica mitología escandinava, el de un hombre (Midgäard) y una hembra de caballo (Yeëgua).

Sin embargo, no es preciso remontarse a la mitología para descubrir rastros de entrecruces y entrepiernes del género humano y el animal. Incluso a los niños les han vendido como normal esta situación. ¿De dónde creen que saca el Pato Donald sus manos de costurera? ¿Por qué imaginan que el ratón Mickey habla como cristiano? ¿Les parece lógico que Tribilín tenga pies de basquetbolista y no patas? Es fácil colegir que todos ellos son resultado de una reproducción de bestia y hombre en los laboratorios de Walt Disney.

No pensemos, entonces, que se trata de aberraciones sudanesas.
En La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa recuerda que en sus tiempos de cadete hacían el amor con gallinas, y una película de Woody Allen anticipa la historia del campesino y la oveja. Para no hablar de cuanto se dice, se murmura y se confirma sobre el papel de las burras en el Kama Sutra caribe.

Todo hace pensar que la relación hombre-bestia (o mujer-bestio, para que las feministas no se ofendan) es mucho más frecuente de lo que creemos. Y que a lo mejor sucede en esa finca bucólica donde los domingos venden fresas con crema y quesitos de vaca enamorada o está ocurriendo en este mismo instante en el apartamento vecino.

Puedo afirmarlo con certeza porque llevo años casado con una pantera.

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