13th October 2007

Entrevista con el pene

Cuando acudí a la cita con el pene para la primera entrevista exclusiva que concede en mucho tiempo, muy amable, como casi siempre, se paró y salió a recibirme. Durante las siguientes dos horas se mantuvo atento y dispuesto, algo poco habitual en él. He aquí mis preguntas y sus respuestas.

Portada en SoHo y Donjuán, informe especial en Carrusel, notas en numerosas revistas e incluso un documental de televisión sobre usted. ¿No lo fatiga tanta exposición pública?

Mi personalidad es más bien recatada y tímida. Procuro no hacer mucho ruido ni mucho bulto, y solo en la intimidad despliego mi personalidad sin remilgos. Por eso puedo asegurarle que me fatiga asomarme a la fama, y creo que esa fatiga a veces se nota.

Durante muchos años usted fue un tema tabú. ¿Está contento de no serlo más?

En absoluto. Como tabú era más misterioso y atractivo, suscitaba más intriga y curiosidad. Ahora estoy a punto de convertirme, y perdóneme la comparación, en un trozo de carne más, como el hígado o el bazo.

¿Considera inmerecida tanta fama? 

En ningún caso. No vaya a pensar que estoy crecido, pero considero que mi papel es fundamental en el organismo humano. Soy lo que se denominaría un pluriempleado: tengo a mi cargo deberes de micción, de reproducción, de satisfacción sexual y de simbolismo de género.

No creo que ninguno de mis colegas, ni siquiera el corazón o la cabeza, lleven a cuestas tantas responsabilidades.

Sin embargo, dicen que la cabeza es la principal zona erógena.

Mentira. Si fuera así, las peluquerías estarían prohibidas por la Iglesia. Las mujeres acuden con costosos peinados a recepciones y no pasa nada. En cambio, atrévase a exhibirme a mí en una fiesta y verá el revuelo que se arma.

Uno de los problemas que surgen con su popularidad es la manera de denominarlo. ¿Le gusta el nombre de pene?

Preferiría un poco más de respeto. Don Pene, por ejemplo. Pero le confieso que odio ese nombrecito, pues no corresponde a mi personalidad cambiante y fogosa. Me gustaría haberme llamado Retruécano o Don Samaritano. Digo, por la fuerza del sonido y la longitud de la palabra. Incluso, me habría transado por que me llamaran Don Sama en estado de flacidez y el Gran Samaritano en estado de entusiasmo.

¿Le gusta el nombre de falo?

Otra idiotez bisílaba. Y le ruego que no pasemos al capítulo de los nombres femeninos, algo que rechazo indignado, pues un símbolo de la virilidad no puede llevar nombre de mujer. Tampoco los apodos infantiles: pipí, por ejemplo. ¿A usted le gustaría llamarse pipí? No. Bueno, pues a mí tampoco.

Se siente bien representado por el Tino Asprilla?

Le ruego que no descendamos al terreno de lo particular y lo casuístico. Yo soy un modelo, una referencia general, un arquetipo. No me queda bien, por mi posición, andar diciendo si esta o aquella representación me gustan o no.

Pero dígame al menos si considera que el tamaño es importante.

¡Pero cómo no va a ser importante! El tamaño impresiona, emociona, incluso puede atemorizar. Lo que pasa es que no es lo más importante. Mire: mi talla no es lo que más me interesa, porque yo no soy un basquetbolista sino un pipí. Hay otros atributos que merecerían mayor atención.

Por ejemplo… Como en cualquier otro ser, los atributos espirituales: el cariño, la bondad, la delicadeza, la solidaridad. Y, mucha atención, la caballerosidad.

¿Por qué la caballerosidad?

Pues porque un individuo educado se incorporará siempre en presencia de una dama y porque el caballero repite.

¿Qué opina de la circuncisión?

La apruebo, aunque pueda resultar algo doloroso. Yo siempre he sido muy frentero, voy por la vida a pecho descubierto y rechazo toda suerte de embozos y disfraces. Mi personalidad no tiene pliegues.

¿Considera al Viagra un amigo? 

Como dijo el filósofo: “Agradece toda mano que ayude a levantarte”.

¿Cree que el mundo está obsesionado con el sexo?

Sí. A mí me gustaría que valoraran un poco más mis funciones excretoras, por ejemplo. Solo los que han sufrido cistitis, cálculos de uretra o irritaciones urinarias saben que, al lado de ellas, la disfunción eréctil es un juego de niños.

¿Algún consejo a los penes que lean esta revista? 

En caso de dificultades, queridos colegas, “fe y dignidad”. Como en los viejos tiempos.

Por Daniel Samper Pizano

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5th October 2007

Cuatro viejas letras

Además del cuadro de ‘Las Meninas’, la Plaza de las Ventas y las tapas en la Gran Vía, lo que más impresiona a los latinoamericanos en Madrid son las cuñas de televisión donde se habla del culo de los bebés: “Proteja el culito de su bebé con pañales XX”… “Cuando el culo del bebé se irrita, nada como ungüento ZZ”… “¡Me encanta el culito de mi bebé! Es muy suave, gracias a talco NN”…

No es que los españoles sean mucho más procaces que nosotros -bueno, sí lo son, pero no en este caso-, sino que la palabra “culo” marca poco en el ajómetro social. Digamos, 2 sobre 10. En cambio, en América marcaba 8 y ahora marca 5 ó 6. Pero marca.

Advierto, entonces, que escribo este Postre en mi calidad de filólogo español y no de columnista colombiano. Y es porque no voy a hablar del culo como presa anatómica de animal o de humano, sino como morfema; es decir, como elemento básico del idioma.

Su ingreso al castellano es antiquísimo. Según el etimólogo Joan Corominas, su primera referencia escrita data de 1155: ¡ocho siglos y medio! Esto lo hace más antiguo que sinónimos suyos como nalga, que aparece hacia 1400, y glúteo, que mora entre nosotros hace apenas un siglo.

Hablamos, pues, de una palabra más antigua que “religión”, “matrimonio” o “dinero”. García Márquez recuerda en ‘Cien años de soledad’ que “no hay que confundir el culo con las témporas”. Pues bien: “culo” es cinco siglos anterior a “témporas” en los anales -nunca mejor dicho- del español. Lo que constituye otra razón para no confundirlos.

También hablaré del culo como raíz. Como raíz de otras palabras, se entiende. Y todo esto será gracias a muchos lectores que, inspirados en mi artículo de hace pocos meses sobre el término ‘culipronto’ (“apresurado, precipitado”), propusieron que me ocupara de otros derivados del castizo vocablo.

La primera palabra que ellos sugieren tiene que ver con el vocablo culipronto. Se trata de una entidad fundada por Guillermo ‘la Chiva’ Cortés que responde al nombre de Anacupro, Asociación Nacional de Culiprontos. Tiene blog en internet (http://patton.blogdeldia.com/item/229) y no me extrañaría que también tuviera sede física en Colombia. Dice su secretario general: “Aquellos que hacemos parte de Anacupro nos reconocemos desde niños. Cuando la profesora pide a la clase que quién puede traer el fósil de un zancudo para que todos puedan entender el proceso, nosotros hace media hora habíamos dicho “¡YO!”

Y agrega: “Ahí radica la principal característica de los anacupros. Nosotros somos sapos, sí. Claro. Pero somos sapos porque queremos el bien de la humanidad, que la gente aprenda, que no haya más hambre, que se acabe la injusticia…”

Otro lector recuerda un derivado clave de nuestro morfema principal: ‘sacaculismo’. Más que una palabra, estamos ante una filosofía de la vida. El sacaculista evade las responsabilidades, no acepta culpas, huye de la confrontación de sus errores. Por una extraña ironía anatómica, se llama ‘sacaculista’ al que no da la cara. Es decir, que saca el culo, y con el culo, saca la cara, y con la cara, saca el cuerpo, y en medio de la operación se lava las manos.

El ‘sacaculista’ es esencialmente calceto, irresponsable, cobardón, faltón. Parece increíble que palabra tan expresiva para concepto tan claro no figure en el Diccionario. Pero no figura. La Academia ha resultado ‘sacaculista’ en esta materia.

Con la misma raíz se forma otra escuela filosófica: el ‘meimportaunculismo’. No es igual el ‘sacaculista’ -que se esconde- que el ‘meimportaunculista’, a quien nada roza, altera o motiva. Distinto al ‘sacaculista’, el ‘meimportaunculista’ sí da la cara; pero al ponerla, la cara dice que nada le interesa y nada le afecta. El ‘meimportaunculista’ pasa de todo, carece de urdimbre moral o emocional para dejarse conmover o entusiasmar. Es un indiferente profesional, un pedazo de piedra. A imitación suya, el Diccionario tampoco lo registra en su lista de palabras. Ya casi termino.

Quiero antes plantear otra acepción, la séptima, de la palabra culo. Esta, ya no como sustantivo (trasero, extremidad de una cosa, cuncho de un vaso, etc.), sino como adjetivo. Los colombianos sabemos que hay individuos y cosas a quienes les ajusta este término mejor que cualquier otro. Podríamos decir “¡qué tipo tan aburrido, pomposo, engreído e impertinente!”.

Pero, para ahorrar tiempo y ganar contundencia, preferimos decir “¡qué tipo tan culo!”. Son cuatro letras que lo dicen todo; de allí proceden “¡qué culera!”, “un culazo”, “un plan culísimo” y otras bellezas.

Lamentablemente, el espacio se acaba y hemos llegado a lo que la cuarta acepción del Diccionario permitiría llamar “el culo del artículo”… que es muy distinto a “un artículo culo”.

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28th September 2007

Viejos Verdes Anónimos

Un amigo mío mucho mayor que yo (como seis años… quizás ocho…) me llega desconsolado con la siguiente queja:

- ¿ Mi mujer se molestó porque miré con interés a una chica joven. Me llamó “viejo verde”.

- ¿¡Viejo verde un muchacho como tú!? ¿exclamé (tal vez me lleva menos: apenas un par de meses)¿ ¿Qué le contestaste?

- ¿ Le dije que si acaso había alguien verde era la sardina, porque yo cada vez estoy más madurito.

- ¿¡Bien respondido! ¿Y qué edad tenía la sardina?

- ¿No sé: unos 50 o 55 años…

En ese momento entendí que existe una perversa discriminación contra la edad en lo tocante a apreciación sexual y que era indispensable crear un movimiento en defensa de la libre mirada erótica.

Hay organizaciones que defienden a latinos, negros, orientales, aborígenes; otras a homosexuales, mujeres maltratadas, niños abandonados, antiguos presidiarios; también a las ballenas, los delfi nes, los pandas; las hay que protegen a enfermos de diversos males, perseguidos políticos, alcohólicos, drogadictos; algunas cuidan de periodistas, mineros, controladores aéreos. Pero nadie vela por el derecho de observar discretamente a personas del sexo opuesto sin consideraciones de edad.

Así nació Viejos Verdes Anónimos, que fundamos mi amigo y yo. Nuestra misión inicial es solamente reflexionar e informar.

Por ejemplo: ¿Cuándo empieza a ser verde un viejo verde? ¿Depende acaso de la sociedad donde viva, del momento histórico, de las estadísticas demográficas, de la edad de jubilación? En Japón, donde hay 28.000 ciudadanos mayores de 100 años, solo se empieza a ser viejo verde después de los 90. En cambio, en tiempos coloniales, cuando el promedio de vida era de 42 años, cualquiera era verde a los 25. Los pilotos se jubilan al llegar a los 50. ¿Eso los vuelve verdes a los 51? Pero los músicos no se jubilan nunca. ¿Eso hace que no verdeen jamás?

Algo más: ¿Tiene que ver el dinero con la vejez verde? Si un proletario de 50 años observa a una señora de 35, es un viejo cochino. Pero si un capitalista de 80 le arrastra el ala a una veinteañera, dirán que tiene el espíritu emprendedor de un muchacho.

Continúo: ¿Qué relación hay entre la vejez verde y la diferencia de edades con el sujeto admirado? ¿Es verde el setentón que admira a una sesentona? ¿Y si ella es cincuentona, qué? ¿O cuarentona? ¿Y si él en vez de 70 tiene 61? ¿Y si ella tiene 80 y él 95, son dos viejos verdes, o una tiernísima pareja de la tercera edad?

Más dudas: ¿Qué hace verde al viejo verde? ¿Mirar, admirar, tocar, proponer, conseguir, lograr? ¿Solo conseguir? ¿Conseguir y no lograr? Una señora con prótesis dental observa unos turrones en la vitrina, y nadie la critica porque podrían tumbarle la caja de dientes. Pero si un varón de 70 mira a una muchacha de 30, lo tachan de viejo verde, que quiere lo que no puede.

Todo es relativo, como ven. Viejos Verdes Anónimos se propone plantear estas preguntas y promover debates al respecto en la ONU, la FIFA y los consejos comunales del presidente Uribe.

Además, adelantará una campaña para precisar conceptos:

¿De qué verde hablamos al hablar de viejos verdes? ¿Acaso será el verde militar si se trata de generales retirados, y el verde aguamarina si corresponde a un almirante? ¿El verde biche es para ancianos de 30 años? ¿Un borracho de 80 años que piropea a las muchachas es un viejo verde botella? ¿Y el catano que se tiñe el pelo, usa yins y medias blancas es un viejo verde camufl ado? ¿En Muzo y Coscuez los ancianos atrevidos son viejos verdes esmeralda? Si Federico García Lorca hubiera vivido hasta los 90, ¿habría sido un viejo verde que te quiero verde?

Por ahora, lo evidente es que nos gusta el color. El verde es esperanza, clorofila, naturaleza, plenitud. “Viejo verde” contiene en realidad un elogio, pues sugiere una persona de edad que, sin embargo, disfruta de frescura, esplendor y lozanía.

Todo eso le dijo mi amigo a su cónyuge, y la remachó con el siguiente comentario:

- ¿ En cambio, la mujer que se enamora de varón levemente menor que ella no tiene salvación a ninguna edad.

Ante lo cual, la esposa de mi amigo acaba de fundar una nueva ONG que se llama Asaltacunas Unidas.

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21st September 2007

No se puede llegar tan bajo

De cada diez mensajes que recibo, seis corresponden a “spam”; y de esos seis, cinco son promociones de cialis. Explico, para quien no lo sepa, que “spam” es una palabra que en inglés significa basura, o algo así, y en español representa la sigla de Servicio Postal para Amargar Maridos.

Lo digo porque casi todos esos mensajes comerciales buscan crear inseguridad en los esposos: complejos de fatiga sexual, de falta de vigor viril o de afrentosas limitaciones de tamaño. En cuanto al cialis, corresponde a cierta sustancia química para levantar ánimos caídos que también se conoce como Viagra.

De hecho, me llegan por igual anuncios de cialis y de Viagra. El más reciente procedía de una tal Ed’s Pill Store (Tienda de Píldoras de Lalo) que ofrecía no solo Viagra y cialis, sino además horquetas impermeables.

Juro que mi mujer la que mandó mi dirección electrónica a estos mercachifles. Si no, ¿quién? No sospechaba de ella. Pero cuando empezaron a bombardearme con tratamientos para alargar centímetros en lugares donde no parece aconsejable amarrarse elásticos o alquilar una mula para que jale una cuerda de náilon (procedimiento que resulta más barato pero arriesgado), ya no tuve dudas de la autoría.

Hace poco, sin embargo, me llegó un anuncio desconcertante,
que no tenía que ver con los “spams” tradicionales. Se refería a la importancia de lucir uñas de los pies atractivas, y ofrecía para ello un tratamiento llamado Miracle Plus que incluye las siguientes chisgas: 1) Fumigación contra hongos. 2) Suavizador y abrillantador. 3) Regeneración de uñas quebradas, rayadas o desportilladas. 4) Desodorización de dedos. 5) Crecimiento veloz y sólido de las uñas.

Supe entonces que quien había entregado mi buzón a los restauradores de uñas y embellecedores de dedos de los pies no era mi mujer, sino Eladio Vásquez. Eladio fue un gran futbolista tumaqueño de los años setenta, que jugó papel estelar en el Santa Fe de aquella época.

Por entonces yo solía entrenar los sábados con el equipo, y un día, al saltar con él para disputar un balón, el pie izquierdo del buen puntero derecho me cayó sobre la uña derecha del pie izquierdo. Más exactamente, sobre la uña del dedo gordo. Fue tan violento el impacto que la partió en dos, la ennegreció sin remedio y desde entonces no parece uña de ser humano sino pezuña de animal.
La acción de Eladio me dejó una eterna secuela física, secuela que también se cuela en la parte psicológica, pues me produce insoportable vergüenza que la vean. Por eso duermo con medias, me zambullo en el mar con guayos y me ducho con aletas de buzo.

Ni siquiera mi mujer conoce ese punto monstruoso de mi anatomía y, de hecho, es la primera vez que hablo de él en público. Decidí hacerlo porque me parece el colmo que la industria de la estética haya llegado tan bajo. Tan bajo como los dedos de los pies.

Ya nos acomplejaron con el exceso o la escasez de pelo, la abundancia o delgadez de las cejas, los labios muy delgados o muy gruesos, la flacura enfermiza o las pequeñas llantas en la barriga, la blancura o negrura del pellejo, el busto grande o pequeño, las nalgas caídas o suculentas, los vellos en las piernas y en el pecho (incluyo el pecho de algunas señoras que conozco)
y otros detalles que hoy se consideran defectos: el minúsculo estrabismo, las pecas regadas por el cuerpo, los incisivos levemente divorciados…

Uno acudía antes al pedicurista como quien va al ginecólogo o al proctólogo: con discreción parecida al secreto y el rostro sonrojado. Ahora anuncian y venden por internet desodorantes pedestres y fumigaciones como las que ya abandonó el gobierno colombiano contra los cocales.Bochornoso.

Pero advierto que no permitiré que me acomplejen por aquella uña larga, negra y partida, honrosa huella de mis años de futbolista. Me niego a comprar el tratamiento Miracle Plus, a someterme a tratamientos de belleza ungular, a pelarme padrastros, a aplicar esmalte en las pezuñas o disimular imperfecciones en los dedos de abajo.

Lo único que estaría dispuesto a aceptar, en caso de que no cueste mucho, es un trasplante de uña de dedo gordo. Pero en ningún caso si procede del pie izquierdo de Eladio Vásquez.

Recuerdo bien que perdió por completo y para siempre la uña en otro partido y lo que hizo conmigo no fue más que una vil venganza por su dedo calvo. Él debe de ser el que vende los ridículos tratamientos por Internet.

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13th September 2007

Esclavo de amor y/o amistad (3)

Resumen de los dos primeros capítulos, publicados en 2005 y 2006: Eulalia, joven cartagenera de 150 kilos, se enamora de Carlosvives, un hermoso esclavo yoruba que trabaja en la mansión de sus padres. Al sospecharlo, su madre vende el esclavo, pero la chica jura hallarlo, comprarlo y casarse con él. Su ordalía la lleva a Popayán y Argentina, donde se entera de que Carlosvives viaja hacia Estados Unidos. Eulalia sale en un barco ballenero en busca suya.

¡Será mío, será míppfgg! -gritaba Eulalia atracada de golosinas en el foso para ballenas del barco que acababa de comprar. Se había enterado de que un tratante de esclavos curazoleño era el nuevo dueño del hombre por quien moría de amor. Supo, también, que su destino era algún puerto de Norteamérica.

¿Pero cuál? Eran muchos. Decenas. Cientos. ¿Adónde podría haberse dirigido el barco negrero con el cautivo yoruba, aquel muchacho cuya amistad con Eulalia habíase trocado en amor?

El capitán Facundo O’Connery, experimentado hombre de lago -no de mar, porque era boliviano- puso proa hacia el norte, hacia donde llevaban cargamentos humanos para las plantaciones de algodón. Planeaba llegar a Nueva Orleáns y, una vez allí, remontar el río Misisipi, a pesar de que su curso -repleto de eses, y también de pés- hacía muy peligrosa la travesía para un barco ballenero.

La crónica de aquella singladura entre Buenos Aires y Nueva Orleáns está asentada con detalles y minucias en la bitácora del capitán O’Connery (a quien sus amigos franceses llamaban Oh Connerie por problemas de pronunciación). Se trata de un documento de máximo interés, aunque algunos historiadores tienden sombras sobre él por sospechar que el capitán, gran lector en las horas muertas de los viajes, pudo haber plagiado a autores de su predilección.

“Partimos viernes 3 de agosto de 1492 año de la barra de Stlate a las ocho horas”, empieza diciendo el diario de a bordo, con una evidente errata respecto a la fecha. “Anduvimos con fuerte virazón hasta poner el Sol hacia el Sur a 60 millas, que son 15 leguas; después, al Sudeste y al Sur del Sudueste, que era el camino para las Canarias”.

La bitácora ofrece interesantes descripciones de navegante, aunque no menciona a Eulalia. El aparte correspondiente al jueves 11 de octubre señala: “A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían a dos leguas. Amaynaron todas las velas temporizando hasta el viernes, que llegaron a una isleta de los Lucayos que se llamaba en lengua de los indios Guanahaní”.

Eulalia, mientras tanto, no cesaba de comer. Habían hecho paradas para aviarse de dulces en Porto Alegre, Florianápolis, Santos y Rio de Janeiro. Cuando se detuvieron en Salvador de Bahía a fin de comprar chocolate, un hombre bonachón de pelo blanco quiso explicarles algo acerca de la escasez de cacao y las grandes lluvias.

Empezó a relatar una historia larguísima sobre un idilio que floreció entre la mulata Gabriela y el árabe Nacid, pero Eulalia ordenó que lo echaran a patadas. Al final, solo adquirieron clavo y canela.

En Cayena recogieron a un hombrecito simpático e inofensivo llamado Henri Charrière, a quien apodaron “Papillón”. Luego, en Puerto Príncipe, se ofreció como cocinero Henri Christophe, morenazo de curiosa indumentaria que se hacía llamar “el Rey de la Cocina”. Había sido pinche de estufa en Ciudad del Cabo, pero se confesó incapaz de elaborar dulces o pasteles. Eulalia lo rechazó y el haitiano, indignado, le advirtió: “¡Sabrás de mí!”. En fin, otro pobre loco delirante.

Tendida en el foso de los cetáceos, alimentada todo el día con carbohidratos y negada a cualquier actividad física, la niña se asemejaba cada vez más a una gigantesca ballena blanca. Los bracitos parecían aletas; se le había achatado la nariz; resoplaba con el típico ruido de los balénidos y, para completar, expulsaba agua por distintos orificios y sacudía el trasero con grandes coletazos.

Una noche estuvieron a punto de acabar el viaje de la peor manera. Se hallaban en plena alta mar, cuando atravesó el aire un silbido y un arpón estuvo a punto de clavarse en el resplandeciente muslo de Eulalia. Lo había disparado el capitán Ahab, un chiflado que, en la oscuridad, se había confundido de objetivo. Buscaba a un tal Dick Mobber o algo así, explicó a gritos Ismael, uno de sus marineros. El mar está lleno de dementes.

Y, mientras Eulalia lloraba de amor y seguía engordando, ¿qué ocurría con Carlosvives? Esta es la parte más fascinante de la historia.

(Continúa el año próximo, en la edición especial del Día del Amor y la Amistad de CARRUSEL).

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7th September 2007

Cuando croaban las berenjenas

Cierto lejano día, mientras tomaba unos vinos con mi amigo uruguayo Aldo Faedo, bandoneonista y arquitecto, me contó él que un compatriota suyo afirmaba que las berenjenas son una forma
evolutiva de las ranas. Me reí mucho con la ocurrencia, como seguramente les ocurre a ustedes en este momento, y pedí más datos.
Aldo me explicó que la teoría de aquel personaje, a quien llamaré R. R. en homenaje a Rin Rin Renacuajo, iba completamente en serio; que, aunque era muy chistosa, no nació como broma sino como aporte uruguayo a la ciencia.

Volví a reírme y le manifesté que Uruguay ya había hecho generosa contribución al mundo con Gardel y Pedro Rocha y era injusto pedirle que, además del tango y el fútbol, se destacara en asuntos propios de la biología.

Entonces el que se rió fue Aldo y se explayó algo más en la versión uruguaya del darwinismo. Según la tesis de su compatriota, hace miles de millones de años empezó a secarse el lago Aral, situado en el Turquestán, y, al aumentar la salinidad, las ranas que nadaban en sus aguas perdieron paulatinamente su forma de batracios y evolucionaron hasta convertirse en esa planta solanácea de piel morada y alargada forma que denominamos berenjena.
R. R. afirmaba que el color arzobispal no es más que el efecto de la sal en la epidermis del sapo y que si seccionamos una berenjena veremos que su interior copia el sistema nervioso del batracio.

Volvimos a reírnos, esta vez a carcajadas, y pedimos más vino.
Pero aquella noche, en el silencio de la madrugada, yo no podía dejar de pensar en la propuesta, que me parecía cada vez más realista y demostrable. A eso de las cuatro no aguanté más y bajé a la cocina. Armado de un cuchillo, procedí a la vivisección de la berenjena. Realicé el aconsejado corte transversal y, en el curso de los siguientes días me dediqué a examinar el cadáver de la planta.

Entonces vi con claridad que allí no solo aparecían los restos de una diminuta columna vertebral sino también las huellas de cuatro extremidades, dos de las cuales acusaban más nutrida acumulación de semillas. Eran, por supuesto, el trasunto de las apetitosas ancas.
Reflexiones más detenidas me permitieron concluir que el trozo verde que recubre el extremo superior de la berenjena no es otra cosa que la evolución de la cabeza de la rana.

Compárenla ustedes con la jeta de un renacuajo, que es la cuota inicial de la rana, y descubrirán, maravillados, la asombrosa semejanza entre el cráneo del batracio y la trompa de la solanácea.

Ahora soy de los que suscriben la tesis de R. R. Si el hombre viene del mono, ¿por qué la berenjena no puede descender del sapo?
Todo cambia. Han transcurrido millones de años desde que el homo erectus desnucaba uros con una maza: hoy compra chuletas en el supermercado.

¿Podemos negarle a una modesta hortaliza la posibilidad de haber saltado de la rana de charca a los platos finos, como la musaka, la berenjena parmesana, la ratatouille? ¿No cabe pensar, acaso, que el calabacín sea una transformación de la iguana, el pepino crespo una forma evolutiva del ratón de huerta, la guama una tataranieta de la serpiente pudridora?

Como contribución a los trabajos de R. R. me propuse realizar el experimento definitivo. Dicen los juristas que “las cosas se deshacen como se hacen” (“Facerit vainorum equalus desfacet”), y estoy aplicando este principio a la berenjena. Hace ya tres años sumergí una de estas verduras en un platón de agua de mar al cual añado cada mes una pizca de sal.

Si mi pálpito es cierto, un día la berenjena se convertirá en rana y quedará demostrada la hipótesis.

Las cosas van bien. Noto que a la berenjena le están brotando ramitas en la parte trasera: deben ser las patas. Y además sospecho que pronto tendrá semillas en el capullo verde, y que esas semillas se transformarán en ojos.

Ahora mismo me atormenta la duda: ¿prefiero comerme unas buenas berenjenas rebozadas hoy, o espero hasta sacar del platón dos jugosas ancas de rana?

No lo sé. Es cuestión de paciencia. Solo faltan unos pocos miles de millones de años.

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31st August 2007

Merde d’artiste

Un día de estos, querido lector, más tarde o más temprano, usted tendrá que contarles a sus nietos lo que fue nuestro tiempo, este revuelto puente entre el siglo XX y el XXI. Deberá ser franco con ellos. Estará obligado a hablarles de lo malo y lo bueno, de lo sublime y lo infame.

Tendrá que mencionar a Hitler y a Teresa de Calcuta, el hambre del Tercer Mundo y la llegada a la Luna, la bomba atómica e internet, los grandes asesinos y los grandes poetas, la quema de libros bajo las dictaduras y el florecimiento de la música en aparatos del tamaño de un encendedor, la contaminación del planeta y la cirugía que no raja el pellejo…

Podrá regalarles libros, encimarles documentales, repasarles fotos, prestarles recortes, proyectarles películas, mostrarles cuadros de Picasso y cine de Coppola… Pero sólo habrá cumplido la misión de ilustrar a sus nietos cuando les refiera la historia de la “merde d’artiste”.

Le estoy hablando de una de las radiografías más nítidas de lo que es nuestro tiempo. Algo que lo pinta en toda su dimensión. Es un episodio que surgió hace casi medio siglo y cada vez me asombra más. Voy a contárselo para que un día de estos, más tarde o más temprano, se lo repita usted a sus nietos.

Piero Manzoni era un escultor y pintor italiano nacido en 1933. En 1961, desilusionado de su oficio, resolvió concretar la idea que tenía sobre el arte universal en un proyecto tan original como elocuente, que consistió en producir 90 latas herméticamente cerradas de 5 centímetros de alto y 6,5 de diámetro (lo que mide un enlatado de paté o caviar, diría D’Artagnan) con un peso neto de 30 gramos, libre de conservantes artificiales.

Fecha de caducidad: ninguna. Precio: igual, gramo por gramo, al del oro en el mercado de Londres. Nada de esto resulta excesivamente extraño. Lo curioso es el contenido. Pongan atención, porque un día de estos, más tarde o más temprano, tendrán que decírselo a sus nietos. Impreso alrededor de la caja en varios idiomas se anuncia lo que lleva adentro el enlatado: “Merde d’artiste…Artist’s Shit… Künstlerscheisse… Merda d’artista”.

No tuvo el privilegio nuestra lengua de aparecer entre los idiomas seleccionados, pero creo que a todos nos queda claro: según Manzoni, lo que encierran los tarros es ni más ni menos que el fruto de sus protestas estomacales. Quiero decir que el artista introdujo en cada lata 30 gramos de excrementos propios, selló el recipiente al vacío y luego puso en venta lo pujado en calidad de obra de arte.

No fueron más que 90 latas (hay que tener en cuenta el esfuerzo que significa producir y embalar casi tres kilos de semejante materia orgánica), pero tuvieron éxito inmediato entre aficionados al arte que estaban dispuestos a pagar el gramo de caca como si fuera gramo de coca.

Manzoni no alcanzó a ver las altas cotizaciones, pues murió en febrero de 1963. Tenía 29 años. Se especula aún sobre la causa de su muerte: ¿infarto?, ¿coma etílico?, ¿derrame cerebral? Parece descartado el estreñimiento. En los 44 años transcurridos desde entonces los tarros de excrementos han aumentado de precio y de valor.

Atesoran latas el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Centro Pompidou de París y la Tate Gallery de Londres. Unas pocas se han extraviado o perforado; otra estalló y voló a donde la etiqueta lo indica. Uno de los ochenta y pico botes sobrevivientes se subastó hace tres meses en 250 millones de pesos.

La historia es increíble, pero aún falta lo mejor. O lo peor, según se vea. Hace pocos días, un amigo del finado Manzoni reveló a la prensa italiana que todo fue un engaño y las latas no contienen el valioso elemento que se anuncia sino mero yeso: yeso barato, yeso viejo, yeso de artista.

Esto nos conduce a la delirante situación de que los compradores de los tarros no sólo pagaron sumas ingentes por una manotada de mierda, sino que andan indignados al saber que la mierda se les convirtió en yeso. Y habrían estado igualmente iracundos si, en vez del producto esperado, hubieran hallado oro y no “merde d’artiste”.

Así que ya sabe, querido lector: cuando sus nietos le pregunten por nuestro tiempo, dígales que era un tiempo en que la caca se vendía enlatada, se pagaba a precios de escándalo y el cliente amenazaba con demandar a la galería si la porquería no resultaba auténtica.

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24th August 2007

¿Palmada al año no hace daño?

Es posible que quienes hoy tenemos más de 23 y menos de 63 años pertenezcamos a la última generación que recibió palmadas paternas o maternas en las nalgas. Los últimos estudios de la organización Save the Children (Salvemos a los Niños) indican que los Castigos con Mano Abierta en Lugar Duro han descendido de manera importante, aunque, lamentablemente, la violencia contra los niños no se ha abolido.

Distingamos. Cuando hablo de Castigos con Mano Abierta en Lugar Duro, me refiero a los que infligían aun las madres más cariñosas a sus hijos díscolos en zonas anatómicas de poco riesgo. Incluyo en esta categoría nalgadas, pellizcos, tirones de oreja y ocasionales y leves cocas en la cabeza. Hace un tiempo ese tipo de sanciones se consideraban indispensables para corregir a la infancia. Tenían el respaldo de un refrán según el cual “Una palmada al año no hace daño”.
Por lo que sé y por lo que me consta, a quienes encajamos en el rango de 23 a 63 no solían golpearnos con rejo, puñetazo o golpe en zona anatómica delicada. Esa agresión les había tocado a las generaciones mayores, que sí experimentaron en sus carnes los Castigos de Mano Abierta en Lugar Blando (bofetada, pescozón, cachetada), la paliza (con vara o palo, como su nombre lo indica) y el cinturón. Este último era equivalente al penalty en fútbol:
¿ ¡Si sigue molestando, me quito la correa y le doy una fuetera!
Ante semejante advertencia, el hijo díscolo tenía dos opciones. O dejaba de molestar, y conjuraba el peligro, o seguía molestando hasta que el taita, desesperado, se llevaba la mano al cinturón dispuesto a cumplir la amenaza.

¿ ¡Se lo dije! ¡Prepárese, que aquí va el fuete!
En ese momento, también tenía tres opciones. La primera: tramar al enfurecido padre para meterlo en una discusión sobre el impropio uso de la palabra “fuete”, con el falso argumento de que debe decirse “foete”; la segunda, confiar en que, al sacarse el cinturón, se le cayeran los pantalones; la tercera y más recomendable, salir corriendo.
Yo recuerdo haber recibido en mi vida cuatro o cinco palmadas educadoras en lo que don Quijote llamaba castizamente el culo. En cambio, cuando me correspondió criar hijos, ya la norma se había aguado bastante y creo que nunca pasé de una tímida palmadita en las manos filiales.
¿ ¡Si vuelves a tratar de ahogar a tu hermana en el inodoro, te doy una palmada en la otra mano!
No estoy capacitado para opinar si el rejo educaba mejor que el Castigo de Mano Abierta en Lugar Duro (no creo) o que la palmadita en la mano era más instructiva que la nalgada. Pero temo que hoy los hijos demandarían a los padres por menos que eso, y obtendrían el apoyo de más de una ONG.

Claro: el problema es que resulta difícil combatir la violencia infantil sin proscribir del todo cualquier reprimenda física contra el chino. Habría que declarar los glúteos como zona de despeje en la cual los padres puedan ejercer su autoridad a Mano Abierta. Lo malo es que más tarde las huellas de los golpes en tal sector podrían llegar a impedir exitosas carreras en el caso de “strippers” o profesiones sedentarias que exijan permanecer mucho tiempo sentado, como piloto de avión, informático, ciclista o ministro.
Hay que celebrar, entonces, que cada vez sufra mayor rechazo el castigo anatómico a los niños. En eso expreso mi total solidaridad con Save the Children.
El problema es que se ha intensificado y extendido la mala educación infantil (no digo que por falta de palmadas, sino por otros factores más complejos), y ahora hay más posibilidades de que el hijo le pegue al padre o a la madre que lo contrario.

Antes uno no se atrevía a “levantar la mano” contra la mamá; ahora hay carajitos que la levantan para esgrimir cuchillo o machete contra la progenitora. Hasta los boxeadores están en peligro de sufrir muendas a manos de sus niños preadolescentes. Incluyo a los maestros, que ya no dan reglazos ni siquiera en Inglaterra. No es raro que los profesores sean víctimas de infantes descarriados que a los nueve años pintan ya como candidatos a un doctorado en sicariato.
En síntesis, mi propuesta es la siguiente: apoyemos la campaña de Save the Children contra los castigos físicos a los niños, pero lancemos una campaña paralela que se llame Save the Parents: salvemos también a los padres…

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9th August 2007

Agua que no has de beber

Hubo un tiempo -aún lo hay– en que tocaba pagar agua embotellada y llevarla a ciertos rincones del país y del mundo porque la salubridad pública lo imponía. La Guajira, por ejemplo. Era y es imposible recorrer la Guajira sin cargar varias canastas de soda, porque los viajeros encontraban y encuentran poca agua, y mala: agua apozada, oscura, con mosquitos, zancudos, ranas y, de en vez en cuando, mapanás o babillas. Tomar un sorbo de esos charcos era y es pasaporte probable hacia la malaria y seguro hacia la soltura de estómago. Lo peor de la disentería es que en esas comarcas desiertas resultaba y resulta imposible conseguir papel higiénico, y había que arreglárselas con cactus o arena.

Si escaseaba la soda en los pueblos llaneros, guajiros o amazónicos, era preciso llevar gaseosas que reemplazaran el agua embotellada. A menudo los cristianos acababan peinándose con Coca-Cola, lavándose los dientes con Colombiana o afeitándose con jugo de guayaba, como cierto personaje de García Márquez.

La necesidad justificaba y aún justifica el agua embotellada. Como siempre, el más castigado era y es el pobre, que tenía que desembolsar plata de su magro presupuesto para obtener aquello con lo que lavan carros en la ciudad. Era y es una cuestión de salud. Una prevención inevitable.

Pero ahora les ha dado a los embotelladores por inventarse el agua de marca, los frascos que contienen H2O de diversos y distinguidos orígenes, y los restaurantes -que olieron el negocio- volaron a acoger la idea. Solo faltaba que el consumidor la aceptara. Y, bueno, no solo la aceptó sino que ha aparecido el más repelente género de la nueva gastronomía, que es el catador de agua. Así como hay expertos enólogos, que con solo paladearlo son capaces de escupir un poema sobre las condiciones y peculiaridades del vino, empiezan a surgir los acuólogos, que se precian de distinguir, catalogar y recomendar las características de distintas aguas según los alimentos que se vayan a ingerir durante la comida.

Todo eso es pura carreta. La cosa resulta mucho más simple. El agua es buena o mala. Si sabe bien, es buena y si sabe mal, es mala. Después se le puede agregar un poco de gas, para volverla soda, o prescindir de este añadido, diseñado para acompañar bebidas alcohólicas, no para que el agua sea mejor o peor. Quizás puede tener un poco más o un poco menos de cal y alguna otra menudencia. Pero si sabe a sal o a sopa de tomate, por ejemplo, ya no sirve para beberla. Así de fácil. Un “experto”, Michael Mascha, confiesa lo que la física ya había dicho: que el agua pura es insabora e inodora. Es cuestión, pues, de rechazar la que sepa o huela, porque no resulta adecuada para el consumo. Lo demás es paja.

Sin embargo, el último grito de la cursilería es saber de aguas. Abundan ya en el mercado diversas marcas, y empiezan a aparecer en los restaurantes las minutas de aguas, así como hay carta de vinos y menú de comidas. No falta incluso quien se autodenomina “sumiller hídrico”, o sea probador del líquido, y opina pendejadas sobre él. Hace algunas semanas publicó la revista Time un artículo titulado “La hechura de un esnob del agua”, donde el autor, Joel Stein, cuenta su experiencia con los catadores de monóxido de hidrógeno (que es el nombre oficial del elemento: “agua” no es más que un apodo cariñoso). Allí denuncia escandalizado que los restaurantes no suministran agua del grifo, como antes, y venden a los parroquianos botellas de agua ocho veces más caras que en el comercio.

Detrás de todo hay un gran negocio, naturalmente. En las canillas de Bogotá, por ejemplo, corre agua espléndida, famosa por su salubridad. Hay que impedir que los restaurantes la desacrediten a fuerza de ofrecer aguas de marca con el prurito de ganar dinero.

Yo aconsejo exigir agua de la llave en los restaurantes de Bogotá. No lo haría en todos los sitios, por supuesto, pero en Bogotá y otras ciudades sí. En cambio, sería un error tomar agua del río Sumapaz, porque para eso no se necesita un acuólogo sino un coprólogo. Sin embargo, como sigan las cosas como van, un día llegaremos a eso y nos la ofrecerán embotellada y de marca.

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4th August 2007

Aforismos de Fontanarrosa

Roberto Fontanarrosa describe al sabio Ernesto Esteban Echenique como “por sobre todas las cosas, un hombre sensible”. A este frágil personaje creado por él encomendó El Negro el papel de transmitir sus divertidos aforismos (“El aforismo es un elefante encerrado en un dedal”, dijo Echenique).

Publico hoy una antología de estas píldoras de pensamiento en memoria del genial humorista argentino, fallecido el 19 de julio en Rosario, su tierra natal.

  • El ocio es la madre de todos los vicios. Pero es una madre, y hay que respetarla.
  • “Cáncer” es una palabra grave.
  • El pavo real abre su cola sin importarle si es día feriado.
  • Judas no quería traicionar. Debía irse temprano.
  • “Está mitad vacía”, dijo el pesimista mirando la copa. “Está mitad llena”, dijo el optimista. “Está paga”, dijo el generoso.
  • El dinero es el único dios sin ateos en la Tierra.
  • No conozco el miedo. Solo temo a lo desconocido.
  • Dios está en todas partes. Aburre un poco.
  • Hasta el más tierno de los insectos merece ser aplastado.
  • La mala palabra no nació así. La sociedad la hizo mala.
  • Los tiempos que corren, ¿por qué corren?
  • La bala silba para darse ánimo.
  • También se ufanaba de su piel el tigre que hoy es alfombra.
  • Una mala imagen vale por mil malas palabras.
  • No vale más el singular topacio que el vulgar cascote. Pero si me dais a elegir, dadme el topacio.
  • ¡Desdichado el mendigo, que no conoce el placer de dar!
  • Mientras más sé, menos sé. No sé.
  • No juzgar a los hombres por sus actos. Condenarlos.
  • El árbol se ríe del hacha. Así le va.
  • La paciencia espera. La virtud observa. El pato parpa.
  • Se puede hacer una armadura de papel. Pero no te pelees.
  • También el rudo buey fue débil cordero.
  • El oído quisiera ver y el ojo, oír. ¿Quién los entiende?
  • Un condenado a cadena perpetua que muere joven… ¡defrauda a la Justicia!
  • Si tu mejor amigo te incrusta un puñal en la espalda… desconfía de su amistad.
  • El pájaro es libre. Lo sería aún más de ser soltero.
  • A veces es preferible una sonrisa a un salivazo en el rostro.
  • No basta la buena voluntad si intentas apagar el fuego con gasolina.
  • Consulté con mi almohada y me dijo: “Consulta con tu médico”.
  • Morir… ¡extraña costumbre!

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