10th Julio 2008

¿Qui’hubo, marica?

Qué barbaridad, cómo están de equivocados esos programas humorísticos de radio donde los personajes bogotanos saludan diciendo “¡Ala, chinazo!”
La arqueología saludística revela que padecen un atraso de tres o cuatro generaciones. Hace por lo menos sesenta años, desde que se quemó el tranvía, que ningún bogotano con existencia real se dirige a un interlocutor en semejantes términos.
Otros malos imitadores de las relaciones sociales cachacas ponen en boca de sus personajes expresiones como “¡Hola, pisco!”
O, en el menos malo de los casos, “¿Qué hay, chino?” Es evidente que se trata de maneras un poco menos jurásicas que el “chinazo”, pero suficientemente viejas como para saber que pertenecen a los tiempos del bus trole y no del Transmilenio.
Para que ciertos humoristas de radio se enteren, lo que está en boga en la capital desde hace años es un saludo bastante distinto que dice así:
“¿Qui’hubo, marica?”
Contra lo que pudieran pensar los filólogos de ocasión, el adjetivo en ningún caso alude a la condición sexual del saludado; es, simplemente, una manera cordial de decir “buenos días”. La palabra “marica” ha pasado a adquirir en Bogotá un tono amable y de confianza que se escapa a todos los diccionarios. El de la Real Academia lo aplica a homosexuales y afeminados; el de María Moliner, cuya tercera edición aún no cumple un año y cuesta un ojo de la cara, se atreve a apartarse de la semántica gay, pero afirma que “se emplea como insulto”.
No es verdad. Por el contrario, a menudo se usa como cariñoso apelativo entre amigos. Entre amigos heterosexuales, aclaro. Tan cariñoso será, que ni siquiera las mujeres están exentas de este tratamiento. Conozco la historia de un joven cachaco que se le declaró a la novia de la siguiente romántica manera:
“Estoy tragadísimo de usté, marica…”
Que los académicos españoles no entiendan el uso del “marica” bogotano es explicable. Pero ¿cómo puede ser que no lo capten los diccionarios de Colombia? El del laborioso Instituto Caro y Cuervo lo registra como sinónimo de “maricón”, “mariposón” y “volteado”. No. No es eso. Aun el Breve diccionario de colombianismos de la noble y sabia Academia Colombiana lo omite, como si no hubiera nada que comentar sobre su empleo.
Por fortuna, un gurú del Caro y Cuervo se encarga de comentar, por primera vez, que corresponde a “un saludo fraternal, de amigos, de compañeros o simplemente de conocidos”. Así lo observa el profesor César Armando Navarrete en “Vigía del idioma”, valiosa y oportuna publicación de la noble y sabia Academia Colombiana. “¿Obedecerá a un cambio semántico del término marica? -se pregunta el doctor Navarrete-. ¿Acaso así se expresa con suavidad y decoro el aprecio o el afecto al otro?”
Las respuestas, querido profe, son sí y sí. Sí: el uso actual de la palabra “marica” obedece a un cambio semántico y, sí, se expresa por afecto al otro. Sé bien, pues leí varias veces su nota, que a usted le parece injustificable semejante tratamiento por considerarlo empobrecedor y hasta sospechoso. Pero así son los caprichos de la lengua, qué le vamos a hacer. En México los jóvenes no dicen “¿Qui’hubo, marica?” sino “¿Qué pasa, buey (o güey)?”. No se refieren, sin embargo, al “macho vacuno castrado” que describe el diccionario. Sino a un cuate cualquiera, a un “marica” perfectamente normal, como usted -sin ofender− o como yo.
Es inútil censurar a los muchachos por eso. No son mucho mejores el pendejísimo “chinazo” ni el zoológico “pisco” que el “marica” carente de carga sexual. En cambio, apoyo la moción que aporta su nota en “Vigía del idioma”, donde propone que la Real Academia agregue una nueva acepción al vocablo de marras: “Saludo efusivo de los estudiantes del interior de Colombia”.
Lo único que me inquieta es que todavía hay quien no entiende el uso cordial del término y espeta a quienes lo defraudan un amenazante “¡Te rompo la cara, marica!”
De todos modos, salta a la vista que, desde el Palacio Presidencial hasta Andrés Carne de Res, este término ha modifi cado sustancialmente su sentido. Y finalizo aquí, antes de que los lectores más amables me digan:
“¡Acabe ya la vaina, marica!”

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4th Julio 2008

Adiós a un humorista

El pasado 22 de junio murió de infarto en California a los 71 años uno de mis humoristas favoritos, el incorregible, procaz, irreverente e ingenioso George Carlin. Actor, soliloquista y escritor, lo arrestaron varias veces en los años setentas por su fuerte lenguaje, pero lo premiaron con dos Grammy por sus programas cómicos y le concedieron hace poco el Premio Nacional del Humor. A modo de homenaje a este iconoclasta neoyorquino recojo un puñado de sus apuntes breves. DSP.
¿ Nada más triste que un indio con sombrero de vaquero.
¿ ¿No notas que los abogados siempre sonríen más que los clientes?
¿ Llegará el momento en que todos tocaremos en una banda.
¿ Mientras más enfermo estás, más trabajo te cuesta recordar si tomaste la medicina.
¿ ¿Por qué los soldados extranjeros marchan siempre tan raro?
¿ Los kilómetros son más cortos que las millas. Para ahorrar combustible, mi próximo viaje lo haré en kilómetros.
¿ Me echaron de la escuela de cocina y eso me dejó mal sabor de boca.
¿ Muchos de los que tienen un fusil en casa por si las moscas se niegan a usar el cinturón de seguridad en el carro.
¿ Ataquemos ahora mismo a Rusia: nunca se lo esperarían.
¿ No como sushi. Me cuesta trabajo digerir cosas que apenas están medio inconscientes.
¿ Lo único bueno que ha producido la religión es la música religiosa.
¿ Si un león escapa de un circo en el África, ¿cómo saben que el que agarran es el que corresponde?
¿ Sé de una secta que no solo cree que Elvis Presley está vivo, sino que decidió encontrarlo y matarlo.
¿ Me acuesto temprano. Mi sueño favorito llega a las nueve.
¿ En las cenas formales, la persona más próxima a la muerte debe ocupar siempre la silla más cercana al baño.
¿ Si tuviera un solo diente, me lo cepillaría durante horas.
¿ Es imposible secarse solo una mano.
¿ Miro tantos documentales sobre la II Guerra Mundial que con seguridad he visto morir cientos de veces a las mismas personas.
¿ Si comes un pollo al almuerzo y otro a la comida, ¿nunca te has preguntado si los dos pollos se conocían?
¿ Mi definición de mala suerte: que un cuáquero te contagie el sida.
¿ Solo tengo una superstición: creo que si alguien deja caer una cuchara, vendrá un cerdo salvaje y le financiará un carro nuevo.
¿ Los lobos no son tan malos: se comen a la abuelita, algo que hasta el abuelito se niega a hacer.
¿ Nada más aburrido que oír relatar un sueño.
¿ Beethoven estaba tan sordo que creía que era pintor.
¿ ¿En qué año pensaba Cristo que vivía?
¿ Si un tipo sonríe todo el tiempo, probablemente es porque vende algo que no funciona.
¿ El cáncer causa enfermedades cardiacas. Y lo que causa el cáncer es el miedo a los tumores malignos.
¿ Para mantener tu perro a raya, paséalo un par de veces por semana frente a la vitrina de la peletería.
¿ Si uno muere en un accidente aéreo, ¿qué pasa con sus millas?
¿ Empecé una campaña para suprimir a Finlandia como país. No lo necesitamos.
¿ Cuando Ronald Reagan desarrolló el mal de Alzheimer, ¿cómo pudieron saberlo?
¿ En vez de advertir a las mujeres embarazadas que no beban alcohol, deberían pedir a las alcohólicas que se abstengan de hacer el amor.
¿ En Estados Unidos, el índice de inteligencia promedio y el de expectativa de vida van en direcciones opuestas.
¿ Imaginé el crimen perfecto: agarras a una persona y la golpeas con otra muchas veces. Ambas mueren y no queda arma homicida.
¿ Después de pensarlo muchas veces, he decidido que no tengo nada contra el pus.
¿¿Por qué no dan postre al desayuno?
¿ Muchas personas con baja autoestima se la merecen.
¿ Cuando uno llega a cierta edad, todos los que conoce están enfermos.
Y una última reflexión cuya validez podrá comprobar ya el buen George Carlin: “El cementerio es el sitio donde viven los muertos”.

Article:
http://www.eltiempo.com/vidadehoy/carrusel/2008-07-04/postre-de-notas-adios-a-un-humorista_4357026-1

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13th Junio 2008

El cultivo de bebés

Por ser el Día del Padre, y a petición de numerosos progenitores, me permito reproducir un nuevo capítulo del libro ‘Parapapá’, el manual perfecto para convertirse en un papá modelo (Espasa, España, 2008), del que somos autores el profesor argentino Jorge Maronna y este pecho. DSP
Como su nombre lo indica, puerricultura es el cultivo de los puerros, que son plantas de la familia de las liláceas, con un tallo de unos ciento veinte centímetros de altura, flores en umbela rosácea y bulbo comestible.
Cosa bien distinta es la puericultura, nombre con el que se conoce el cultivo de los niños, que son animales de la familia, con talla de hasta ciento veinte centímetros de altura, ombligo en forma de flor y que comen todo lo que no deben, hasta bulbos de puerro.
La historia de la puericultura se remonta a varios miles de años, desde cuando se domesticaba al niño con apoyo en garrotes y látigos, hasta ahora, cuando se le educa empleando objetos mucho más pesados y contundentes, que son los tratados de puericultura.
El hombre de las cavernas expresaba su amor paterno con arreglo a las toscas costumbres sociales de la época. Vale decir, arrojando al bebé que se negaba a tomar su papilla para que lo devoraran los gliptodontes, o abandonando en el bosque durante largas décadas al niño que se resistía a dormir.
Con el tiempo, se dulcificó el cuidado del pequeño, hasta el punto de que en vez de lanzar el niño caprichoso a la madriguera de los gliptodontes, papá traía los animales a su propia cueva. Poco a poco, golpe a golpe, traumatismo a traumatismo, los padres aprendieron que era posible aplicar, en lugar de puntapiés, una serie de principios teóricos en la crianza del pequeño. Supieron, por ejemplo, que si un niño dejaba de comer durante varias semanas era antipedagógico amonestarlo o castigarlo. Era, incluso, absolutamente inútil.
También entendieron que la mejor respuesta que podía ofrecer un padre al hijo desobediente no era reprenderlo con una bofetada, sino acogerlo con amor, explicarle cariñosamente lo errado de su actuación y luego sí, darle la bofetada cuando se descuidara.
Uno de los grandes momentos de la puericultura fue cuando los padres descubrieron que podían encomendar la alimentación y crianza de sus hijos a otras personas, que también supieran pegar a los niños. La primera vez que esta delegación ocurrió fue en la Antigüedad, cuando los padres de dos mellizos inaguantables, Rómulo y Remo, contrataron a una loba para que educara a los niños. Rómulo y Remo desarrollaron afilados colmillos y aullaban a la luz de la luna, pero en el fondo no eran malos muchachos. Salvo Rómulo, que acabó matando a Remo con la excusa de practicarle una lobotomía.
Entre los grandes educadores infantiles de los primeros tiempos de nuestra era figura Herodes, que convertía en angelitos a todos los bebés de su reino, aunque sus métodos se nos antojan hoy un poco severos.
En los siglos siguientes adquirieron importancia cada vez mayor los intermediarios en la educación de los hijos: ayas, nanas, meninas, niñeras, tutores, preceptores, amas de leche, amas de queso, abuelos, pediatras, sacerdotes, maestros, televisores, playstations, carceleros…
Surgieron también los especialistas en crianza de bebés, por lo general médicos famosos que solían tener hijos propios sumamente maleducados. El más célebre de todos fue el doctor Spock, un extraño personaje de orejas puntiagudas que, cuando no estaba escribiendo consejos a madres y padres, comandaba una nave interplanetaria.
Las ventas del libro del doctor Spock titulado ‘Cómo encauzar a esos demonios’ lo convirtieron en multimillonario, cosa que le permitió regalar sus hijos a familias adoptantes y largarse a Tahiti con su secretaria, menor de edad.
Muchos individuos oportunistas, falsos e ignorantes quisieron copiar el éxito del doctor Spock, e inundaron el mercado con tratados de puericultura escritos por autores que no tienen hijos, que desconocen la psicología infantil, menosprecian la capacidad educadora de los padres, se inspiran en falsas ideas sobre la conducta humana, soslayan las enseñanzas de la ciencia y, sobre todo, no son este valioso libro que usted tiene en la mano, querido papá.
La abundancia de títulos sobre la materia permite afirmar que la moderna puericultura es la ciencia de comprar libros de puericultura, y luego aplicar en la educación del niño lo que les permitan los díscolos hijitos o lo que papá y mamá puedan. Esto es, la “puedicultura”.

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6th Junio 2008

¡Dele duro, monseñor!

Muuuy buenas noches, queridos oyentes de las emisiones en español de Radio- Vaticana… Dominus vobiscum…Os habla el padre Cuautémoc Pastoriza, del venerable clero mexicano, para transmitiros la final de la Clericus Cup, la copa de fútbol del Vaticano, que se celebrará hoy, Domini dei, día del Señor, entre los equipos del seminario Agnus Dei, integrado por futuros sacerdotes de América Latina, y el Mater Purissima, formado por seminaristas de Europa.
Como sabéis, la Clericus Cup fue fundada en el 2007 por el cardenal Tarcisio Bertone y está dedicada a honrar a Dios y exaltar los valores cristianos a través del deporte. Los católicos creemos que el fútbol puede ser un vehículo de amor al prójimo y respeto al rival, un antídoto contra la mala educación, el racismo y la violencia que se han apoderado de este hermoso deporte.
La magna final que enfrenta a seminaristas de dos continentes estará presidida por Su Santidad el Papa en persona, y el árbitro será el eminentísimo sacerdote nigeriano M’bow Katanga. Su condición de africano garantiza la neutralidad del arbitraje. La lengua oficial de la Clericus Cup, como resulta lógico, es el latín.
Estáis escuchando las notas del Pange Lingua, himno del torneo, y ahora los equipos rezan un Padrenuestro y un Avemaría antes de que ruede el balón.
¡Comienza el partido, arriba los corazones, sursum corda, y que gane el mejor y el más limpio! Los seminaristas latinoamericanos cuentan con dos estrellas, ‘Dominico’ Martínez, el centro delantero que lleva la pelota, y ‘Monaguillo’ Da Freitas, aquel que ahora se desmarca por la derecha, animus monaguillus, pero… ¡mater Dei!… acaba de perder el balón por la línea final…
Chuta ‘Il Santino’ Ferrari y pasa a la gran figura del Mater Purissima, el alemán Hans Feuerbach, que intenta cabecear, ufff, afortunadamente sin éxito. El Santo Padre aplaude a su compatriota, en una demostración de simpatía por el deporte ad majorem gloriam Dei… ¡Bravo, bravo, Su Santidad, qué hombre tan sabio y tan sencillo!
La pelota es de los seminaristas del Agnus Dei… preciosa gambeta ad libitum de Ramírez, con la típica picardía latina… pero horror horroris, ahora resbala y cae el ‘Sacristán’ Domínguez, hábil coadjutor y volante argentino. Dos de sus rivales lo ayudan a levantar, ¡qué bonito, qué lección de juego limpio y de fraternidad cristiana, queridos oyentes!
Recuperan el balón los valientes jóvenes del Agnus Dei… Martínez y Da Freitas realizan una veloz combinación, tuya-mía tuya-mía, tua-mea tua-mea, prodigiosa pared, prodigium muris… entran al área, queridos oyentes, ¡atención!, Da Freitas en posición de anotar…¡Diablos (os pido perdón)! ¿Qué ocurre?… Ah, el árbitro, monseñor Katanga, ha pitado fuera de lugar… En mi opinión, no lo hubo, queridos oyentes, pero “Errare humanum est”, no pasa nada, habrá otras ocasiones de gol …
Nuevo ataque de los europeos, ¡qué partido!, centro desde la banda izquierda… ¡Qué haces, Martínez, salta imbécil! … ¡Goooool, gooool del Mater Purrissima, gol europeo, queridos oyentes!… Yo juraría que Feuerbach tocó la pelota con la mano, pero Katanga lo da por válido… Debe estar un poco ciego el africano este… El Papa aplaude y manda bendiciones… Hermoso gesto… Espero que también aplauda cuando anoten nuestros seminaristas, ¿no?
Pasan los minutos y se mantiene el uno a cero a favor de los europeos… Ojo a esa entrada de Ferrari contra Domínguez, eso no es muy católico, señores…Vamos, chicos, carajum, no se arruguen … Aventatum patadorum, que Cristo también tuvo que dar látigo cuando llegó el momento… Eso, eso, Da Freitas, duro con ese, una cosa es ser buen cristiano y otra es ser maricón… ¡Así, pega, corre!… Se prepara Da Freitas para fusilar al portero de Mater Purissima, va a ser gol, queridos oyentes… ¡Eeepaaa! ¡Lo bajan por detrás!… ¡Eso es penalti, Deus omnipotens, penalti clarísimo!… Pero, ¡cómo puede ser que no lo pite Katanga! Claro, este negrito quiere ser obispo, este aspira a que el Papa le premie su cochino arbitraje…
Atención, señores… ¡Purpura cartula!… Acaban de expulsar a Ramírez… Permitidme, queridos oyentes, que grite algo a nuestros seminaristas… ¡NEGUS EST VENDUTO, KATANGA MANDA TONGO!!… No, no me callo: ¡¡Árbitro bandido!!… ¡Lárgate a rezar a tu país, negro tramposo!… ¡¡FILLIUS RAMERAE!! ¡Vamos, muchachos, rómpanles la pierna, muéstrenles quiénes somos, reviéntenlos a patadas per sécula seculorum, agárrenlos por…
(Unos segundos de silencio. Se oye otra voz) Lamentamos informar a los oyentes de las emisiones en español de Radio Vaticana que, por un problema técnico, no podemos seguir transmitiendo la final de la Clericus Cup. Damos paso a una emisión extraordinaria de nuestro rosario vespertino… En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Los misterios que vamos a contemplar hoy son…

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30th Mayo 2008

Cocineros famosos… y cansones

Yo no sé si a ustedes, pero a mí me tienen hastiado los cocineros artistas. Iba a decir que me tienen frito, pero recordé a tiempo que, además de artistas, dicen velar por la comida sana y prohíben las frituras.
Estos individuos han reemplazado en los últimos lustros a los filósofos, los futbolistas, los escritores, los grandes músicos, los bailarines, los pintores y los cantantes. Su popularidad y sus ingresos son comparables a los de las estrellas de Hollywood y ya dominan todos los canales de televisión. Es casi imposible recorrer las ofertas de pantalla sin toparse con varios de estos caballeros -alguna dama hay también- ataviados con su delantal blanco, frente a una olla y a una dosis de verduras, carnes, frutas y especias.
España, que ha desplazado a Francia en esta materia, resulta particularmente agobiante. Hay cuatro o cinco genios de la culinaria que aparecen a toda hora en todos los medios y ya se les consulta sobre política, sobre química y hasta sobre mecánica cuántica. Me hastía su constante presencia en la prensa, me hastía la pleitesía que le rinden todos los periodistas que aspiran a almorzar gratis en sus restaurantes y me hastía el tono de su voz, que habla del repollo como si fuera un bebé, se regodea mencionando la sabrosura de sus condimentos y describe una papaya con más sensualidad que si estuviera hablando de Angie Cepeda.
Lo peor es que sus recetas son impracticables -al menos nunca he visto una sola en la mesa de mi comedor, y eso que mi mujer no se pierde un solo programa de cocina-y resulta inútil aspirar a probar los platos en los sitios que regentan. No es solo porque jamás hay lugar disponible y se vanaglorian de aceptar reservas con meses de antelación, sino porque los precios resultan escandalosos. Una tortilla Beluga contiene huevos de esturión tan costosos que parecerían de centurión y huevos de gallina que, por su tarifa, bien podrían haber sido puestos por el gallo de San Pedro.
Me dicen, además, que las porciones son raquíticas. A un amigo mío se le perdió en el hueco de una muela cierto filete a la Madeira y otro no había acabado de pagar la cuenta confiscatoria cuando ya estaba bostezando. Los picassos de la sartén compensan la mezquindad de las dosis con adornos y pendejadas: pincelazos de chocolate, brochazos de mermelada de fresa, coquetos ramos de perejil, patacones de zanahoria, hilitos de apio, papas de tan perfecta esfericidad que hacen pensar en garbinchas y, de vez en cuando, un milímetro de trufa, ese hongo que se cotiza mucho más caro que el oro o la cocaína.
En fin, una estafa. Los nombres de los platos contribuyen al mito y al timo (curioso que se empleen las mismas letras para estas dos palabras). Suelen venir precedidos por el artículo defi nido (las alcachofas a la Nanterre, el cordero estofado con menta, los medallones de ciervo Benvenutti) y a menudo llevan diminutivos (las manitas de cerdo, los pequeños fi letillos de róbalo), como si el apelativo cariñoso contribuyera a la ternura de la carne o el pescado.
Pero lo peor es la descripción, engañosa y lírica. Así habría descrito cualquier cocinero la rellena de Chocontá, si supiera qué es la rellena y dónde queda Chocontá: “la fi na piel de entraña de joven cerdo rellena de primorosos deditos de lomo, chispas de arveja, granos de arroz de humedal, guiños de pimienta y baño en leucocitos del chocontano interfecto”.
Un cocinero de estos inventó la “deconstrucción de la tortilla”, como si hubiera mérito en ello y no en construirla. Otro se ufana de haber separado la yema de la clara, cosa que ya hacía mi abuela valiéndose de un tenedor mientras con la otra mano seguía tejiendo. Alguno más emula a los alquimistas y habla de nitrógeno, carbonatos de calcio y ácido acetilsalicílico entre los ingredientes de cocina. No se imagina usted el precio que uno paga cuando la sal de mesa aparece en la carta como cloruro de sodio.
No me trago la nueva cocina ni los nuevos cocineros. A mí que me den la fritanga de El Campín, el arroz con coco de Sonia la de Tumbamuertos y las morcillas del Manteco Guillermo. Pues, como dijo decepcionado el propio Manteco después de visitar los mejores restaurantes en su único viaje a Europa:
- Eso es pura salsa, doctor, pura salsa…

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23rd Mayo 2008

El Campanazo

¿Quién no recuerda aquellos viejos chistes sobre el guayabo, como el del señor que llegaba tan tembloroso a la oficina los lunes que se le derramaba un plátano o el que se negaba a tomar Alka Seltzer porque le resultaba insoportable el estruendo de las burbujas en el agua?
En Colombia quien hizo famosos a borrachitos y enguayabados fue el humorista antioqueño Montecristo, al convertirlos en protagonistas de sus chistes. Pero todos recordamos a amigos o conocidos que aparecieron por la oficina un día a media mañana con gafas negras de espejo y masticando cuatro chicles para que no les conocieran el tufo. Los más desgraciados podrían incluso contar episodios propios de resaca, tema que, entre otras cosas, es uno de los preferidos en las mesas de tomatragos.
El colombiano ofrece en público, sin el menor pudor, el comentario de su última borrachera:
-¡No se imaginan qué perrón tan bestial el del sábado!
Pero, además, también convierte en épico el día siguiente al del perrón:
-¡Huuuyy… el domingo me morí, literalmente me morí, del guayabo tan pavoroso, qué barbaridad!
Ambas cosas parecen producirle un extraño orgullo. En cambio, a mí me despiertan sentimientos que oscilan entre la misericordia y la aversión. Y es que yo debo de ser un tipo muy raro, porque no sé qué me avergonzaría más, si meterme el sábado un perrón de los que rematan con amnesia y vomitada en la sala (y reconocerlo luego sonriente, como si fuera causal para la Cruz de Boyacá), o si proclamar las terribles circunstancias físiológicas del día que siguió a la bebeta. Ambos me parecen igualmente degradantes. Pero en estas cosas me reconozco zanahorio, culazo y calvinista, así que olvídense de lo que acabo de decir.
En cambio, pongan atención a lo que voy a contarles. Según estudios que realizó hace poco en Gran Bretaña una empresa aseguradora, el guayabo echa a pique la productividad del 85 por ciento de los oficinistas. No es noticia nueva la baja productividad: recuerdo a colegas míos que dormían el guayabo bajo su escritorio o se encerraban en el baño durante horas para que no los vieran temblequear, ponerse verdes y agarrarse la cabeza a dos manos. Lo que sí es noticia nueva es la cifra. Significa ella que 17 de cada 20 enguayabados son una rémora para el trabajo. Es decir, casi todos.
Hallazgos adicionales advierten que 8 de cada 10 empleadores consideran al alcohol el principal enemigo del bienestar de su personal y que uno de cada 10 trabajadores reconoce haber trabajado ebrio. Destaco que las cifras corresponden a Gran Bretaña, donde bogan cerveza como si hubieran descubierto el tejo, pero no conocen el aguardiente. De haberlo probado, seguramente alcanzarían cifras más altas, que son las que -me temo- se detectarían en Colombia.
La empresa aseguradora debería repetir sus investigaciones en nuestro país. Es posible que se lleve una sorpresa en cuanto a las cifras -o a lo mejor no-, pero de seguro le resultarán insólitas las señales de orgullo y victoria que caracterizan a borrachos y enguayabados.
-¡Estas sí son peas -proclamaba babeante uno de los borrachitos paisas de Montecristo-, estas sí son peas… no como las que se pegaba mi ‘apá…!
Un querido y cachaquísimo tío mío fue risueño bebedor durante largas décadas, hasta que, debilitado por las “peas” y abochornado por las barbaridades que cometía en estado de alicoramiento o resaca, dejó el trago y se volvió apóstol de Alcohólicos Anónimos.
Cierto día tuve ocasión de preguntarle cuál había sido, literalmente, la copa que rebosó la copa y lo llevó a abandonar el alcohol. Esto fue lo que me respondió:
-Me convencí de que estaba a punto de convertirme en irrecuperable una tarde que llegué a un restaurante, encontré a Julio Mario Santo Domingo con quince o veinte amigos que acababan de almorzar copiosamente y beberse tres cajas de vino francés, me tomé un tinto con ellos y, antes de salir, pedí la cuenta al maitre y los invité a todo sin que se percataran. Ahí tuve el campanazo.
Falta saber cuándo tendrá el campanazo ese 85 por ciento de empleados que trabajan bajo el peso de guayabos cuaternarios.

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16th Mayo 2008

La muerte hace rin-rin

El día que coincidí con él en la fonda ‘La Última Lágrima’ era aún un tipo joven y con poco aspecto de enterrador. Parecía más bien un pichón de ingeniero o de farmaceuta. Gracias a las palancas de un padrino, lo habían contratado para cuidar de noche el Cementerio Central.
Javier estaba dichoso en su cargo de celador nocturno.
-No se imagina la soledad y el silencio que reinan en ese cementerio después de las diez, doctor -me dijo-. Es el mejor lugar del mundo.
-Yo pasaría la noche temblando de miedo -le confesé.
Javier se rió.
-Pues es ideal para mí. El horario me permite ir a clases de inglés por las tardes y estudiar por las noches.
Dejé de ver a Javier un par de años y cuando lo encontré de nuevo ya no estaba tan contento.
-El puesto es bien pagado y pocos lo desean -explicó-. Pero resultó fatal para mis estudios.
-La última vez que hablamos me dijo lo contrario.
-Ya lo sé. Pero sucede que el cementerio es demasiado tranquilo, y a eso de las once me agarra un sueño espantoso. Entonces me acuesto a dormir en el sofá de la administración y solo me despierto para entregar el turno. Por eso perdí el curso en el instituto.
Aseguraba Javier que en un sitio con más movimiento no se dormiría y podría repasar las lecciones.
-Le recomiendo si sabe de algún puesto, doctor.
Pero lo de los empleos está difícil, y meses después Javier continuaba en su cargo. Solo que estaba más contento. Había dejado los estudios, tenía otro trabajo de día en un almacén y por las noches aprovechaba la paz de los sepulcros para dormir como un senador suplente.
-Estoy ahorrando platica, doctor, para montar una cafetería.
Lo felicité, convencido de que había arreglado su problema. Por eso me extrañó encontrarlo desesperado un tiempo después. Llevaba ojeras hondas, le temblaba el pulso y se le veía sucio y sin peinar.
-Llevo meses sin dormir, doctor. Paso las noches en blanco y me echaron del almacén porque roncaba al atender a los clientes.
-¿Pero no era el mejor lugar del mundo?
-Era. Pero los celulares lo volvieron un infierno.
Entonces me contó lo que ocurre desde hace algunos años en los cementerios cuando ha caído la tarde.
“Con la moda de los celulares, a la gente le ha dado por enterrar a sus parientes con un teléfono portátil en el féretro. Unos dicen que es por si el difunto no ha muerto sino que sufre un ataque de catalepsia. Gracias al celular, podrá telefonear para que lo saquen de ahí. Otros prefieren llamar cada noche a ver si el timbrazo devuelve al finado del ataque. El concierto nocturno es insoportable: de algunas sepulturas salen timbres chillones, en otras se oyen trozos de tangos, vallenatos, canciones de Shakira y hasta el Himno Nacional.
“A toda hora entran llamadas de los que ignoran que el portador del teléfono ha fallecido. Estas disparan casi siempre el contestador y, como algunos parlantes quedan conectados, las tumbas emiten voces pregrabadas que piden dejar el número telefónico “para que su llamada sea respondida en el menor tiempo posible”. ¡El menor tiempo posible de estos pobres tipos es la eternidad, doctor!
“Los telefonazos de negocios cesan a eso de las once de la noche, y entonces entra otro tipo de llamadas. Son las de los deudos -viudas, huérfanos, mamás- que, llenos de tristeza, se consuelan hablando a sus finaditos. Muchas brotan por los altavoces: llantos, gritos, despedidas… Le parten a uno el corazón, doctor.
“Sin embargo, lo peor llega a la madrugada, cuando los amigos borrachos llaman al muerto y le dicen que lo están recordando y brindando por él. Es el momento en que pasan al teléfono las amantes llorosas y el dueño del bar que perdona una cuenta que jamás se pagará.
“Las llamadas etílicas terminan como a las cuatro. A esa hora no he podido pegar los ojos. Usted diría, doctor, que al menos podré dormir de ahí en adelante. Pues no: a las cinco comienzan a sonar los despertadores de los teléfonos sepultados, de modo que, cuando entrego el turno, una hora después, no he dormido ni un minuto.
“La situación es tan desesperante que tomé le decisión de retirarme. Con los ahorros quiero poner una tienda de celulares en vez de la cafetería. Le recomiendo, doctor, si sabe de algún posible socio”.

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9th Mayo 2008

Nuevas consultas de lenguaje

El debut de nuestro consultorio gramatical, ortográfico y léxico tuvo tanto éxito que los lectores descargaron sobre esta columna una lluvia de dudas sobre lenguaje. Las aclararé gustoso, aun a riesgo de perder mi silla en la Academia Colombiana de la Lengua.

P- ¿Qué razón hay para que en Colombia se denomine mouse al control manual de los computadores?

R-Ninguna, como no sean las ganas de hablar mal inglés. La gente que llama mouse al simpático ratón electrónico es la misma que pide en la clínica “¡Tráiganme el duck!” en vez de reclamar el pato, que levanta el carro con un cat y que tiene sembrados geranios en la female monkey de porcelana de la abuela.

P- ¿Es “moquear” un verbo regular? ¿Cómo se conjuga?

R- “Moquear” no es regular, sino muy malo. Y no se conjuga, sino que se enjuga.

P- ¿Qué es el hiato y cómo influye en la acentuación de las palabras?

R- El hiato es el orificio que une el tórax y el estómago. Algunas personas sufren hernia del hiato, que es un trastorno digestivo. Los enfermos de hiato padecen de acidez extrema y suelen olvidar que la reunión de una vocal débil (i, u) con una fuerte (a, e, o) lleva tilde si la acentuación recae en la débil. La medicina registra casos extremos de enfermos que creen que al hiato no lo forman dos vocales pertenecientes a sílabas distintas sino que se trata de una misma sílaba. Esta confusión del hiato con el diptongo suele conducir a aguda diarrea ortográfica.

P- Entonces, ¿qué son exactamente un diptongo
y un triptongo?

R- El diptongo, como lo indica su nombre en inglés, es el arreglo profundamente ilícito de un resultado deportivo. Un triptongo es un cartagenero melancólico.

P- ¿Qué es un verbo transitivo?

R- Es el que transita hasta el complemento directo; intransitivo es el que no logra hacerlo. Por ejemplo: en Bogotá, el verbo “circular” es transitivo hasta las 4 p.m. A partir de ese momento se vuelve completamente intransitivo. Algunos verbos, como “quedar”, están exentos del pico y placa y pueden transitar o no.

P- ¿A qué se llama topónimo?

R- Examinemos la etimología de la palabra topónimo, que viene de topo (mamífero insectívoro excavador) y nomen (nombre). Como el topo hunde su cueva hacia el centro de la tierra, siempre emerge por el mismo lugar; por eso un topónimo es el nombre de un sitio o lugar.

P- Ilústreme sobre los tiempos verbales, ya que tengo muchas dificultades con ellos.

R- Un ejemplo de pasado imperfecto: Carla Bruni, la mujer del presidente de Francia. Un ejemplo de futuro con puesto: los hijos de los políticos. No se afane: yo también tengo dificultades con ellos.
P- ¿Por qué es muda la hache?

R- Por prudencia. A veces abla mucho y se hequivoca.

P- También es muda la “u” después de “g”, como en guerra y guiño. ¿Calla la “u” por prudencia, igual que la hache?

R- No. La “u” calla por cobardía, pues es poco valiente y se esconde. Para que sea macha hay que ponerle un par de bolitas llamadas diéresis o crema. Entonces aparece y habla, como en vergüenza o argüir. Al contrario de lo que algunos creen, la palabra agua no lleva diéresis o crema; pero, como en los almuerzos de corrientazo, agüita lleva crema.

P- ¿Es verdad que a nombres y apellidos no se les aplica ninguna norma de ortografía?

R- ¿Sí? Pregúnteselo a Rroberto Ponbo…

P- ¿Por qué el Sumo Pontífice se llama papa, igual que el humilde tubérculo andino?

R- Una de las maravillas del idioma es que el papa sea tocayo del principal ingrediente del ajiaco, que los padres que obedecen al papa no tengan hijos y que los conventos estén llenos de madres que son solteras. Resulta incómodo que el Santo Padre -que tampoco tiene santos hijos- lleve nombre de comida, pero es peor cuando uno sabe que se llamaba “curas” a los aguacates y que los canónigos son unas plantas de ensalada. Preocupada por el asunto, la Real Academia Española ha propuesto que se abandone el nombre de “papa” para el Pontífice y se lo denomine “patata”.

P- ¿Qué signifi can los latinismos posdata (p.d.) y pos-scriptum (p.s.)?

R- Ambos designan algo que se escribió con posterioridad a lo principal. Pero no son latinismos, sino mexicanismos; originalmente se expresaban como la sigla p.m.o., que significa “pos me olvidé”.

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2nd Mayo 2008

No sirvió para mamá

Yo habría podido ser astronauta, violinista, pediatra, arzobispo, maromero, zootecnista, bobo, explorador o arquitecto de catedrales, porque veo en mí cualidades para todo ello. Pero jamás conseguiría ser mamá. No por razones fisiológicas, pues cabe alimentar a los bebés con leche de arroz y hasta con arroz con leche y ya hemos visto que, cambiándoles un articulito, como a la Constitución colombiana, los hombres quedan embarazados. Lo que ocurre es que me falta algo para ser mamá. O me sobra: me sobra espíritu sobreprotector, ese carácter de las madres de combate que las impulsa a defender constantemente a sus críos, vigilar su entorno en previsión de peligros y mostrarles los colmillos a quienes se aproximan a ellos. Alguien hablaba de las mamás gallinas. Mi caso habría sido peor, porque las gallinas no tienen colmillos; yo habría sido mamá leona.
Bien sé que esas progenitoras agobian a los hijos y son motivo de bochorno familiar. Pero no puedo evitarlo: las admiro y, de haber sido madre, las habría imitado.
Recuerdo, por ejemplo, a la mamá de Vargas, uno de mis condiscípulos en tiempos de la Primera Comunión. Buen tipo, algo tímido y afectado por alguna irregularidad ocular, Vargas usaba gafas. Habría sido normal ahora, cuando la medicina corrige muchos problemas desde la niñez, como el estrabismo, las piernas arqueadas, la dentadura dispareja o la calvicie. Pero hace medio siglo pocos niños de ocho años cargaban lentes. De modo que, con típica crueldad infantil, a Vargas lo acomplejábamos llamándolo “gafufo”, “cuatrojos” y “lechuza”. Vargas sollozaba en los rincones, no se atrevía a practicar deporte alguno y se refugiaba en la maestra cuando jugábamos ‘vacaloca’ o “todos contra todos”.
Ahora pienso que si yo hubiera sido la mamá de Vargas, habría entrado un día al salón de clases con una lista negra en la mano a repartir pescozones y, después de sacarles el polvo a patadas, habría amenazado a los matones con sacarles también los ojos para que llevaran eternamente gafas negras. Eso me habría inspirado el instinto materno. Pero la mamá de Vargas era de material más noble. En vez de bofetadas, apareció una mañana en el salón de clases y repartió chocolates ‘Milkie Way’, la fruta prohibida. Luego nos preguntó si alguno quería saber por qué su hijo llevaba gafas. Nadie dijo una sola palabra; pero desde ese momento se acabaron las befas a Vargas y cada dos o tres meses siguieron llegando caramelos que mandaba con astuta dulzura la mamá de Vargas.
Recuerdo también a la mamá de Reyes. Éramos adolescentes cuando nos dio por molestar a Reyes, el más estudioso de la clase. Todo un nerdo antipático, un chupa, un clavado, Reyes se negaba a soplar en las previas, no prestaba tareas, cubría con el codo los papeles del examen y sonreía cuando un compañero se equivocaba al responder preguntas del profesor. Resolvimos aplicarle la campana neumática y no invitarlo a ninguna fiesta, nunca. En ese momento, si yo hubiera sido la mamá de Reyes, habría pedido misericordiosa ayuda a otras madres, y habría colado al muchachito en parrandas ajenas, para que se integrara. De fracasar lo anterior, habría pasado a las llamadas anónimas insultantes. La mamá de Reyes, no. Ella organizó un fiestón en su casa y mandó al colegio a la hermana de Reyes -que luego fue reina de belleza- para que nos invitara. Era una morena que nos dejaba sin resuello y provocaba terremotos hormonales. No faltó ningún alumno, y desde ese día todos queríamos ir a estudiar a casa de Reyes.
Como ven, yo no habría servido como madre. Aún más: pienso que, por razones parecidas, tampoco sirvo como abuelo. Aún me sonrojo al recordar de qué manera, en un solemne y concurrido partido de microfútbol que disputaba el equipo de uno de mis nietos con un curso rival, levanté a gritos al árbitro, le arreé la madre y le mostré un fajo de billetes porque no pitó una falta contra mi nieto. Me disponía a bajarme los pantalones, de espaldas al campo, y mostrarle al árbitro algo más que billetes, cuando el rector me pidió que abandonara el pabellón de deportes. Gracias a la actitud prudente del pedagogo y al vigor con que tres guardias de seguridad me redujeron, me alzaron en vilo y me retiraron de los predios del colegio, el niño se salvó de que lo apodaran “el nieto de Mockus”.
Pocas madres han mostrado el trasero como protesta por una decisión de microfútbol injusta. Yo lo habría hecho. Por eso no sirvo para mamá.

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25th Abril 2008

Para papá

Acaba de publicarse en España (Editorial Espasa) el libro ‘Parapapá’, formidable tratado de pediatría pensado para ayudar a los padres, cuyos autores somos el doctor Jorge Maronna, miembro de ‘Les Luthiers’, y quien firma esta columna. Es la cuarta obra que publicamos con Maronna y, modestia aparte, la consideramos indispensable para los papás, que nunca recibieron la preparación para criar hijos que se da a las madres. Transcribo el capítulo correspondiente a “El bebé y los gases”. DSP.

Básicamente, los bebés son máquinas de soltar gases.

El día que alguna empresa imaginativa descubra el tesoro energético que encierran los gases del bebé, estos empezarán a competir con la producción de energía hidráulica, térmica y nuclear. Ciertamente, los gases de un solo bebé no podrían desplazar un barco de papel. Pero los de millones de bebés, debidamente conducidos y reunidos, serán capaces de mover trasatlánticos, mantener en combustión los altos hornos de acerías, e iluminar ciudades.

Investigaciones descritas por el romano Tulius Flátulus en su tratado De ‘expansionis pueri tripae’, y confirmadas en el siglo XIX por el fisiólogo noruego Peer Petersen, demuestran que el bebé expele en masa de gases 2,6 veces la comida ingerida. Significa ello que si un bebé consume 100 gramos de papilla en una comida, producirá 260 gramos de gases.

En términos generales, los bebés expulsan los gases de dos maneras:

a)Por arriba.
b)Por abajo.

Los de arriba reciben con orgullo la denominación de “gases superiores” o “nobles”, mientras los otros esperan impacientes su oportunidad de ascender en la escala anatómico- social.

Es importante que los papás ayuden al bebé a liberarse de los gases que, según el francés Pierre Gastón Degás, hermano del célebre pintor, constituyen el 86 por ciento de su cuerpo. Se trata de una típica labor paterna, pues, como antiguos bebés que también son, los padres disfrutan muchísimo con los simpáticos gases de sus bebés, y algunos papás incluso compiten con los niños en la gástrica tarea. No siempre ganan los papás, debemos decirlo, pues los bebés nacen cada vez más corpulentos y fornidos: ¡hay cada pedazo de bebé!

El papá debe insistir en que el bebé ingiera pocos alimentos gasificantes. Conviene recordar el episodio que ocurrió al pequeño huérfano vasco Iván Iñaki Zubizarreta Goñi, de Gastéiz, que, a falta de leche materna, fue alimentado durante dos meses con una dieta a base de fríjoles y coles. El 22 de noviembre de 2004, a las 8:40, mientras el pequeño dormía, un poderoso cuesco lo elevó de su cuna y lo propulsó por los cielos con formidable rapidez. Sonriendo, y sin haberse enterado de su imprevisto viaje, el bebé despertó minutos después muy lejos de su ciudad. Los periódicos informaron que el pequeño, “impulsado por los vientos”, había aterrizado “en los alrededores de Bilbao”, aunque en realidad los testigos mencionaban “un vil vaho alrededor”.

Para ayudar a que el bebé expela los gases, basta con alzarlo durante dos o tres horas, preferiblemente en la madrugada, y pasearlo por la habitación mientras se le canturrean tonterías en voz baja. El bebé tiene un particular sentido del humor estomacal y cuando el padre, trasnochado y exhausto, quiere que expulse sus ventosidades, se niega a obedecer. En cambio, adora hacerlo de manera estentórea en un ascensor repleto, durante la visita del señor obispo o el examen del pediatra, término que, paradójicamente, no tiene relación alguna con el tema que nos ocupa.

Las inesperadas explosiones, sin embargo, son celebradas por los adultos con jubilosas muestras de diversión. Estimulado por los aplausos y festejos a su expresividad eólica, el bebé prosigue eructando y peyendo con entusiasmo y ostentación, hasta que, cierto día, estas manifestaciones que antes concitaban la risa general reciben como respuesta un regaño o, incluso, el castigo de una palmada que le produce llanto. Se trata, entonces, del clásico efecto del gas lacrimógeno.

En ese punto el bebé sabe que ha dejado de ser bebé, y deberá esperar hasta tener su propio hijo para volver a divertirse con una función corporal que, viéndola bien -y, aún más, oyéndola-, resulta graciosísima. Es el clásico efecto del gas hilarante.

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