El cultivo de bebés
Por ser el Día del Padre, y a petición de numerosos progenitores, me permito reproducir un nuevo capítulo del libro ‘Parapapá’, el manual perfecto para convertirse en un papá modelo (Espasa, España, 2008), del que somos autores el profesor argentino Jorge Maronna y este pecho. DSP
Como su nombre lo indica, puerricultura es el cultivo de los puerros, que son plantas de la familia de las liláceas, con un tallo de unos ciento veinte centímetros de altura, flores en umbela rosácea y bulbo comestible.
Cosa bien distinta es la puericultura, nombre con el que se conoce el cultivo de los niños, que son animales de la familia, con talla de hasta ciento veinte centímetros de altura, ombligo en forma de flor y que comen todo lo que no deben, hasta bulbos de puerro.
La historia de la puericultura se remonta a varios miles de años, desde cuando se domesticaba al niño con apoyo en garrotes y látigos, hasta ahora, cuando se le educa empleando objetos mucho más pesados y contundentes, que son los tratados de puericultura.
El hombre de las cavernas expresaba su amor paterno con arreglo a las toscas costumbres sociales de la época. Vale decir, arrojando al bebé que se negaba a tomar su papilla para que lo devoraran los gliptodontes, o abandonando en el bosque durante largas décadas al niño que se resistía a dormir.
Con el tiempo, se dulcificó el cuidado del pequeño, hasta el punto de que en vez de lanzar el niño caprichoso a la madriguera de los gliptodontes, papá traía los animales a su propia cueva. Poco a poco, golpe a golpe, traumatismo a traumatismo, los padres aprendieron que era posible aplicar, en lugar de puntapiés, una serie de principios teóricos en la crianza del pequeño. Supieron, por ejemplo, que si un niño dejaba de comer durante varias semanas era antipedagógico amonestarlo o castigarlo. Era, incluso, absolutamente inútil.
También entendieron que la mejor respuesta que podía ofrecer un padre al hijo desobediente no era reprenderlo con una bofetada, sino acogerlo con amor, explicarle cariñosamente lo errado de su actuación y luego sí, darle la bofetada cuando se descuidara.
Uno de los grandes momentos de la puericultura fue cuando los padres descubrieron que podían encomendar la alimentación y crianza de sus hijos a otras personas, que también supieran pegar a los niños. La primera vez que esta delegación ocurrió fue en la Antigüedad, cuando los padres de dos mellizos inaguantables, Rómulo y Remo, contrataron a una loba para que educara a los niños. Rómulo y Remo desarrollaron afilados colmillos y aullaban a la luz de la luna, pero en el fondo no eran malos muchachos. Salvo Rómulo, que acabó matando a Remo con la excusa de practicarle una lobotomía.
Entre los grandes educadores infantiles de los primeros tiempos de nuestra era figura Herodes, que convertía en angelitos a todos los bebés de su reino, aunque sus métodos se nos antojan hoy un poco severos.
En los siglos siguientes adquirieron importancia cada vez mayor los intermediarios en la educación de los hijos: ayas, nanas, meninas, niñeras, tutores, preceptores, amas de leche, amas de queso, abuelos, pediatras, sacerdotes, maestros, televisores, playstations, carceleros…
Surgieron también los especialistas en crianza de bebés, por lo general médicos famosos que solían tener hijos propios sumamente maleducados. El más célebre de todos fue el doctor Spock, un extraño personaje de orejas puntiagudas que, cuando no estaba escribiendo consejos a madres y padres, comandaba una nave interplanetaria.
Las ventas del libro del doctor Spock titulado ‘Cómo encauzar a esos demonios’ lo convirtieron en multimillonario, cosa que le permitió regalar sus hijos a familias adoptantes y largarse a Tahiti con su secretaria, menor de edad.
Muchos individuos oportunistas, falsos e ignorantes quisieron copiar el éxito del doctor Spock, e inundaron el mercado con tratados de puericultura escritos por autores que no tienen hijos, que desconocen la psicología infantil, menosprecian la capacidad educadora de los padres, se inspiran en falsas ideas sobre la conducta humana, soslayan las enseñanzas de la ciencia y, sobre todo, no son este valioso libro que usted tiene en la mano, querido papá.
La abundancia de títulos sobre la materia permite afirmar que la moderna puericultura es la ciencia de comprar libros de puericultura, y luego aplicar en la educación del niño lo que les permitan los díscolos hijitos o lo que papá y mamá puedan. Esto es, la “puedicultura”.