23rd Mayo 2008

El Campanazo

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¿Quién no recuerda aquellos viejos chistes sobre el guayabo, como el del señor que llegaba tan tembloroso a la oficina los lunes que se le derramaba un plátano o el que se negaba a tomar Alka Seltzer porque le resultaba insoportable el estruendo de las burbujas en el agua?
En Colombia quien hizo famosos a borrachitos y enguayabados fue el humorista antioqueño Montecristo, al convertirlos en protagonistas de sus chistes. Pero todos recordamos a amigos o conocidos que aparecieron por la oficina un día a media mañana con gafas negras de espejo y masticando cuatro chicles para que no les conocieran el tufo. Los más desgraciados podrían incluso contar episodios propios de resaca, tema que, entre otras cosas, es uno de los preferidos en las mesas de tomatragos.
El colombiano ofrece en público, sin el menor pudor, el comentario de su última borrachera:
-¡No se imaginan qué perrón tan bestial el del sábado!
Pero, además, también convierte en épico el día siguiente al del perrón:
-¡Huuuyy… el domingo me morí, literalmente me morí, del guayabo tan pavoroso, qué barbaridad!
Ambas cosas parecen producirle un extraño orgullo. En cambio, a mí me despiertan sentimientos que oscilan entre la misericordia y la aversión. Y es que yo debo de ser un tipo muy raro, porque no sé qué me avergonzaría más, si meterme el sábado un perrón de los que rematan con amnesia y vomitada en la sala (y reconocerlo luego sonriente, como si fuera causal para la Cruz de Boyacá), o si proclamar las terribles circunstancias físiológicas del día que siguió a la bebeta. Ambos me parecen igualmente degradantes. Pero en estas cosas me reconozco zanahorio, culazo y calvinista, así que olvídense de lo que acabo de decir.
En cambio, pongan atención a lo que voy a contarles. Según estudios que realizó hace poco en Gran Bretaña una empresa aseguradora, el guayabo echa a pique la productividad del 85 por ciento de los oficinistas. No es noticia nueva la baja productividad: recuerdo a colegas míos que dormían el guayabo bajo su escritorio o se encerraban en el baño durante horas para que no los vieran temblequear, ponerse verdes y agarrarse la cabeza a dos manos. Lo que sí es noticia nueva es la cifra. Significa ella que 17 de cada 20 enguayabados son una rémora para el trabajo. Es decir, casi todos.
Hallazgos adicionales advierten que 8 de cada 10 empleadores consideran al alcohol el principal enemigo del bienestar de su personal y que uno de cada 10 trabajadores reconoce haber trabajado ebrio. Destaco que las cifras corresponden a Gran Bretaña, donde bogan cerveza como si hubieran descubierto el tejo, pero no conocen el aguardiente. De haberlo probado, seguramente alcanzarían cifras más altas, que son las que -me temo- se detectarían en Colombia.
La empresa aseguradora debería repetir sus investigaciones en nuestro país. Es posible que se lleve una sorpresa en cuanto a las cifras -o a lo mejor no-, pero de seguro le resultarán insólitas las señales de orgullo y victoria que caracterizan a borrachos y enguayabados.
-¡Estas sí son peas -proclamaba babeante uno de los borrachitos paisas de Montecristo-, estas sí son peas… no como las que se pegaba mi ‘apá…!
Un querido y cachaquísimo tío mío fue risueño bebedor durante largas décadas, hasta que, debilitado por las “peas” y abochornado por las barbaridades que cometía en estado de alicoramiento o resaca, dejó el trago y se volvió apóstol de Alcohólicos Anónimos.
Cierto día tuve ocasión de preguntarle cuál había sido, literalmente, la copa que rebosó la copa y lo llevó a abandonar el alcohol. Esto fue lo que me respondió:
-Me convencí de que estaba a punto de convertirme en irrecuperable una tarde que llegué a un restaurante, encontré a Julio Mario Santo Domingo con quince o veinte amigos que acababan de almorzar copiosamente y beberse tres cajas de vino francés, me tomé un tinto con ellos y, antes de salir, pedí la cuenta al maitre y los invité a todo sin que se percataran. Ahí tuve el campanazo.
Falta saber cuándo tendrá el campanazo ese 85 por ciento de empleados que trabajan bajo el peso de guayabos cuaternarios.

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