16th May 2008

La muerte hace rin-rin

El día que coincidí con él en la fonda ‘La Última Lágrima’ era aún un tipo joven y con poco aspecto de enterrador. Parecía más bien un pichón de ingeniero o de farmaceuta. Gracias a las palancas de un padrino, lo habían contratado para cuidar de noche el Cementerio Central.
Javier estaba dichoso en su cargo de celador nocturno.
-No se imagina la soledad y el silencio que reinan en ese cementerio después de las diez, doctor -me dijo-. Es el mejor lugar del mundo.
-Yo pasaría la noche temblando de miedo -le confesé.
Javier se rió.
-Pues es ideal para mí. El horario me permite ir a clases de inglés por las tardes y estudiar por las noches.
Dejé de ver a Javier un par de años y cuando lo encontré de nuevo ya no estaba tan contento.
-El puesto es bien pagado y pocos lo desean -explicó-. Pero resultó fatal para mis estudios.
-La última vez que hablamos me dijo lo contrario.
-Ya lo sé. Pero sucede que el cementerio es demasiado tranquilo, y a eso de las once me agarra un sueño espantoso. Entonces me acuesto a dormir en el sofá de la administración y solo me despierto para entregar el turno. Por eso perdí el curso en el instituto.
Aseguraba Javier que en un sitio con más movimiento no se dormiría y podría repasar las lecciones.
-Le recomiendo si sabe de algún puesto, doctor.
Pero lo de los empleos está difícil, y meses después Javier continuaba en su cargo. Solo que estaba más contento. Había dejado los estudios, tenía otro trabajo de día en un almacén y por las noches aprovechaba la paz de los sepulcros para dormir como un senador suplente.
-Estoy ahorrando platica, doctor, para montar una cafetería.
Lo felicité, convencido de que había arreglado su problema. Por eso me extrañó encontrarlo desesperado un tiempo después. Llevaba ojeras hondas, le temblaba el pulso y se le veía sucio y sin peinar.
-Llevo meses sin dormir, doctor. Paso las noches en blanco y me echaron del almacén porque roncaba al atender a los clientes.
-¿Pero no era el mejor lugar del mundo?
-Era. Pero los celulares lo volvieron un infierno.
Entonces me contó lo que ocurre desde hace algunos años en los cementerios cuando ha caído la tarde.
“Con la moda de los celulares, a la gente le ha dado por enterrar a sus parientes con un teléfono portátil en el féretro. Unos dicen que es por si el difunto no ha muerto sino que sufre un ataque de catalepsia. Gracias al celular, podrá telefonear para que lo saquen de ahí. Otros prefieren llamar cada noche a ver si el timbrazo devuelve al finado del ataque. El concierto nocturno es insoportable: de algunas sepulturas salen timbres chillones, en otras se oyen trozos de tangos, vallenatos, canciones de Shakira y hasta el Himno Nacional.
“A toda hora entran llamadas de los que ignoran que el portador del teléfono ha fallecido. Estas disparan casi siempre el contestador y, como algunos parlantes quedan conectados, las tumbas emiten voces pregrabadas que piden dejar el número telefónico “para que su llamada sea respondida en el menor tiempo posible”. ¡El menor tiempo posible de estos pobres tipos es la eternidad, doctor!
“Los telefonazos de negocios cesan a eso de las once de la noche, y entonces entra otro tipo de llamadas. Son las de los deudos -viudas, huérfanos, mamás- que, llenos de tristeza, se consuelan hablando a sus finaditos. Muchas brotan por los altavoces: llantos, gritos, despedidas… Le parten a uno el corazón, doctor.
“Sin embargo, lo peor llega a la madrugada, cuando los amigos borrachos llaman al muerto y le dicen que lo están recordando y brindando por él. Es el momento en que pasan al teléfono las amantes llorosas y el dueño del bar que perdona una cuenta que jamás se pagará.
“Las llamadas etílicas terminan como a las cuatro. A esa hora no he podido pegar los ojos. Usted diría, doctor, que al menos podré dormir de ahí en adelante. Pues no: a las cinco comienzan a sonar los despertadores de los teléfonos sepultados, de modo que, cuando entrego el turno, una hora después, no he dormido ni un minuto.
“La situación es tan desesperante que tomé le decisión de retirarme. Con los ahorros quiero poner una tienda de celulares en vez de la cafetería. Le recomiendo, doctor, si sabe de algún posible socio”.

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