2nd May 2008

No sirvió para mamá

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Yo habría podido ser astronauta, violinista, pediatra, arzobispo, maromero, zootecnista, bobo, explorador o arquitecto de catedrales, porque veo en mí cualidades para todo ello. Pero jamás conseguiría ser mamá. No por razones fisiológicas, pues cabe alimentar a los bebés con leche de arroz y hasta con arroz con leche y ya hemos visto que, cambiándoles un articulito, como a la Constitución colombiana, los hombres quedan embarazados. Lo que ocurre es que me falta algo para ser mamá. O me sobra: me sobra espíritu sobreprotector, ese carácter de las madres de combate que las impulsa a defender constantemente a sus críos, vigilar su entorno en previsión de peligros y mostrarles los colmillos a quienes se aproximan a ellos. Alguien hablaba de las mamás gallinas. Mi caso habría sido peor, porque las gallinas no tienen colmillos; yo habría sido mamá leona.
Bien sé que esas progenitoras agobian a los hijos y son motivo de bochorno familiar. Pero no puedo evitarlo: las admiro y, de haber sido madre, las habría imitado.
Recuerdo, por ejemplo, a la mamá de Vargas, uno de mis condiscípulos en tiempos de la Primera Comunión. Buen tipo, algo tímido y afectado por alguna irregularidad ocular, Vargas usaba gafas. Habría sido normal ahora, cuando la medicina corrige muchos problemas desde la niñez, como el estrabismo, las piernas arqueadas, la dentadura dispareja o la calvicie. Pero hace medio siglo pocos niños de ocho años cargaban lentes. De modo que, con típica crueldad infantil, a Vargas lo acomplejábamos llamándolo “gafufo”, “cuatrojos” y “lechuza”. Vargas sollozaba en los rincones, no se atrevía a practicar deporte alguno y se refugiaba en la maestra cuando jugábamos ‘vacaloca’ o “todos contra todos”.
Ahora pienso que si yo hubiera sido la mamá de Vargas, habría entrado un día al salón de clases con una lista negra en la mano a repartir pescozones y, después de sacarles el polvo a patadas, habría amenazado a los matones con sacarles también los ojos para que llevaran eternamente gafas negras. Eso me habría inspirado el instinto materno. Pero la mamá de Vargas era de material más noble. En vez de bofetadas, apareció una mañana en el salón de clases y repartió chocolates ‘Milkie Way’, la fruta prohibida. Luego nos preguntó si alguno quería saber por qué su hijo llevaba gafas. Nadie dijo una sola palabra; pero desde ese momento se acabaron las befas a Vargas y cada dos o tres meses siguieron llegando caramelos que mandaba con astuta dulzura la mamá de Vargas.
Recuerdo también a la mamá de Reyes. Éramos adolescentes cuando nos dio por molestar a Reyes, el más estudioso de la clase. Todo un nerdo antipático, un chupa, un clavado, Reyes se negaba a soplar en las previas, no prestaba tareas, cubría con el codo los papeles del examen y sonreía cuando un compañero se equivocaba al responder preguntas del profesor. Resolvimos aplicarle la campana neumática y no invitarlo a ninguna fiesta, nunca. En ese momento, si yo hubiera sido la mamá de Reyes, habría pedido misericordiosa ayuda a otras madres, y habría colado al muchachito en parrandas ajenas, para que se integrara. De fracasar lo anterior, habría pasado a las llamadas anónimas insultantes. La mamá de Reyes, no. Ella organizó un fiestón en su casa y mandó al colegio a la hermana de Reyes -que luego fue reina de belleza- para que nos invitara. Era una morena que nos dejaba sin resuello y provocaba terremotos hormonales. No faltó ningún alumno, y desde ese día todos queríamos ir a estudiar a casa de Reyes.
Como ven, yo no habría servido como madre. Aún más: pienso que, por razones parecidas, tampoco sirvo como abuelo. Aún me sonrojo al recordar de qué manera, en un solemne y concurrido partido de microfútbol que disputaba el equipo de uno de mis nietos con un curso rival, levanté a gritos al árbitro, le arreé la madre y le mostré un fajo de billetes porque no pitó una falta contra mi nieto. Me disponía a bajarme los pantalones, de espaldas al campo, y mostrarle al árbitro algo más que billetes, cuando el rector me pidió que abandonara el pabellón de deportes. Gracias a la actitud prudente del pedagogo y al vigor con que tres guardias de seguridad me redujeron, me alzaron en vilo y me retiraron de los predios del colegio, el niño se salvó de que lo apodaran “el nieto de Mockus”.
Pocas madres han mostrado el trasero como protesta por una decisión de microfútbol injusta. Yo lo habría hecho. Por eso no sirvo para mamá.

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