30th May 2008

Cocineros famosos… y cansones

Yo no sé si a ustedes, pero a mí me tienen hastiado los cocineros artistas. Iba a decir que me tienen frito, pero recordé a tiempo que, además de artistas, dicen velar por la comida sana y prohíben las frituras.
Estos individuos han reemplazado en los últimos lustros a los filósofos, los futbolistas, los escritores, los grandes músicos, los bailarines, los pintores y los cantantes. Su popularidad y sus ingresos son comparables a los de las estrellas de Hollywood y ya dominan todos los canales de televisión. Es casi imposible recorrer las ofertas de pantalla sin toparse con varios de estos caballeros -alguna dama hay también- ataviados con su delantal blanco, frente a una olla y a una dosis de verduras, carnes, frutas y especias.
España, que ha desplazado a Francia en esta materia, resulta particularmente agobiante. Hay cuatro o cinco genios de la culinaria que aparecen a toda hora en todos los medios y ya se les consulta sobre política, sobre química y hasta sobre mecánica cuántica. Me hastía su constante presencia en la prensa, me hastía la pleitesía que le rinden todos los periodistas que aspiran a almorzar gratis en sus restaurantes y me hastía el tono de su voz, que habla del repollo como si fuera un bebé, se regodea mencionando la sabrosura de sus condimentos y describe una papaya con más sensualidad que si estuviera hablando de Angie Cepeda.
Lo peor es que sus recetas son impracticables -al menos nunca he visto una sola en la mesa de mi comedor, y eso que mi mujer no se pierde un solo programa de cocina-y resulta inútil aspirar a probar los platos en los sitios que regentan. No es solo porque jamás hay lugar disponible y se vanaglorian de aceptar reservas con meses de antelación, sino porque los precios resultan escandalosos. Una tortilla Beluga contiene huevos de esturión tan costosos que parecerían de centurión y huevos de gallina que, por su tarifa, bien podrían haber sido puestos por el gallo de San Pedro.
Me dicen, además, que las porciones son raquíticas. A un amigo mío se le perdió en el hueco de una muela cierto filete a la Madeira y otro no había acabado de pagar la cuenta confiscatoria cuando ya estaba bostezando. Los picassos de la sartén compensan la mezquindad de las dosis con adornos y pendejadas: pincelazos de chocolate, brochazos de mermelada de fresa, coquetos ramos de perejil, patacones de zanahoria, hilitos de apio, papas de tan perfecta esfericidad que hacen pensar en garbinchas y, de vez en cuando, un milímetro de trufa, ese hongo que se cotiza mucho más caro que el oro o la cocaína.
En fin, una estafa. Los nombres de los platos contribuyen al mito y al timo (curioso que se empleen las mismas letras para estas dos palabras). Suelen venir precedidos por el artículo defi nido (las alcachofas a la Nanterre, el cordero estofado con menta, los medallones de ciervo Benvenutti) y a menudo llevan diminutivos (las manitas de cerdo, los pequeños fi letillos de róbalo), como si el apelativo cariñoso contribuyera a la ternura de la carne o el pescado.
Pero lo peor es la descripción, engañosa y lírica. Así habría descrito cualquier cocinero la rellena de Chocontá, si supiera qué es la rellena y dónde queda Chocontá: “la fi na piel de entraña de joven cerdo rellena de primorosos deditos de lomo, chispas de arveja, granos de arroz de humedal, guiños de pimienta y baño en leucocitos del chocontano interfecto”.
Un cocinero de estos inventó la “deconstrucción de la tortilla”, como si hubiera mérito en ello y no en construirla. Otro se ufana de haber separado la yema de la clara, cosa que ya hacía mi abuela valiéndose de un tenedor mientras con la otra mano seguía tejiendo. Alguno más emula a los alquimistas y habla de nitrógeno, carbonatos de calcio y ácido acetilsalicílico entre los ingredientes de cocina. No se imagina usted el precio que uno paga cuando la sal de mesa aparece en la carta como cloruro de sodio.
No me trago la nueva cocina ni los nuevos cocineros. A mí que me den la fritanga de El Campín, el arroz con coco de Sonia la de Tumbamuertos y las morcillas del Manteco Guillermo. Pues, como dijo decepcionado el propio Manteco después de visitar los mejores restaurantes en su único viaje a Europa:
- Eso es pura salsa, doctor, pura salsa…

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23rd May 2008

El Campanazo

¿Quién no recuerda aquellos viejos chistes sobre el guayabo, como el del señor que llegaba tan tembloroso a la oficina los lunes que se le derramaba un plátano o el que se negaba a tomar Alka Seltzer porque le resultaba insoportable el estruendo de las burbujas en el agua?
En Colombia quien hizo famosos a borrachitos y enguayabados fue el humorista antioqueño Montecristo, al convertirlos en protagonistas de sus chistes. Pero todos recordamos a amigos o conocidos que aparecieron por la oficina un día a media mañana con gafas negras de espejo y masticando cuatro chicles para que no les conocieran el tufo. Los más desgraciados podrían incluso contar episodios propios de resaca, tema que, entre otras cosas, es uno de los preferidos en las mesas de tomatragos.
El colombiano ofrece en público, sin el menor pudor, el comentario de su última borrachera:
-¡No se imaginan qué perrón tan bestial el del sábado!
Pero, además, también convierte en épico el día siguiente al del perrón:
-¡Huuuyy… el domingo me morí, literalmente me morí, del guayabo tan pavoroso, qué barbaridad!
Ambas cosas parecen producirle un extraño orgullo. En cambio, a mí me despiertan sentimientos que oscilan entre la misericordia y la aversión. Y es que yo debo de ser un tipo muy raro, porque no sé qué me avergonzaría más, si meterme el sábado un perrón de los que rematan con amnesia y vomitada en la sala (y reconocerlo luego sonriente, como si fuera causal para la Cruz de Boyacá), o si proclamar las terribles circunstancias físiológicas del día que siguió a la bebeta. Ambos me parecen igualmente degradantes. Pero en estas cosas me reconozco zanahorio, culazo y calvinista, así que olvídense de lo que acabo de decir.
En cambio, pongan atención a lo que voy a contarles. Según estudios que realizó hace poco en Gran Bretaña una empresa aseguradora, el guayabo echa a pique la productividad del 85 por ciento de los oficinistas. No es noticia nueva la baja productividad: recuerdo a colegas míos que dormían el guayabo bajo su escritorio o se encerraban en el baño durante horas para que no los vieran temblequear, ponerse verdes y agarrarse la cabeza a dos manos. Lo que sí es noticia nueva es la cifra. Significa ella que 17 de cada 20 enguayabados son una rémora para el trabajo. Es decir, casi todos.
Hallazgos adicionales advierten que 8 de cada 10 empleadores consideran al alcohol el principal enemigo del bienestar de su personal y que uno de cada 10 trabajadores reconoce haber trabajado ebrio. Destaco que las cifras corresponden a Gran Bretaña, donde bogan cerveza como si hubieran descubierto el tejo, pero no conocen el aguardiente. De haberlo probado, seguramente alcanzarían cifras más altas, que son las que -me temo- se detectarían en Colombia.
La empresa aseguradora debería repetir sus investigaciones en nuestro país. Es posible que se lleve una sorpresa en cuanto a las cifras -o a lo mejor no-, pero de seguro le resultarán insólitas las señales de orgullo y victoria que caracterizan a borrachos y enguayabados.
-¡Estas sí son peas -proclamaba babeante uno de los borrachitos paisas de Montecristo-, estas sí son peas… no como las que se pegaba mi ‘apá…!
Un querido y cachaquísimo tío mío fue risueño bebedor durante largas décadas, hasta que, debilitado por las “peas” y abochornado por las barbaridades que cometía en estado de alicoramiento o resaca, dejó el trago y se volvió apóstol de Alcohólicos Anónimos.
Cierto día tuve ocasión de preguntarle cuál había sido, literalmente, la copa que rebosó la copa y lo llevó a abandonar el alcohol. Esto fue lo que me respondió:
-Me convencí de que estaba a punto de convertirme en irrecuperable una tarde que llegué a un restaurante, encontré a Julio Mario Santo Domingo con quince o veinte amigos que acababan de almorzar copiosamente y beberse tres cajas de vino francés, me tomé un tinto con ellos y, antes de salir, pedí la cuenta al maitre y los invité a todo sin que se percataran. Ahí tuve el campanazo.
Falta saber cuándo tendrá el campanazo ese 85 por ciento de empleados que trabajan bajo el peso de guayabos cuaternarios.

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16th May 2008

La muerte hace rin-rin

El día que coincidí con él en la fonda ‘La Última Lágrima’ era aún un tipo joven y con poco aspecto de enterrador. Parecía más bien un pichón de ingeniero o de farmaceuta. Gracias a las palancas de un padrino, lo habían contratado para cuidar de noche el Cementerio Central.
Javier estaba dichoso en su cargo de celador nocturno.
-No se imagina la soledad y el silencio que reinan en ese cementerio después de las diez, doctor -me dijo-. Es el mejor lugar del mundo.
-Yo pasaría la noche temblando de miedo -le confesé.
Javier se rió.
-Pues es ideal para mí. El horario me permite ir a clases de inglés por las tardes y estudiar por las noches.
Dejé de ver a Javier un par de años y cuando lo encontré de nuevo ya no estaba tan contento.
-El puesto es bien pagado y pocos lo desean -explicó-. Pero resultó fatal para mis estudios.
-La última vez que hablamos me dijo lo contrario.
-Ya lo sé. Pero sucede que el cementerio es demasiado tranquilo, y a eso de las once me agarra un sueño espantoso. Entonces me acuesto a dormir en el sofá de la administración y solo me despierto para entregar el turno. Por eso perdí el curso en el instituto.
Aseguraba Javier que en un sitio con más movimiento no se dormiría y podría repasar las lecciones.
-Le recomiendo si sabe de algún puesto, doctor.
Pero lo de los empleos está difícil, y meses después Javier continuaba en su cargo. Solo que estaba más contento. Había dejado los estudios, tenía otro trabajo de día en un almacén y por las noches aprovechaba la paz de los sepulcros para dormir como un senador suplente.
-Estoy ahorrando platica, doctor, para montar una cafetería.
Lo felicité, convencido de que había arreglado su problema. Por eso me extrañó encontrarlo desesperado un tiempo después. Llevaba ojeras hondas, le temblaba el pulso y se le veía sucio y sin peinar.
-Llevo meses sin dormir, doctor. Paso las noches en blanco y me echaron del almacén porque roncaba al atender a los clientes.
-¿Pero no era el mejor lugar del mundo?
-Era. Pero los celulares lo volvieron un infierno.
Entonces me contó lo que ocurre desde hace algunos años en los cementerios cuando ha caído la tarde.
“Con la moda de los celulares, a la gente le ha dado por enterrar a sus parientes con un teléfono portátil en el féretro. Unos dicen que es por si el difunto no ha muerto sino que sufre un ataque de catalepsia. Gracias al celular, podrá telefonear para que lo saquen de ahí. Otros prefieren llamar cada noche a ver si el timbrazo devuelve al finado del ataque. El concierto nocturno es insoportable: de algunas sepulturas salen timbres chillones, en otras se oyen trozos de tangos, vallenatos, canciones de Shakira y hasta el Himno Nacional.
“A toda hora entran llamadas de los que ignoran que el portador del teléfono ha fallecido. Estas disparan casi siempre el contestador y, como algunos parlantes quedan conectados, las tumbas emiten voces pregrabadas que piden dejar el número telefónico “para que su llamada sea respondida en el menor tiempo posible”. ¡El menor tiempo posible de estos pobres tipos es la eternidad, doctor!
“Los telefonazos de negocios cesan a eso de las once de la noche, y entonces entra otro tipo de llamadas. Son las de los deudos -viudas, huérfanos, mamás- que, llenos de tristeza, se consuelan hablando a sus finaditos. Muchas brotan por los altavoces: llantos, gritos, despedidas… Le parten a uno el corazón, doctor.
“Sin embargo, lo peor llega a la madrugada, cuando los amigos borrachos llaman al muerto y le dicen que lo están recordando y brindando por él. Es el momento en que pasan al teléfono las amantes llorosas y el dueño del bar que perdona una cuenta que jamás se pagará.
“Las llamadas etílicas terminan como a las cuatro. A esa hora no he podido pegar los ojos. Usted diría, doctor, que al menos podré dormir de ahí en adelante. Pues no: a las cinco comienzan a sonar los despertadores de los teléfonos sepultados, de modo que, cuando entrego el turno, una hora después, no he dormido ni un minuto.
“La situación es tan desesperante que tomé le decisión de retirarme. Con los ahorros quiero poner una tienda de celulares en vez de la cafetería. Le recomiendo, doctor, si sabe de algún posible socio”.

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13th May 2008

Platón, Montesquieu, Marx, Álvaro Uribe y algunos más

Aún ignoramos si el presidente Álvaro Uribe se lanzará a una nueva reelección. Él se muestra astutamente indefinido y debe de solazarse al ver que políticos, empresarios y medios de comunicación le piden, le encarecen, le ruegan que diga si aspira a un tercer período o no. Uribe calla. Pero con esta charada y con el anzuelito de las adjudicaciones de televisión hace temblar a más de uno. A lo mejor aguarda, flotando en el agua tibia de su popularidad, a ver en qué termina el proceso a los ‘parapolíticos’ que apoyaron su campaña o prepara nuevos rounds en su pelea con la Corte Suprema de Justicia. Entre tanto, patea balones a la tribuna cada vez que le preguntan, por lo que más quiera, señor Presidente, ¿sí o no?

Resulta cada vez más claro que, aunque no confiese si anda en campaña, su entorno ya lo está. Lo proclama paladinamente el Ministro de Agricultura y Palacio elabora un Plan B en caso de que el Presidente no se lance. Según EL TIEMPO, el gallo tapado de ese Plan B es Luis Carlos Restrepo, el Comisionado de Paz, que ahora resultó vocero de los mensajes políticos presidenciales contra sus aliados. Muchos no creemos que sea así. Pero, a la sombra de Uribe, otros sueñan y engordan, como el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos; la embajadora en Inglaterra, Noemí Sanín, y el vicepresidente Pacho Santos.

No se piense, sin embargo, que las miras uribistas terminan en las elecciones del 2010. Sería poco para un mesías como él y para los áulicos que lo acompañan. Uno de los más interesantes episodios políticos de los últimos meses aconteció la semana pasada, cuando se presentó oficialmente ante el público la Ideología Uríbica, por llamarla de alguna manera. Una cosa -cosa menor- es un plan de gobierno, que lo tiene cualquiera; otra cosa -cosa mediana- es una plataforma política, que incorpora propuestas y soluciones en diversos terrenos; y una cosa más -cosa mayor- es una doctrina ideológica, es decir, un sistema de pensamiento sobre el manejo de las naciones. Esta última solo les cuelga a los grandes filósofos y estadistas, como Platón, Montesquieu, Marx…
El acto de la semana pasada pretendía inscribir a Uribe en la categoría de los pesos pesados del pensamiento político.

Lugar: poco conocido, pero ideológicamente elocuente: la Asociación Cristiana de Jóvenes, en Bogotá. Organizador: un tal Centro de Pensamiento Primero Colombia. Ocasión: el lanzamiento de un nuevo tomo de la colección denominada Las ideas de Uribe, editada por Planeta y financiada por poderosos empresarios; el último volumen expone la posición del Presidente contra el acuerdo humanitario, y lleva un título que recuerda la retórica extremista, trasnochada y seudoculta de Fernando Londoño Hoyos: ‘Los potros de bárbaras atilas’. Acto complementario: un conversatorio sobre ‘Liderazgo y doctrina’. Protagonista: José Obdulio Gaviria, ideólogo presidencial y heraldo de la doctrina uríbica. Asistentes: grupos entusiastas que “aplauden cada vez que por los micrófonos se mencionan los nombres de Uribe o Gaviria” (El Espectador, 4.11.08).

Según esta versión, José Obdulio instó a todos a convertirse en “un ejército de publicistas de la doctrina”, expuso pincelazos sobre el “ideario” del líder y proclamó la perennidad de la ideología del caudillo: “Esa línea de pensamiento será conocida y aplicada por las próximas generaciones de colombianos”… “La doctrina tendrá influencia en el país al menos durante los próximos 50 años”…

Al pedir la disolución de los grupos uribistas, pues, el Gobierno no pretende solucionar una coyuntura. Sino emprender la fundación de un gran partido de derecha, con ideología perdurable y propia, que desborde la inmediatez de la re-reelección.

Lo cual me parece sano, pues sabremos a qué atenernos y estimula un nuevo orden de colectividades políticas.
Los horarios de entrega de columnas de esta página me impiden comentar la extradición de la cúpula paramilitar a Estados Unidos.

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9th May 2008

Nuevas consultas de lenguaje

El debut de nuestro consultorio gramatical, ortográfico y léxico tuvo tanto éxito que los lectores descargaron sobre esta columna una lluvia de dudas sobre lenguaje. Las aclararé gustoso, aun a riesgo de perder mi silla en la Academia Colombiana de la Lengua.

P- ¿Qué razón hay para que en Colombia se denomine mouse al control manual de los computadores?

R-Ninguna, como no sean las ganas de hablar mal inglés. La gente que llama mouse al simpático ratón electrónico es la misma que pide en la clínica “¡Tráiganme el duck!” en vez de reclamar el pato, que levanta el carro con un cat y que tiene sembrados geranios en la female monkey de porcelana de la abuela.

P- ¿Es “moquear” un verbo regular? ¿Cómo se conjuga?

R- “Moquear” no es regular, sino muy malo. Y no se conjuga, sino que se enjuga.

P- ¿Qué es el hiato y cómo influye en la acentuación de las palabras?

R- El hiato es el orificio que une el tórax y el estómago. Algunas personas sufren hernia del hiato, que es un trastorno digestivo. Los enfermos de hiato padecen de acidez extrema y suelen olvidar que la reunión de una vocal débil (i, u) con una fuerte (a, e, o) lleva tilde si la acentuación recae en la débil. La medicina registra casos extremos de enfermos que creen que al hiato no lo forman dos vocales pertenecientes a sílabas distintas sino que se trata de una misma sílaba. Esta confusión del hiato con el diptongo suele conducir a aguda diarrea ortográfica.

P- Entonces, ¿qué son exactamente un diptongo
y un triptongo?

R- El diptongo, como lo indica su nombre en inglés, es el arreglo profundamente ilícito de un resultado deportivo. Un triptongo es un cartagenero melancólico.

P- ¿Qué es un verbo transitivo?

R- Es el que transita hasta el complemento directo; intransitivo es el que no logra hacerlo. Por ejemplo: en Bogotá, el verbo “circular” es transitivo hasta las 4 p.m. A partir de ese momento se vuelve completamente intransitivo. Algunos verbos, como “quedar”, están exentos del pico y placa y pueden transitar o no.

P- ¿A qué se llama topónimo?

R- Examinemos la etimología de la palabra topónimo, que viene de topo (mamífero insectívoro excavador) y nomen (nombre). Como el topo hunde su cueva hacia el centro de la tierra, siempre emerge por el mismo lugar; por eso un topónimo es el nombre de un sitio o lugar.

P- Ilústreme sobre los tiempos verbales, ya que tengo muchas dificultades con ellos.

R- Un ejemplo de pasado imperfecto: Carla Bruni, la mujer del presidente de Francia. Un ejemplo de futuro con puesto: los hijos de los políticos. No se afane: yo también tengo dificultades con ellos.
P- ¿Por qué es muda la hache?

R- Por prudencia. A veces abla mucho y se hequivoca.

P- También es muda la “u” después de “g”, como en guerra y guiño. ¿Calla la “u” por prudencia, igual que la hache?

R- No. La “u” calla por cobardía, pues es poco valiente y se esconde. Para que sea macha hay que ponerle un par de bolitas llamadas diéresis o crema. Entonces aparece y habla, como en vergüenza o argüir. Al contrario de lo que algunos creen, la palabra agua no lleva diéresis o crema; pero, como en los almuerzos de corrientazo, agüita lleva crema.

P- ¿Es verdad que a nombres y apellidos no se les aplica ninguna norma de ortografía?

R- ¿Sí? Pregúnteselo a Rroberto Ponbo…

P- ¿Por qué el Sumo Pontífice se llama papa, igual que el humilde tubérculo andino?

R- Una de las maravillas del idioma es que el papa sea tocayo del principal ingrediente del ajiaco, que los padres que obedecen al papa no tengan hijos y que los conventos estén llenos de madres que son solteras. Resulta incómodo que el Santo Padre -que tampoco tiene santos hijos- lleve nombre de comida, pero es peor cuando uno sabe que se llamaba “curas” a los aguacates y que los canónigos son unas plantas de ensalada. Preocupada por el asunto, la Real Academia Española ha propuesto que se abandone el nombre de “papa” para el Pontífice y se lo denomine “patata”.

P- ¿Qué signifi can los latinismos posdata (p.d.) y pos-scriptum (p.s.)?

R- Ambos designan algo que se escribió con posterioridad a lo principal. Pero no son latinismos, sino mexicanismos; originalmente se expresaban como la sigla p.m.o., que significa “pos me olvidé”.

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6th May 2008

Soplan malos vientos

Lo más preocupante de una crisis no es la crisis, sino que parte de ella sea la incapacidad para enfrentarla y superarla. Está ocurriendo en Colombia. Pocos niegan la gravedad del pantano en que nos hundimos, pero la confusión de la dirigencia instalada en el poder nos sepulta cada vez más en la ciénaga.

El Gobierno parece a veces una pachanga: el Comisionado de Paz lanza mensajes políticos a los partidos; el Ministro del Interior le revira; el Comandante de la Policía perora sobre conflictos internacionales; el Ministro de Agricultura encabeza la oposición al despeje humanitario y lidera la reelección presidencial; el presidente Álvaro Uribe repudia en público “todo lo que nos lance a la incertidumbre”, aunque mantiene en la incertidumbre la tercera elección. Luego, para completar el ajiaco de señales, se arroja por un tobogán acuático, como cualquier colegial, y no sabemos si la húmeda peripecia es metáfora de su administración o sugerencia de que aquí no pasa nada y hay que divertirse.

En medio de las caóticas contradicciones brota una enrarecida atmósfera autoritaria. El Presidente se lía a bofetadas verbales con el abogado de un magistrado al que acusó, se multiplica el juego sucio de diversa procedencia y abundan las descalificaciones a opositores del Gobierno, como el peligroso señalamiento personal que acaban de hacer Uribe y sus asesores a los ya amenazados Gustavo Petro, Iván Cepeda y León Valencia. Ignoramos si los desvaríos de algunos gladiadores uribistas son producto del delirio político extremo o encarnan mensajes oficiales enviados por interpuesta persona. Observadores que se ganaron el respeto de la opinión por sus serenos antecedentes en el campo del análisis, como Alfredo Rangel, hoy proponen cosas aterradoras. El domingo, en su columna de EL TIEMPO, Rangel atribuyó al periodista Daniel Coronell parte de la responsabilidad del posible cohecho que permitió a altos funcionarios conseguir el voto de Yidis Medina para aprobar la reforma constitucional de la reelección. Como es sabido, la congresista concedió a Coronell unas declaraciones donde relataba el episodio, pero exigió que no lo revelara a menos que ella lo autorizase o sufriese algún percance. Honró el compromiso Coronell, en actuación que no rasguña en lo más mínimo la ética profesional, y solo cuando Yidis decidió hacer públicas sus palabras, divulgó Coronell el testimonio.

Ahora propone Rangel una medida insólita: “En estos tiempos tan agitados, y sobre todo ante la presencia de un crimen, creo que va siendo hora de revisar el decimonónico carácter absoluto y ponerle ciertos límites al secreto de la confesión religiosa, a la reserva médica y a la protección de las fuentes periodísticas”. Para mi pasmo, desde la otra orilla, la politóloga Claudia López también pretende que los periodistas revelemos quiénes nos suministran informaciones veraces, dizque para “proteger la estabilidad institucional” (¡!).

En otras palabras, que, a conveniencia del interesado de turno, pueda obligarse a un cura a divulgar los pecados de quien pasó por el confesionario, a un médico las circunstancias en que atendió a un paciente y a un periodista la identidad de una fuente. Por esa vía podría aconsejarse la liquidación del secreto profesional del abogado, la reserva del sumario y derechos elementales como recibir asistencia jurídica o no denunciar a los familiares más cercanos. Ya que los tiempos andan “tan agitados” (hace poco Rangel daba a entender lo contrario), también podría parecer un poco decimonónico el hábeas corpus y no estaría mal acabar de una vez con él. De pronto hasta podríamos copiar la doctrina de Bush, que autoriza torturas y permite detenciones en condiciones inhumanas. Lo que falta es imaginación, señores…

Malos vientos soplan desde el entorno del Gobierno; vientos inquietantes, que arrecian a medida que la crisis se ahonda.

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2nd May 2008

No sirvió para mamá

Yo habría podido ser astronauta, violinista, pediatra, arzobispo, maromero, zootecnista, bobo, explorador o arquitecto de catedrales, porque veo en mí cualidades para todo ello. Pero jamás conseguiría ser mamá. No por razones fisiológicas, pues cabe alimentar a los bebés con leche de arroz y hasta con arroz con leche y ya hemos visto que, cambiándoles un articulito, como a la Constitución colombiana, los hombres quedan embarazados. Lo que ocurre es que me falta algo para ser mamá. O me sobra: me sobra espíritu sobreprotector, ese carácter de las madres de combate que las impulsa a defender constantemente a sus críos, vigilar su entorno en previsión de peligros y mostrarles los colmillos a quienes se aproximan a ellos. Alguien hablaba de las mamás gallinas. Mi caso habría sido peor, porque las gallinas no tienen colmillos; yo habría sido mamá leona.
Bien sé que esas progenitoras agobian a los hijos y son motivo de bochorno familiar. Pero no puedo evitarlo: las admiro y, de haber sido madre, las habría imitado.
Recuerdo, por ejemplo, a la mamá de Vargas, uno de mis condiscípulos en tiempos de la Primera Comunión. Buen tipo, algo tímido y afectado por alguna irregularidad ocular, Vargas usaba gafas. Habría sido normal ahora, cuando la medicina corrige muchos problemas desde la niñez, como el estrabismo, las piernas arqueadas, la dentadura dispareja o la calvicie. Pero hace medio siglo pocos niños de ocho años cargaban lentes. De modo que, con típica crueldad infantil, a Vargas lo acomplejábamos llamándolo “gafufo”, “cuatrojos” y “lechuza”. Vargas sollozaba en los rincones, no se atrevía a practicar deporte alguno y se refugiaba en la maestra cuando jugábamos ‘vacaloca’ o “todos contra todos”.
Ahora pienso que si yo hubiera sido la mamá de Vargas, habría entrado un día al salón de clases con una lista negra en la mano a repartir pescozones y, después de sacarles el polvo a patadas, habría amenazado a los matones con sacarles también los ojos para que llevaran eternamente gafas negras. Eso me habría inspirado el instinto materno. Pero la mamá de Vargas era de material más noble. En vez de bofetadas, apareció una mañana en el salón de clases y repartió chocolates ‘Milkie Way’, la fruta prohibida. Luego nos preguntó si alguno quería saber por qué su hijo llevaba gafas. Nadie dijo una sola palabra; pero desde ese momento se acabaron las befas a Vargas y cada dos o tres meses siguieron llegando caramelos que mandaba con astuta dulzura la mamá de Vargas.
Recuerdo también a la mamá de Reyes. Éramos adolescentes cuando nos dio por molestar a Reyes, el más estudioso de la clase. Todo un nerdo antipático, un chupa, un clavado, Reyes se negaba a soplar en las previas, no prestaba tareas, cubría con el codo los papeles del examen y sonreía cuando un compañero se equivocaba al responder preguntas del profesor. Resolvimos aplicarle la campana neumática y no invitarlo a ninguna fiesta, nunca. En ese momento, si yo hubiera sido la mamá de Reyes, habría pedido misericordiosa ayuda a otras madres, y habría colado al muchachito en parrandas ajenas, para que se integrara. De fracasar lo anterior, habría pasado a las llamadas anónimas insultantes. La mamá de Reyes, no. Ella organizó un fiestón en su casa y mandó al colegio a la hermana de Reyes -que luego fue reina de belleza- para que nos invitara. Era una morena que nos dejaba sin resuello y provocaba terremotos hormonales. No faltó ningún alumno, y desde ese día todos queríamos ir a estudiar a casa de Reyes.
Como ven, yo no habría servido como madre. Aún más: pienso que, por razones parecidas, tampoco sirvo como abuelo. Aún me sonrojo al recordar de qué manera, en un solemne y concurrido partido de microfútbol que disputaba el equipo de uno de mis nietos con un curso rival, levanté a gritos al árbitro, le arreé la madre y le mostré un fajo de billetes porque no pitó una falta contra mi nieto. Me disponía a bajarme los pantalones, de espaldas al campo, y mostrarle al árbitro algo más que billetes, cuando el rector me pidió que abandonara el pabellón de deportes. Gracias a la actitud prudente del pedagogo y al vigor con que tres guardias de seguridad me redujeron, me alzaron en vilo y me retiraron de los predios del colegio, el niño se salvó de que lo apodaran “el nieto de Mockus”.
Pocas madres han mostrado el trasero como protesta por una decisión de microfútbol injusta. Yo lo habría hecho. Por eso no sirvo para mamá.

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