Que hable la gente
Con más de 60 congresistas acusados de vinculaciones con autodefensas; un pertinaz enfrentamiento entre el poder ejecutivo y el judicial; unos partidos políticos en ruinas; incesante el conflicto militar con la guerrilla; alteradas las relaciones internacionales con los más cercanos vecinos; acechante el peligro de impunidad en el proceso a los paramilitares y amenazante una reforma política que acabaría de quebrantar las instituciones, hay que creerles a quienes dicen que el país atraviesa la más grave crisis de las últimas décadas. Contribuye a enredar la situación que casi todos los políticos acusados pertenecen a la coalición de gobierno; que el presidente de la República fue reelegido con esos y otros votos; que, pese a lo anterior, Álvaro Uribe es uno de los mandatarios con más popularidad del mundo; y que, con su tácito apoyo, partidarios suyos pretenden una nueva reelección.
Numerosos políticos y líderes de opinión aportan a diario variados análisis y soluciones que van desde pedir la renuncia a Uribe y nombrar un gobierno de transición (propuesta del columnista Felipe Zuleta), hasta plantear que “tranquilos, el país no se está descuadernando” (tesis del “violentólogo” Alfredo Rangel). Entre estos extremos florece toda suerte de propuestas: reforma política integral, asamblea constituyente, anticipación de elecciones parlamentarias, enmienda del Congreso, reconstrucción de los partidos, propulsión de una nueva corte de justicia, sillas vacías, muerte política sin condenas…
Parece fundamental que hable la gente: que se lancen ideas y soluciones, que los colombianos demostremos en circunstancias críticas esa imaginación supuestamente célebre que nos permite sobreponernos a las calamidades. Los medios de comunicación hacen bien en fomentar el debate (veo que Caracol TV lanza un macroprograma periodístico, laudable contrapeso a los alienantes realities) y ofrecer, como han venido haciéndolo, un mosaico de puntos de vista.
Pero es bueno ir acotando ya algunas fórmulas y remedios que parecen ser los más sensatas o los que cuentan con mayor respaldo. Veamos.
Requisitos recomendables para que el debate tenga validez y grandeza: 1) Que no culmine en una iniciativa inconsulta del gobierno y sus amigos, sino en una verdadera propuesta nacional. 2) Sacrificar aspiraciones, aun silenciosas, que enrarecen la discusión: Uribe debería cancelar de manera explícita y sincera su segunda reelección y los ex presidentes podrían renunciar a un nuevo “sacrificio” en el Palacio de Nariño. 3) Designar de inmediato una comisión de notables libérrimos y de rabiosa honestidad que maneje la adjudicación de televisión, para despejar así toda duda sobre presiones a los medios de comunicación, cuya independencia resulta indispensable en una crisis tan grave.
Recursos que es preciso evitar: 1) La guerra sucia de información infiltrada, computadores acomodaticios y noticias sospechosas. 2) Sano escepticismo ante los delincuentes que aspiran a sacar provecho del río revuelto. 3) Cuando la autoridad lance acusaciones (como la del “congresista extranjero” denunciado por Uribe en un discurso), debe precisarlas y probarlas. 4) Rechazar la peligrosa idea de que si se ensucia a todos, todos quedan limpios. 5) Cambiar la filosofía oficial de que quien no esté con el gobierno está contra él.
Finalmente, unas pocas conclusiones personales. 1) Tengo la sensación de que, pese a los ataques que ha sufrido y a errores cometidos, el sistema judicial y la Fiscalía se han convertido en los puntales más creíbles de nuestras instituciones. Hay que facilitarles el trabajo para que sigan su labor depuradora. 2) Álvaro Uribe ha hecho cosas importantes por este país, que la gente con justicia le reconoce. Pero no debe abusar de este aval. Un acuerdo histórico para sacar a Colombia del atolladero se ahorraría un triste crepúsculo político. 3) Conviene a los electores recordar a grupos que, como el Polo Democrático, no han sido salpicados por los escándalos.
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