12th March 2008

Submarinos caseros

Optimista es el que ve aspectos positivos aun en las peores situaciones. Por ejemplo: alguien se rompe una pierna montando en bicicleta y sueña con que lo lleven en silla de ruedas a abordar los aviones. Pesimista es el que solo advierte los matices negativos de una circunstancia. Por ejemplo, alguien gana una bicicleta en una rifa y cree que se caerá, se romperá una pierna y no le permitirán montar en avión.

Voy a los hechos. Hace poco atraparon a Humberto Cuevas Salazar, ingeniero civil que trabajó en una época para la Fuerza Aérea y acabó prestando sus servicios a la mafia del narcotráfico. Por algún remezón interno que no recuerdo, algún enemigo suyo lo delató a la Policía y esta le echó mano en un barrio de Cali.

Ocurre que este opita, apodado ‘Acuario’, no es un reo cualquiera, y aquí es donde entra a funcionar mi teoría sobre el pesimismo y el optimismo. Se trata de un genio de la tecnología, capaz de montar toda una industria secreta e ilegal de submarinos que, lamentablemente, no se proponía defender a la patria ni facilitar a la ciencia la exploración de las maravillosas entrañas del océano, sino transportar droga a escondidas de las autoridades.

Olvidémonos por un momento de la nefanda destinación de las naves y pensemos en la genial operación de la fábrica. Las grandes potencias tienen montadas factorías de submarinos financiadas con cuantiosos fondos estatales; son astilleros gigantescos donde trabajan miles de personas ayudadas por toda clase de equipos sofisticados, grúas, malacates y hornos de fundición. ‘Acuario’, en cambio, se las arreglaba en caletas estrechas y oscuras; tenía que trabajar en la más absoluta reserva y sin dejar rastro para que no lo pillara la Policía, y le tocaba improvisar siguiendo sus conocimientos e instintos. Algunos talleres clandestinos estaban tan lejos de la costa que la operación de traslado implicaba otro despliegue de ingenio y tecnología. Hace siete años se descubrió una fábrica de submarinos en Facatativá; la nave estaba casi terminada, solo le faltaba recorrer cerca de 800 kilómetros hacia el mar encaletada en una tractomula. También en el desierto de la Guajira, oculta con ramas y palos, apareció otra y una más fue descubierta en un río próximo a Buenaventura.

Era, según dicen, un precioso juguete capaz de navegar bajo el agua con tres toneladas de cocaína a bordo. Estos tres y 16 sumergibles más encontró la Policía. Pero se calcula que ‘Acuario’ construyó y lanzó al agua unos veinte submarinos adicionales que han eludido los controles de las fuerzas navales colombianas y gringas.

No me enorgullece, propiamente, la hazaña. Bien sabemos el daño que ha hecho el narcotráfico al país y los desastres que la droga causa en los jóvenes. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Este ingeniero está acusado de graves delitos, mas nadie puede negar que se trata de un genio de la tecnología. Él solo, con la ayuda de unos pocos hombres, fue capaz de montar una señora industria de submarinos -más de 30- en condiciones adversas y bajo la sombra del silencio y la clandestinidad.

El pesimista dirá: “¡Otro colombiano talentoso que se dedica al crimen!”. Pero yo propongo una mirada optimista: tenemos un ministro de Transporte que se ha tropezado con las obras del túnel de La Línea (de la noche a la mañana resolvió que no había que hacer uno, sino dos) y el aeropuerto El Dorado (abrió licitación con un proyecto anacrónico). ¿Por qué no nombrar ministro a Cuevas Salazar? Para un hombre que fabrica submarinos en el patio de su casa, un túnel o un aeropuerto son moco de pisco.

En este punto gritarán los pesimistas: “¿Cómo vamos a premiar con un ministerio a un tipo que estaba al servicio del narcotráfico?” Y yo respondo con un enfoque optimista: le cambiamos la cárcel por el servicio cívico: ya que trabajó tantos años contra los intereses del país, que lo haga ahora en su favor.

Eso sí, con la obligación de convertirse en pasajero de todos los viajes inaugurales de los nuevos submarinos que construya para la Armada colombiana y otros países (porque seremos exportadores). Eso garantizará que ponga máximo esmero en su fabricación. Una cosa es ser optimista y otra es ser pendejo.

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