La crisis grancolombiana vista desde Tumbuktú
Desde que, para alivio de todos, se solucionó la crisis grancolombiana -surrealista y peligrosa-, me obsesiona lo que habrán pensado quienes vieron las imágenes de televisión en algún extremo del mundo sin saber español. Así es como quizás habría descrito lo ocurrido un ciudadano de Yakarta o Tumbuktú:
“Primero salió en la pantalla un señor con cara de presidente y camisa con motivos precolombinos. Ignoro de qué país era, pero tras él colgaba una bandera tricolor y estaba sumamente bravo. El de la camisa precolombina se marchó y más tarde apareció un señor rollizo y de camisa roja que consultaba una libreta y vociferaba. Tras él estaba la misma bandera tricolor, por lo que deduzco que el gordito acababa de darle un golpe de Estado al de la camisa precolombina.
“Pasado un rato vimos de nuevo en pantalla la bandera tricolor, pero el gordito también había desaparecido. En su lugar había un señor de pelo entrecano, gafas sin aro y corbata. Era más bajito que los otros y también estaba muy serio, pero no insultaba.
“Me imaginé que había tumbado al gordito y que el de gafas era el nuevo presidente del país de la bandera amarilla, azul y roja. ¡Tres presidentes en una sola jornada!
“Sin embargo, al día siguiente aparecieron los tres juntos, cada uno con la consabida bandera, en una reunión donde había otros señores con cara presidencial. Me llamó la atención, entre estos, uno de rasgos achinados, cara de mala leche y bigote lacio que usaba chaqueta de cuero.
“Como no sé español, ignoro de qué hablaron, pero era evidente que el de camisa precolombina seguía muy enojado; el bajito de canas lo interrumpía a veces, y el otro hacía gestos de contrariedad. Al llegar su turno, el canoso también se mostró vehemente e indignado.
“Luego habló el de la camisa roja, que, con su inseparable libreta, consumió un largo tiempo. Cuando por fin se calló el gordito, recuperaron el micrófono el de la camisa precolombina y el de gafas. Parecían cada vez más enfurecidos y llegué a temer que iban a irse a las manos.
“Pero de pronto habló un señor chato y de bigote que daba la impresión de ser el jefe de todos. Dijo algunas palabras que debían de ser una fórmula mágica, porque se produjo un cambio total e inmediato de escena.
“El bajito de gafas se levantó, salió casi corriendo, estrechó la mano al de camisa precolombina, luego al gordito y, por último, al de bigote lacio, que conversó unos momentos con él. El gordito los abrazaba a todos muy risueño.
“Era sorprendente ver que estos mismos señores que minutos antes parecían a punto de liarse a trompadas ahora se sonreían y se daban palmaditas en la espalda mientras los demás aplaudían de pie. Supongo que habían acordado un triunvirato para manejar el país de la bandera amarilla, azul y roja.”
La crisis andina se solucionó por la vía del melodrama, al modo latinoamericano, antes de que pasara a mayores y se trasladara a los pueblos. Si hubo un buen ejemplo durante esos tensos días fue el que dieron los ciudadanos, víctimas principales de las peleas de sus mandatarios: no hubo un solo incidente importante que lamentar entre los habitantes que se arropan bajo esa misma bandera que veían abismados en Tumbuktú.
Habría podido ser trágico, pero solo fue telenovelesco. No importa. Mucho mejor así que a los bombazos.
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ESQUIRLAS. Entre las paradojas recientes, ninguna como la de un sacerdote que expresó en su escrito dominical su dicha por la muerte de ‘Raúl Reyes’. En mis tiempos, los curas rezaban incluso por las almas de los peores criminales. Ahora festejan ciertas muertes con alegría que no parece muy cristiana.
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