El kumis de la memoria
Salvo para alineaciones de fútbol, poemas aprendidos antes de los 25 años y datos caprichosos e inútiles, no tuve nunca buena memoria. Mejor dicho: he tenido siempre una memoria con fecha de vencimiento, como el kumis.
De un día para otro podía aprender una manotada de fechas, fórmulas de física o términos procesales del derecho civil; pero 48 horas después se borraban para siempre de mi memoria. Así aprobé muchos de los exámenes del colegio y la universidad, y por eso puedo asegurar que este sistema de valoración no sirve para nada.
Es como calcular la temperatura de la Tierra metiendo un termómetro en una taza de café. Para demostrar que no miento, me gustaría citar como testigos a mis profesores de física y procedimiento civil, pero no recuerdo cómo se llamaban.
El caso es que el kumis cada vez se vence con mayor rapidez y mi memoria también. Noto que logro retener ciertos datos -un nombre, una fecha, una cara- apenas durante unas horas. Y que cada vez me parece más difícil aprender una canción o un soneto.
Imagínense el trabajo que me da recordar más de cuatro ministros del gabinete del presidente Uribe. No, mi querido lector, no se ría: si es tan berraco, dígame los nombres de los ministros de Salud, Desarrollo, Cultura (de acuerdo: esa morenita encantadora, pero deme el nombre) y Obras Públicas (sí, sí, el paisa rezandero; pero ¿cómo se llama?). Y lo peor es que, como se me olvidan rápidamente las cosas, acabo repitiéndolas a quien ya las sabe.
Por todo lo anterior mi nuevo icono en la carpeta de odios es el de los memoristas. Tengo varios amigos que gozan de memoria privilegiada y se esmeran en demostrarlo. Diálogo típico con mi cuate argentino Daniel Divinsky, el hombre de la memoria atómica, editor de Quino y Fontanarrosa.
- Quería decirte, Divinsky, que cuando nos conocimos a fines de marzo de 1975…
- Perdoná -interrumpe Divinsky-: fue a principios de abril.
Está bien, a principios de abril. Comentaba que cuando nos conocimos, tú me hablaste de un taxista argentino que cantaba mientras…
- No era argentino. Era uruguayo.
- En fin: que ese taxista que te llevó en Montevideo…
- En Buenos Aires. El taxista era uruguayo, pero trabajaba en Buenos Aires.
- Eso. Me contabas que ese taxista uruguayo que trabajaba en Buenos Aires les cantaba tangos a los clientes, cosa que me parece…
- Excusame. No cantaba tangos. Cantaba milongas.
- ¡Pare ya, Divinsky! ¡No le siga buscando las tres patas al gato, carajo!
- Las cinco. El gato tiene cuatro patas. La tercera aparece sin buscarla. La difícil es la quinta.
sí son los diálogos con Divinsky: interminables, porque se acuerda de todo. Y lo peor es que, como se me olvidan rápidamente las cosas, acabo repitiéndolas a quien ya las sabe. A él, por ejemplo.
En 1976, un año después de conocernos, hablamos de familias numerosas y, entre los abundantes ejemplos que surgieron, comenté que mi abuelo había tenido siete hermanos. Hace pocos meses, en uno de nuestros frecuentes encuentros, le mencioné que venía del entierro del último hermano de mi abuelo -en realidad, una hermana-, que eran siete.
- Eso ya me lo dijiste hace 31 años, tocayo.
No es posible envejecer con dignidad si nuestros amigos no envejecen al tiempo con uno. Divinsky es mayor que yo, pero su memoria está cada vez más joven. Y lo peor es que también se acuerda de decenas de números telefónicos, todas las alineaciones del Boca Juniors y los autores de libros de toda índole.
xisten ya tan modernos sistemas de acumulación de datos, que es infame e innecesario pedir que la fecha de vencimiento de la memoria humana tenga mayor duración que un kumis. Pero no un kumis en nevera, sino al aire libre y a la temperatura de La Dorada. Así nos pasa a muchos. Y lo peor es que, como se me olvidan rápidamente las cosas, acabo repitiéndolas a quien ya las sabe.