29th Febrero 2008

Estudios

Hace pocas noches, cuando consideré que debía cumplir mis deberes conyugales del semestre, vestí mi bata de seda, me empapé en agua de colonia, puse música romántica, destapé una botella de champaña y me acerqué con intenciones románticas a mi irreemplazable esposa.

¡Quietico! -me dijo-. Eso que se propone hacer es muy peligroso.

Pero si solo le estoy coqueteando - tartamudeé a modo de disculpa–. Pensé que le iba a gustar.

Pues podría costarle caro -respondió, y me estiró un recorte de prensa donde se demuestra científi camente que coquetear quita energía.

Cuánta? Según estudio de la Universidad Javeriana, el hombre gasta 95 kilocalorías por minuto cuando intenta conquistar a una mujer, y ella, en cambio, solo quema 37. El mero intercambio visual consume 11 kilocalorías en la mujer y 3 en el hombre.

Sabiendo cómo es mi mujer cuando deambula con delantal y marrones, lo más probable es que le cueste a quien la ve 376.159 kilocalorías y un serio disgusto.

No estamos como para ir botando por ahí kilocalorías que a lo mejor nos harán falta mañana -me advirtió-. Así que mejor dejémonos de coqueteos y de vainas.

Se me ocurrió entonces la gran idea. (Recuerden que yo ya estaba preparado para cumplir mis deberes, aunque para ello renuncié a ver un partido de fútbol que pasaban por televisión). Le propuse que nos ahorráramos el contacto visual, la seducción y esas pendejadas y saltáramos directamente al tálamo nupcial.

¡Por ningún motivo! -contestó-. Eso sí que es mucho más grave.

Extrajo entonces otro recorte reciente donde un diario informaba sobre los graves riesgos del sexo. Decía la noticia: “Un hombre cuya mujer murió por una descarga eléctrica tras hacer el amor será acusado de homicidio involuntario en Pensilvania”. Parece que la pareja intentaba ponerle un poco de calor al asunto utilizando un secador de pelo, y en alguna maniobra torpe la pobre señora murió electrocutada.

Ahora acusan al marido de obligarla a esta clase de juegos.

¿Sí ve? -remató-. Riesgo mortal. Y cárcel. Intenté explicarle que los secadores no fi guraban en mis planes y por tanto era difícil que muriera de un corrientazo. No me creyó.

Mire, mijo: uno sabe cómo empiezan estos retozos, pero no cómo terminan. A lo mejor el señor de Pensilvania era un tipo más o menos tranquilo, como usted, pero se le ocurrió la mala idea del secador cuando la pasión le hizo perder la cabeza.

Muy bien, que conste que tenía todas las intenciones -dije resignado, mientras me quitaba la bata de seda y me ponía una sudadera-. Permiso, me voy a ver un partido de fútbol en la televisión.

Mi mujer saltó de grillo y se interpuso entre la pantalla y yo.

¡Imposible! ¡Me niego a quedar viuda por culpa de
un balón!

extrajo un tercer recorte. Según este, la Fundación Suiza de Cardiología ha demostrado que ver fútbol por televisión eleva las posibilidades de sufrir un infarto.

Al parecer, el estrés de ciertos partidos resulta irresistible para algunos corazones, especialmente en los tiros penaltis.

De modo -concluyó- que se acabó el fútbol en esta casa.

Ni seducción, ni sexo, ni fútbol. ¿A qué quiere entonces que me dedique?

Pues a trabajar horas extras, que es sano y deja plata.

En ese momento supe que había llegado mi desquite.

Pues se equivoca -dije- y mostré un recorte del 6 de febrero.

El titular decía “Trabajar más de 40 horas semanales
puede causar infarto y depresión”.

Es un estudio científi co de la Agencia de Salud Pública de España -expliqué-. Quienes trabajan 11 horas al día tienen tres veces más probabilidades de sufrir infarto que quienes trabajan seis.

Pues es muy digno morir en el trabajo -dijo mi mujer-. En cambio, ¡qué vergüenza hacerlo por razones sexuales o futbolísticas Así que no importa,siga trabajando.

La respuesta me indignó.

Si sigue pensando así -le advertí- se va a ir al infi erno…

Pues se equivoca -contestó, mientras me arrimaba un nuevo recorte: el infi erno no existe. Lo dijo el Papa.

En ese punto alcé los brazos y pedí compasión.

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26th Febrero 2008

Hood Robin Uribe y la reforma agraria

Sin que nadie se lo propusiera -el que menos, el ministro de Agricultura-, el caso del predio llanero de Carimagua se ha convertido en elocuente denuncia sobre la manera como se adelanta en Colombia una reforma agraria contra los pobres y a favor de los ricos. Recordemos que esas 17.000 hectáreas habían sido destinadas originalmente a los desplazados por la violencia y, de la noche a la mañana, el ministro de marras las adjudicó a empresarios particulares (cierto allegado a uno de ellos, Mario Escobar, que es tío de otro ministro y donó dinero a la campaña de quien otorga los predios, aduce que su firma no consideró interesante el ofrecimiento y lo rechazó). El ministro Andrés Felipe Arias dispuso el cambio de destino del proyecto porque supuestamente es terreno inadecuado, pero no dijo claramente qué iba a pasar con los desplazados, que son el meollo social del problema.

Carimagua es ejemplo de la reforma agraria que se empeña en realizar el actual gobierno, ya perfilada en la frustrada Ley Forestal que concede los bosques colombianos a las multinacionales. Nuestra historia muestra que aquí se han realizado al menos cuatro reformas agrarias, siempre adversas a los campesinos.

La primera, la de la colonia española, concedió las tierras de los indígenas a los encomenderos, heredadas luego por los criollos. La segunda, a mediados del siglo XX, desalojó a los campesinos durante la era de la Violencia para que los terratenientes se apoderaran de sus parcelas. Narcos, guerrilleros y paramilitares hicieron a balazos la tercera, que puso en manos de las bandas violentas un millón de las mejores hectáreas de cultivo y levante.
La cuarta es la que se adelanta ahora, al estilo Carimagua, y consiste en entregar las tierras buenas que quedan a los grandes empresarios, para que ellos las desarrollen y vuelvan jornaleros a los campesinos. Así lo planteó el presidente Álvaro Uribe en el Japón hace un tiempo y así intentó hacerlo su ministro a costa de los desplazados en el caso que suscitó escándalo nacional.

Es Robin Hood al revés, como dice el senador Jorge Enrique Robledo. Pero, además, aliñado con mentiras y movidas chuecas. No es verdad que la tierra de Carimagua sea mala y su cultivo ruinoso para los pobres y bueno para los ricos, como se aduce para el despojo. Lo afirman varios especialistas. Richard Probst Bruce, presidente de la Asociación Colombiana de Agroproductores Ambientalistas, asegura que es un “proyecto viable y de bajo impacto ambiental”, siempre y cuando se realice como un núcleo de desarrollo sostenible y con apoyo del Estado. Esto es, un centro de experiencia comunitaria respetuoso del medio ambiente, que privilegie la agroescuela y la siembra de alimentos. En igual sentido opinó Mauricio Botero Caicedo en El Espectador al defender las cooperativas populares, que ya adelantan en otros lugares del país “una revolución en el modelo de capitalismo agrario”.

El apoyo oficial es clave y desarrolla una obligación del Estado que impone la Constitución Nacional. Por lo demás, la acidez del terreno resulta fácilmente curable, según los expertos, y solo representa una excusa del ministro.

Carimagua, pues, es más que un predio. Es una filosofía retardataria por la cual el Gobierno pretende entregar la tierra a prósperos empresarios y quitarse de encima la responsabilidad constitucional de defender a los desvalidos.

ESQUIRLAS. 1) La habitual mirada hacia Estados Unidos ha impedido que los colombianos sigan la apasionante campaña electoral española, donde el Partido Socialista podría obtener una justa renovación de mandato el 9 de marzo frente a una derecha cada vez más refractaria.

2) Viendo la insoportable levedad del presidente Nicolás Sarkozy, uno se pregunta cómo se dice ‘chisgarabís’ en francés.

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22nd Febrero 2008

Devuélvannos el infierno, por favor

Les ha dado a los dos últimos Papas por quitar y poner el infierno, como si se tratara del letrero de “Abierto” y “Cerrado” de una tienda.

Juan Pablo II dijo que tan famosos lugares no existen en la realidad, pues son apenas estados interiores del hombre. Mejor dicho, es como si le dijeran a uno que Nueva York no es más que las ganas de irse a vivir allí, pero que no tiene existencia comprobada.

Ahora sale el sucesor de Juan Pablo, el pontífice Benedicto XVI, y aclara las cosas: no es exacto que no exista el infierno. Asegura el Papa que “El infierno existe y es eterno”, más o menos como las reuniones comunales del presidente Uribe.

Agrega, además, que también andan por ahí el cielo y el purgatorio, aunque nos deja en el limbo sobre el limbo. No sé ustedes, pero yo quedo sumamente alarmado con todo esto.

Para empezar, si los Papas son infalibles, ¿entonces por qué se contradicen? Además, se pone uno a pensar qué dirá el próximo Santo Padre que venga: ¿acaso que el infierno queda arriba y es ventilado, y el cielo está cerrado por reparaciones?

Vacilaciones tan grandes crean incertidumbre, y la incertidumbre es mala. Tan mala, que merece el fuego eterno. Vivíamos más tranquilos los cristianos cuando teníamos la seguridad del infierno, con sus llamaradas, sus altos hornos, las ánimas de los pobres pecadores en trance de achicharrarse y el diablo presidiendo el espectáculo con una sonrisa en los labios, un tridente en la mano y -en los momentos de coquetería- un lazo negro en la cola.

Daba tranquilidad esa imagen del infierno, porque permitía saber que allí iría a parar todo el que se portara mal y, en cambio, al que cumpliera con las leyes de Dios lo esperaba un cielo parecido al algodón de dulce, con cantos gregorianos, ángeles y un jurgo de monjitas.

Gracias a esta tajante división entre buenos y malos, cielo e infi erno, condenación y gloria, Satanás y el Padre Eterno, las cosas estaban claras. Y si no lo estaban, bastaba con acudir a la iconografía católica para descubrir tremendos cuadros donde aparecía el Demonio torturando a sus víctimas, o leer literatura religiosa -desde el Catecismo Astete hasta La Divina Comedia- para enterarse de lo duras que son las cosas en el Más Allá.

Desde que le dio al Vaticano por poner en duda la existencia de la geografía metafísica, muchos cristianos nos sentimos perdidos. Si no existe ese lugar que alberga eternamente el fuego y aquel otro donde todo es sosiego y contemplación de un señor barbudo sentadito en su trono, ¿qué estamos haciendo en este valle de lágrimas?

¿No hay premio ni castigo? ¿Todo tribunal se reduce a la Procuraduría y la comisión de sanciones de la Dimayor? ¿Se esfuman las posibilidades de conocer personalmente a Dios, darle la mano y que lo llame a uno por el nombre propio o su apodo, pues Él todo lo sabe? ¿Se desinfla la amenaza de nadar para siempre en la caldera hirviente donde deben de hallarse toda suerte de malvados, mujeres perdidas, perseguidores de la Iglesia y -espero- perseguidores de niños?

Y, en lo que hace con otros puntos de ultratumba, ¿cancelaron las autoridades para siempre el limbo, aquella oscura guardería de niños sin bautizar? ¿Y qué me dicen del purgatorio, antesala de la felicidad donde se producía un intenso comercio de pecados, sanciones e indulgencias adquiridas durante la etapa terrenal?

Imaginar la vida sin cielo, infi erno, limbo ni purgatorio es como pensar en un mapa de Colombia donde desaparecieran el río Magdalena, Bogotá y otras ciudades, la pata que se hunde al sur en el río Amazonas y la nariz oriental que aprietan Brasil por abajo y Venezuela por arriba.

No digo que conviene regresar a la ciega fe de carbonero, entre otras cosas porque ahora los carboneros son empresas multinacionales que solo tienen fe en el capitalismo. Pero pienso, humildemente, que la Iglesia debería tener más cuidado a la hora de revisar los símbolos que sirvieron para educar a millones de católicos.

Entre otras cosas, porque si suprimen el firmamento y el infierno se desplomarán la literatura, la pintura y la música occidentales. Habrá que desterrar incluso boleros y vallenatos, pues los primeros mencionan constantemente al cielo y los segundos se meten a menudo con el diablo.

Yo, por ejemplo, estoy por creer que nunca existieron los arcángeles, sino que eran garzas blancas sobrealimentadas, y que San Pedro no carga llaves sino tarjeta inteligente, como en los hoteles modernos.

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19th Febrero 2008

La otra hecatombe: la social

El presidente Álvaro Uribe adivina en los ataques de Hugo Chávez la hecatombe necesaria para su tercer gobierno. Los colombianos deberíamos adivinar en la re-reelección una hecatombe social que invita a oponerse a ella. Para muestra, dos casos recientes: el fallecimiento, por una cadena de errores, de una recién nacida en la clínica San Pedro Claver, de Bogotá, y el frustrado intento de entregar a empresarios particulares el predio de Carimagua, originalmente destinado a desplazados por la violencia.

El caso de la niña muerta por una inyección equivocada destapa el desplome de la ya precaria protección social de los colombianos de bajos ingresos. Desde que el Gobierno cedió el servicio de salud a los particulares, los enfermos se pierden en una selva de siglas -las ESE, las EPS, las ARS- y deben a menudo acudir a un juez para conseguir ciertos remedios. En teoría, se ha ampliado el cubrimiento. En la práctica, no puede decirse que los colombianos estén mejor protegidos que antes.

En cuanto a Carimagua, es apenas una nueva expresión del tradicional despojo a los campesinos. Ya en 1594 el rey de España ordenaba que “las tierras que se dieren a los españoles sean sin perjuicio de los indios”. No se cumplió. Hace algo más de medio siglo, los labriegos desplazados por la persecución laureanista denunciaban que “en la pobreza más extrema tuvimos que huir de nuestras tierras, víctimas de la más implacable violencia” y, un año después, seguían en el abandono mientras que de sus predios “se han adueñado personas amparadas en determinado rótulo político”. Entre esos campesinos atropellados había uno que hoy conocemos como ‘Tirofijo’.

La tragedia se repite, aunque la violencia tiene ahora otro origen. Los campesinos quieren tierra, pero primero se la quitan, luego se la dan a un poderoso y después -como en Carimagua- les ofrecen convertirlos en jornaleros explotados por los nuevos dueños de esa tierra. Con el pretexto de que las 17.000 hectáreas destinadas a los desplazados no eran buenas para ellos, pero sí para los empresarios particulares, el Gobierno intentó entregarlas en concesión a una compañía de la que es socio, entre otros, Mario Escobar Aristizábal, delegado presidencial en la junta que -ojo a la ironía- se instituyó para proteger a quienes perdieron sus parcelas. Como lo ha denunciado la prensa, este empresario aportó dinero a las campañas de Uribe y del director de la junta de marras y del Ministro de Hacienda, del cual es pariente.

Cuando alguien dijo al Ministro de Agricultura que el terreno era ácido, al prepotente personajito no se le ocurrió formar una cooperativa campesina ni vincular a un laboratorio científico de los que estudiaron la región. Ya había excusa para entregar la tierra de los desplazados a unos palmeros que encajan en el sueño oficial de convertir al Llano en un gran emporio empresarial. La Procuraduría y la denuncia de EL TIEMPO frenaron el abuso.
Lástima que los desplazados no sean empresarios ni tengan amigos en el Gobierno…

Todo es producto de la mentalidad neoliberal de un régimen que favorece a los capitalistas fuertes porque cree que así desarrolla el país y les vende por cuatro pesos las entidades que el dinero público construyó durante décadas. Tal ocurre, por ejemplo, con las electrificadoras de cinco departamentos, a punto de ser privatizadas en una feria que afortunadamente atajaron a tiempo la Contraloría General de la República y una batería de tutelas.
También sucedió con dos multinacionales petroleras, a las que extendió graciosamente sus concesiones en La Guajira y Cravo Norte.

Mucho debemos a Uribe en materia de seguridad, estabilidad económica y restitución de la fe y el optimismo nacionales. Pero él mismo ha reconocido los limitados alcances de su proyecto social. Cuatro años más de esta receta engordarían a muchos empresarios, pero enterrarían a miles de pobres.

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15th Febrero 2008

Ahí vienen las rusas

La caída del muro de Berlín y el levantamiento del muro de la experiencia personal me han llevado en los últimos años a dos descubrimientos que quiero compartir generosamente con ustedes.
El primero son las tenistas rusas. El segundo, los viajes organizados. No alcanzan a imaginar los lectores de qué dos maravillas les hablo. Hasta hace poco yo ignoraba la existencia de las rusas y desdeñaba las excursiones de agencia, a los que dedicaré la columna de la semana próxima. Ahora me falta aire para suspirar por las compatriotas de Putin y tiempo para viajar sin preocuparme por nada.
Empecemos por ellas. Durante siete décadas el mundo se acostumbró a mujeres rusas como las esposas de Nikita Krushov, el camarada Brezhnev y los demás cacaos del Kremlin: señoras gordas y de tupido bozo que no se quitaban jamás la pañoleta y usaban zapato de tacón bajito, faja de varillas y suéter una talla más pequeño. No digo que estas damas no fueran eximias representantes del noble pueblo soviético. Digo solo que, si lo eran, inspiraban pocas ganas de extender la revolución bolchevique
a nuestros países.
l derrumbe del Muro de Berlín, en 1989, produjo dizque “un nuevo amanecer de libertad”. Y el fruto de la libertad ha sido extraordinario. Quince años después, el mundo está maravillado -lo estoy yo, al menos-con esta nueva generación de rusas que cambiaron bigote por pecas y fajas por pantaloncitos diminutos. Cuando hablo de rusas, entiéndanme, me refi ero también a eslovacas, bielorrusas, checas, eslovenas, búlgaras, etc., así como los moscovitas, cuando hablan de mexicanos, abarcan paraguayos, argentinos, bolivianos, colombianos y salvadoreños.
Confi eso que, hasta cuando descubrí a estas chicas con apellidos que parecen sacados de las páginas de Tolstoi o Gogol -Dementieva, Chakvetadze, Vaidisova, Vesnia, Petrova, Kirilenko, Ivanovic-, yo tenía un serio desagrado con la raza blanca. Cada vez me hastiaban más las venas azules en piernas color kumis, las mejillas coloradas y las cejas amarillentas. Pero estas rusas nuevas son otra forma de blancura. No es la aburridísima blancura de la pureza. Es una blancura dorada, trigal, capciosa, intencionada, coqueta. Además, si las matronas soviéticas eran
paticortas, estas tienen piernas de lámpara: las de Adriana Skleranikova de Karembeu, tronco de modelo casada con un futbolista tronco, miden como 121 centímetros cada una: lo que medía, entera, la mujer de Lenin.
Hemos conocido a estas muchachas gracias al tenis internacional
que transmite la televisión. Varones toscos, como yo, que despreciábamos el tenis porque a cada contendor le adjudican media cancha y no hay disputas territoriales ni choques cuerpo a cuerpo, como en el fútbol, nos hemos afi cionado mansamente al deporte de las raquetas gracias a las rusas. A estas alturas de la vida, yo estaría dispuesto incluso a presenciar largos partidos de
ping-pong si en ellos participan mujeres con apellidos terminados
en “ova·” o en “enko”. Lo más bonito es que no son solamente tenistas. Mis febriles indagaciones sobre estas sardinas revelan que Maria Kirilenko también juega al balompié, que mi tocaya eslovaca Daniela Hantuchova es pianista y que la arrebatadora Svetlana Kuznetsova le jala al modelaje.
Las tenistas son solo la avanzada de la primavera femenina
ostsoviética. Un amigo mío que viaja mucho a Londres asegura que los buenos hoteles están llenos de camareras rusas dignas de disputar la Copa Davis y el concurso Miss Universo. En Madrid he visto inmigrantes de Europa oriental cuya sola presencia justifi ca la apertura indiscriminada de fronteras.
Pero como no hay paraíso sin serpiente, estoy esperando a que aparezcan los pontífi ces neoliberales que atribuyan al capitalismo y la globalización el fl orecimiento de las muchachas eslavas. A ellos les responderé esgrimiendo los clásicos rusos, cuando ya las mujeres eran de arrebatadora belleza. Un comprende las peloteras que armaron Natasha Rostov, Natacha Alekseevna Lasunsava y Lara Antipova.
pesar de que la Cortina de Hierro ha sido reemplazada por la malla de náilon, las hormonas no cambian. Hoy en día, los hijos de Julio Iglesias y yo estamos dispuestos a dejar a un lado el fútbol y empuñar la raqueta para gozar al menos de un set con Anna Karenina. ¿O es, acaso, Maria Sharapova?

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12th Febrero 2008

Idioteces cometidas impunemente

Una de las perspectivas que más aterra de un tercer período presidencial de Álvaro Uribe es la consolidación del régimen de impunidad política que cobija a sus altos colaboradores.

Decía Chateaubriand: “Hay tiempos en que una pequeña falta hace caer a un ministro; hay otros en los que las mayores idioteces se cometen impunemente.” Ni que don René hubiera vivido estos tiempos de Colombia, en los cuales el jefe del Estado interpreta la popularidad como licencia para amparar a los funcionarios que cometen errores e idioteces.

La lista es gorda.

Resulta inexplicable, por ejemplo, que continúe tan orondo al frente del Ministerio del Interior y Gobierno quien prácticamente justificó el linchamiento verbal -que habría podido ser físico- de Piedad Córdoba, a la que deben ofrecer las autoridades la protección que garantizan las normas constitucionales. Lejos de hacerlo, el ministro Carlos Holguín señaló: “Cuando uno expresa opiniones como las de la senadora Córdoba contra su país y contra el Gobierno, naturalmente alguien reacciona para manifestar su repudio”. Extendida semejante licencia de cacería, de nada valen posteriores y tibias admoniciones sobre los derechos de la señora Córdoba. En cualquier país serio, esa misma tarde el Ministro habría renunciado o lo habrían destituido. Pero no en este. Aquí, “las mayores idioteces se cometen impunemente”.

Ni qué decir de Juan Manuel Santos, que, siendo jefe de la campaña reelectoral uribista, acusó al político liberal Rafael Pardo de tener vínculos con las Farc. Sindicación tan peligrosa y falsa fue premiada con el Ministerio de Defensa. (Bueno: Uribe mismo suele hacer lo mismo con sus opositores de izquierda). Una vez allí, ha incurrido en otras metidas de pata: los “falsos positivos”, la revelación de un decomiso de coca en cantidades inexactas (”por culipronto”), los ostensibles movimientos para comprar armas en momentos en que parecían justificar las alocadas alarmas bélicas de Chávez… Pero Uribe solo le tolera todo.

En los últimos tiempos, el ministro de Transportes, Andrés Uriel Gallego, incurrió en dos estrepitosas metidas de pata. Primero, la licitación de Eldorado, convocada para un proyecto tan precario que el propio Uribe tuvo que salir a rectificarlo. La enmienda, con la licitación ya adjudicada, costará un dineral al Estado. Segundo, el túnel de La Línea, una obra tan mal manejada, que acaba de fracasar su tercera licitación. El Ministro continúa, sin embargo, fresco cual jazmín y rosario en mano, porque en este Gobierno “las mayores idioteces se cometen impunemente”.

Las más recientes corresponden a un especialista en salidas en falso, el ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias. No solo hizo gala de la más primitiva terquedad al presentar al Congreso un proyecto de Ley Forestal jurídicamente viciado desde sus comienzos (tumbado por la judicatura), sino que destinó a contratistas e industriales particulares 17.000 hectáreas de los Llanos asignadas a desplazados de la violencia. ¿Cómo puede este Ministro seguir mirando al mundo con pedante desdén después de semejantes barbaridades?

Ante fallos tan graves, otros resultan incluso divertidos, como la propuesta del vicepresidente Pacho Santos de atrapar, capturar y meter en la cárcel al alcalde de Maracaibo (Venezuela) por apoyar a las Farc. Menos graciosa es la afirmación del comandante de las Fuerzas Armadas, general Freddy Padilla, cuando dijo públicamente que la actitud de la mamá de Íngrid Betancourt constituye el mayor obstáculo para liberarla. Se equivoca, por supuesto: ese obstáculo son las Farc.

Lo más protuberante de las últimas horas ha sido una declaración del asesor presidencial José Obdulio Gaviria según la cual la marcha del 6 de marzo contra los paramilitares fue convocada por las Farc. Semejante atrocidad merece renuncia, pero el mentor del Presidente está vinculado por contrato con un tercero, ya que en la uribocracia de elástica duración, “las mayores idioteces se cometen impunemente”.

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8th Febrero 2008

El kumis de la memoria

Salvo para alineaciones de fútbol, poemas aprendidos antes de los 25 años y datos caprichosos e inútiles, no tuve nunca buena memoria. Mejor dicho: he tenido siempre una memoria con fecha de vencimiento, como el kumis.

De un día para otro podía aprender una manotada de fechas, fórmulas de física o términos procesales del derecho civil; pero 48 horas después se borraban para siempre de mi memoria. Así aprobé muchos de los exámenes del colegio y la universidad, y por eso puedo asegurar que este sistema de valoración no sirve para nada.

Es como calcular la temperatura de la Tierra metiendo un termómetro en una taza de café. Para demostrar que no miento, me gustaría citar como testigos a mis profesores de física y procedimiento civil, pero no recuerdo cómo se llamaban.

El caso es que el kumis cada vez se vence con mayor rapidez y mi memoria también. Noto que logro retener ciertos datos -un nombre, una fecha, una cara- apenas durante unas horas. Y que cada vez me parece más difícil aprender una canción o un soneto.
Imagínense el trabajo que me da recordar más de cuatro ministros del gabinete del presidente Uribe. No, mi querido lector, no se ría: si es tan berraco, dígame los nombres de los ministros de Salud, Desarrollo, Cultura (de acuerdo: esa morenita encantadora, pero deme el nombre) y Obras Públicas (sí, sí, el paisa rezandero; pero ¿cómo se llama?). Y lo peor es que, como se me olvidan rápidamente las cosas, acabo repitiéndolas a quien ya las sabe.

Por todo lo anterior mi nuevo icono en la carpeta de odios es el de los memoristas. Tengo varios amigos que gozan de memoria privilegiada y se esmeran en demostrarlo. Diálogo típico con mi cuate argentino Daniel Divinsky, el hombre de la memoria atómica, editor de Quino y Fontanarrosa.

- Quería decirte, Divinsky, que cuando nos conocimos a fines de marzo de 1975…
- Perdoná -interrumpe Divinsky-: fue a principios de abril.
Está bien, a principios de abril. Comentaba que cuando nos conocimos, tú me hablaste de un taxista argentino que cantaba mientras…
- No era argentino. Era uruguayo.
- En fin: que ese taxista que te llevó en Montevideo…
- En Buenos Aires. El taxista era uruguayo, pero trabajaba en Buenos Aires.
- Eso. Me contabas que ese taxista uruguayo que trabajaba en Buenos Aires les cantaba tangos a los clientes, cosa que me parece…
- Excusame. No cantaba tangos. Cantaba milongas.
- ¡Pare ya, Divinsky! ¡No le siga buscando las tres patas al gato, carajo!
- Las cinco. El gato tiene cuatro patas. La tercera aparece sin buscarla. La difícil es la quinta.

sí son los diálogos con Divinsky: interminables, porque se acuerda de todo. Y lo peor es que, como se me olvidan rápidamente las cosas, acabo repitiéndolas a quien ya las sabe. A él, por ejemplo.
En 1976, un año después de conocernos, hablamos de familias numerosas y, entre los abundantes ejemplos que surgieron, comenté que mi abuelo había tenido siete hermanos. Hace pocos meses, en uno de nuestros frecuentes encuentros, le mencioné que venía del entierro del último hermano de mi abuelo -en realidad, una hermana-, que eran siete.

- Eso ya me lo dijiste hace 31 años, tocayo.

No es posible envejecer con dignidad si nuestros amigos no envejecen al tiempo con uno. Divinsky es mayor que yo, pero su memoria está cada vez más joven. Y lo peor es que también se acuerda de decenas de números telefónicos, todas las alineaciones del Boca Juniors y los autores de libros de toda índole.
xisten ya tan modernos sistemas de acumulación de datos, que es infame e innecesario pedir que la fecha de vencimiento de la memoria humana tenga mayor duración que un kumis. Pero no un kumis en nevera, sino al aire libre y a la temperatura de La Dorada. Así nos pasa a muchos. Y lo peor es que, como se me olvidan rápidamente las cosas, acabo repitiéndolas a quien ya las sabe.

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5th Febrero 2008

Los colombianos estamos vivos

Un amigo mío presenció asombrado la marcha de Bogotá desde el piso23 del edificio Bavaria: “Nunca había visto tanta gente junta: era un río de camisetas blancas que duró dos horas desfilando”.

Desde la calle, donde nos apretábamos los caminantes, no se divisaba el paisaje de la muchedumbre, pero sí podían verse las pancartas (contra el secuestro y las FARC y algunas a favor del intercambio humanitario) y oírse las consignas: “¡Libertad!”, “¡No más secuestros”!, “¡No más FARC!”, “¡Colombia unida jamás será vencida”. Dos veces, entre la calle 26 y la Avenida Jiménez, los marchantes cantaron el Himno Nacional. No escuché gritos destemplados ni insultos. Tampoco coros a favor del gobierno. Millones de colombianos entendieron que se trataba de rechazar los secuestros y no necesariamente de apoyar al presidente Álvaro Uribe. Hasta en eso el pueblo fue, como lo proclamaba Jorge Eliécer Gaitán, superior a sus dirigentes, enredados en riñas y pequeñas diferencias.

Después del espectáculo del lunes no queda duda de que los colombianos abominan los secuestros, se oponen a la violencia, critican a la guerrilla y quieren la paz.

La pregunta es: ¿servirá de algo su multitudinario pronunciamiento? Se sabe hasta qué punto son refractarias las FARC y el ELN al clamor de los ciudadanos y persisten en su violencia anacrónica y despiadada. ¿Son, pues, las marchas tiempo gastado, pasos perdidos?

Coincidencialmente, la gran demostración a favor de la libertad se produce pocos días después de que el mundo ha recordado el sexagésimo aniversario del aniversario de la muerte de Monadas Gandhi, el hombre que inventó las marchas pacíficas modernas. Nacido en 1869, el Bolívar de la India fue asesinado el 30 de enero de 1948 en Nueva Delhi por un fanático religioso. Dieciocho años antes había emprendido una movilización masiva para protestar por las arbitrariedades del imperio británico en el mercado de la sal. Fueron 78 los ciudadanos que partieron con él de Sabarmati y miles los que llegaron a las playas de la aldea de Dandi, 400 kilómetros después. La marcha de la sal encarnó el espíritu de la resistencia civil contra la injusticia y fue imitada en los años siguientes por muchos actos más de protesta pacífica. Más de 80.000 indios acabaron en la cárcel tras la primera caminata y entre 200 y 250 fueron ametrallados por las tropas británicas cuando estas abrieron fuego contra una concentración popular en Kissa Khani.

La de la sal no fue la primera marcha de Gandhi. En 1919 había lanzado su llamado inicial contra la opresión imperial, al que siguieron varios más. Pero los analistas atribuyen a la caminata de Dandi un giro dramático en la historia de la India, un giro que culminó en 1947 con la independencia nacional.

¿Acaso será la gigantesca marcha del lunes el puno de inflexión que haga ver a los grupos violentos colombianos que el país está harto de ellos, de sus métodos inhumanos y su resistencia a aceptar la voluntad mayoritaria del país, abrumadoramente opuesta a ellos?

Me temo que no hay que hacerse demasiadas ilusiones. He asistido en España a manifestaciones igualmente copiosas contra la banda separatista ETA, y no bastaron para convencer a sus militantes de que el país los repudia. ETA, debilitada, sigue matando.

Tal vez hay que buscar la justificación esencial histórica de actos como el del lunes en las palabras que pronunció Jawaharlal Nehru, compañero de Gandhi y más tarde primer ministro de la India: “Nuestro movimiento significó una presión tremenda para el gobierno británico, pero su mayor importancia fue el efecto en nuestro propio pueblo, que actuó valerosamente y se negó a aceptar la injusticia”.

Aunque poco influya en las FARC, la histórica manifestación del lunes sirvió para demostrar que los colombianos estamos vivos y dispuestos a rechazar las infamias.

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1st Febrero 2008

Ya soy eterno

Dulcero como soy, solía visitar el restaurante Crèpes & Waffles (CyW) y agotar su delicioso menú. Pero, ingenuo como soy, pensaba que los dueños eran dos reposteros europeos, diga usted François Crèpes y Peter Waffles.

Un día supe que no había tales pasteleros foráneos; que la exitosa marca es netamente colombiana y que sus empresarios son una pareja encantadora, Eduardo y Beatriz. Pero, ay, supe también que ella es tan atractiva como afecta a la palabrería espiritual y que insufla al personal de su negocio frecuentes sermones sobre la felicidad, la alegría, el amor, la trascendencia y la vida.

En suma, decidió que elaborar colaciones constituye un sendero hacia la Realización del Ser y la Construcción de la Patria. Para que nos entendamos, misiá Beatriz escribe, publica y lee a sus pobres empleados cosas como estas:

Colombia tiene cara de mujer…”.

“Si me preguntaran en qué radica el éxito de CyW, mi respuesta sería: ¡en el amor!”

“Si llegas al corazón te quedas en la mente. Si conquistas
con el sabor… dejas la ilusión de volver”.

“Colombia es pasión: necesitamos mujeres que establezcan
leyes, reglas y normas con estilo CyW…”.

“¡Quiero amor y quiero amar!”

“¡Mantengámonos fuertemente trabajadores! ¡Inmensamente
productivos! ¡Inmensamente amorosos!”

“Libertad es construirse a sí mismo a partir de los hechos”.

“Si las flores hablaran nos dirían… ¡los amo!”

Y, para variar, “Crèpes & Waffles tiene cara de mujer…”.

En fin, una mezcla intragable de amor, felicidad y calorías: el peor Paulo Coelho con el más engordador Paul Bocuse. Ciertos mensajes no parecen vender solidaridad, sino discriminación: “Las aves solo vuelan con aves del mismo plumaje; jamás veremos palomas volar con chulos, porque les quitan su vuelo”… “Puedes amar al prójimo, pero no necesariamente puedes convivir o asociarte con todos”… “¡Volemos alto, con aves del mismo plumaje!” (Si aplican esta filosofía en el extranjero, nos echan a patadas a todos los inmigrantes).
Como, además de dulcero e ingenuo, detesto la espiritualidad de bolsillo y los predicadores de la energía y la belleza, escribí en 2005 un Postre de Notas donde manifestaba mi orgullo por el éxito internacional de esta cadena colombiana, pero rogaba que no le metieran amor, paz y patria a lo que solo es asunto de hornos y gerencia. La titulé “Filosofía acaramelada”.

Nunca pensé que esa nota iba a producirme una de las grandes alegrías de mi vida, como si volara muy alto y me construyera a mí mismo a partir de los hechos. Hace algunas semanas, misiá Beatriz publicó un libro suyo conrecetas para la parva, para la existencia y para la parva existencia. Allí aparecen muchas de sus pláticas de algodón rosado y de sus frases para Ser Mejor Persona. También los principales platos de CyW. Y, entre las novedades, un helado que se denominará “Filosofía acaramelada”.
¡Demasiado honor! Misiá Beatriz lo anuncia como gentilísima respuesta a mi columna y, para que no quede duda de quiénes le ayudaron a prepararlo, me menciona con gratitud y añade: “¡Gracias a Dios por darme la fortaleza para hablar de amor y transmitirlo!”. De modo que este insuperable helado es producto de los tres: misiá Beatriz, Dios y yo. No puede fallar.

Sentí en ese instante un Estremecimiento de Eternidad parecido al que sacudió a René de Chateubriand cuando se comió el primer filete con su nombre, a Alfredo cuando probó los fetuccini que lo mientan, a Suzette cuando exigió repetición de sus crèpes, a María Tudor cuando cató el Bloody Mary y a César (¿Augusto? ¿Borgia? ¿Rincón?) cuando descubrió que su nombre bautizaba una ensalada.

eñoras y señores: ya tengo plato propio, ya soy eterno.

Semejante libro para glotones de la metafísica ligera y la repostería pesada necesitaba al menos tres presentadores. Dos de ellos se ocuparon de lo Bello y lo Trascendente y Juan Gustavo Cobo-Borda blandió contra mí los bizcochos y las portentosas masas, incluyendo la suya. Luego pidió jarra de jugo de guanábana y triple orden de ponqué y se sentó a cavilar sobre la vida.

Mi mayor sorpresa fue cuando supe que el libro también se llamaba Filosofía acaramelada, lo cual, supongo, me otorga importantes derechos de autor. Los cobraré en diversas especies de crèpes y dulces, incluyendo mi helado. Pero ordenaré que las envíen a domicilio, para conjurar el peligro de oír la carreta de mercadeo espiritual de misiá Beatriz.

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