Estudios
Hace pocas noches, cuando consideré que debía cumplir mis deberes conyugales del semestre, vestí mi bata de seda, me empapé en agua de colonia, puse música romántica, destapé una botella de champaña y me acerqué con intenciones románticas a mi irreemplazable esposa.
¡Quietico! -me dijo-. Eso que se propone hacer es muy peligroso.
Pero si solo le estoy coqueteando - tartamudeé a modo de disculpa–. Pensé que le iba a gustar.
Pues podría costarle caro -respondió, y me estiró un recorte de prensa donde se demuestra científi camente que coquetear quita energía.
Cuánta? Según estudio de la Universidad Javeriana, el hombre gasta 95 kilocalorías por minuto cuando intenta conquistar a una mujer, y ella, en cambio, solo quema 37. El mero intercambio visual consume 11 kilocalorías en la mujer y 3 en el hombre.
Sabiendo cómo es mi mujer cuando deambula con delantal y marrones, lo más probable es que le cueste a quien la ve 376.159 kilocalorías y un serio disgusto.
No estamos como para ir botando por ahí kilocalorías que a lo mejor nos harán falta mañana -me advirtió-. Así que mejor dejémonos de coqueteos y de vainas.
Se me ocurrió entonces la gran idea. (Recuerden que yo ya estaba preparado para cumplir mis deberes, aunque para ello renuncié a ver un partido de fútbol que pasaban por televisión). Le propuse que nos ahorráramos el contacto visual, la seducción y esas pendejadas y saltáramos directamente al tálamo nupcial.
¡Por ningún motivo! -contestó-. Eso sí que es mucho más grave.
Extrajo entonces otro recorte reciente donde un diario informaba sobre los graves riesgos del sexo. Decía la noticia: “Un hombre cuya mujer murió por una descarga eléctrica tras hacer el amor será acusado de homicidio involuntario en Pensilvania”. Parece que la pareja intentaba ponerle un poco de calor al asunto utilizando un secador de pelo, y en alguna maniobra torpe la pobre señora murió electrocutada.
Ahora acusan al marido de obligarla a esta clase de juegos.
¿Sí ve? -remató-. Riesgo mortal. Y cárcel. Intenté explicarle que los secadores no fi guraban en mis planes y por tanto era difícil que muriera de un corrientazo. No me creyó.
Mire, mijo: uno sabe cómo empiezan estos retozos, pero no cómo terminan. A lo mejor el señor de Pensilvania era un tipo más o menos tranquilo, como usted, pero se le ocurrió la mala idea del secador cuando la pasión le hizo perder la cabeza.
Muy bien, que conste que tenía todas las intenciones -dije resignado, mientras me quitaba la bata de seda y me ponía una sudadera-. Permiso, me voy a ver un partido de fútbol en la televisión.
Mi mujer saltó de grillo y se interpuso entre la pantalla y yo.
¡Imposible! ¡Me niego a quedar viuda por culpa de
un balón!
extrajo un tercer recorte. Según este, la Fundación Suiza de Cardiología ha demostrado que ver fútbol por televisión eleva las posibilidades de sufrir un infarto.
Al parecer, el estrés de ciertos partidos resulta irresistible para algunos corazones, especialmente en los tiros penaltis.
De modo -concluyó- que se acabó el fútbol en esta casa.
Ni seducción, ni sexo, ni fútbol. ¿A qué quiere entonces que me dedique?
Pues a trabajar horas extras, que es sano y deja plata.
En ese momento supe que había llegado mi desquite.
Pues se equivoca -dije- y mostré un recorte del 6 de febrero.
El titular decía “Trabajar más de 40 horas semanales
puede causar infarto y depresión”.
Es un estudio científi co de la Agencia de Salud Pública de España -expliqué-. Quienes trabajan 11 horas al día tienen tres veces más probabilidades de sufrir infarto que quienes trabajan seis.
Pues es muy digno morir en el trabajo -dijo mi mujer-. En cambio, ¡qué vergüenza hacerlo por razones sexuales o futbolísticas Así que no importa,siga trabajando.
La respuesta me indignó.
Si sigue pensando así -le advertí- se va a ir al infi erno…
Pues se equivoca -contestó, mientras me arrimaba un nuevo recorte: el infi erno no existe. Lo dijo el Papa.
En ese punto alcé los brazos y pedí compasión.
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