Organicémonos: ¿es Chávez vocero de las Farc?
Dos verdades de a puño sobre Hugo Chávez y su injerencia en los asuntos de Colombia. Primero: el presidente venezolano parece esmerarse en borrar con las palabras lo que consigue con los hechos. Tras haber sido pieza clave para el retorno de dos secuestrados, ensució irreparablemente su actuación con la solicitud de declarar ejército insurgente a las Farc. Segundo: su intervención fue tan torpe que, lejos de dividir a los colombianos, los unió. Desde cuando cayó Gustavo Rojas Pinilla en 1957 no veía yo tanta unanimidad contra alguien y en apoyo -expreso, tácito o resignado- del Gobierno.
El temperamento ciclotímico de Chávez (hoy tacha de indigno a Uribe, mañana le declara su amor) ha impulsado este carrusel de emociones desde diciembre. Pero, por favor, como en el cuento de la orgía, “¡organicémonos!”. Conviene enfriar la cabeza y formular algunas preguntas. ¿A cuento de qué pide Chávez que se suprima a las Farc el marbete de terroristas? ¿Es un mensaje de ‘Tirofijo’ que administra el presidente venezolano? ¿Es un capricho del ex coronel? ¿Acaso la exigencia podría considerarse el comienzo de una negociación? Aquella glosa adicional según la cual las Farc abandonarán el secuestro y otras atrocidades si obtienen el estatus de beligerancia, ¿es un recado de la guerrilla o es una suposición del presidente venezolano?
Sí: organicémonos. Resulta indispensable aclarar cuál es el papel de Chávez en este despelote. Será interesante determinar si se trata del vocero oficial o extraoficial de las Farc para un proceso de paz, caso en el cual convendría llevar las conversaciones a otro terreno y ver qué es negociable en lo que tiene que proponer. En cambio, si son ideas que se le ocurren a la bartola, lo pertinente es pedirle al rey de España que le repita lo que le dijo en Chile.
En caso de que resultara interesante un cambio de categoría de las Farc -aunque no para reconocerle soberanía sobre una zona del país, evidentemente-, ello debe ser parte de un proceso serio y completo en que entreguen secuestrados, renuncien a violar los derechos humanos y, al final, rindan las armas y se incorporen a la vida democrática a cambio de concesiones políticas.
Por otra parte, hace mal el Gobierno colombiano en responder con un comunicado retórico a la sinrazón de Chávez. La condición de terrorista que se asigna a un grupo corresponde a un estatus que, si bien no plenamente definido -como observa Eduardo Pizarro Leongómez-, produce consecuencias jurídicas. No es posible calificar de terrorismo todo cuanto se le ocurra a un gobernante. Dice en su comunicado la Casa de Nariño que las Farc son terroristas porque atentan contra la democracia, se financian con el narcotráfico, destruyen el ecosistema, engendraron el terrorismo paramilitar, causan desplazamientos, dolor y pobreza…
Cuidado: las Farc son terroristas, sí, pero no por las anteriores razones, sino por el uso irracional de la violencia contra ciudadanos inermes, la siembra indiscriminada de bombas y minas, los campos de concentración de militares, los ataques a civiles, el secuestro, la tortura, los asesinatos… En suma, por pasar a cuchillo los principios elementales del Derecho Internacional Humanitario.
Si destruir el medio ambiente otorga título de terrorista, lo merecen mucho más ciertas empresas multinacionales o la aspersión de la selva con glifosato. Los narcotraficantes son delincuentes y enemigos de la sociedad, pero ello no basta para llamarlos terroristas. Tampoco a quienes atacan de manera pacífica la democracia. Finalmente, el terrorismo paramilitar no es menos terrorismo porque surja como reacción ante las atrocidades de la guerrillera.
Al meter en la mochila del terrorismo a terroristas típicos y a delincuentes de toda pelambre, el Gobierno ayuda a la confusión general y la evaporación de responsabilidades.