8th January 2008

El sorprendente triunfo de Kid Uribe

Los sucesos colombianos de las últimas semanas pueden considerarse ignominiosos desde la óptica de los derechos humanos, insólitos desde la perspectiva de las relaciones internacionales y aparatosos desde el ángulo militar. Pero difícilmente volveremos a presenciar una temporada más apasionante desde el punto de vista político. Digo mal: la política no alcanza a describir lo visto. Habría que acudir a una mezcla de relato pugilístico y la eterna lucha entre el Bien y el Mal.

En apenas un mes observamos cómo Álvaro Uribe cometía el craso error de aceptar que un demagogo impredecible como Hugo Chávez fungiera de mediador ante las Farc para un intercambio humanitario en el que este gobierno no cree. Hay peleas que se pierden en el momento mismo en que se aceptan, como sería la de un peso gallo contra un mediano, y, en el terreno en que se planteó el conflicto, Uribe llevaba las precarias opciones del gallo. Cuando reaccionó y desmontó groseramente a Chávez del proceso, multiplicó el error: en un solo acto, descendió al escalafón de los moscas y Chávez -herido, ofendido y solidario con las Farc- ascendió al de los pesados.

En ese instante, las propias Farc subieron también al ring donde se tambaleaba el presidente colombiano y, al anunciar la liberación de tres secuestrados, ayudaron a derribarlo en un severo nocaut. Uno… dos… tres… Mientras la opinión pública internacional seguía la cuenta de 10, se montó la parafernalia de helicópteros venezolanos, exposiciones televisadas de Chávez con mapas y flechitas, reunión de delegados de seis países, traslado momentáneo de la capital de Suramérica a Villavicencio y hormigueo infatigable de periodistas por todos lados. Cuatro, cinco… seis… le contaban a Uribe.

La época del año añadió guirnaldas al escenario: un niño llamado Emmanuel, como Cristo, que llega a su familia en Navidad: ni a Fernando Gaitán se le habría ocurrido semejante novelón. Siete… ocho… En el punto en que se aplazó la entrega de los cautivos por supuestas interferencias de las Fuerzas Armadas colombianas se oía la cuenta de nueve, y todos esperaban que, al llegar a diez, el regreso de los secuestrados hundiera a Uribe en la miseria política absoluta.

Pero en ese momento ocurrió una de las más espectaculares resurrecciones que se hayan visto en el cuadrilátero de un choque político. El púgil que parecía liquidado, aquel que se aprestaban a socorrer con médico y la camilla, se puso en pie y anunció que las Farc no podían entregar al niño porque este, muy probablemente, estaba en poder de Bienestar Familiar.

En un primer momento, muchos supusieron que el vencido intentaba aferrarse a las cuerdas para detener la cuenta. Pero a medida que encajaban las piezas se vio que el balance de la pelea cambiaba sustancialmente y Kid Uribe podía lograr un triunfo sorprendente y demoledor y un merecido desquite de las humillaciones padecidas. Segundos después, mientras a él le levantaban el brazo, quedaban tendidos en la lona Chávez y las Farc.

El inesperado desenlace final de la contienda produce algunos efectos positivos: desnuda una vez más el mundo atroz, cruel e irreal de las Farc; le baja los humos a Chávez; muestra que funcionó el sistema de protección infantil de Bienestar Familiar; pone totalmente a salvo a Emmanuel…

Pero también deja consecuencias lamentables: golpea el acuerdo humanitario; fortalece a quienes pretenden una imposible solución militar del conflicto; desprestigia la intervención internacional (única salida lógica al problema); complica la vida de los rehenes cuya entrega se ha anunciado y deja en mala posición a una líder honesta y valerosa como Piedad Córdoba.

Se dice que este episodio necesita como narrador a Spinoza, a Coetzee, a Remarque. Nada de eso: para contar lo ocurrido lo que se requiere es la voz deportiva de Édgar Perea.

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