Perro que ladra fomenta el mordisco
La mayoría de los análisis que he leído sobre los insultos y belicosas amenazas de Hugo Chávez pueden resumirse en una frase: perro que ladra no muerde.
Por mi parte, desconfío de la premisa mayor, la zoológica; nace mi escepticismo de la cicatriz infantil que me dejó un perro que ladraba y acabó mordiéndome. Reniego, además, de la premisa del ladrido, porque a veces ladrar conduce velozmente a la tarascada.
El refrán del perro corresponde a otro más fino, pero igualmente discutible, según el cual “las palabras no matan”. Hay varias maneras de matar a través de las palabras, y una de ellas es el discurso incendiario que solivianta a quienes muerden sin ladrar. El domingo pasado, en el Festival Hay, el historiador británico Antony Beevor señaló cómo la retórica agresiva de ciertos paladines de la izquierda y la derecha española fue fundamental para que estallara la Guerra Civil. Sus palabras ayudaron a matar a un millón de personas.
No nos engañemos: los ladridos de Chávez encierran peligro, pero no en sí mismos, pues cada regurgitación de insultos se deprecia y recibe menos atención del mundo. Sin embargo, ignoramos hasta qué punto -y encrespado precisamente por el escaso interés que despiertan sus proclamas-, Chávez sería capaz de inflamar a sus seguidores contra Colombia para suscitar hechos. Hasta ahora ambos pueblos han demostrado una madurez muy superior a la de sus dirigentes. El boxeo de Chávez contra la sombra de Uribe no ha producido, que se sepa, ninguna reacción importante de los venezolanos contra los colombianos, ni de estos contra aquellos.
Tranquiliza que así sea. Pero inquieta pensar que no hay nada más fácil que formar un grupo de provocadores que arrime el fósforo a la dinamita. La historia ofrece amplio catálogo de ejemplos.
En este sentido, lo más prudente sería que en las marchas del próximo 4 de febrero para protestar por la violencia y el secuestro nos abstuviéramos de toda pancarta, cartelón, consigna o alarido contra Venezuela. Nuestra pelea no es contra un país que nació, creció y sufre al lado nuestro, sino contra quienes han convertido en instrumento político cotidiano prácticas infames e inhumanas como asesinatos, secuestros, encadenamientos, torturas… Será inevitable que muchos repudien el apoyo de Chávez a las Farc, pero no debemos confundir al gobernante con la nación, así nuestro propio Gobierno tenga bastante cruzados los cables en esta materia y proclame a veces que atacar al Presidente equivale a embestir contra la patria.
Con todo mi respeto por quienes prefieran abstenerse de concurrir a la manifestación del 4 de febrero, me parece que la importancia de la causa derrota casi todas las excusas. Que se convocó por Internet… pues sí, en el siglo 21 ya no se estila la lectura de bandos con trompeta. Que el Gobierno intentará manipularla… naturalmente: confundir es arma natural de la política, pero el mejor antídoto contra ella es expresar claramente que no desfilaremos a favor de Uribe ni de su gobierno, sino en contra de la violencia, del secuestro, de las Farc. Por eso debe quedar claro que no se trata de caminar a favor o en contra de la Seguridad Democrática, del despeje o no despeje, ni del intercambio humanitario sí o intercambio humanitario no.
Me parece un error dejar esta iniciativa en manos de determinados grupos políticos. La presencia masiva y multicolor de manifestantes garantiza que se trata de un sentimiento general de los colombianos, un sentimiento que supera toda diferencia.
No sobra recordar, sin embargo, que otros grupos practican la violencia insensata que repudiaremos el lunes. En las últimas cinco semanas, bandas de paramilitares cimarrones han asesinado a una docena de personas, desaparecido a nueve y desterrado a 120 en Nariño, Antioquia, Santander, Chocó. También contra ellos pienso salir el lunes a la calle.
posted in Cambalache | 0 Comments