9th October 2007

Los pugilatos del presidente Uribe

Nada bueno queda de las peleas del presidente con la Corte y los periodistas.

No había acabado de lidiar el toro de las acusaciones sin pruebas contra él lanzadas por la antigua amante de Pablo Escobar, cuando el presidente Álvaro Uribe se faja contra la Corte Suprema de Justicia y varios periodistas. Ahora tiene casadas por lo menos tres peleas, y resulta difícil pensar que todas son beneficiosas para el país.

Decía Luis Miguel Dominguín que él lidiaba a veces seis toros en una sola tarde. “El secreto -afirmaba- es que te vayan soltando los toros uno por uno”.

Uribe es de otra escuela de tauromaquia política, y pide todos los toros a la vez. Su habilidad, su popularidad y la vulnerabilidad de algunos de esos toros le permite cortar una que otra oreja. Pero el riesgo de una cornada grave es importante.

La pelea contra la Corte es ejemplo del tipo de combates que exigen máxima prudencia. Si considera que un magistrado de la Corte actúa de manera indebida, hay mecanismos institucionales para denunciarlo. El micrófono no es buen ring para esta clase de peleas, y mucho menos cuando se tiene un temperamento volado como el del primer magistrado. Ignoro quién tiene la razón, pero hay dos cosas claras: primero, que debería plantearse según los procedimientos legales y constitucionales; y, segundo, que ningún desenlace resulta aceptable: o el presidente está histérico o enfrentamos un acto de corrupción de la Justicia.

Tampoco resulta edificante la batalla campal con los periodistas. En algunos episodios Uribe tiene razón, como comentaré. Pero los duelos dialécticos en antena, los regaños a algunos interlocutores y el peligroso señalamiento de otros -caso de Gonzalo Guillén- son efectos lamentables de las maratones pugilísticas presidenciales.

Uno de los más lamentables hechos que marcan estas y otras situaciones recientes es que continuamos bajo el signo de los criminales que confiesan historias horribles… o que las inventan.

Un amigo mío español me preguntó la semana pasada si Colombia está tan arrevolverada como Birmania. Negué enfáticamente y le pregunté qué le hacía pensar semejante cosa.

-Las revelaciones sobre tu presidente- me dice-. Supongo que en este momento el pueblo intenta derrocar a semejante mafioso.
Solo entonces entendí que leyó un refrito internacional de las noticias colombianas sobre las “denuncias” de Virginia Vallejo y creyó que si la prensa recogía noticias tan gordas es porque eran verdaderas, y, si las noticias eran verdaderas, el sátrapa debía de estar tambaleando. Como en Birmania.

Las “acusaciones” de Vallejo contra Uribe ocasionan grave daño, pues muchos lectores ingenuos nos ven como una nación de idiotas gobernada por un paramilitar narcotraficante. Lo insólito es que son incriminaciones sospechosamente tardías, procedentes de fuente deleznable y, sobre todo, sin el menor apoyo probatorio. El hecho de que unas veces las lance a través de un libro comercial y otras mediante un espectáculo de televisión no las hace más veraces ni meritorias.

Igual puede decirse de los gánsters que periódicamente ocupan primeras planas en revistas y diarios: nadie les exige que prueben sus denuncias -a menudo fabricadas para obtener rebajas de penas-, mientras a los perjudicados se les escamotea el derecho a defenderse.

Esta clase de periodismo nada tiene que ver con la reportería investigativa que pretende sustituir. Hace tres décadas surgió en Colombia un periodismo de investigación que destapó abundantes porquerías sin quebrantar las rigurosas normas del oficio. En aquel periodismo las denuncias de un hampón no eran el final de la labor, sino el comienzo. De ahí se partía hasta comprobar cuánto tenían de verdad demostrable. En el curso de la investigación, los acusados presentaban su punto de vista y ocasionalmente destruían las incriminaciones falsas. Muchas pesquisas morían en el camino porque no había cómo demostrar los hechos o porque se llegaba a la conclusión de que eran producto de un error o una mendaz venganza.

Hoy muchas cámaras y rotativas dan la bienvenida a estos pájaros sin el menor beneficio de inventario.

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5th October 2007

Cuatro viejas letras

Además del cuadro de ‘Las Meninas’, la Plaza de las Ventas y las tapas en la Gran Vía, lo que más impresiona a los latinoamericanos en Madrid son las cuñas de televisión donde se habla del culo de los bebés: “Proteja el culito de su bebé con pañales XX”… “Cuando el culo del bebé se irrita, nada como ungüento ZZ”… “¡Me encanta el culito de mi bebé! Es muy suave, gracias a talco NN”…

No es que los españoles sean mucho más procaces que nosotros -bueno, sí lo son, pero no en este caso-, sino que la palabra “culo” marca poco en el ajómetro social. Digamos, 2 sobre 10. En cambio, en América marcaba 8 y ahora marca 5 ó 6. Pero marca.

Advierto, entonces, que escribo este Postre en mi calidad de filólogo español y no de columnista colombiano. Y es porque no voy a hablar del culo como presa anatómica de animal o de humano, sino como morfema; es decir, como elemento básico del idioma.

Su ingreso al castellano es antiquísimo. Según el etimólogo Joan Corominas, su primera referencia escrita data de 1155: ¡ocho siglos y medio! Esto lo hace más antiguo que sinónimos suyos como nalga, que aparece hacia 1400, y glúteo, que mora entre nosotros hace apenas un siglo.

Hablamos, pues, de una palabra más antigua que “religión”, “matrimonio” o “dinero”. García Márquez recuerda en ‘Cien años de soledad’ que “no hay que confundir el culo con las témporas”. Pues bien: “culo” es cinco siglos anterior a “témporas” en los anales -nunca mejor dicho- del español. Lo que constituye otra razón para no confundirlos.

También hablaré del culo como raíz. Como raíz de otras palabras, se entiende. Y todo esto será gracias a muchos lectores que, inspirados en mi artículo de hace pocos meses sobre el término ‘culipronto’ (“apresurado, precipitado”), propusieron que me ocupara de otros derivados del castizo vocablo.

La primera palabra que ellos sugieren tiene que ver con el vocablo culipronto. Se trata de una entidad fundada por Guillermo ‘la Chiva’ Cortés que responde al nombre de Anacupro, Asociación Nacional de Culiprontos. Tiene blog en internet (http://patton.blogdeldia.com/item/229) y no me extrañaría que también tuviera sede física en Colombia. Dice su secretario general: “Aquellos que hacemos parte de Anacupro nos reconocemos desde niños. Cuando la profesora pide a la clase que quién puede traer el fósil de un zancudo para que todos puedan entender el proceso, nosotros hace media hora habíamos dicho “¡YO!”

Y agrega: “Ahí radica la principal característica de los anacupros. Nosotros somos sapos, sí. Claro. Pero somos sapos porque queremos el bien de la humanidad, que la gente aprenda, que no haya más hambre, que se acabe la injusticia…”

Otro lector recuerda un derivado clave de nuestro morfema principal: ‘sacaculismo’. Más que una palabra, estamos ante una filosofía de la vida. El sacaculista evade las responsabilidades, no acepta culpas, huye de la confrontación de sus errores. Por una extraña ironía anatómica, se llama ‘sacaculista’ al que no da la cara. Es decir, que saca el culo, y con el culo, saca la cara, y con la cara, saca el cuerpo, y en medio de la operación se lava las manos.

El ‘sacaculista’ es esencialmente calceto, irresponsable, cobardón, faltón. Parece increíble que palabra tan expresiva para concepto tan claro no figure en el Diccionario. Pero no figura. La Academia ha resultado ‘sacaculista’ en esta materia.

Con la misma raíz se forma otra escuela filosófica: el ‘meimportaunculismo’. No es igual el ‘sacaculista’ -que se esconde- que el ‘meimportaunculista’, a quien nada roza, altera o motiva. Distinto al ‘sacaculista’, el ‘meimportaunculista’ sí da la cara; pero al ponerla, la cara dice que nada le interesa y nada le afecta. El ‘meimportaunculista’ pasa de todo, carece de urdimbre moral o emocional para dejarse conmover o entusiasmar. Es un indiferente profesional, un pedazo de piedra. A imitación suya, el Diccionario tampoco lo registra en su lista de palabras. Ya casi termino.

Quiero antes plantear otra acepción, la séptima, de la palabra culo. Esta, ya no como sustantivo (trasero, extremidad de una cosa, cuncho de un vaso, etc.), sino como adjetivo. Los colombianos sabemos que hay individuos y cosas a quienes les ajusta este término mejor que cualquier otro. Podríamos decir “¡qué tipo tan aburrido, pomposo, engreído e impertinente!”.

Pero, para ahorrar tiempo y ganar contundencia, preferimos decir “¡qué tipo tan culo!”. Son cuatro letras que lo dicen todo; de allí proceden “¡qué culera!”, “un culazo”, “un plan culísimo” y otras bellezas.

Lamentablemente, el espacio se acaba y hemos llegado a lo que la cuarta acepción del Diccionario permitiría llamar “el culo del artículo”… que es muy distinto a “un artículo culo”.

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2nd October 2007

Instrucciones para inventarse una guerra

Estados Unidos y sus principales aliados en la aventura guerrera de Irak nunca condicionaron su ataque a que Saddam Hussein tuviera armas de destrucción masiva (AMD) y bombardearon a sabiendas de que ninguna resolución de la ONU brindaba piso legal a su guerra. Estos hechos, que varias fuentes han sostenido desde un principio, ya encontraron apoyo en los archivos reservados de Inglaterra y España. Son una indignante radiografía que revela cómo se engaña a los ciudadanos para forzar una guerra injusta.

La filtración de documentos secretos permite saber que George W. Bush (E.U.), Tony Blair (Gran Bretaña) y José María Aznar (España), los tres personajes que se reunieron en las islas Azores para montar la guerra y atraer a otros países, eran conscientes de que su iniciativa atropellaba la legalidad internacional y que mentían al afirmar que Hussein contaba con arsenales de AMD. Pese a ello, aprobaron la invasión. En realidad, Bush nunca se preocupó mayormente por la oposición de la ONU ni por las inspecciones que demostraban el desarme iraquí. Su plan era fusilar con permiso o sin él: “Nuestra estrategia diplomática debe ser organizada alrededor de la planificación militar”. Así lo acordaron Bush y Blair el 31 de enero de 2003, según acta (“Memorando Manning”) que divulgó Don Von Natta, del New York Times.

El calendario secreto de los invasores siguió el ritmo de los preparativos militares, mientras los gobernantes engañaban a la opinión pública y procuraban una resolución del Consejo de Seguridad que autorizara el ataque. Esta nunca se produjo a pesar de las amenazas económicas de Washington a Chile y México, miembros del Consejo. En su rancho tejano de “Prairie Chapel”, Crawford, Bush informó a Aznar el 19 de marzo que iría a la guerra, hubiese o no resolución específica de la ONU que lo autorizara (“Memorando Crawford”). Según consta en archivos españoles que divulgó Ernesto Ekáizer en ‘El País’, Aznar opinaba que era “muy importante contar con una resolución”. No la consiguieron y Bush, según lo previsto, invadió Irak el 20 de marzo, apenas estuvieron listos los bombarderos. Blair y Aznar lo apoyaron cínicamente aduciendo un argumento cuya falsedad conocían, según consta en los papeles: que los amparaba la vieja resolución 1.441, donde no se menciona el ataque.

Un libro del profesor británico Phillipe Sands cuenta otros datos insólitos de la tropelía. Bush propuso a Blair, por ejemplo, que pintaran con colores de la ONU algunos aviones U2 estadounidense e invadieran el espacio aéreo iraquí para provocar a Hussein. Si derribaba alguno, la ONU, confundida, podría autorizar la guerra. Era un plan tan descarado que lo descartaron.

Los demoledores papeles filtrados no sólo revelan cómo se planeó la invasión de Irak a despecho de las leyes internacionales, sino que los impulsores eran una pandilla de mentirosos sin visión del problema que estaban formando. Mes y medio antes de empezar la guerra, sus asesores militares pensaban que duraría cuatro días, que ocasionaría pocas bajas y que no desataría luchas religiosas internas. La historia muestra una realidad diferente: desde entonces han muerto más de un millón de iraquíes, 3.803 soldados estadounidenses, 298 de otros países aliados, hay cientos de miles de heridos y chiitas y sunitas se consumen en una interminable matanza mutua.

Surgen varias preguntas:

  • ¿Qué habría ocurrido si un jefe de Estado con pocas simpatías en el Establecimiento global -Castro, Chávez, Bashar al-Assad, Ahmadinejad¿ ignorase a la ONU y atacase a otro país? ¿Lo habrían acusado, acaso, ante un tribunal internacional?
  • ¿Merecen algún tipo de sanción o descalificación los líderes que, a sabiendas de que mentían y carecían de sostén legal, desataron esta horrible guerra?
  • Finalmente: ¿Por qué el gobierno colombiano, que se precipitó a apoyar la invasión, no ha retirado su respaldo y repudiado este crimen internacional?

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28th September 2007

Viejos Verdes Anónimos

Un amigo mío mucho mayor que yo (como seis años… quizás ocho…) me llega desconsolado con la siguiente queja:

- ¿ Mi mujer se molestó porque miré con interés a una chica joven. Me llamó “viejo verde”.

- ¿¡Viejo verde un muchacho como tú!? ¿exclamé (tal vez me lleva menos: apenas un par de meses)¿ ¿Qué le contestaste?

- ¿ Le dije que si acaso había alguien verde era la sardina, porque yo cada vez estoy más madurito.

- ¿¡Bien respondido! ¿Y qué edad tenía la sardina?

- ¿No sé: unos 50 o 55 años…

En ese momento entendí que existe una perversa discriminación contra la edad en lo tocante a apreciación sexual y que era indispensable crear un movimiento en defensa de la libre mirada erótica.

Hay organizaciones que defienden a latinos, negros, orientales, aborígenes; otras a homosexuales, mujeres maltratadas, niños abandonados, antiguos presidiarios; también a las ballenas, los delfi nes, los pandas; las hay que protegen a enfermos de diversos males, perseguidos políticos, alcohólicos, drogadictos; algunas cuidan de periodistas, mineros, controladores aéreos. Pero nadie vela por el derecho de observar discretamente a personas del sexo opuesto sin consideraciones de edad.

Así nació Viejos Verdes Anónimos, que fundamos mi amigo y yo. Nuestra misión inicial es solamente reflexionar e informar.

Por ejemplo: ¿Cuándo empieza a ser verde un viejo verde? ¿Depende acaso de la sociedad donde viva, del momento histórico, de las estadísticas demográficas, de la edad de jubilación? En Japón, donde hay 28.000 ciudadanos mayores de 100 años, solo se empieza a ser viejo verde después de los 90. En cambio, en tiempos coloniales, cuando el promedio de vida era de 42 años, cualquiera era verde a los 25. Los pilotos se jubilan al llegar a los 50. ¿Eso los vuelve verdes a los 51? Pero los músicos no se jubilan nunca. ¿Eso hace que no verdeen jamás?

Algo más: ¿Tiene que ver el dinero con la vejez verde? Si un proletario de 50 años observa a una señora de 35, es un viejo cochino. Pero si un capitalista de 80 le arrastra el ala a una veinteañera, dirán que tiene el espíritu emprendedor de un muchacho.

Continúo: ¿Qué relación hay entre la vejez verde y la diferencia de edades con el sujeto admirado? ¿Es verde el setentón que admira a una sesentona? ¿Y si ella es cincuentona, qué? ¿O cuarentona? ¿Y si él en vez de 70 tiene 61? ¿Y si ella tiene 80 y él 95, son dos viejos verdes, o una tiernísima pareja de la tercera edad?

Más dudas: ¿Qué hace verde al viejo verde? ¿Mirar, admirar, tocar, proponer, conseguir, lograr? ¿Solo conseguir? ¿Conseguir y no lograr? Una señora con prótesis dental observa unos turrones en la vitrina, y nadie la critica porque podrían tumbarle la caja de dientes. Pero si un varón de 70 mira a una muchacha de 30, lo tachan de viejo verde, que quiere lo que no puede.

Todo es relativo, como ven. Viejos Verdes Anónimos se propone plantear estas preguntas y promover debates al respecto en la ONU, la FIFA y los consejos comunales del presidente Uribe.

Además, adelantará una campaña para precisar conceptos:

¿De qué verde hablamos al hablar de viejos verdes? ¿Acaso será el verde militar si se trata de generales retirados, y el verde aguamarina si corresponde a un almirante? ¿El verde biche es para ancianos de 30 años? ¿Un borracho de 80 años que piropea a las muchachas es un viejo verde botella? ¿Y el catano que se tiñe el pelo, usa yins y medias blancas es un viejo verde camufl ado? ¿En Muzo y Coscuez los ancianos atrevidos son viejos verdes esmeralda? Si Federico García Lorca hubiera vivido hasta los 90, ¿habría sido un viejo verde que te quiero verde?

Por ahora, lo evidente es que nos gusta el color. El verde es esperanza, clorofila, naturaleza, plenitud. “Viejo verde” contiene en realidad un elogio, pues sugiere una persona de edad que, sin embargo, disfruta de frescura, esplendor y lozanía.

Todo eso le dijo mi amigo a su cónyuge, y la remachó con el siguiente comentario:

- ¿ En cambio, la mujer que se enamora de varón levemente menor que ella no tiene salvación a ninguna edad.

Ante lo cual, la esposa de mi amigo acaba de fundar una nueva ONG que se llama Asaltacunas Unidas.

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25th September 2007

Los safaris de Ardila, la labor de Piedad

Algo va del polémico gobernador de Cundinamarca a la actividad humanitaria de Piedad Córdoba.

La arrolladora dinámica de la realidad colombiana ha desnudado en forma simultánea a dos personajes, uno lamentable y otro ejemplar, representantes, respectivamente, de la política clientelista y de la política servicial. Hablo de Pablo Ardila, gobernador de Cundinamarca, y Piedad Córdoba, la senadora encargada de promover el intercambio humanitario. Acusado de corrupción el uno, entusiasta promotora de la libertad la otra, Ardila y Piedad -cariñosamente conocida como “la Negra”¿ marcan un hondo contraste entre dos Colombias no solo diferentes sino opuestas.

Las grabaciones que permitieron detener al Contralor de Cundinamarca, Juan Carlos Medina Ovalle, acusado de cobrar sobornos a una empresa, son apenas la nariz de la monstruosa corrupción que se ha apoderado del departamento, según denuncian personas como la presidenta del Senado. Otra grabación sorprendió a Julio Eduardo Riveros, cercano colaborador de Ardila, en un diálogo de alcantarilla con un representante a la Cámara durante el cual hablaban de repartos de dinero y de mordidas. Las actividades del gobernador fueron denunciadas por la prensa de tiempo atrás, pero difícilmente podían prosperar porque el encargado de vigilarlo, el Contralor Departamental, era parte de la misma maquinaria corrupta.

Un reciente reportaje de la revista Donjuán muestra a Pablo Ardila en su condición de niño rico que habita una lujosa casa rodeado de piezas disecadas de cacería africana, viste ropa de marca, usa relojes Cartier, viaja con frecuencia (acababa de mandar desde Bogotá al apartamento familiar de Nueva York su cama favorita) y tiene polígono de tiro en su mansión para que al cazador blanco no se le olvide matar jirafas. Uno preferiría que sus gobernantes llevaran una vida más espartana y acorde con la realidad de este pobre país. Los quehaceres del plutócrata no parecen los más aconsejables para quien debe estar al servicio del interés público.

Respetando la presunción de inocencia que lo cubre, hay que decir que el gobernador Ardila, su círculo de empresas, sus colaboradores y sus cuentas bancarias merecen una buena investigación.

Por fortuna, en el extremo opuesto a tan ejemplo deprimente está el de Piedad Córdoba, tenaz, rebelde, enemiga de toda injusticia, que ostenta actos políticos valerosos y una rica trayectoria de iniciativas a favor de los marginales. Le sobran enemigos, y por eso los paramilitares estuvieron a punto de asesinarla. Pero sigue defendiendo sus creencias -entre ellas las críticas a la barbaridad histórica del Caguán– y colaborando en lo que pueden. Si algún pecado tiene, es venial: la efervescencia. Cuando el presidente Alvaro Uribe se jugó la audaz carta de encomendarle el intercambio humanitario, ignoraba que estaba desamarrando el huracán. Desde entonces, la Negra sacude el escenario internacional con sus iniciativas, que buscan comprometer a muchos actores en una solución. Ojalá el presidente sea fiel a su palabra de que ahuyentará a los ministros de Relaciones Exteriores y Agricultura, interesados en atravesarle palos en la rueda.

Ante el espectáculo deprimente de esa Cundinamarca donde apestan muchas cosas, la mística de servicio de una Piedad Córdoba impide que se entregue uno en brazos del pesimismo absoluto.

ESQUIRLAS¿ 1) Una de las mejores notas que registra Colombia en las tablas internacionales de The Economist es el puesto 17 en “desempeño medio ambiental”; a ver si logramos hundirnos hasta el 80 con el grotesco proyecto de combinar en Cartagena playas turísticas, aldeas nativas y muelles carboníferos. 2) Estará en Bogotá esta semana, invitado al festival cultural de los diez años de la revista El Malpensante, el más interesante autor de reportajes de las últimas décadas: Gay Talese. Puedo decir, personalmente, que casi todo lo que sé sobre crónicas y reportajes lo aprendí en los impecables textos de este gran periodista gringo. ¡Cambio tres autógrafos de Ronaldinho por uno de Talese!

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21st September 2007

No se puede llegar tan bajo

De cada diez mensajes que recibo, seis corresponden a “spam”; y de esos seis, cinco son promociones de cialis. Explico, para quien no lo sepa, que “spam” es una palabra que en inglés significa basura, o algo así, y en español representa la sigla de Servicio Postal para Amargar Maridos.

Lo digo porque casi todos esos mensajes comerciales buscan crear inseguridad en los esposos: complejos de fatiga sexual, de falta de vigor viril o de afrentosas limitaciones de tamaño. En cuanto al cialis, corresponde a cierta sustancia química para levantar ánimos caídos que también se conoce como Viagra.

De hecho, me llegan por igual anuncios de cialis y de Viagra. El más reciente procedía de una tal Ed’s Pill Store (Tienda de Píldoras de Lalo) que ofrecía no solo Viagra y cialis, sino además horquetas impermeables.

Juro que mi mujer la que mandó mi dirección electrónica a estos mercachifles. Si no, ¿quién? No sospechaba de ella. Pero cuando empezaron a bombardearme con tratamientos para alargar centímetros en lugares donde no parece aconsejable amarrarse elásticos o alquilar una mula para que jale una cuerda de náilon (procedimiento que resulta más barato pero arriesgado), ya no tuve dudas de la autoría.

Hace poco, sin embargo, me llegó un anuncio desconcertante,
que no tenía que ver con los “spams” tradicionales. Se refería a la importancia de lucir uñas de los pies atractivas, y ofrecía para ello un tratamiento llamado Miracle Plus que incluye las siguientes chisgas: 1) Fumigación contra hongos. 2) Suavizador y abrillantador. 3) Regeneración de uñas quebradas, rayadas o desportilladas. 4) Desodorización de dedos. 5) Crecimiento veloz y sólido de las uñas.

Supe entonces que quien había entregado mi buzón a los restauradores de uñas y embellecedores de dedos de los pies no era mi mujer, sino Eladio Vásquez. Eladio fue un gran futbolista tumaqueño de los años setenta, que jugó papel estelar en el Santa Fe de aquella época.

Por entonces yo solía entrenar los sábados con el equipo, y un día, al saltar con él para disputar un balón, el pie izquierdo del buen puntero derecho me cayó sobre la uña derecha del pie izquierdo. Más exactamente, sobre la uña del dedo gordo. Fue tan violento el impacto que la partió en dos, la ennegreció sin remedio y desde entonces no parece uña de ser humano sino pezuña de animal.
La acción de Eladio me dejó una eterna secuela física, secuela que también se cuela en la parte psicológica, pues me produce insoportable vergüenza que la vean. Por eso duermo con medias, me zambullo en el mar con guayos y me ducho con aletas de buzo.

Ni siquiera mi mujer conoce ese punto monstruoso de mi anatomía y, de hecho, es la primera vez que hablo de él en público. Decidí hacerlo porque me parece el colmo que la industria de la estética haya llegado tan bajo. Tan bajo como los dedos de los pies.

Ya nos acomplejaron con el exceso o la escasez de pelo, la abundancia o delgadez de las cejas, los labios muy delgados o muy gruesos, la flacura enfermiza o las pequeñas llantas en la barriga, la blancura o negrura del pellejo, el busto grande o pequeño, las nalgas caídas o suculentas, los vellos en las piernas y en el pecho (incluyo el pecho de algunas señoras que conozco)
y otros detalles que hoy se consideran defectos: el minúsculo estrabismo, las pecas regadas por el cuerpo, los incisivos levemente divorciados…

Uno acudía antes al pedicurista como quien va al ginecólogo o al proctólogo: con discreción parecida al secreto y el rostro sonrojado. Ahora anuncian y venden por internet desodorantes pedestres y fumigaciones como las que ya abandonó el gobierno colombiano contra los cocales.Bochornoso.

Pero advierto que no permitiré que me acomplejen por aquella uña larga, negra y partida, honrosa huella de mis años de futbolista. Me niego a comprar el tratamiento Miracle Plus, a someterme a tratamientos de belleza ungular, a pelarme padrastros, a aplicar esmalte en las pezuñas o disimular imperfecciones en los dedos de abajo.

Lo único que estaría dispuesto a aceptar, en caso de que no cueste mucho, es un trasplante de uña de dedo gordo. Pero en ningún caso si procede del pie izquierdo de Eladio Vásquez.

Recuerdo bien que perdió por completo y para siempre la uña en otro partido y lo que hizo conmigo no fue más que una vil venganza por su dedo calvo. Él debe de ser el que vende los ridículos tratamientos por Internet.

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18th September 2007

Aviso urgente: esto no es la democracia

Las democracias latinoamericanas son tan incompletas que podrían constituir antesalas de dictaduras.

Hace 30 años, cualquiera que mirara a su alrededor desde Buenos Aires solo veía dictaduras militares. Con pocas excepciones, nos gobernaban sátrapas criminales que mataron a miles de ciudadanos y retrocedieron la historia política del continente en varios siglos. Nos preguntábamos entonces si América Latina sobreviviría a estos dictadores. El paisaje cambió. Un viaje que acabo de realizar por Argentina y Brasil me permite confirmar que donde hubo tiranías hoy reina lo que llamamos democracia. Pero es hora de preguntarse si el continente sobrevivirá a ella. Pues el problema es que aún no hay democracia plena en el mapa latinoamericano y, de no consolidarse pronto, podríamos estar atravesando un mero puente entre dos ciclos de tiranía.

En nuestros países hay de nuevo elecciones populares -más o menos libres y corruptas, como en casi todas partes-, lo que constituye un saludable avance. Pero una democracia es mucho más que un recuento de votos. Solo hay democracia plena si, además de la representación electoral, existe separación de poderes, responsabilidad de gobernantes y legisladores, transparencia administrativa, protección de los derechos humanos, partidos políticos organizados, libertad de prensa… Muchos de estos bienes son todavía escasos en estas tierras, mientras que en países como Venezuela la herramienta electoral se emplea para desarbolar otras instituciones democráticas.

La democracia, además, debe procurar ciertas metas. En primer lugar, la paz (inexistente en Colombia, y cada vez más comprometida en Brasil y México por influencia de las mafias violentas). En segundo lugar, la justicia social y la lucha contra la desigualdad de oportunidades, que son garantías de paz. En los últimos años se ha avanzado en esta materia; la miseria ha disminuido en el subcontinente y se ensancha la clase media en algunos países. Pero la pobreza continúa siendo acuciante, el ritmo con que se lucha contra ella es poca y la diferencia entre ricos y miserables resulta cada vez mayor.

Por otra parte, la democracia no ha podido con el cáncer de la corrupción, que aniquila cualquier sistema. Es triste ver cómo el partido del presidente Lula acaba de cohonestar en Brasil la absolución del presidente del Senado, a quien un periodista definió como “putrefacto”. Hay otras tareas que corresponden a la democracia si quiere serlo de veras: propiciar la educación y la cultura, proteger el medio ambiente, defender las instituciones laicas ante la arremetida del fundamentalismo religioso…

Varios años después de que cayeron los últimos dictadores, Latinoamérica aún no goza de democracias desarrolladas. Solo de sistemas liberales relativamente autoritarios y propensos a la corrupción, cuyas instituciones se modifican según el querer del gobernante de turno al amparo de las votaciones. En el mejor de los casos, hay renacuajos, pero aún no ranas; huevos, pero no pollos. Presentar este sistema hemipléjico como democracia es muy peligroso. La gente pensará que la democracia no pudo arreglar sus problemas -no acabó con la corrupción, el crimen ni la pobreza-, y volverá a ser carne de dictadura. Pero lo cierto -aviso urgente- es que ni siquiera llegó a conocer la democracia, solo unos trozos suyos, pues algunos gobernantes utilizaron parte imprescindible de ella -el sistema electoral- para desvirtuar su esencia.

Latinoamérica ha padecido varias oleadas de dictaduras militares: los caudillos del siglo XIX, los dictadores tropicales de la primera mitad del XX, los pinochets y los videlas de hace 30 años. Ojalá la primavera democrática que creemos vivir no sea preámbulo de novísimos modelos de dictadura.

Esquirlas

1) Todo lo del pobre es robado: Chiquita Banana paga a los paramilitares que asesinan campesinos de Colombia. Y la Justicia de Estados Unidos obliga a la empresa a indemnizar… al Estado americano. 2) Los errores en el traslado de ‘don Diego’ y ‘don Berna’ convierten al ministro de Interior en el mejor humorista nacional. Que no renuncie: perderíamos al sucesor de Montecristo.

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13th September 2007

Esclavo de amor y/o amistad (3)

Resumen de los dos primeros capítulos, publicados en 2005 y 2006: Eulalia, joven cartagenera de 150 kilos, se enamora de Carlosvives, un hermoso esclavo yoruba que trabaja en la mansión de sus padres. Al sospecharlo, su madre vende el esclavo, pero la chica jura hallarlo, comprarlo y casarse con él. Su ordalía la lleva a Popayán y Argentina, donde se entera de que Carlosvives viaja hacia Estados Unidos. Eulalia sale en un barco ballenero en busca suya.

¡Será mío, será míppfgg! -gritaba Eulalia atracada de golosinas en el foso para ballenas del barco que acababa de comprar. Se había enterado de que un tratante de esclavos curazoleño era el nuevo dueño del hombre por quien moría de amor. Supo, también, que su destino era algún puerto de Norteamérica.

¿Pero cuál? Eran muchos. Decenas. Cientos. ¿Adónde podría haberse dirigido el barco negrero con el cautivo yoruba, aquel muchacho cuya amistad con Eulalia habíase trocado en amor?

El capitán Facundo O’Connery, experimentado hombre de lago -no de mar, porque era boliviano- puso proa hacia el norte, hacia donde llevaban cargamentos humanos para las plantaciones de algodón. Planeaba llegar a Nueva Orleáns y, una vez allí, remontar el río Misisipi, a pesar de que su curso -repleto de eses, y también de pés- hacía muy peligrosa la travesía para un barco ballenero.

La crónica de aquella singladura entre Buenos Aires y Nueva Orleáns está asentada con detalles y minucias en la bitácora del capitán O’Connery (a quien sus amigos franceses llamaban Oh Connerie por problemas de pronunciación). Se trata de un documento de máximo interés, aunque algunos historiadores tienden sombras sobre él por sospechar que el capitán, gran lector en las horas muertas de los viajes, pudo haber plagiado a autores de su predilección.

“Partimos viernes 3 de agosto de 1492 año de la barra de Stlate a las ocho horas”, empieza diciendo el diario de a bordo, con una evidente errata respecto a la fecha. “Anduvimos con fuerte virazón hasta poner el Sol hacia el Sur a 60 millas, que son 15 leguas; después, al Sudeste y al Sur del Sudueste, que era el camino para las Canarias”.

La bitácora ofrece interesantes descripciones de navegante, aunque no menciona a Eulalia. El aparte correspondiente al jueves 11 de octubre señala: “A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían a dos leguas. Amaynaron todas las velas temporizando hasta el viernes, que llegaron a una isleta de los Lucayos que se llamaba en lengua de los indios Guanahaní”.

Eulalia, mientras tanto, no cesaba de comer. Habían hecho paradas para aviarse de dulces en Porto Alegre, Florianápolis, Santos y Rio de Janeiro. Cuando se detuvieron en Salvador de Bahía a fin de comprar chocolate, un hombre bonachón de pelo blanco quiso explicarles algo acerca de la escasez de cacao y las grandes lluvias.

Empezó a relatar una historia larguísima sobre un idilio que floreció entre la mulata Gabriela y el árabe Nacid, pero Eulalia ordenó que lo echaran a patadas. Al final, solo adquirieron clavo y canela.

En Cayena recogieron a un hombrecito simpático e inofensivo llamado Henri Charrière, a quien apodaron “Papillón”. Luego, en Puerto Príncipe, se ofreció como cocinero Henri Christophe, morenazo de curiosa indumentaria que se hacía llamar “el Rey de la Cocina”. Había sido pinche de estufa en Ciudad del Cabo, pero se confesó incapaz de elaborar dulces o pasteles. Eulalia lo rechazó y el haitiano, indignado, le advirtió: “¡Sabrás de mí!”. En fin, otro pobre loco delirante.

Tendida en el foso de los cetáceos, alimentada todo el día con carbohidratos y negada a cualquier actividad física, la niña se asemejaba cada vez más a una gigantesca ballena blanca. Los bracitos parecían aletas; se le había achatado la nariz; resoplaba con el típico ruido de los balénidos y, para completar, expulsaba agua por distintos orificios y sacudía el trasero con grandes coletazos.

Una noche estuvieron a punto de acabar el viaje de la peor manera. Se hallaban en plena alta mar, cuando atravesó el aire un silbido y un arpón estuvo a punto de clavarse en el resplandeciente muslo de Eulalia. Lo había disparado el capitán Ahab, un chiflado que, en la oscuridad, se había confundido de objetivo. Buscaba a un tal Dick Mobber o algo así, explicó a gritos Ismael, uno de sus marineros. El mar está lleno de dementes.

Y, mientras Eulalia lloraba de amor y seguía engordando, ¿qué ocurría con Carlosvives? Esta es la parte más fascinante de la historia.

(Continúa el año próximo, en la edición especial del Día del Amor y la Amistad de CARRUSEL).

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11th September 2007

No sigamos fabricando Chanchitos

¿Qué comen, qué ven, qué leen, a qué juegan los niños colombianos?

En todo grupo de escolares hay un gordito. Suele ser muy simpático y lo consienten las profesoras. En mi clase también teníamos uno. Le decíamos ‘Chancho’ o ‘Chanchito’, con esa inocente crueldad que practican los niños. Todos queríamos mucho al Chancho y, aunque es verdad que era víctima de algunos chistes pesados, lo considerábamos miembro indispensable de la pandilla. Pienso en él, y lo recuerdo devorando papas fritas, dulces, ponqués industriales, hamburguesas, chitos, gaseosas… El exceso de peso no le permitía jugar al fútbol y, cuando llegamos a la adolescencia, le costó trabajo conseguir novia. Solo pudo levantarse a la más fea de nuestro grupo de amigas, a la gordita. Pero era muy simpático. Hace unos años, cuando murió de infarto, sus amigos lo lloramos mucho. Casi no cabe en el ataúd. Pobre el Chancho. Pobre su familia.

Cursa en el Concejo de Bogotá un proyecto de Hugo Patiño por el cual se prohíbe la venta de gaseosas y alimentos hipercalóricos e hipergrasos en colegios públicos y privados de la capital. A cambio, se ordena el expendio de productos sanos, de alto contenido nutricional. No solo me parece profundamente sensata la propuesta, sino que sería deseable extenderla a otros atentados contra los menores de edad, como la televisión chatarra y la falta de campos de deporte.

Resulta un buen ejercicio preguntarse qué comen, qué ven, qué leen y a qué juegan los niños de Colombia. Sobre lo primero hay datos alarmantes. Uno de cada cuatro niños bogotanos sufre de sobrepeso y, si se trata de escolares, la cifra sube casi a uno de tres. El mal es universal y preocupa en todas las edades. Pero es en la niñez cuando se adquieren los hábitos alimenticios, y buena parte de la lucha debe librarse a esa edad. Varias ciudades del mundo ya lo hacen. Bogotá y el país deben anticiparse a lo que en pocas décadas será un gravísimo problema de salud.

La televisión es, en general, otro chorro interminable de basura. Hace una semana la Academia Nacional de Educación y el Foro Social de Argentina protestaron por la programación que ofrece la TV a los niños de ese país. No solo denunciaron la creación de estereotipos perjudiciales y se alarmaron por el nivel de violencia, sino que destacaron el empobrecimiento verbal que produce la televisión. El presidente de la Academia de Letras, Pedro Barcia, indicó que hace diez años un niño promedio dominaba 1.200 palabras y ahora solo maneja 600. La programación de televisión, los videojuegos y ciertas franjas de Internet están achatando el cerebro de los niños. En Colombia, aceptémoslo, la situación es parecida, con el agravante de la dosis diaria de violencia nacional que se refleja en los noticieros.

Eso es lo que nuestros niños comen y nuestros niños ven. ¿Y qué leen? En este aspecto hemos mejorado. La red de bibliotecas públicas aumenta en todo el país -especialmente en Bogotá- y se realizan esfuerzos constantes por inducir los niños a la lectura. Pero las cifras de difusión del libro en Colombia aún dan ganas de llorar y a menudo su precio es insostenible para una canasta familiar de clase media baja.

En cuanto a lo que hacen nuestros niños, advertía Paco Umbral, el gran columnista español fallecido hace poco, que, más que aulas, lo que los colegiales necesitan es sol. Hay campos de deporte en algunos barrios. Pero no en las barriadas de desplazados, que es donde más se necesitan. ¿Alguien ha visto los barrizales donde juegan los niños de los barrios marginales de Cartagena?

El Chancho no podía jugar porque comía demasiado. Millones de niños colombianos no pueden hacerlo porque comen poco o nada y no conocen un potrero. Es hora de que dejemos de fabricar Chanchitos…

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7th September 2007

Cuando croaban las berenjenas

Cierto lejano día, mientras tomaba unos vinos con mi amigo uruguayo Aldo Faedo, bandoneonista y arquitecto, me contó él que un compatriota suyo afirmaba que las berenjenas son una forma
evolutiva de las ranas. Me reí mucho con la ocurrencia, como seguramente les ocurre a ustedes en este momento, y pedí más datos.
Aldo me explicó que la teoría de aquel personaje, a quien llamaré R. R. en homenaje a Rin Rin Renacuajo, iba completamente en serio; que, aunque era muy chistosa, no nació como broma sino como aporte uruguayo a la ciencia.

Volví a reírme y le manifesté que Uruguay ya había hecho generosa contribución al mundo con Gardel y Pedro Rocha y era injusto pedirle que, además del tango y el fútbol, se destacara en asuntos propios de la biología.

Entonces el que se rió fue Aldo y se explayó algo más en la versión uruguaya del darwinismo. Según la tesis de su compatriota, hace miles de millones de años empezó a secarse el lago Aral, situado en el Turquestán, y, al aumentar la salinidad, las ranas que nadaban en sus aguas perdieron paulatinamente su forma de batracios y evolucionaron hasta convertirse en esa planta solanácea de piel morada y alargada forma que denominamos berenjena.
R. R. afirmaba que el color arzobispal no es más que el efecto de la sal en la epidermis del sapo y que si seccionamos una berenjena veremos que su interior copia el sistema nervioso del batracio.

Volvimos a reírnos, esta vez a carcajadas, y pedimos más vino.
Pero aquella noche, en el silencio de la madrugada, yo no podía dejar de pensar en la propuesta, que me parecía cada vez más realista y demostrable. A eso de las cuatro no aguanté más y bajé a la cocina. Armado de un cuchillo, procedí a la vivisección de la berenjena. Realicé el aconsejado corte transversal y, en el curso de los siguientes días me dediqué a examinar el cadáver de la planta.

Entonces vi con claridad que allí no solo aparecían los restos de una diminuta columna vertebral sino también las huellas de cuatro extremidades, dos de las cuales acusaban más nutrida acumulación de semillas. Eran, por supuesto, el trasunto de las apetitosas ancas.
Reflexiones más detenidas me permitieron concluir que el trozo verde que recubre el extremo superior de la berenjena no es otra cosa que la evolución de la cabeza de la rana.

Compárenla ustedes con la jeta de un renacuajo, que es la cuota inicial de la rana, y descubrirán, maravillados, la asombrosa semejanza entre el cráneo del batracio y la trompa de la solanácea.

Ahora soy de los que suscriben la tesis de R. R. Si el hombre viene del mono, ¿por qué la berenjena no puede descender del sapo?
Todo cambia. Han transcurrido millones de años desde que el homo erectus desnucaba uros con una maza: hoy compra chuletas en el supermercado.

¿Podemos negarle a una modesta hortaliza la posibilidad de haber saltado de la rana de charca a los platos finos, como la musaka, la berenjena parmesana, la ratatouille? ¿No cabe pensar, acaso, que el calabacín sea una transformación de la iguana, el pepino crespo una forma evolutiva del ratón de huerta, la guama una tataranieta de la serpiente pudridora?

Como contribución a los trabajos de R. R. me propuse realizar el experimento definitivo. Dicen los juristas que “las cosas se deshacen como se hacen” (“Facerit vainorum equalus desfacet”), y estoy aplicando este principio a la berenjena. Hace ya tres años sumergí una de estas verduras en un platón de agua de mar al cual añado cada mes una pizca de sal.

Si mi pálpito es cierto, un día la berenjena se convertirá en rana y quedará demostrada la hipótesis.

Las cosas van bien. Noto que a la berenjena le están brotando ramitas en la parte trasera: deben ser las patas. Y además sospecho que pronto tendrá semillas en el capullo verde, y que esas semillas se transformarán en ojos.

Ahora mismo me atormenta la duda: ¿prefiero comerme unas buenas berenjenas rebozadas hoy, o espero hasta sacar del platón dos jugosas ancas de rana?

No lo sé. Es cuestión de paciencia. Solo faltan unos pocos miles de millones de años.

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