Bibí
El planeta está sembrado de peligros. Hace un par de semanas, angustiado por las vicisitudes del mundo moderno, me entregué a la lectura de los antropólogos clásicos. Poco había andado en la lectura de uno que se llamaba Levi Strauss o Lec Lee cuando descubrí que muchas comunidades asiáticas y africanas festejan la llegada de la pubertad en cuanto ella abre la posibilidad de un nuevo estatus a los antepasados del joven.
Me explico: en ciertas tribus, el arribo de la adolescencia es un rito que reconoce la transición biológica y social en el niño o la niña. Pero, en otras, lo que menos importa es que los infantes alcancen la capacidad de reproducción; en cambio, la comunidad celebra que sus padres queden en condiciones de ser abuelos y sus abuelos en la antesala de convertirse en bisabuelos: “bibí”, les dicen a los bisabuelos en algunas de esas tribus.
Está claro que hablo de sociedades muy armónicas, organizadas y juiciosas, donde las personas mayores de 50 años merecen máxima veneración y respeto, en tanto que las que aún no llegan a tal edad se limitan a oír y obedecer.
Coincidió esta lectura con la fecha en que mi nieto mayor cumplía 14 años y me entró el yeyo. Digo “el mayor”, porque tengo otros cuatro: una nieta de doce, otro varón de once, una más de siete y la menor, de diez meses. Y digo “el yeyo”, porque sospeché que estábamos a punto, mi nieto mayor y yo, de realizar la peligrosa transición.
Parece que fue ayer cuando hablé de él en esta misma columna: anuncié su nacimiento y le di la bienvenida al mundo con palabras llenas de cariño y alegría. Ahora, pensaba yo, el infame entra en la adolescencia y adquiere condiciones fisiológicas de convertirme en bisabuelo.
Por eso pedí cita con una excelente sexóloga. – Corro el insólito peligro de ser bisabuelo, biológicamente hablando -le dije-. Necesito que me sea sincera: ¿a qué edad adquiere un varón la capacidad reproductiva? – Entre los 12 y los 16 años. – Doctora: no solo necesito que sea sincera, sino también que sea precisa.
mposible dar una cifra exacta. Las cosas cambian mucho de lugar en lugar, de época en época y de persona en persona. Por ejemplo: se desarrollan primero los niños en tierra caliente o templada que en zona fría. – Mi nieto es de tierra templada -comenté horrorizado. – Pero eso no significa que ya sea un adulto. Hay muchachos que siguen siendo niños a los 16 e incluso a los 17 años.
Hace mil años, la adolescencia solo llegaba en la mayoría de los casos a los 18. – Mi nieto no nació en tiempos medievales, doctora, sino hace apenas 14 años. – ¿Es alto, acuerpado, robusto? – No, es más bien pequeño, pero muy rápido. Y zurdo. Sumamente hábil con la pelota en los pies; haga de cuenta, Messi. – ¿Tiene bozo evidente o sombra de barba? – Nada de eso. A los de mi familia el bozo nos nace más bien tarde. Mi tía Aurora, por ejemplo, solo floreó bigote pasados los 40.
Me parece que no tiene por qué preocuparse -concluyó-. Su nieto es todavía un niño, y usted aún no está en peligro biológico de convertirse en bisabuelo. – Le agradezco su opinión -comenté aliviado-.
Soy un abuelo joven y feliz, que disfruta de su condición. Pero no estoy preparado para la bisabuelez. Me quedan muchos partidos por jugar y mucha salsa por bailar. La doctora se echó a reír. -Váyase tranquilo; puedo asegurarle que su nieto de 14 años aún no está en condiciones de volverlo bisabuelo. Los varones siguen siendo lentos hasta para desarrollarse.
Agradecido, le besé la mano. Y fue entonces cuando ella pronunció la frase aterradora: – Otra cosa sería que el niño no fuera niño sino niña. Porque ahora hay mujeres que empiezan a desarrollarse a los diez años… En ese momento vi a mi nieta de 12 e imaginé un viejito rodeado de chinos al que llamaban “bibí”. Era yo, bisabuelo biológico.