Hugo Chávez, de patán a estadista
Una derrota a tiempo es capaz de educar hasta al más atolondrado de los mandamases.
La Historia ha vuelto a demostrar que a veces es peor la perspectiva de la derrota que la derrota misma. Hasta el sábado pasado, el presidente venezolano, Hugo Chávez, era un camorrista fuera de quicio que, con razón o sin ella, le armaba bronca a medio mundo, amenazaba, insultaba y advertía que no iba a permitir que le robaran las elecciones al pueblo (léase, a su gobierno). De repente, la victoria de sus rivales en el referendo sobre la reforma constitucional lo convirtió en un estadista. Nunca fue Hugo Chávez más extravagante que el domingo pasado, al aceptar la derrota en ejemplar actitud democrática. Adquirió un extraño tono de sosiego, se abstuvo de acudir a trucos desesperados, felicitó a sus antagonistas y emprendió una defensa de la democracia de esas que solo intentan los vencedores.
Ojalá dure. Ojalá la primera derrota en nueve años obligue a Chávez a abandonar su aplanadora megalómana. Ojalá entienda que gobierna un país partido en dos en torno a temas tan delicados como el monopolio de poderes presidenciales, la estabilidad de las autoridades provinciales y la reelección indefinida. Incluso si hubiera ganado por la mínima, Chávez habría perdido: cuando el león vence al cordero por puntos, el derrotado es el león. La reelección fue, al parecer, una de las debilidades del chavismo. La reforma proponía ampliar a siete años el periodo presidencial y autorizar la reelección indefinida, pero los venezolanos demostraron su repudio a la perpetuación en el poder. Significativamente, ese mismo día una encuesta realizada en Brasil reveló que el presidente Lula da Silva goza de satisfactoria popularidad, excepto en la eventual posibilidad de que aspire a una nueva reelección.
Álvaro Uribe es un hombre de buenas. Se bajó del tren de la segunda reelección poco antes de que la locomotora de esta idea se descarrilara aparatosamente en Venezuela. Y se enfrascó en una pelea con el gobernante más sólido de Suramérica justo antes de que el pueblo le asestara un inesperado nocaut. La situación es perfecta para que haga un gesto de grandeza y, en vez de caerle al caído, le tienda la mano y reconduzca la culebrera vía que transitan las relaciones con Venezuela. Un telefonazo y una declaracioncita amable pueden hacer el milagro.
Mientras tanto, Chávez aprendió la lección. Sin haberlo practicado, supo perder. Esta doble condición -que sea vulnerable y que reciba con entereza su vulnerabilidad- podrá hacerle mucho bien a un país que se atrevió a recoger el desafío del cacique y ganarle el pulso contra todas las opciones y pronósticos.
La ‘patria’ según la CSJ
Sorprende la Corte Suprema de Justicia con la insólita propuesta de procesar a Piedad Córdoba por traición a “la patria”. Aduce que hace algunos meses, hallándose en México, la senadora profirió insultos contra el presidente Uribe y pidió que los países latinoamericanos cortaran relaciones con Colombia.
Como ocurre casi siempre que alguien esgrime la espinosa noción de patria, se trata de un exabrupto. Piedad no insultó a “la patria”, sino al gobernante de turno y está en todo su derecho de pedir que corten o no corten sus relaciones con Colombia uno o todos los países del orbe. Por lo demás, si eso fuera un “agravio” a “la patria”, ¿qué? El ejercicio democrático debe ser elástico hasta el extremo de aceptar que los súbditos le falten el respeto a “la patria”, salvo en situaciones de guerra exterior o espionaje clásico, porque no se sabe bien qué es ella ni quién tiene autoridad para definirla.
Como si fuera poco, la Corte pretende convertir a los embajadores en espías tipo KGB, pues piensa acusar al de Colombia en México por no denunciar a tiempo la supuesta “traición” de la corajuda Piedad. Dejemos quietica a “la patria”, honorables magistrados, pues no hay nada más peligroso que jeringuear con ella.