14th November 2007

¿Nadie me responde?

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En su último número realizó la revista SoHo un interesante y sencillo experimento. Con el nombre de “Paula” o el de un periodista que un día será famoso pero aún no lo es, Adolfo Zableh, envió 17 emilios a diversos personajes: escritores, cantantes, actores, políticos, deportistas, figuras de la farándula…Eran mensajes electrónicos estilo “admirador desconocido”, que merecían una respuesta amable. ¿Y saben ustedes cuántos de los destinatarios contestaron en forma personal e inequívoca? Uno. Uno solo. Fue María Elvira Arango, directora de la revista Donjuán.

Cinco se manifestaron a través de una respuesta automática o una secretaria: Paulo Coelho, Enrique Peñalosa, Silvia Tcherassi, Gustavo Cerati y Ronaldinho. Los demás simplemente no respondieron: Hugo Chávez, Mario Vargas Llosa, Marcelo Cezán, Samuel Moreno Rojas, Jotamario Valencia, Raimundo Angulo, Marcela Mar, Juan Pablo Montoya, Paola Turbay y Andrés Cabas.

En ese mismo número, el filósofo Fernando Savater confesó que gasta buena parte de su tiempo acusando la llegada de mensajes que entran a su buzón. “Recibí una educación a la antigua ¿dice¿ y considero una imperdonable grosería no responder aunque sea con una línea a quien se ha dirigido a mí de buena fe”. Prueba de ello es que la revista le pidió a través de un cibermensaje que escribiera un “elogio al mail” y Savater así lo hizo.

Hace 30 años, cuando aún no existía Internet y toda carta pasaba por varias manos y sellos, un comediante gringo llamado Don Novello mandó mensajes de saludo a numerosas personalidades mundiales. Muchos de los mensajes encerraban un gramo de delirio o un kilo de mamagallismo y, sin embargo, pocos de los destinatarios se percataron de ello. Novello firmaba con el seudónimo de Lazlo Toth, un húngaro chifl ado que en 1972 acribilló a martillazos La Pietá de Miguel Ángel. El sorprendente resultado de sus cartas está publicado en un libro facsimilar que demuestra hasta qué punto es chimbo el contacto entre los líderes y sus pueblos.

Entre otros, Novello obtuvo respuestas amables y estereotipadas de Richard Nixon (una docena de tarjetas timbradas), Gerald Ford, el dictador filipino Ferdinando Marcos, el presidente coreano Chong Wa Dae, el generalísmo Franco (cuyo secretario contestó en renqueante inglés) y numerosos políticos estadounidenses.
A varios de ellos les envió, por ejemplo, proyectos absolutamente disparatados para ahorrar energía o poemas que era preciso cantar con la música de canciones de moda. Pocos de los líderes se detenían a leer el contenido del mensaje y agradecían “su juiciosa propuesta” o “sus hermosas palabras”.

Otros respondían sin darse cuenta de que estaban pisando una cascarita. La secretaria de la reina Isabel de Inglaterra se tomó el trabajo de contarle que no podía enviarle una foto de la soberana, como el corresponsal pedía, pues “Su Majestad solo manda retratos a personas que conoce” y de explicarle que “la Reina no tiene apellido” (suspicaz pregunta de Lazlo Toth) “pues pertenece a la Casa de los Windsor, de la cual es cabeza”.

Una de las cartas dirigidas al presidente Ford contenía una idea para lavar papel higiénico ya usado a fin de combatir la infl ación. La respuesta, firmada por Ford, agradecía grandemente la iniciativa y agregaba: “Con la ayuda de ideas de familias e individuos nuestro país superará este difícil problema” (¡!) No se sabe, sin embargo, si la Casa Blanca optó fi nalmente por utilizar papel higiénico de, por decirlo así, segunda mano.

Hay un punto equidistante entre el idiota que agradece automáticamente aun burlas e insultos y el mal educado que no contesta nunca un correo. Yo admito que pertenezco a la escuela de Savater. Procuro responder todo mensaje cortés, aunque sea discrepante. Los diálogos establecidos con varios ciudadanos que discutían mis opiniones me han permitido hacer amigos internéticos en muchas ciudades del mundo. Me enorgullezco de que incluso he podido conquistar fieles y cariñosas admiradoras. A varios de mis lectores llegué a conocer en persona, y creo que los columnistas que no se “rebajan” a responder correos de su clientela están perdiéndose una interesante consecuencia de su trabajo.

En cuanto a los mensajes insultantes, ya advertí que mi computadora tiene un chip que responde de manera automática “¿Por qué más bien no la come usted?” o “¡La suya!”. Pese a todo, hay quienes insisten en mandarme notas vejatorias. Deben de ser coprófagos, masoquistas o malos hijos.

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