El rey que rabió
Notas y precisiones sobre el incidente entre Juan Carlos I y Hugo Chávez.
La mayoría de los españoles piensa que, al decirle “¿Por qué no te callas?”, el rey puso en su sitio la grosería de Hugo Chávez. Mientras tanto, la mayoría de los venezolanos considera que Chávez es un héroe bolivariano que derrotó nuevamente a la corona española.
El incidente ocurrido en la XVII Cumbre Iberoamericana merece algunas precisiones. Digamos, para empezar, que parece fácil ser Bolívar en el siglo XXI: no es preciso ser valiente, solo mal educado. Tampoco aciertan los que contrastan a Chávez como presidente elegido democráticamente y al rey como representante de una institución mandada a recoger. Pienso que las monarquías son un sistema anacrónico, pero debo reconocer, aun a riesgo de que mi querida Gloria Gaitán me llame cipayo, que a los españoles les ha funcionado muy bien la monarquía constitucional. Por lo demás, la autoridad del rey nace de la Constitución de 1978, aprobada en referendo por el 95 por ciento del pueblo español, que habría podido repudiarla.
Chávez no está en condiciones de impartir lecciones de democracia a Juan Carlos de Borbón. En 1992, el venezolano intentó asestar un cuartelazo a un gobierno -bueno o malo, pero democráticamente elegido-, y fracasó. En cambio, Juan Carlos desmontó en 1981 un golpe de Estado contra la España renaciente y consolidó así la transición hacia la actual democracia que, sin su decidida intervención, seguramente se habría ido al traste.
Otra aclaración: es un error imaginar que en este rifirrafe Chávez representa la libertad de expresión y el rey, la censura. Todo lo contrario: quien tenía la palabra era el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, y fue Chávez el que, de manera cansona y constante, lo interrumpió y perturbó. Lo que hizo el rey fue pedirle a Chávez que respetara el turno de Zapatero. Se dice que, al hacerlo, el rey faltó a la diplomacia. Conociendo la fama que tiene de personaje sencillote y espontáneo, era de esperar que le hubiera dicho al impertinente Chávez: “¡Calla la boca, coño!”. Pues claro que fue diplomático: por eso se limitó a increparle: “¿Por qué no te callas?”, equivalente a “Déjelo hablar, hombre”.
Observen la escena con cuidado y verán que, distinto a lo que dice la derecha española, el rey no defendió a Aznar de las descalificaciones de Chávez. Lo defendía -¡qué paradoja!- su más caracterizado antagonista político, el socialista Rodríguez Zapatero. A mí tampoco me gusta Aznar (en mis peores pesadillas sueño que me toca escoger entre Aznar y Chávez), pero no veo qué relación existe entre la vieja pelea de Chávez con este hombre, ya derrotado y retirado de la política, y las conversaciones iberoamericanas sobre cohesión social. Adivino allí un acto ególatra del presidente venezolano, obstinado en recordar el condenable intento de golpe que sufrió hace cinco años, pero no el que propició él hace 17. (Para que sepan cómo andan las cosas en España, el partido de Aznar culpó a Zapatero de los dicterios de Chávez, en vez de agradecerle que defendiera a su antiguo jefe!!)
El último despropósito de Chávez es pretender sembrar sospechas en el sentido de que Juan Carlos I apoyó el frustrado golpe contra él. Debería saber que el rey no traza las políticas de gobierno; su papel constitucional es el de certificar, representar y actuar a petición del ejecutivo.
Pese a su populismo, Chávez ha aportado cosas interesantes a América Latina: un interés por lo social, un balance frente a los abusos de Estados Unidos, unas mediaciones políticas que eventualmente ayudarán a la paz en Colombia. Pero debe entender que las reuniones internacionales de Jefes de Estado no son Aló, presidente, donde dice lo que le sale de la boina, y que no todo el mundo tiene por qué aguantarse sus arrogancias de chafarote.
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