Pensando en Álex
Que a mí me conste, cuando murió Álex lo despidieron con sentidas notas necrológicas el New York Times, Time Magazine y El País. En cambio poco vi en la prensa colombiana, y eso que es difícil ignorar el fallecimiento del loro más importante del planeta.
Iba a decir, además, que era el loro más importante de la historia.
Pero quizás no supere la fama del loro de Robinson Crusoe o la valía de aquel otro que hallaron los conquistadores españoles en Venezuela, último ser que articulaba palabras en la lengua de los extinguidos aturianos.
Álex murió el 6 de septiembre en la Universidad de Brandeis, Estados Unidos, su residencia tradicional. Era gris, un año mayor que Shakira (tenía 31 años), había nacido en algún lugar del África y durante tres décadas fue objeto de experimentos científicos sobre formación del lenguaje y raciocinio animal.
El difunto loro tenía un vocabulario de 150 palabras, decía “te quiero” a su cuidador, daba las buenas noches, distinguía los colores y era capaz de nombrar cerca de 50 objetos. Así y todo, falleció sin decir ni pío una noche en su jaula.
La importancia de Álex no es que hablara: una vecina de mi abuela tenía una cotorra verde que recitaba a Amado Nervo, y una vez vi aletear en una discoteca de Nueva York un perico blanco que no hablaba pero que hizo hablar a muchos.
La importancia es que el dominio lingüístico de Álex planteó una pregunta trascendental: ¿piensan los animales? ¡Por supuesto que los animales piensan! Iba a decir que los verdaderos animales son quienes piensan que los animales no piensan, pero me huele que tal afirmación inoculaba una contradicción esencial en mi planteamiento.
Hasta el más pequeño de los insectos es sujeto de razonamiento y decisión. ¿Usted cree que la hormiga regresa cada noche al hormiguero por pura chiripa? ¿Que el ratón encuentra el queso porque leyó un famoso libro? ¿Que el perro rasca la puerta porque no tiene llave? ¿Que el topo anuncia el terremoto porque está en nómina del Instituto Geofísico de los Andes? ¿Usted cree que la gallina protege a sus pollitos por meracasualidad al ver la sombra de la comadreja que vuela? ¿Usted cree que la comadreja vuela?
Nada más inteligente que un animal. Hasta los miembros del Opus Dei envidian la organización de las abejas y un castor borracho podría dictar cátedra de construcción de represas en Harvard.
¿Han visto ustedes piojos en los pies o niguas en la cabeza? No: los piojos saben que su territorio es la mula y las niguas saben que el suyo son los las patas; a su turno, la mula sabe que la mula de que hablo aquí no es ella sino la cabeza, y las patas son conscientes de que me refiero a los pies y no a ellas.
Aun el mínimo bicho tiene claro lo que quiere. No se conoce un solo mosquito anofeles que haya producido el mal de Chagas, ni de una vinchuca causante de un caso de malaria. El anofeles se dedica a su malaria, la vinchuca al mal de Chagas. Punto. Ojalá pudiéramos imitar tan sabio sentido de la especialidad.
Los humanos consideramos superdotados a quienes estudian dos carreras: arquitecto-ingeniero, abogado-economista, médico-sociólogo, reina de belleza-periodista. Pero nada más corriente en el mundo animal que la doble destreza: oso hormiguero, perro pastor, pájaro carpintero, boa constrictor, araña polla…
Parece increíble que aún se discuta si los animales piensan. Sería admisible debatir si son capaces de raciocinio los ministros de Bush, los sofás de terciopelo o las botas pantaneras. Pero los espectadores de canales de televisión sobre animales sabemos que allí hay más materia gris que en los debates políticos o ciertos análisis futboleros.
Álex servía tinto a sus cuidadores, les comentaba las noticias, contaba hasta veinte (yo solo llego hasta trece), echaba chistes, explicaba la influencia de los algoritmos en la econometría y leía a Fernando Londoño pero no lo entendía, prueba definitiva de su inteligencia.
No caben, pues, más dudas. Los animales son más sabios que la mayoría de los seres humanos. Solo que no los dejan entrar a la escuela y tienen, entonces, menos instrucción. De allí que deba ofrecer disculpas a mis lectores si encuentran errores de ortografía en este artículo: se lo he dictado a mi perro.