23rd October 2007

Premiemos a quienes lo han hecho bien

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Es razonable dar continuidad a las administraciones de Bogotá y Medellín.

Este fin de semana serán elegidos miles de alcaldes, gobernadores, diputados, concejales y ediles en casi todo el país. Teniendo en cuenta que la elección popular de alcaldes tiene 19 años y 16 la de gobernadores, es posible entender que casi un 40 por ciento de la población no haya conocido las épocas en que el Gobierno central escogía a dedo a los jefes de municipios y departamentos. En la mayoría de los casos, el salto hacia la elección directa ha sido bueno en principio, pues significa una ampliación de la democracia, y aceptable en la práctica, pues sus resultados políticos están a la altura de las expectativas; en algunos (pienso en Cartagena) ha sido bueno en principio y lamentable en la práctica; y en ciertos casos ha sido bueno en principio y muy bueno en la práctica. Dos ejemplos egregios de esta última situación son Bogotá y Medellín.

La capital ha demostrado que una seguidilla de buenos alcaldes es capaz de imprimir un vuelco a la ciudad. De aquella Bogotá de hace 15 o 20 años a la de hoy existe un abismo. Los habitantes del Distrito se mostraban entonces descontentos y desesperanzados. Hoy, el promedio de orgullo de vivir en Bogotá es de 4 sobre 5. Hace nueve años, el 55 por ciento de los bogotanos pensaba que la ciudad iba “por mal camino”; hoy, el 58 por ciento cree que marcha “viento en popa”.

Sin desmerecer la encomiable labor de alcaldes anteriores, hay que atribuir parte importante de este cambio a Lucho Garzón, el actual alcalde. Garzón tuvo la sensatez de continuar los programas exitosos de sus antecesores, y además dio un timonazo en favor del aspecto social, el menos atendido de la ciudad. Es un giro que corresponde a la convicción personal de Lucho y al programa del Polo Democrático, el partido político de izquierda que lo llevó a la alcaldía. La transformación en este campo ha sido sorprendente. Al subir el Polo, en el 2003, el 38,5 vivía en niveles de pobreza (no le alcanzaban los ingresos para la canasta familiar) y la miseria tocaba al 9,1 de los capitalinos. El año pasado la pobreza había descendido en 10 puntos (del 38,5 al 28,5 por ciento) y la miseria se había reducido a la mitad (4,5 por ciento). Se calcula que las cifras del 2007 son aún mejores. El plan de comedores comunitarios y suplementos alimenticios en las escuelas trabaja para acabar con el hambre en Bogotá. Y aunque la inseguridad sigue siendo un problema, solo el 16 por ciento de los ciudadanos cree que se ha deteriorado su nivel de vida.

Es muy importante para la ciudad que no decaiga el ritmo de beneficio social impuesto por Lucho. Por eso votaré para la alcaldía distrital por Samuel Moreno Rojas, candidato del Polo Democrático. Resulta muy importante para la democracia colombiana premiar a un partido de izquierda que lo ha hecho bien. Me asusta, además, que Peñalosa, indudablemente un buen alcalde, suba con el torpe equipo de asesores que lo empujó al abismo durante su campaña.

A su turno, la transformación de Medellín en manos del actual alcalde, Sergio Fajardo, es un caso digno de estudio en seminarios internacionales. Aparte de ser la ciudad capital colombiana con mayor eficiencia fiscal, ha recibido en los dos últimos años calificación excepcional en manejos financieros públicos.

Si yo fuera medellinense, no vacilaría en votar por quien ofrece mayores garantías de continuación de la gran obra de Fajardo. Hablo de su secretario de Gobierno, Alonso Salazar.

ESQUIRLAS. Con dolorosa rapidez, y cuando aspiraba a refugiarse pronto entre sus libros, se ha ido Lázaro Mejía, ilustre abogado y economista, lector incansable, querido amigo… Una rayita más en la pared.

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