20th October 2007

Un Jojoy por dos Mancusos

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Dejé de coleccionar monas por la época del Pokemón, y todavía me arrepiento. Reconozco que ya era un señor mayor, y que el
espectáculo de un abuelo que cambiaba cromos en los parques con culicagaos resultaba algo extravagante. Sabiendo cómo trabajan los pederastas, me habría parecido incluso un poco sospechoso.

Pero en esos tiempos, hace 10 o 15 años, aún no habían salido del clóset ni de las sacristías todos los acosadores infantiles, de modo que un cincuentón que negociara monas con los niños sólo despertaba la sensación de que debía tratarse de un idiota.

No era así, sin embargo. Yo no acudía a los parques y a las salidas de los colegios a intercambiar pokemones porque fuera un idiota, sino porque las monas me producen una incurable nostalgia. Son para mí lo que las magdalenas para Proust: un viaje instantáneo al pasado infantil, a aquellos años en que éramos felices, el mundo era más seguro y Santa Fe ganaba campeonatos.

Como a muchos de mis contemporáneos, la fiebre por coleccionar álbumes de figuritas surgió, precisamente, por el fútbol. Debía de tener cinco o seis años cuando salieron ‘los Caramelos crack’, unos dulces envueltos en pequeñas fotos de los mejores jugadores de El Dorado del fútbol. Los caramelos, en sí, eran espantosos.

Unas golosinas baratas que devorábamos casi por obligación mientras guardábamos, pegábamos o negociábamos lo que nos interesaba de verdad, que eran las imágenes. Creo que a mi generación le arruinaron los dientes y la barriga los dulces de ‘Caramelos crack’.

Terminada la epidemia de coleccionar futbolistas llegó la de las monas de la Italo Colombiana, una fábrica de chocolates que ofrecía los prodigios de la naturaleza en forma de laminitas multicolores. Todavía recuerdo que bastaban ’50 fi guritas, aun repetidas’ para conseguir el álbum.

Lo demás era tragar y pegar. Estas monas perduraron más que casi todas, y si alguien me promete que todavía existen, volveré dichoso a coleccionarlas. Debo advertir, eso sí, que los dientes que no lograron cariar ‘los Caramelos crack’ los tumbó el Bonfruit de la Italo Colombiana.

Por los tiempos de las estampas de la Italo surgieron también las monas de los cuentos de Walt Disney que, como premiaban a quienes llenaban el álbum, tenían cuatro o cinco cromos que no salían nunca.

Lo mismo ocurrió con los ‘Caramelos Reyes del Ring’: nadie pudo conseguir nunca la imagen del Enmascarado de Plata, y, en cambio, aún encuentro, cuando reviso mis cajones, estampitas de Araña Fuentes y el Águila Israelita, que eran tiradas.

Además de futbolistas y luchadores, coleccioné, sin completar sus álbumes, los caballos del Hipódromo de Techo, los ciclistas de la Vuelta a Colombia, las estrellas de Hollywood y los grandes jugadores de la Copa Mundo.

El álbum ‘Maravillas del reino animal’ marcó una nueva etapa. Se acababan los dulces y se acababan los premios. Los productores de estas ilustraciones entendieron que lo que impulsa al ser humano a comprar monas es el prurito de poseerlas, no el balón o los patines que le regalen por conseguirlo.

Esta serie no sólo constituyó la mejor lección que los estudiantes de entonces recibimos sobre zoología, sino que permitió que, por primera vez, pudiéramos exhibir un álbum completo.

Suspendo aquí la lista, no sin antes advertir que continúo contagiado por el virus de las monas y que en estos momentos me faltan pocas láminas para cerrar el ‘Libro de la Liga Alemana de Hockey y el Gran álbum de la flora noruega’.

Respecto a Colombia, perdí la pista de lo que coleccionan ahora los niños. Y es porque, como bien sugiere Orlando Zuluaga, lector de esta columna, me asalta el temor de que los cromos de hoy estén contaminados por la triste y tenaz realidad nacional.

De ser así, habrá quien tenga repetida la mona de Don Berna, quien ofrezca un Jojoy por dos Mancusos, quien permute cuatro estampitas del Mugre por una de Macaco y quien atesore las imágenes de perfil y de frente de Jabón, Monoleche y Rasguño.

En cuanto a Chupeta, tiene tantas caras, que él sólo daría para un álbum. Presiento, sin embargo, que será imposible completar
la colección por falta de una mona. Y es que, desde los tiempos del Caguán, Tirofijo no sale nunca. Como el Enmascarado de Plata.

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