Los pugilatos del presidente Uribe
Nada bueno queda de las peleas del presidente con la Corte y los periodistas.
No había acabado de lidiar el toro de las acusaciones sin pruebas contra él lanzadas por la antigua amante de Pablo Escobar, cuando el presidente Álvaro Uribe se faja contra la Corte Suprema de Justicia y varios periodistas. Ahora tiene casadas por lo menos tres peleas, y resulta difícil pensar que todas son beneficiosas para el país.
Decía Luis Miguel Dominguín que él lidiaba a veces seis toros en una sola tarde. “El secreto -afirmaba- es que te vayan soltando los toros uno por uno”.
Uribe es de otra escuela de tauromaquia política, y pide todos los toros a la vez. Su habilidad, su popularidad y la vulnerabilidad de algunos de esos toros le permite cortar una que otra oreja. Pero el riesgo de una cornada grave es importante.
La pelea contra la Corte es ejemplo del tipo de combates que exigen máxima prudencia. Si considera que un magistrado de la Corte actúa de manera indebida, hay mecanismos institucionales para denunciarlo. El micrófono no es buen ring para esta clase de peleas, y mucho menos cuando se tiene un temperamento volado como el del primer magistrado. Ignoro quién tiene la razón, pero hay dos cosas claras: primero, que debería plantearse según los procedimientos legales y constitucionales; y, segundo, que ningún desenlace resulta aceptable: o el presidente está histérico o enfrentamos un acto de corrupción de la Justicia.
Tampoco resulta edificante la batalla campal con los periodistas. En algunos episodios Uribe tiene razón, como comentaré. Pero los duelos dialécticos en antena, los regaños a algunos interlocutores y el peligroso señalamiento de otros -caso de Gonzalo Guillén- son efectos lamentables de las maratones pugilísticas presidenciales.
Uno de los más lamentables hechos que marcan estas y otras situaciones recientes es que continuamos bajo el signo de los criminales que confiesan historias horribles… o que las inventan.
Un amigo mío español me preguntó la semana pasada si Colombia está tan arrevolverada como Birmania. Negué enfáticamente y le pregunté qué le hacía pensar semejante cosa.
-Las revelaciones sobre tu presidente- me dice-. Supongo que en este momento el pueblo intenta derrocar a semejante mafioso.
Solo entonces entendí que leyó un refrito internacional de las noticias colombianas sobre las “denuncias” de Virginia Vallejo y creyó que si la prensa recogía noticias tan gordas es porque eran verdaderas, y, si las noticias eran verdaderas, el sátrapa debía de estar tambaleando. Como en Birmania.
Las “acusaciones” de Vallejo contra Uribe ocasionan grave daño, pues muchos lectores ingenuos nos ven como una nación de idiotas gobernada por un paramilitar narcotraficante. Lo insólito es que son incriminaciones sospechosamente tardías, procedentes de fuente deleznable y, sobre todo, sin el menor apoyo probatorio. El hecho de que unas veces las lance a través de un libro comercial y otras mediante un espectáculo de televisión no las hace más veraces ni meritorias.
Igual puede decirse de los gánsters que periódicamente ocupan primeras planas en revistas y diarios: nadie les exige que prueben sus denuncias -a menudo fabricadas para obtener rebajas de penas-, mientras a los perjudicados se les escamotea el derecho a defenderse.
Esta clase de periodismo nada tiene que ver con la reportería investigativa que pretende sustituir. Hace tres décadas surgió en Colombia un periodismo de investigación que destapó abundantes porquerías sin quebrantar las rigurosas normas del oficio. En aquel periodismo las denuncias de un hampón no eran el final de la labor, sino el comienzo. De ahí se partía hasta comprobar cuánto tenían de verdad demostrable. En el curso de la investigación, los acusados presentaban su punto de vista y ocasionalmente destruían las incriminaciones falsas. Muchas pesquisas morían en el camino porque no había cómo demostrar los hechos o porque se llegaba a la conclusión de que eran producto de un error o una mendaz venganza.
Hoy muchas cámaras y rotativas dan la bienvenida a estos pájaros sin el menor beneficio de inventario.