Cuatro viejas letras
Además del cuadro de ‘Las Meninas’, la Plaza de las Ventas y las tapas en la Gran Vía, lo que más impresiona a los latinoamericanos en Madrid son las cuñas de televisión donde se habla del culo de los bebés: “Proteja el culito de su bebé con pañales XX”… “Cuando el culo del bebé se irrita, nada como ungüento ZZ”… “¡Me encanta el culito de mi bebé! Es muy suave, gracias a talco NN”…
No es que los españoles sean mucho más procaces que nosotros -bueno, sí lo son, pero no en este caso-, sino que la palabra “culo” marca poco en el ajómetro social. Digamos, 2 sobre 10. En cambio, en América marcaba 8 y ahora marca 5 ó 6. Pero marca.
Advierto, entonces, que escribo este Postre en mi calidad de filólogo español y no de columnista colombiano. Y es porque no voy a hablar del culo como presa anatómica de animal o de humano, sino como morfema; es decir, como elemento básico del idioma.
Su ingreso al castellano es antiquísimo. Según el etimólogo Joan Corominas, su primera referencia escrita data de 1155: ¡ocho siglos y medio! Esto lo hace más antiguo que sinónimos suyos como nalga, que aparece hacia 1400, y glúteo, que mora entre nosotros hace apenas un siglo.
Hablamos, pues, de una palabra más antigua que “religión”, “matrimonio” o “dinero”. García Márquez recuerda en ‘Cien años de soledad’ que “no hay que confundir el culo con las témporas”. Pues bien: “culo” es cinco siglos anterior a “témporas” en los anales -nunca mejor dicho- del español. Lo que constituye otra razón para no confundirlos.
También hablaré del culo como raíz. Como raíz de otras palabras, se entiende. Y todo esto será gracias a muchos lectores que, inspirados en mi artículo de hace pocos meses sobre el término ‘culipronto’ (“apresurado, precipitado”), propusieron que me ocupara de otros derivados del castizo vocablo.
La primera palabra que ellos sugieren tiene que ver con el vocablo culipronto. Se trata de una entidad fundada por Guillermo ‘la Chiva’ Cortés que responde al nombre de Anacupro, Asociación Nacional de Culiprontos. Tiene blog en internet (http://patton.blogdeldia.com/item/229) y no me extrañaría que también tuviera sede física en Colombia. Dice su secretario general: “Aquellos que hacemos parte de Anacupro nos reconocemos desde niños. Cuando la profesora pide a la clase que quién puede traer el fósil de un zancudo para que todos puedan entender el proceso, nosotros hace media hora habíamos dicho “¡YO!”
Y agrega: “Ahí radica la principal característica de los anacupros. Nosotros somos sapos, sí. Claro. Pero somos sapos porque queremos el bien de la humanidad, que la gente aprenda, que no haya más hambre, que se acabe la injusticia…”
Otro lector recuerda un derivado clave de nuestro morfema principal: ‘sacaculismo’. Más que una palabra, estamos ante una filosofía de la vida. El sacaculista evade las responsabilidades, no acepta culpas, huye de la confrontación de sus errores. Por una extraña ironía anatómica, se llama ‘sacaculista’ al que no da la cara. Es decir, que saca el culo, y con el culo, saca la cara, y con la cara, saca el cuerpo, y en medio de la operación se lava las manos.
El ‘sacaculista’ es esencialmente calceto, irresponsable, cobardón, faltón. Parece increíble que palabra tan expresiva para concepto tan claro no figure en el Diccionario. Pero no figura. La Academia ha resultado ‘sacaculista’ en esta materia.
Con la misma raíz se forma otra escuela filosófica: el ‘meimportaunculismo’. No es igual el ‘sacaculista’ -que se esconde- que el ‘meimportaunculista’, a quien nada roza, altera o motiva. Distinto al ‘sacaculista’, el ‘meimportaunculista’ sí da la cara; pero al ponerla, la cara dice que nada le interesa y nada le afecta. El ‘meimportaunculista’ pasa de todo, carece de urdimbre moral o emocional para dejarse conmover o entusiasmar. Es un indiferente profesional, un pedazo de piedra. A imitación suya, el Diccionario tampoco lo registra en su lista de palabras. Ya casi termino.
Quiero antes plantear otra acepción, la séptima, de la palabra culo. Esta, ya no como sustantivo (trasero, extremidad de una cosa, cuncho de un vaso, etc.), sino como adjetivo. Los colombianos sabemos que hay individuos y cosas a quienes les ajusta este término mejor que cualquier otro. Podríamos decir “¡qué tipo tan aburrido, pomposo, engreído e impertinente!”.
Pero, para ahorrar tiempo y ganar contundencia, preferimos decir “¡qué tipo tan culo!”. Son cuatro letras que lo dicen todo; de allí proceden “¡qué culera!”, “un culazo”, “un plan culísimo” y otras bellezas.
Lamentablemente, el espacio se acaba y hemos llegado a lo que la cuarta acepción del Diccionario permitiría llamar “el culo del artículo”… que es muy distinto a “un artículo culo”.