13th September 2007

Esclavo de amor y/o amistad (3)

Resumen de los dos primeros capítulos, publicados en 2005 y 2006: Eulalia, joven cartagenera de 150 kilos, se enamora de Carlosvives, un hermoso esclavo yoruba que trabaja en la mansión de sus padres. Al sospecharlo, su madre vende el esclavo, pero la chica jura hallarlo, comprarlo y casarse con él. Su ordalía la lleva a Popayán y Argentina, donde se entera de que Carlosvives viaja hacia Estados Unidos. Eulalia sale en un barco ballenero en busca suya.

¡Será mío, será míppfgg! -gritaba Eulalia atracada de golosinas en el foso para ballenas del barco que acababa de comprar. Se había enterado de que un tratante de esclavos curazoleño era el nuevo dueño del hombre por quien moría de amor. Supo, también, que su destino era algún puerto de Norteamérica.

¿Pero cuál? Eran muchos. Decenas. Cientos. ¿Adónde podría haberse dirigido el barco negrero con el cautivo yoruba, aquel muchacho cuya amistad con Eulalia habíase trocado en amor?

El capitán Facundo O’Connery, experimentado hombre de lago -no de mar, porque era boliviano- puso proa hacia el norte, hacia donde llevaban cargamentos humanos para las plantaciones de algodón. Planeaba llegar a Nueva Orleáns y, una vez allí, remontar el río Misisipi, a pesar de que su curso -repleto de eses, y también de pés- hacía muy peligrosa la travesía para un barco ballenero.

La crónica de aquella singladura entre Buenos Aires y Nueva Orleáns está asentada con detalles y minucias en la bitácora del capitán O’Connery (a quien sus amigos franceses llamaban Oh Connerie por problemas de pronunciación). Se trata de un documento de máximo interés, aunque algunos historiadores tienden sombras sobre él por sospechar que el capitán, gran lector en las horas muertas de los viajes, pudo haber plagiado a autores de su predilección.

“Partimos viernes 3 de agosto de 1492 año de la barra de Stlate a las ocho horas”, empieza diciendo el diario de a bordo, con una evidente errata respecto a la fecha. “Anduvimos con fuerte virazón hasta poner el Sol hacia el Sur a 60 millas, que son 15 leguas; después, al Sudeste y al Sur del Sudueste, que era el camino para las Canarias”.

La bitácora ofrece interesantes descripciones de navegante, aunque no menciona a Eulalia. El aparte correspondiente al jueves 11 de octubre señala: “A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían a dos leguas. Amaynaron todas las velas temporizando hasta el viernes, que llegaron a una isleta de los Lucayos que se llamaba en lengua de los indios Guanahaní”.

Eulalia, mientras tanto, no cesaba de comer. Habían hecho paradas para aviarse de dulces en Porto Alegre, Florianápolis, Santos y Rio de Janeiro. Cuando se detuvieron en Salvador de Bahía a fin de comprar chocolate, un hombre bonachón de pelo blanco quiso explicarles algo acerca de la escasez de cacao y las grandes lluvias.

Empezó a relatar una historia larguísima sobre un idilio que floreció entre la mulata Gabriela y el árabe Nacid, pero Eulalia ordenó que lo echaran a patadas. Al final, solo adquirieron clavo y canela.

En Cayena recogieron a un hombrecito simpático e inofensivo llamado Henri Charrière, a quien apodaron “Papillón”. Luego, en Puerto Príncipe, se ofreció como cocinero Henri Christophe, morenazo de curiosa indumentaria que se hacía llamar “el Rey de la Cocina”. Había sido pinche de estufa en Ciudad del Cabo, pero se confesó incapaz de elaborar dulces o pasteles. Eulalia lo rechazó y el haitiano, indignado, le advirtió: “¡Sabrás de mí!”. En fin, otro pobre loco delirante.

Tendida en el foso de los cetáceos, alimentada todo el día con carbohidratos y negada a cualquier actividad física, la niña se asemejaba cada vez más a una gigantesca ballena blanca. Los bracitos parecían aletas; se le había achatado la nariz; resoplaba con el típico ruido de los balénidos y, para completar, expulsaba agua por distintos orificios y sacudía el trasero con grandes coletazos.

Una noche estuvieron a punto de acabar el viaje de la peor manera. Se hallaban en plena alta mar, cuando atravesó el aire un silbido y un arpón estuvo a punto de clavarse en el resplandeciente muslo de Eulalia. Lo había disparado el capitán Ahab, un chiflado que, en la oscuridad, se había confundido de objetivo. Buscaba a un tal Dick Mobber o algo así, explicó a gritos Ismael, uno de sus marineros. El mar está lleno de dementes.

Y, mientras Eulalia lloraba de amor y seguía engordando, ¿qué ocurría con Carlosvives? Esta es la parte más fascinante de la historia.

(Continúa el año próximo, en la edición especial del Día del Amor y la Amistad de CARRUSEL).

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