7th September 2007

Cuando croaban las berenjenas

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Cierto lejano día, mientras tomaba unos vinos con mi amigo uruguayo Aldo Faedo, bandoneonista y arquitecto, me contó él que un compatriota suyo afirmaba que las berenjenas son una forma
evolutiva de las ranas. Me reí mucho con la ocurrencia, como seguramente les ocurre a ustedes en este momento, y pedí más datos.
Aldo me explicó que la teoría de aquel personaje, a quien llamaré R. R. en homenaje a Rin Rin Renacuajo, iba completamente en serio; que, aunque era muy chistosa, no nació como broma sino como aporte uruguayo a la ciencia.

Volví a reírme y le manifesté que Uruguay ya había hecho generosa contribución al mundo con Gardel y Pedro Rocha y era injusto pedirle que, además del tango y el fútbol, se destacara en asuntos propios de la biología.

Entonces el que se rió fue Aldo y se explayó algo más en la versión uruguaya del darwinismo. Según la tesis de su compatriota, hace miles de millones de años empezó a secarse el lago Aral, situado en el Turquestán, y, al aumentar la salinidad, las ranas que nadaban en sus aguas perdieron paulatinamente su forma de batracios y evolucionaron hasta convertirse en esa planta solanácea de piel morada y alargada forma que denominamos berenjena.
R. R. afirmaba que el color arzobispal no es más que el efecto de la sal en la epidermis del sapo y que si seccionamos una berenjena veremos que su interior copia el sistema nervioso del batracio.

Volvimos a reírnos, esta vez a carcajadas, y pedimos más vino.
Pero aquella noche, en el silencio de la madrugada, yo no podía dejar de pensar en la propuesta, que me parecía cada vez más realista y demostrable. A eso de las cuatro no aguanté más y bajé a la cocina. Armado de un cuchillo, procedí a la vivisección de la berenjena. Realicé el aconsejado corte transversal y, en el curso de los siguientes días me dediqué a examinar el cadáver de la planta.

Entonces vi con claridad que allí no solo aparecían los restos de una diminuta columna vertebral sino también las huellas de cuatro extremidades, dos de las cuales acusaban más nutrida acumulación de semillas. Eran, por supuesto, el trasunto de las apetitosas ancas.
Reflexiones más detenidas me permitieron concluir que el trozo verde que recubre el extremo superior de la berenjena no es otra cosa que la evolución de la cabeza de la rana.

Compárenla ustedes con la jeta de un renacuajo, que es la cuota inicial de la rana, y descubrirán, maravillados, la asombrosa semejanza entre el cráneo del batracio y la trompa de la solanácea.

Ahora soy de los que suscriben la tesis de R. R. Si el hombre viene del mono, ¿por qué la berenjena no puede descender del sapo?
Todo cambia. Han transcurrido millones de años desde que el homo erectus desnucaba uros con una maza: hoy compra chuletas en el supermercado.

¿Podemos negarle a una modesta hortaliza la posibilidad de haber saltado de la rana de charca a los platos finos, como la musaka, la berenjena parmesana, la ratatouille? ¿No cabe pensar, acaso, que el calabacín sea una transformación de la iguana, el pepino crespo una forma evolutiva del ratón de huerta, la guama una tataranieta de la serpiente pudridora?

Como contribución a los trabajos de R. R. me propuse realizar el experimento definitivo. Dicen los juristas que “las cosas se deshacen como se hacen” (“Facerit vainorum equalus desfacet”), y estoy aplicando este principio a la berenjena. Hace ya tres años sumergí una de estas verduras en un platón de agua de mar al cual añado cada mes una pizca de sal.

Si mi pálpito es cierto, un día la berenjena se convertirá en rana y quedará demostrada la hipótesis.

Las cosas van bien. Noto que a la berenjena le están brotando ramitas en la parte trasera: deben ser las patas. Y además sospecho que pronto tendrá semillas en el capullo verde, y que esas semillas se transformarán en ojos.

Ahora mismo me atormenta la duda: ¿prefiero comerme unas buenas berenjenas rebozadas hoy, o espero hasta sacar del platón dos jugosas ancas de rana?

No lo sé. Es cuestión de paciencia. Solo faltan unos pocos miles de millones de años.

This entry was posted on Friday, September 7th, 2007 at 6:38 and is filed under Postre de Notas. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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