Urgente: voto químico de castidad
Los escándalos sexuales en la Curia obligan a plantear medidas que antes solo padecían los niños cantores.
Un religioso despacha dos sacramentos el mismo día: su consagración como sacerdote y el bautismo de su hijo clandestino… Varios más también crían vástagos… Un párroco roba limosnas para pagar a jovencitos homosexuales… Siete tienen como secretarias a sus amantes… Un monseñor acosa niñas en los barrios populares…
Semejante panorama, que ni siquiera imaginó el malvado Bocaccio en su Decamerón, no sucede en la Edad Media italiana sino a comienzos del siglo XXI en Cali. Es algo distinto a chismes. Son denuncias de Germán Robledo, un sacerdote que se asqueó de la corrupción y la tolerancia.
No pasa un mes sin que se conozcan nuevos casos de tropelías sexuales protagonizadas por sacerdotes. La mayoría de los religiosos son personas aconductadas, pero aterra el creciente número de individuos que parecen cargar pólvora debajo de la sotana. Hace pocos meses nos escandalizaron las acusaciones y confesiones de pederastia de un famoso cura bogotano “apóstol” de los escolares, y ahora nos dice Robledo que los abusos de aquel personaje tristemente célebre “son pecadillos de primera comunión” al lado de lo que ocurre en Cali. ¡Cómo será!
Me parece un poco excesivo -y costoso- pedir que la Iglesia someta a todos sus religiosos a castración química, como propone un parlamentario del Valle. Pero lo que sí debería establecerse es el voto químico de castidad. Es decir, que, de manera voluntaria o por decisión de sus superiores, todo sacerdote que perciba las primeras tentaciones de la carne -hablo de la carne ajena: lo de la propia es problema estrictamente suyo- se ponga en manos de un médico que le administre los fármacos necesarios para convertir su excitación sexual en frigidez y meditación. Como el Maligno acecha, no basta con velar y orar, como lo aconseja el Evangelio, sino que es preciso tomar medidas. Ya decía el sabio Lichtenberg en el siglo XVIII: “Las monjas no solo tienen un estricto voto de castidad, sino también fuertes rejas en sus ventanas”.
En nuestro tiempo ofrece más garantías la química que las rejas. Aseguran los hermeneutas que la Iglesia se opone a la castración.
Es verdad, pero con salvedades. Si se trata de honrar a Dios, que vayan trayendo las tijeras. Así lo demostraron numerosos Papas a lo largo de tres siglos, cuando autorizaban, ad honorem Dei, que emascularan a los niños para que siguieran cantando con angelicales voces en el coro de la Capilla Sixtina. Se cita el caso de un castrato de apellido Cortona, que se enamoró perdidamente de una muchacha y escribió una petición a Inocente IX para que autorizara su matrimonio y su retiro del coro, porque solo le habían cortado un testículo y aún podía procrear. La respuesta negativa aparece de puño y letra del Pontífice en el margen de la carta: “¡Que lo capen bien!”.
Lo mismo digo yo ante la creciente plaga de curas pederastas y libidinosos. Claro que ya no es preciso el bisturí, sino una dosis científica de fármacos que obren el efecto contrario del Viagra. Los curas así curados podría incluso colgar un certificado en su despacho. Sería una tranquilidad para muchos padres de familia saber que sus hijos no sufrirán los riesgos que hoy corren. Para sacerdotes que trabajen en asilos infantiles sería requisito obligatorio.
Lo que por ahora no se consigue con ampolletas, lamentablemente, es inyectar coraje y sentido histórico a esos tribunales que acaban absolviendo a los sujetos de escándalo y apoyando a los jerarcas que tapan los abusos. Lo mejor es recomendarles que miren lo que ha sucedido en el catolicismo de Estados Unidos por su actitud cómplice, o recomendarles otorrinolaringólogos morales que les permitan oler la podredumbre a su alrededor, oír las quejas de la feligresía y ver el daño irreparable que cometen.