¿Palmada al año no hace daño?
Es posible que quienes hoy tenemos más de 23 y menos de 63 años pertenezcamos a la última generación que recibió palmadas paternas o maternas en las nalgas. Los últimos estudios de la organización Save the Children (Salvemos a los Niños) indican que los Castigos con Mano Abierta en Lugar Duro han descendido de manera importante, aunque, lamentablemente, la violencia contra los niños no se ha abolido.
Distingamos. Cuando hablo de Castigos con Mano Abierta en Lugar Duro, me refiero a los que infligían aun las madres más cariñosas a sus hijos díscolos en zonas anatómicas de poco riesgo. Incluyo en esta categoría nalgadas, pellizcos, tirones de oreja y ocasionales y leves cocas en la cabeza. Hace un tiempo ese tipo de sanciones se consideraban indispensables para corregir a la infancia. Tenían el respaldo de un refrán según el cual “Una palmada al año no hace daño”.
Por lo que sé y por lo que me consta, a quienes encajamos en el rango de 23 a 63 no solían golpearnos con rejo, puñetazo o golpe en zona anatómica delicada. Esa agresión les había tocado a las generaciones mayores, que sí experimentaron en sus carnes los Castigos de Mano Abierta en Lugar Blando (bofetada, pescozón, cachetada), la paliza (con vara o palo, como su nombre lo indica) y el cinturón. Este último era equivalente al penalty en fútbol:
¿ ¡Si sigue molestando, me quito la correa y le doy una fuetera!
Ante semejante advertencia, el hijo díscolo tenía dos opciones. O dejaba de molestar, y conjuraba el peligro, o seguía molestando hasta que el taita, desesperado, se llevaba la mano al cinturón dispuesto a cumplir la amenaza.
¿ ¡Se lo dije! ¡Prepárese, que aquí va el fuete!
En ese momento, también tenía tres opciones. La primera: tramar al enfurecido padre para meterlo en una discusión sobre el impropio uso de la palabra “fuete”, con el falso argumento de que debe decirse “foete”; la segunda, confiar en que, al sacarse el cinturón, se le cayeran los pantalones; la tercera y más recomendable, salir corriendo.
Yo recuerdo haber recibido en mi vida cuatro o cinco palmadas educadoras en lo que don Quijote llamaba castizamente el culo. En cambio, cuando me correspondió criar hijos, ya la norma se había aguado bastante y creo que nunca pasé de una tímida palmadita en las manos filiales.
¿ ¡Si vuelves a tratar de ahogar a tu hermana en el inodoro, te doy una palmada en la otra mano!
No estoy capacitado para opinar si el rejo educaba mejor que el Castigo de Mano Abierta en Lugar Duro (no creo) o que la palmadita en la mano era más instructiva que la nalgada. Pero temo que hoy los hijos demandarían a los padres por menos que eso, y obtendrían el apoyo de más de una ONG.
Claro: el problema es que resulta difícil combatir la violencia infantil sin proscribir del todo cualquier reprimenda física contra el chino. Habría que declarar los glúteos como zona de despeje en la cual los padres puedan ejercer su autoridad a Mano Abierta. Lo malo es que más tarde las huellas de los golpes en tal sector podrían llegar a impedir exitosas carreras en el caso de “strippers” o profesiones sedentarias que exijan permanecer mucho tiempo sentado, como piloto de avión, informático, ciclista o ministro.
Hay que celebrar, entonces, que cada vez sufra mayor rechazo el castigo anatómico a los niños. En eso expreso mi total solidaridad con Save the Children.
El problema es que se ha intensificado y extendido la mala educación infantil (no digo que por falta de palmadas, sino por otros factores más complejos), y ahora hay más posibilidades de que el hijo le pegue al padre o a la madre que lo contrario.
Antes uno no se atrevía a “levantar la mano” contra la mamá; ahora hay carajitos que la levantan para esgrimir cuchillo o machete contra la progenitora. Hasta los boxeadores están en peligro de sufrir muendas a manos de sus niños preadolescentes. Incluyo a los maestros, que ya no dan reglazos ni siquiera en Inglaterra. No es raro que los profesores sean víctimas de infantes descarriados que a los nueve años pintan ya como candidatos a un doctorado en sicariato.
En síntesis, mi propuesta es la siguiente: apoyemos la campaña de Save the Children contra los castigos físicos a los niños, pero lancemos una campaña paralela que se llame Save the Parents: salvemos también a los padres…