17th August 2007

La cosa se puso peluda

El problema del pelo es biológico -sí lo sabré yo-, pero también es cultural. Durante siglos el ser humano ha enviado múltiples mensajes a través del pelo. No podía ser de otra manera, porque antes que nada el hombre es un animal, y los animales utilizan pelo y plumas con diversas funciones. El pavo real despliega su plumaje para enamorar a la hembra, y el gato se encorva y eriza para dar la impresión a su enemigo de que es más grande y más peligroso de lo que en realidad resulta.

A lo largo de la historia el hombre ha suprimido o agregado pelo a su propio cuerpo, según el clima y la señal que pretenda enviar a sus semejantes. Durante siglos, la barba significó respetabilidad. Por eso a Dios aún se lo pinta barbudo y de larga melena. Los misioneros españoles que acudían a conquistar pueblos medio imberbes, como los nativos de América, se esmeraban en dejarse crecer luenga barba para impresionar a sus víctimas. En cambio, los nativos evitan cortarse el pelo porque les parece contra natura. Lo hicieron los motilones, y originaron todo un verbo: motilar. Por eso dice Rafael Escalona en “El pobre Migue”:

Dice que tiene barba, como un padre,
que tiene mucho pelo, como un indio.

Las condiciones climáticas también influyen en el corte de pelo. Los egipcios, sometidos a calores pavorosos, se rapaban; los vikingos, gente de tierra fría, criaban barba de varias décadas. Cuando faltaba pelo, las pelucas lo proporcionaban, como en la corte de los Luises; por eso los revolucionarios franceses, al reaccionar contra la monarquía, no sólo cortaban pelucas, sino cabezas. Y cuando sobra pelo, como en los ejércitos modernos, se lo arrebatan a la fuerza a los reclutas. En este caso no es sólo un problema de estética, sino de higiene: cabello ralo no cultiva piojo.

Por ser un problema cultural, la longitud del pelo es asunto que pertenece al mundo tornadizo de la moda. A veces se considera signo de belleza el poco pelo (años cincuenta) y a veces se toma por hermoso el pelo largo (años sesenta). No sólo es cuestión que cambie con los tiempos. También muda de una frontera a otra.

¿Por qué las italianas no se afeitan las axilas, gesto guácala que en América consideramos -nunca mejor dicho- espeluznante? ¿Y por qué inglesas y españolas sí? ¿Cuál es la razón por la que en Rumania es bien visto el bozo femenino, mientras que las francesas se lo desprenden hasta con pólvora? Como se ve, la Unión Europea no es tan unida en cuestión capilar.

El tercer milenio está planteando en esta materia una revolución que nos trastorna a sociólogos y pilósofos. Es una revolución que se sintetiza con dos miserables letras: el reemplazo de una “v” por una “b” y la supresión de una “l”. En efecto, lo que hasta hace poco fue el vello púbico recibe ahora tratamiento de bello público.

Con esto último quiero decir que se ha perdido el recato de esta zona donde crece lo que los poetas llamaban “el terciopelo del amor” o “la sombra aprisionada”. Muchas señoras, quizás para evitar los espectáculos tipo Horacio Serpa en los bikinis, se rasuran abajo, e incluso hay centros de depilación especializados en convertir “la noble umbría del monte de Venus” (así también la han llamado) en precarios diseños que imitan un frenazo de bicicleta o una patilla de las que usaban los próceres de la Independencia: piensen ustedes en la drástica columna de pelos que descendía por la mejilla de Bolívar, trasládenla a la entrepierna de una dama, y entenderán lo que quiero expresar.

Sé que es una cosa cultural, pero confieso que me cuesta trabajo acostumbrarme a esa escasez de vello trazada con tiralíneas que hoy se estila. Prefiero el simpático alboroto de otros tiempos, cuando más con un par de tijeretazos laterales para meter las cosas en cintura. En lo demás concuerdo: sabia y eficaz depilación de femeninos labios, mentones, piernas, axilas, abdómenes (sí: abdómenes) y pechos (sí: ¡pechos!). Ahora bien: por ningún motivo, con ninguna disculpa y en ninguna circunstancia acepto la horrible afeitada total inferior de infantil aspecto que exhiben cier- tas revistas femeninas y que no es más que inconsciente invitación a la pederastia.

En cuanto a los hombres, cuando me propusieron un plan metrosexual de depilación de pecho y pubis, respondí lo que hoy reitero a gritos sobre semejante tema: ¡cómo se les ocurre que voy a quitarme aquello que me costó tanto trabajo y tanta ilusión para que creciera!

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