31st Agosto 2007

Merde d’artiste

Un día de estos, querido lector, más tarde o más temprano, usted tendrá que contarles a sus nietos lo que fue nuestro tiempo, este revuelto puente entre el siglo XX y el XXI. Deberá ser franco con ellos. Estará obligado a hablarles de lo malo y lo bueno, de lo sublime y lo infame.

Tendrá que mencionar a Hitler y a Teresa de Calcuta, el hambre del Tercer Mundo y la llegada a la Luna, la bomba atómica e internet, los grandes asesinos y los grandes poetas, la quema de libros bajo las dictaduras y el florecimiento de la música en aparatos del tamaño de un encendedor, la contaminación del planeta y la cirugía que no raja el pellejo…

Podrá regalarles libros, encimarles documentales, repasarles fotos, prestarles recortes, proyectarles películas, mostrarles cuadros de Picasso y cine de Coppola… Pero sólo habrá cumplido la misión de ilustrar a sus nietos cuando les refiera la historia de la “merde d’artiste”.

Le estoy hablando de una de las radiografías más nítidas de lo que es nuestro tiempo. Algo que lo pinta en toda su dimensión. Es un episodio que surgió hace casi medio siglo y cada vez me asombra más. Voy a contárselo para que un día de estos, más tarde o más temprano, se lo repita usted a sus nietos.

Piero Manzoni era un escultor y pintor italiano nacido en 1933. En 1961, desilusionado de su oficio, resolvió concretar la idea que tenía sobre el arte universal en un proyecto tan original como elocuente, que consistió en producir 90 latas herméticamente cerradas de 5 centímetros de alto y 6,5 de diámetro (lo que mide un enlatado de paté o caviar, diría D’Artagnan) con un peso neto de 30 gramos, libre de conservantes artificiales.

Fecha de caducidad: ninguna. Precio: igual, gramo por gramo, al del oro en el mercado de Londres. Nada de esto resulta excesivamente extraño. Lo curioso es el contenido. Pongan atención, porque un día de estos, más tarde o más temprano, tendrán que decírselo a sus nietos. Impreso alrededor de la caja en varios idiomas se anuncia lo que lleva adentro el enlatado: “Merde d’artiste…Artist’s Shit… Künstlerscheisse… Merda d’artista”.

No tuvo el privilegio nuestra lengua de aparecer entre los idiomas seleccionados, pero creo que a todos nos queda claro: según Manzoni, lo que encierran los tarros es ni más ni menos que el fruto de sus protestas estomacales. Quiero decir que el artista introdujo en cada lata 30 gramos de excrementos propios, selló el recipiente al vacío y luego puso en venta lo pujado en calidad de obra de arte.

No fueron más que 90 latas (hay que tener en cuenta el esfuerzo que significa producir y embalar casi tres kilos de semejante materia orgánica), pero tuvieron éxito inmediato entre aficionados al arte que estaban dispuestos a pagar el gramo de caca como si fuera gramo de coca.

Manzoni no alcanzó a ver las altas cotizaciones, pues murió en febrero de 1963. Tenía 29 años. Se especula aún sobre la causa de su muerte: ¿infarto?, ¿coma etílico?, ¿derrame cerebral? Parece descartado el estreñimiento. En los 44 años transcurridos desde entonces los tarros de excrementos han aumentado de precio y de valor.

Atesoran latas el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Centro Pompidou de París y la Tate Gallery de Londres. Unas pocas se han extraviado o perforado; otra estalló y voló a donde la etiqueta lo indica. Uno de los ochenta y pico botes sobrevivientes se subastó hace tres meses en 250 millones de pesos.

La historia es increíble, pero aún falta lo mejor. O lo peor, según se vea. Hace pocos días, un amigo del finado Manzoni reveló a la prensa italiana que todo fue un engaño y las latas no contienen el valioso elemento que se anuncia sino mero yeso: yeso barato, yeso viejo, yeso de artista.

Esto nos conduce a la delirante situación de que los compradores de los tarros no sólo pagaron sumas ingentes por una manotada de mierda, sino que andan indignados al saber que la mierda se les convirtió en yeso. Y habrían estado igualmente iracundos si, en vez del producto esperado, hubieran hallado oro y no “merde d’artiste”.

Así que ya sabe, querido lector: cuando sus nietos le pregunten por nuestro tiempo, dígales que era un tiempo en que la caca se vendía enlatada, se pagaba a precios de escándalo y el cliente amenazaba con demandar a la galería si la porquería no resultaba auténtica.

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28th Agosto 2007

Urgente: voto químico de castidad

Los escándalos sexuales en la Curia obligan a plantear medidas que antes solo padecían los niños cantores.

Un religioso despacha dos sacramentos el mismo día: su consagración como sacerdote y el bautismo de su hijo clandestino… Varios más también crían vástagos… Un párroco roba limosnas para pagar a jovencitos homosexuales… Siete tienen como secretarias a sus amantes… Un monseñor acosa niñas en los barrios populares…

Semejante panorama, que ni siquiera imaginó el malvado Bocaccio en su Decamerón, no sucede en la Edad Media italiana sino a comienzos del siglo XXI en Cali. Es algo distinto a chismes. Son denuncias de Germán Robledo, un sacerdote que se asqueó de la corrupción y la tolerancia.

No pasa un mes sin que se conozcan nuevos casos de tropelías sexuales protagonizadas por sacerdotes. La mayoría de los religiosos son personas aconductadas, pero aterra el creciente número de individuos que parecen cargar pólvora debajo de la sotana. Hace pocos meses nos escandalizaron las acusaciones y confesiones de pederastia de un famoso cura bogotano “apóstol” de los escolares, y ahora nos dice Robledo que los abusos de aquel personaje tristemente célebre “son pecadillos de primera comunión” al lado de lo que ocurre en Cali. ¡Cómo será!

Me parece un poco excesivo -y costoso- pedir que la Iglesia someta a todos sus religiosos a castración química, como propone un parlamentario del Valle. Pero lo que sí debería establecerse es el voto químico de castidad. Es decir, que, de manera voluntaria o por decisión de sus superiores, todo sacerdote que perciba las primeras tentaciones de la carne -hablo de la carne ajena: lo de la propia es problema estrictamente suyo- se ponga en manos de un médico que le administre los fármacos necesarios para convertir su excitación sexual en frigidez y meditación. Como el Maligno acecha, no basta con velar y orar, como lo aconseja el Evangelio, sino que es preciso tomar medidas. Ya decía el sabio Lichtenberg en el siglo XVIII: “Las monjas no solo tienen un estricto voto de castidad, sino también fuertes rejas en sus ventanas”.

En nuestro tiempo ofrece más garantías la química que las rejas. Aseguran los hermeneutas que la Iglesia se opone a la castración.
Es verdad, pero con salvedades. Si se trata de honrar a Dios, que vayan trayendo las tijeras. Así lo demostraron numerosos Papas a lo largo de tres siglos, cuando autorizaban, ad honorem Dei, que emascularan a los niños para que siguieran cantando con angelicales voces en el coro de la Capilla Sixtina. Se cita el caso de un castrato de apellido Cortona, que se enamoró perdidamente de una muchacha y escribió una petición a Inocente IX para que autorizara su matrimonio y su retiro del coro, porque solo le habían cortado un testículo y aún podía procrear. La respuesta negativa aparece de puño y letra del Pontífice en el margen de la carta: “¡Que lo capen bien!”.

Lo mismo digo yo ante la creciente plaga de curas pederastas y libidinosos. Claro que ya no es preciso el bisturí, sino una dosis científica de fármacos que obren el efecto contrario del Viagra. Los curas así curados podría incluso colgar un certificado en su despacho. Sería una tranquilidad para muchos padres de familia saber que sus hijos no sufrirán los riesgos que hoy corren. Para sacerdotes que trabajen en asilos infantiles sería requisito obligatorio.

Lo que por ahora no se consigue con ampolletas, lamentablemente, es inyectar coraje y sentido histórico a esos tribunales que acaban absolviendo a los sujetos de escándalo y apoyando a los jerarcas que tapan los abusos. Lo mejor es recomendarles que miren lo que ha sucedido en el catolicismo de Estados Unidos por su actitud cómplice, o recomendarles otorrinolaringólogos morales que les permitan oler la podredumbre a su alrededor, oír las quejas de la feligresía y ver el daño irreparable que cometen.

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24th Agosto 2007

¿Palmada al año no hace daño?

Es posible que quienes hoy tenemos más de 23 y menos de 63 años pertenezcamos a la última generación que recibió palmadas paternas o maternas en las nalgas. Los últimos estudios de la organización Save the Children (Salvemos a los Niños) indican que los Castigos con Mano Abierta en Lugar Duro han descendido de manera importante, aunque, lamentablemente, la violencia contra los niños no se ha abolido.

Distingamos. Cuando hablo de Castigos con Mano Abierta en Lugar Duro, me refiero a los que infligían aun las madres más cariñosas a sus hijos díscolos en zonas anatómicas de poco riesgo. Incluyo en esta categoría nalgadas, pellizcos, tirones de oreja y ocasionales y leves cocas en la cabeza. Hace un tiempo ese tipo de sanciones se consideraban indispensables para corregir a la infancia. Tenían el respaldo de un refrán según el cual “Una palmada al año no hace daño”.
Por lo que sé y por lo que me consta, a quienes encajamos en el rango de 23 a 63 no solían golpearnos con rejo, puñetazo o golpe en zona anatómica delicada. Esa agresión les había tocado a las generaciones mayores, que sí experimentaron en sus carnes los Castigos de Mano Abierta en Lugar Blando (bofetada, pescozón, cachetada), la paliza (con vara o palo, como su nombre lo indica) y el cinturón. Este último era equivalente al penalty en fútbol:
¿ ¡Si sigue molestando, me quito la correa y le doy una fuetera!
Ante semejante advertencia, el hijo díscolo tenía dos opciones. O dejaba de molestar, y conjuraba el peligro, o seguía molestando hasta que el taita, desesperado, se llevaba la mano al cinturón dispuesto a cumplir la amenaza.

¿ ¡Se lo dije! ¡Prepárese, que aquí va el fuete!
En ese momento, también tenía tres opciones. La primera: tramar al enfurecido padre para meterlo en una discusión sobre el impropio uso de la palabra “fuete”, con el falso argumento de que debe decirse “foete”; la segunda, confiar en que, al sacarse el cinturón, se le cayeran los pantalones; la tercera y más recomendable, salir corriendo.
Yo recuerdo haber recibido en mi vida cuatro o cinco palmadas educadoras en lo que don Quijote llamaba castizamente el culo. En cambio, cuando me correspondió criar hijos, ya la norma se había aguado bastante y creo que nunca pasé de una tímida palmadita en las manos filiales.
¿ ¡Si vuelves a tratar de ahogar a tu hermana en el inodoro, te doy una palmada en la otra mano!
No estoy capacitado para opinar si el rejo educaba mejor que el Castigo de Mano Abierta en Lugar Duro (no creo) o que la palmadita en la mano era más instructiva que la nalgada. Pero temo que hoy los hijos demandarían a los padres por menos que eso, y obtendrían el apoyo de más de una ONG.

Claro: el problema es que resulta difícil combatir la violencia infantil sin proscribir del todo cualquier reprimenda física contra el chino. Habría que declarar los glúteos como zona de despeje en la cual los padres puedan ejercer su autoridad a Mano Abierta. Lo malo es que más tarde las huellas de los golpes en tal sector podrían llegar a impedir exitosas carreras en el caso de “strippers” o profesiones sedentarias que exijan permanecer mucho tiempo sentado, como piloto de avión, informático, ciclista o ministro.
Hay que celebrar, entonces, que cada vez sufra mayor rechazo el castigo anatómico a los niños. En eso expreso mi total solidaridad con Save the Children.
El problema es que se ha intensificado y extendido la mala educación infantil (no digo que por falta de palmadas, sino por otros factores más complejos), y ahora hay más posibilidades de que el hijo le pegue al padre o a la madre que lo contrario.

Antes uno no se atrevía a “levantar la mano” contra la mamá; ahora hay carajitos que la levantan para esgrimir cuchillo o machete contra la progenitora. Hasta los boxeadores están en peligro de sufrir muendas a manos de sus niños preadolescentes. Incluyo a los maestros, que ya no dan reglazos ni siquiera en Inglaterra. No es raro que los profesores sean víctimas de infantes descarriados que a los nueve años pintan ya como candidatos a un doctorado en sicariato.
En síntesis, mi propuesta es la siguiente: apoyemos la campaña de Save the Children contra los castigos físicos a los niños, pero lancemos una campaña paralela que se llame Save the Parents: salvemos también a los padres…

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21st Agosto 2007

El hombre del carrito

Una historia verídica que es ejemplo de insolidaridad social.

El hombre del carrito se llama Danilo Murillo Moreno. Es santandereano, tiene mujer, dos hijos y 40 años. La inseguridad y la pobreza lo expulsaron del campo y llegó a Bogotá hace cuatro años. Siguiendo el consejo de un amigo, comprometió sus ahorros en la compra de un carrito de golosinas, una especie de cajón con ruedas del que depende la subsistencia de su familia.

Danilo es personaje conocido en la calle 92, una elegante zona de Bogotá. Los niños del barrio le compran dulces, los mayores piden tinto y no falta el celador o el obrero a quien Danilo le fía cigarrillos al menudeo. Él y los suyos viven en un sector mucho menos grato, una lejana barriada llamada San Joaquín, en el sur de la ciudad.

Hasta hace un tiempo, Danilo realizaba una larga travesía cotidiana con el carrito. Todas las noches lo empujaba hasta la calle 72 con carrera 14, donde le guardaban el carrito, y todas las mañanas volvía con él, a veces bajo la lluvia, hasta la 92. En la caminata perdía casi tres horas. Cierto día, una señora del rico vecindario se enteró de que cada mes Danilo caminaba con sus corotos un trayecto equivalente a la carretera Bogotá-Ibagué, y, conmovida, alojó el carrito en su edificio. Ese día cambió la vida para Danilo. Se ahorró aguaceros, evitó mayores desgastes al carrito y pudo trabajar más tiempo y mejorar sus ingresos, apenas superiores al salario mínimo.

Pero, como no hay felicidad duradera, a los pocos años la señora cambió de casa y, desaparecida la madrina, el hombre tuvo que buscar nuevo refugio para su carrito. Fue entonces cuando entró en juego un amigo mío que vive en el sector y, enterado de la historia, le ofreció en su edificio una plaza de parqueadero que él no utiliza. Mi amigo, lamentablemente, no había aprendido que, en general, a los ricos no les gustan los pobres, salvo que estén a su servicio. Así, cuando Danilo llevó el carrito, le negaron la entrada.

Ahí empezó el calvario. Asesorado por un prestigioso y solidario abogado, mi amigo exigió explicaciones a la administración. Le dijeron que el garaje no tenía como fin alojar carritos de dulces. Mi amigo opinó que tampoco debería alojar los trastos viejos -sofás, alfombras, bicicletas desinfladas– que veía en el lugar. Luego adujeron “razones de seguridad”, como si fueran las Torres Gemelas. Mi amigo respondió que Danilo entregaría el carrito al portero y aceptaba todas las revisiones que quisieran practicarle. Después fue el intonso argumento del “si todos…”: si todos los carritos parquearan en los garajes, no cabrían los automóviles. Claro: y si todos los chinos saltaran al mismo tiempo en una playa, provocarían un maremoto en el océano Pacífico.

Al final, una vecina le confesó la verdad: la presencia del carrito podía desvalorizar el edificio. Pero, caritativa, la dama ofreció rezar para que Cristo velara por la familia de Danilo. Mi amigo le contesto que si Cristo se presentara en su edificio, no se parecería a ninguno de sus inquilinos sino al hombre del carrito, y también lo echarían a patadas.

El abogado asegura que un juez les reconocerá la razón, por tratarse de una limitación ilegal y abusiva de la propiedad. Pero Danilo y los suyos no podían durar en vilo todo el tiempo que tarda un juicio.

A estas horas, el hombre del carrito debe decidir si vuelve a caminar siete kilómetros diarios o si paga en la zona un alquiler nocturno que menguará sus escasos ingresos. Y yo medito sobre el país en que vivimos, donde los ricos se dicen solidarios hasta el momento en que los pobres se convierten en un problema concreto. Entonces los mandan a la mierda. Con todo y carrito.

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17th Agosto 2007

La cosa se puso peluda

El problema del pelo es biológico -sí lo sabré yo-, pero también es cultural. Durante siglos el ser humano ha enviado múltiples mensajes a través del pelo. No podía ser de otra manera, porque antes que nada el hombre es un animal, y los animales utilizan pelo y plumas con diversas funciones. El pavo real despliega su plumaje para enamorar a la hembra, y el gato se encorva y eriza para dar la impresión a su enemigo de que es más grande y más peligroso de lo que en realidad resulta.

A lo largo de la historia el hombre ha suprimido o agregado pelo a su propio cuerpo, según el clima y la señal que pretenda enviar a sus semejantes. Durante siglos, la barba significó respetabilidad. Por eso a Dios aún se lo pinta barbudo y de larga melena. Los misioneros españoles que acudían a conquistar pueblos medio imberbes, como los nativos de América, se esmeraban en dejarse crecer luenga barba para impresionar a sus víctimas. En cambio, los nativos evitan cortarse el pelo porque les parece contra natura. Lo hicieron los motilones, y originaron todo un verbo: motilar. Por eso dice Rafael Escalona en “El pobre Migue”:

Dice que tiene barba, como un padre,
que tiene mucho pelo, como un indio.

Las condiciones climáticas también influyen en el corte de pelo. Los egipcios, sometidos a calores pavorosos, se rapaban; los vikingos, gente de tierra fría, criaban barba de varias décadas. Cuando faltaba pelo, las pelucas lo proporcionaban, como en la corte de los Luises; por eso los revolucionarios franceses, al reaccionar contra la monarquía, no sólo cortaban pelucas, sino cabezas. Y cuando sobra pelo, como en los ejércitos modernos, se lo arrebatan a la fuerza a los reclutas. En este caso no es sólo un problema de estética, sino de higiene: cabello ralo no cultiva piojo.

Por ser un problema cultural, la longitud del pelo es asunto que pertenece al mundo tornadizo de la moda. A veces se considera signo de belleza el poco pelo (años cincuenta) y a veces se toma por hermoso el pelo largo (años sesenta). No sólo es cuestión que cambie con los tiempos. También muda de una frontera a otra.

¿Por qué las italianas no se afeitan las axilas, gesto guácala que en América consideramos -nunca mejor dicho- espeluznante? ¿Y por qué inglesas y españolas sí? ¿Cuál es la razón por la que en Rumania es bien visto el bozo femenino, mientras que las francesas se lo desprenden hasta con pólvora? Como se ve, la Unión Europea no es tan unida en cuestión capilar.

El tercer milenio está planteando en esta materia una revolución que nos trastorna a sociólogos y pilósofos. Es una revolución que se sintetiza con dos miserables letras: el reemplazo de una “v” por una “b” y la supresión de una “l”. En efecto, lo que hasta hace poco fue el vello púbico recibe ahora tratamiento de bello público.

Con esto último quiero decir que se ha perdido el recato de esta zona donde crece lo que los poetas llamaban “el terciopelo del amor” o “la sombra aprisionada”. Muchas señoras, quizás para evitar los espectáculos tipo Horacio Serpa en los bikinis, se rasuran abajo, e incluso hay centros de depilación especializados en convertir “la noble umbría del monte de Venus” (así también la han llamado) en precarios diseños que imitan un frenazo de bicicleta o una patilla de las que usaban los próceres de la Independencia: piensen ustedes en la drástica columna de pelos que descendía por la mejilla de Bolívar, trasládenla a la entrepierna de una dama, y entenderán lo que quiero expresar.

Sé que es una cosa cultural, pero confieso que me cuesta trabajo acostumbrarme a esa escasez de vello trazada con tiralíneas que hoy se estila. Prefiero el simpático alboroto de otros tiempos, cuando más con un par de tijeretazos laterales para meter las cosas en cintura. En lo demás concuerdo: sabia y eficaz depilación de femeninos labios, mentones, piernas, axilas, abdómenes (sí: abdómenes) y pechos (sí: ¡pechos!). Ahora bien: por ningún motivo, con ninguna disculpa y en ninguna circunstancia acepto la horrible afeitada total inferior de infantil aspecto que exhiben cier- tas revistas femeninas y que no es más que inconsciente invitación a la pederastia.

En cuanto a los hombres, cuando me propusieron un plan metrosexual de depilación de pecho y pubis, respondí lo que hoy reitero a gritos sobre semejante tema: ¡cómo se les ocurre que voy a quitarme aquello que me costó tanto trabajo y tanta ilusión para que creciera!

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14th Agosto 2007

Colombia se va a acabar… y el mundo también

El cambio climático ya está aquí: empieza la cuenta atrás en la historia de la Tierra.

Tengo una gran noticia para esos compatriotas pesimistas que creen que Colombia se va a acabar ante la indiferencia del mundo y la alegría de algunas naciones. La buena nueva es que muy probablemente el mundo se acabará primero que Colombia. Así lo dice la meteorología de los últimos meses, que registra temperaturas récord, vientos de ferocidad inesperada, diluvios bíblicos donde antes llovía poco y estragos irreparables en la naturaleza: acaba de certificarse la extinción del delfín blanco del río Yangtsé, en la China; ya solo quedan en la India 1.400 tigres silvestres, la mitad de los que se calculaba; en la costa pacífica de Estados Unidos mueren millones de cangrejos por el reducido oxígeno del agua; los enormes buitres de Osona (España) ya no hallan comida y están atacando reses vivas.

Hace años la comunidad científica advirtió que se avecinaba el cambio climático. Numerosos políticos e industriales cacarearon que eran falsas alarmas, que la tecnología superaría todas las amenazas, que eran cosas de los comunistas. Pero el cambio climático ya está aquí y, lamento decirlo, es probable que haya empezado la cuenta atrás en la historia del planeta Tierra, un moco cósmico muy hermoso pero muy mal habitado.

Habría gozado San Juan recortando notas de prensa recientes para escribir un segundo Apocalipsis: crisis sanitaria de 30 millones de habitantes de la India por lluvias y vientos monzones de duplicada frecuencia… Pronósticos de colosales pérdidas agrícolas en Bolivia y Perú por retroceso de los glaciares… Incendios incontrolables en las islas Canarias… Reducción del casquete polar a mayor velocidad que los cálculos más pesimistas, al punto de que el Polo Norte no existirá cuando termine el siglo… Nevadas en Buenos Aires por primera vez en 89 años… Ola de calor de 45 grados en Bulgaria… Ola de frío en Uruguay…Ola de sequía en Alemania… Nueve muertos y pérdidas por 5.000 millones de dólares por inundaciones en Inglaterra… Desborde del Nilo y ruina de las cosechas en Sudán… Más de 120 mil evacuados en Mozambique por lluvias…

La catástrofe de Darfur (África), donde han muerto 200 mil personas y hay 2 millones y medio de desplazados es más que un sangriento conflicto étnico. Se trata de la primera guerra ecológica que presencia el siglo XXI; es la guerra por el agua, por la leña, por unos granos de comida, por los gusanos. Al faltar leña, la tribu janjawid se calentaba hace tres años en el desierto sudanés quemando las cabezas de sus víctimas. Phillip Clapp, presidente de una ONG ambientalista de Washington, pronostica que el futuro del planeta se asemeja mucho a Darfur: “Lo de allí es pequeño, comparado con lo que viene. Apenas un anticipo de los apocalipsis ambientales que nos esperan”.

Tan grave será la situación que hasta los príncipes del capitalismo salvaje están inquietos. George W. Bush, el bárbaro que retiró la firma del Tratado de Kioto contra los gases venenosos, convoca a los países industriales a una cumbre sobre cambio climático en septiembre; dos meses después la ONU reunirá a cien jefes de Estado alrededor del mismo tema; en diciembre se realizará en Indonesia una reunión mundial. Es difícil saber si ya resulta un poco tarde: los jinetes de san Juan echaron a galopar y están arrasando la Tierra. Los que antes despreciaban los augurios ya no los desprecian; los que antes se reían ya no se ríen. Enero ha sido en el norte el mes más caluroso desde que existen los termómetros. Sostiene la Organización Meteorológica Mundial: “Las olas de calor y las fuertes precipitaciones serán cada vez más frecuentes”.

Por todo lo anterior creo que el mundo se acabará primero que Colombia. Pero será una diferencia de segundos.

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9th Agosto 2007

Agua que no has de beber

Hubo un tiempo -aún lo hay– en que tocaba pagar agua embotellada y llevarla a ciertos rincones del país y del mundo porque la salubridad pública lo imponía. La Guajira, por ejemplo. Era y es imposible recorrer la Guajira sin cargar varias canastas de soda, porque los viajeros encontraban y encuentran poca agua, y mala: agua apozada, oscura, con mosquitos, zancudos, ranas y, de en vez en cuando, mapanás o babillas. Tomar un sorbo de esos charcos era y es pasaporte probable hacia la malaria y seguro hacia la soltura de estómago. Lo peor de la disentería es que en esas comarcas desiertas resultaba y resulta imposible conseguir papel higiénico, y había que arreglárselas con cactus o arena.

Si escaseaba la soda en los pueblos llaneros, guajiros o amazónicos, era preciso llevar gaseosas que reemplazaran el agua embotellada. A menudo los cristianos acababan peinándose con Coca-Cola, lavándose los dientes con Colombiana o afeitándose con jugo de guayaba, como cierto personaje de García Márquez.

La necesidad justificaba y aún justifica el agua embotellada. Como siempre, el más castigado era y es el pobre, que tenía que desembolsar plata de su magro presupuesto para obtener aquello con lo que lavan carros en la ciudad. Era y es una cuestión de salud. Una prevención inevitable.

Pero ahora les ha dado a los embotelladores por inventarse el agua de marca, los frascos que contienen H2O de diversos y distinguidos orígenes, y los restaurantes -que olieron el negocio- volaron a acoger la idea. Solo faltaba que el consumidor la aceptara. Y, bueno, no solo la aceptó sino que ha aparecido el más repelente género de la nueva gastronomía, que es el catador de agua. Así como hay expertos enólogos, que con solo paladearlo son capaces de escupir un poema sobre las condiciones y peculiaridades del vino, empiezan a surgir los acuólogos, que se precian de distinguir, catalogar y recomendar las características de distintas aguas según los alimentos que se vayan a ingerir durante la comida.

Todo eso es pura carreta. La cosa resulta mucho más simple. El agua es buena o mala. Si sabe bien, es buena y si sabe mal, es mala. Después se le puede agregar un poco de gas, para volverla soda, o prescindir de este añadido, diseñado para acompañar bebidas alcohólicas, no para que el agua sea mejor o peor. Quizás puede tener un poco más o un poco menos de cal y alguna otra menudencia. Pero si sabe a sal o a sopa de tomate, por ejemplo, ya no sirve para beberla. Así de fácil. Un “experto”, Michael Mascha, confiesa lo que la física ya había dicho: que el agua pura es insabora e inodora. Es cuestión, pues, de rechazar la que sepa o huela, porque no resulta adecuada para el consumo. Lo demás es paja.

Sin embargo, el último grito de la cursilería es saber de aguas. Abundan ya en el mercado diversas marcas, y empiezan a aparecer en los restaurantes las minutas de aguas, así como hay carta de vinos y menú de comidas. No falta incluso quien se autodenomina “sumiller hídrico”, o sea probador del líquido, y opina pendejadas sobre él. Hace algunas semanas publicó la revista Time un artículo titulado “La hechura de un esnob del agua”, donde el autor, Joel Stein, cuenta su experiencia con los catadores de monóxido de hidrógeno (que es el nombre oficial del elemento: “agua” no es más que un apodo cariñoso). Allí denuncia escandalizado que los restaurantes no suministran agua del grifo, como antes, y venden a los parroquianos botellas de agua ocho veces más caras que en el comercio.

Detrás de todo hay un gran negocio, naturalmente. En las canillas de Bogotá, por ejemplo, corre agua espléndida, famosa por su salubridad. Hay que impedir que los restaurantes la desacrediten a fuerza de ofrecer aguas de marca con el prurito de ganar dinero.

Yo aconsejo exigir agua de la llave en los restaurantes de Bogotá. No lo haría en todos los sitios, por supuesto, pero en Bogotá y otras ciudades sí. En cambio, sería un error tomar agua del río Sumapaz, porque para eso no se necesita un acuólogo sino un coprólogo. Sin embargo, como sigan las cosas como van, un día llegaremos a eso y nos la ofrecerán embotellada y de marca.

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7th Agosto 2007

Colombia se conmueve mucho, pero se mueve poco

Es mejor un frío protectorado internacional que espectáculos emotivos pero inútiles.

La caminata del profesor Gustavo Moncayo conmovió al país; también resultó conmovedor el apoyo brindado para que instalara cambuche permanente en la Plaza de Bolívar, y no fue menos conmovedora la actitud del presidente Álvaro Uribe cuando se presentó en la Plaza dispuesto a controvertir a Moncayo y enfrentar un público hostil.

Desde hace rato Colombia vive un carrusel de conmociones. Tanto conmovió al país la foto de Tirofijo con un enviado de Andrés Pastrana, que en 1998 eligió gobernante al segundo y cogobernante al primero. Luego conmovieron tan hondamente las prédicas del candidato Uribe contra las FARC, que el pueblo lo llevó al Palacio de Nariño. Masivas y conmovedoras, las manifestaciones contra el secuestro organizadas por Pacho Santos le agenciaron la vicepresidencia.

Vamos de conmoción en conmoción. Nada más conmovedor que la campaña francesa para rescatar a Íngrid Betancur o la emotiva ola de correos de internet que exige la libertad de Emanuel, hijo silvestre de una periodista y un guerrillero. También produjeron conmoción la fugas de Fernando Araujo -coronada con la conmovedora decisión de nombrarlo canciller¿y del policía John Frank Pinchao. La infame matanza de los diputados conmovió calles y plazas con enormes multitudes, y también las declaraciones de la viuda de Diego Mejía Isaza, muerto en un intento de rescate. No provocaron menos conmoción las confesiones de los jefes paramilitares sobre algunos de sus crímenes, ni las mentiras burlonas sobre otros. Las palabras vehementes del presidente Uribe -donde iguala a guerrilleros y ex guerrilleros o a violentos y sindicalistas y pide a sus generales que bombardeen los ignotos campamentos rebeldes¿suelen conmover al país tanto como sus líricas invocaciones a la Patria (ver “Esquirlas”) o ciertos gestos inesperados: soltar porque sí un centenar de guerrilleros presos, liberar a un pez gordo de las FARC por sugerencia de Francia o nombrar una ministra para agradar a unos congresistas gringos.

Sí: Colombia no cesa de conmoverse. Lo lamentable es que aquí todo conmueve, pero nada se mueve. Las emotivas explosiones no han servido para que las FARC entreguen a sus secuestrados, ni para que Uribe acepte el acuerdo humanitario, ni para que las autodefensas ejerzan a fondo y sin engaños el proceso de reinserción social. Ni siquiera la prolongada conmoción de la caminata de Moncayo sirvió para que el gobierno se mueva del sitio en que tercamente está clavado.

Resulta mucho más fácil conmover que mover, y por eso Colombia no resolverá solo con emociones el conflicto violento que la asedia. En algunos procesos atascados ocurre a veces que un gesto espectacular destraba el embrollo, como sucedió en 1977 con la paz de Anwar Sadat, Menahem Begin y Jimmy Carter en el Medio Oriente. Pero en Colombia hay más espectáculo que proceso; por eso vivimos un permanente “reality” que no conduce a ninguna parte porque conmueve mucho pero no mueve nada.
Los hombres providenciales y la inteligencia emocional han rendido poco fruto; las emociones ofrecen mejor bolo electoral que las ideas, pero sus resultados indigestan.

Por eso no saldremos del pantano sin una fuerte tutoría extranjera administrada de manera cerebral, pragmática, realista. Pueden hacer más por nosotros unos fríos y hábiles diplomáticos de las Naciones Unidas, como ocurre con el “tribunal híbrido” ONU-Camboya, que esporádicas y conmovedoras explosiones callejeras o gestos hermosos y bien intencionados como el del profesor Moncayo, a quien ya proponen como candidato a la Presidencia. Lo cual no deja de ser tan conmovedor como absurdo.

ESQUIRLAS¿ Recientes consejos de Uribe en Nueva York a un ciudadano que le pregunta qué puede hacer por el país: “Primero, amar a Colombia; segundo, amar más y más a Colombia; tercero: amar a Colombia más, más amar a Colombia, amar a Colombia intensamente”. Estremecedor. E inútil. A estas cosas me refiero.

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4th Agosto 2007

Aforismos de Fontanarrosa

Roberto Fontanarrosa describe al sabio Ernesto Esteban Echenique como “por sobre todas las cosas, un hombre sensible”. A este frágil personaje creado por él encomendó El Negro el papel de transmitir sus divertidos aforismos (”El aforismo es un elefante encerrado en un dedal”, dijo Echenique).

Publico hoy una antología de estas píldoras de pensamiento en memoria del genial humorista argentino, fallecido el 19 de julio en Rosario, su tierra natal.

  • El ocio es la madre de todos los vicios. Pero es una madre, y hay que respetarla.
  • “Cáncer” es una palabra grave.
  • El pavo real abre su cola sin importarle si es día feriado.
  • Judas no quería traicionar. Debía irse temprano.
  • “Está mitad vacía”, dijo el pesimista mirando la copa. “Está mitad llena”, dijo el optimista. “Está paga”, dijo el generoso.
  • El dinero es el único dios sin ateos en la Tierra.
  • No conozco el miedo. Solo temo a lo desconocido.
  • Dios está en todas partes. Aburre un poco.
  • Hasta el más tierno de los insectos merece ser aplastado.
  • La mala palabra no nació así. La sociedad la hizo mala.
  • Los tiempos que corren, ¿por qué corren?
  • La bala silba para darse ánimo.
  • También se ufanaba de su piel el tigre que hoy es alfombra.
  • Una mala imagen vale por mil malas palabras.
  • No vale más el singular topacio que el vulgar cascote. Pero si me dais a elegir, dadme el topacio.
  • ¡Desdichado el mendigo, que no conoce el placer de dar!
  • Mientras más sé, menos sé. No sé.
  • No juzgar a los hombres por sus actos. Condenarlos.
  • El árbol se ríe del hacha. Así le va.
  • La paciencia espera. La virtud observa. El pato parpa.
  • Se puede hacer una armadura de papel. Pero no te pelees.
  • También el rudo buey fue débil cordero.
  • El oído quisiera ver y el ojo, oír. ¿Quién los entiende?
  • Un condenado a cadena perpetua que muere joven… ¡defrauda a la Justicia!
  • Si tu mejor amigo te incrusta un puñal en la espalda… desconfía de su amistad.
  • El pájaro es libre. Lo sería aún más de ser soltero.
  • A veces es preferible una sonrisa a un salivazo en el rostro.
  • No basta la buena voluntad si intentas apagar el fuego con gasolina.
  • Consulté con mi almohada y me dijo: “Consulta con tu médico”.
  • Morir… ¡extraña costumbre!

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