La increíble y triste historia del Negro y su doble blanco
Una tarde de enero del 2006, durante el Festival de Hay de Cartagena, el Negro Fontanarrosa llegó al Teatro Heredia para su esperada charla sobre humor. Solo podía caminar con ayuda a causa de la enfermedad que lo había asaltado tres años antes. Unos niños que allí jugaban lo miraron impresionados cuando subía las escalinatas apoyado por tres personas.
El Negro se dirigió a ellos con cara aparentemente seria:
-¡Por fumar, chicos, por fumar!
Claro que era mentira. Fontanarrosa no fumaba. Pero el humor era su manera de combatir esa esclerosis ante la cual la ciencia resultó impotente. Solía describir su situación con metáforas futbolísticas. “Estoy jugando nueve contra once, pero el público me banca”, comentó una vez refiriéndose a la manera como avanzaban simultáneamente la enfermedad y la simpatía de las gentes por ese símbolo argentino que se les iba poco a poco. Otra vez, cuando ya no podía levantarse sin ayuda y dibujaba con enorme dificultad, me dijo sin dramatismos: “Le confieso que firmaría el empate”. Era su manera de indicar que había renunciado a recuperarse y que se daría por bien servido si el mal no avanzaba más.
Pero avanzó, y el 19 de julio hubo luto nacional en Argentina y entre todos los que admiramos, quisimos y disfrutamos de sus dibujos, sus cuentos, sus conferencias y su amistad. Estoy seguro de que Fontanarrosa, que era un ídolo popular desde hace tiempos, será un clásico del humor en español, no solo por sus monos, sino por sus cuentos, obras maestras de la literatura cómica.
Sus amigos lo recordaremos, además, por su indomable espíritu risueño, que envolvía una lección permanente de dignidad. El 10 de julio le escribí desde Bogotá, “más cerca de las estrellas”, para averiguar por su salud. “Samper -me contestó al día siguiente-: me inquieta la información de que usted está cerca de las estrellas, pues recuerdo las que Mockus hizo pintar en las calles en cada lugar donde un transeúnte fue aplastado por un auto. En un rato me iré al sanatorio, donde me devolverán mis regeneradas células madre recién llegadas de Israel. Un rumor dice que, por un error, serían las de Bin Laden. Se verá”.
El 12 de julio recibí un nuevo correo: “Impávido coloso: me devolvieron 35 millones de células madre, según ellos. No tuve oportunidad de contarlas, pero desconfío de esa cifra. Son gente muy rápida con los números. Lo mantendré informado. Un abrazo, El Negro”.
Poco después se agravó irremediablemente su estado. Había sido su último mensaje, pero parecía más bien su último cuento.
El doble blanco del Negro Fontanarrosa
¿Quién cree en las coincidencias? En 1980, cuando formé parte de un grupo de periodistas becados en la Universidad de Harvard, mi gran amigo era otro caricaturista y escritor, Douglas Marlette, con quien seguimos siendo cuates desde entonces. Tipo adorable, mamagallista y talentoso, ganó varios premios -entre ellos el Pulitzer- por sus mordaces caricaturas políticas, y creó una célebre historieta satírica y algo autobiográfica sobre la vida en el sur de Estados Unidos, llamada Kudzu. Con Marlette intercambiábamos frecuentes y bromistas mensajes. Era el Negro Fontanarrosa en rubio. Él y su mujer nos visitaron en Bogotá y Cartagena y hacíamos planes para recibirlos pronto en España. Muchas veces le hablé a Fontanarrosa de Marlette, su doble blanco, y a Marlette de su doble negro. El pasado 10 de julio, Doug acudió a un pueblo de Mississippi donde montaban una obra musical basada en Kudzu. Llovía. La carretera estaba empapada. Su carro se estrelló contra un árbol y él falleció de inmediato. Tenía 57 años. No hubo tiempo ni ganas de contarle a Fontanarrosa que su doble gringo había muerto.