17th July 2007

López Michelsen en la “caja negra”

El ex presidente inventó el poder político del vallenato.

Muchos columnistas y políticos que han escrito en los últimos días sobre Alfonso López Michelsen se esmeraron en contarnos su relación personal con él; cómo lo conocieron, qué amistad los unió, qué anécdotas suyas recuerdan. En mi caso, lamentablemente, debo decir que no fui amigo suyo, que desde mi modesto rincón de columnista critiqué muchas cosas de su gobierno, que mis simpatías acompañaron a Luis Carlos Galán -uno de sus precoces rivales- y que, en el orden político, el ilustre estadista me tenía muy escaso aprecio. Más de una vez me castigó con públicas cuchufletas y aún soy víctima de patéticas vindictas de algún ex ministro suyo. Nada de esto disminuye mi aprecio por su inteligencia ni mi admiración por su capacidad de agitar ideas.

Otra cosa, en cambio, eran merengues y paseos, donde sí pisábamos terreno común. Cuando publiqué con Pilar Tafur el álbum-libro ‘Cien años de vallenato’, dedicamos el primer ejemplar a López, gesto que él respondió con una generosa nota. Aunque mi afición nació años antes de que el vallenato se convirtiera en símbolo regional, he sido fiel discípulo de las enseñanzas de López en torno a la música de acordeón: su fascinación por los cantos que relatan historias y costumbres, su reivindicación de la parranda como escenario natural del vallenato, su amor por las piezas y compositores clásicos y aun el apoyo a ese cuarto ritmo que oficializa el divorcio del paseo lento y el paseo tradicional. López era genuino admirador de la cultura popular. No deja de ser interesante que un aristócrata bogotano educado en Europa, para quien el club alfombrado era una segunda casa, defendiera el inapreciable valor de la cultura que germina en cantinas, bailaderos y galleras y entendiera que corridos, boleros y vallenatos son una sangre viva que circula por el modo de ser latinoamericano.

Su predilección, naturalmente, era la música de esa comarca que abarcaba partes del Magdalena y la Guajira. Fue la que conoció cuando niño en tierras de sus parientes Pumarejos -entre ellos Tobías Enrique, compositor de “Las sabanas de El Diluvio” y “La víspera de Año Nuevo”- y luego aclimató en Bogotá con un grupo de amigos suyos que fueron condiscípulos de los jóvenes costeños desembarcados en la capital entre fraylejones y neblina. Podría debatirse si López fue o no el descubridor cachaco del vallenato, porque también se apasionaron por las artes de Escalona esos cuates suyos que compartían pupitres y parrandas con los friolentos estudiantes llegados de la provincia. Pero nadie duda de que el ex presidente, con su particular perspicacia, inventó y desarrolló el músculo político del vallenato. No es una casualidad que su puerta de ingreso al gobierno, tras enardecida oposición, hubiera sido la gobernación del Cesar.

López vislumbró que, a punta de guacharacas, la región podía adquirir una influencia nacional comparable a la de los cafeteros paisas o los azucareros del Valle. Para eso tuvo que amansar primero a los valduparenses de campanillas, que vetaban la presencia de esta música en los salones del club social, y luego dio categoría literaria a los trovadores caribes al insertar en sus discursos citas de aquellos sones. A poco andar, en unos casos por admiración y en otros por resignación, los colombianos influyentes acabaron aceptando el vallenato como fuerza folclórica y política.

Me dicen que hace un par de meses, en medio de la tormenta parapolítica que salpica a varias figuras de El Cesar, López quiso hacerse presente en el Festival Vallenato y mostrar su solidaridad con un departamento macartizado, pero una enfermedad se lo impidió. Solo volvieron a rodearlo los acordeones cuando ya la “caja negra” había dejado su cuota de “tristeza y guayabo” en el Cementerio Central de Bogotá.

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