3rd July 2007

Aceptémoslo: esto nos superó

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Algunos extranjeros que durante su visita a Colombia pudieron escuchar los mensajes de madrugada que envían por diversas emisoras los familiares de los secuestrados a sus parientes no los olvidan jamás. Son recados que vuelan hacia la yerta oscuridad sin saber si llegan a su destinatario o si el destinatario ha muerto y ellos lo ignoran. “Yo lloraba cada vez que los oía -me confesó una amiga española- y eso que no sé dónde queda el Caguán, ni conozco a nadie que padezca semejante tragedia”.

Los colombianos ya no lloramos al oír los mensajes. Son parte de la realidad nacional a la que hemos optado por acostumbrarnos como anestesia para sobrevivir. Igual ocurre con otros aspectos atroces de este país que espanta por sus crímenes y fascina por su laboriosidad, ingenio y buen humor: los 3.000 secuestrados, las masacres de guerilleros y paramilitares, la corrupción, los narcos…

El más reciente horror, el de los once diputados del Valle, ha sacudido un poco ese callo insensible que endurecieron muchas décadas de violencia. Sin embargo, la noticia más leída, votada, comentada y enviada de eltiempo.com el domingo pasado no tenía que ver con el espeluznante suceso. Su título era: “Amaranto Perea e Iván Ramiro Córdoba rechazan jugar de laterales en la Selección de la Copa América”.

Con todo, existe unánime y conmovido rechazo al asesinato colectivo de los diputados y acerca de la responsabilidad esencial de las Farc en el hecho. Al margen de las circunstancias de su muerte, el primer culpable es quien los secuestró. No nos engañemos: si un secuestrado muere ahogado en un río, envenenado por una serpiente o despeñado por un precipicio, la culpa no es del río, la serpiente ni el precipicio, sino de los criminales que atentaron contra su libertad y su dignidad y lo convirtieron en vil mercancía económica o política. Esto no tiene perdón ni justificación alguna. Hasta Pol Pot se estremecería.

Los golpes cotidianos que conducen a la insensibilidad son de tal magnitud que ahora estamos enfrascados en una polémica santanderista en torno a los secuestrados y el intercambio humanitario. El Gobierno (al que es injusto responsabilizar de la muerte de los diputados) rechaza la comisión de encuesta internacional que proponen los países facilitadores –España, Suiza y Francia–, con el alegato de que equivaldría a reconocer que existe un conflicto. ¿Y es que no lo hay? ¿Acaso medio siglo de guerra y miles de muertos y desplazados no lo demuestran? Mientras tanto, un importante obispo apoya al presidente con el argumento de que “toda injerencia de gobiernos extranjeros debe ser rechazada, porque esto es competencia exclusiva del Estado colombiano”. Los gringos nos nombran ministros, los franceses piden excarcelaciones ¿y estamos hablando de “rechazar la injerencia extranjera” de los tres países que intentan ayudarnos?

Podemos ser insensibles, pero no insensatos. Esto nos superó. Colombia, con el salvajismo de las autodefensas y guerrilleros, la corrupción de parte de la clase política y de algunas células militares, los vaivenes temperamentales del Gobierno y la soledad del pobre comisionado de paz, acusa cada día su incapacidad de remediar el incendio que provocó. Ha llegado el momento de buscar para el proceso de paz un altísimo protectorado internacional de la ONU que encabece un mediador de prestigio global y talento probado y, si es necesaria, la intervención apaciguadora de los cascos azules. Pero -dirán– ¿no es esa una concesión de soberanía? Sí. Pero otorgada soberanamente, y por mejores causas que las que han motivado la permanente humillación ante Estados Unidos. Olvídense: de esta no salimos solos, chapoteando entre masacres y asesinos estelares mientras discutimos si hay “conflicto” o solamente “agresión terrorista”.

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