Pobrecitos ‘paras’ maltratados
Dicen que no hay nada más aburrido que un discurso político, y que nadie es capaz de seguir la abundante producción oratoria del presidente Álvaro Uribe. Ojalá. Porque quien lo haga corre el riesgo de ser inducido a una arriesgada discriminación entre guerrilleros y paramilitares que de manera irresponsable se esmera en establecer el Primer Mandatario.
A la luz de sus crímenes, resulta difícil escoger campeones y subcampeones entre los dos bandos. Ambos han cometido masacres, secuestros, asesinatos incalificables, narcotráfico, terrorismo, extorsiones, robos y atentados. Ambos son enemigos de la paz y deudores del pueblo colombiano. Y aunque Uribe dice con la boca pequeña que se trata de delincuentes equiparables y que los dos merecen igual tratamiento, sutil y reiteradamente pretende mostrar a los paramilitares como un mal menor.
Entiendo que defienda el proceso de paz y justicia que planteó. Pero una cosa es proponer el estatus de sediciosos para los paramilitares, otra cosa es exigir que la Justicia se retuerza para lograrlo y otra más mostrar a estos personajes como dignos de beatificación. Los últimos discursos del Presidente se muestran inclementes con la guerrilla, pero siembran la idea de que muchos delincuentes del otro bando son pobres chicos maltratados.
Para ello se vale de varios recursos.
El primero es lanzar una serie de afirmaciones improbables. Por ejemplo, dijo ante el Congreso el 20 de julio: “No puede ser que impere el ánimo benigno del pasado en relación con la guerrilla y la cólera de vindicta con paramilitares”. ¡Pobrecitos ‘paras’! Salvo militantes fundamentalistas de la lucha armada, no veo colombianos que observen con actitud benigna a la guerrilla. Al contrario. El 99 por ciento de la opinión pública la rechaza. En cuanto a la “vindicta con los paramilitares”, no es más que el legítimo deseo de que la ley castigue sus abusos y crímenes. Como a los otros.
Algunas son medias verdades: “Los delitos de parapolítica se cometieron en su inmensa mayoría antes de nuestro Gobierno”. Sí. Pero sirvieron para elegir parlamentarios que lo apoyan.
Asegura también que ya no hay paramilitares, que todos están desmovilizados merced a su programa de seguridad, y emplea para ello una definición acomodaticia, consistente en denominar “narcotraficante” al paramilitar rebelde. Una paz semántica.
No es gratuito el empleo de ciertas palabras en el discurso oficial. Uribe denomina “muchachos” a los militantes rasos de los grupos paramilitares: “Se nos quedan esos 19 mil muchachos sin solución”… “Esos 19 mil muchachos quieren la paz”… Pero al referirse a los guerrilleros de las Farc los tilda de “bufones”, “asesinos”, “mentirosos” y “bandidos”. ¿Unos son muchachos y los otros bufones asesinos?
Un truco más es el del falso interlocutor. La retórica uribista inventa diálogos que seguramente no se producen en la vida real. “Alguien me dijo: ‘La Constitución exige que se le dé reconocimiento de delincuente político a la guerrilla y prohíbe que se le dé a los paramilitares’. Eso no es cierto”… ¿Quién es “alguien”? ¿Por qué reduce a una caricatura el complejo debate jurídico que plantea el delito político?
Finalmente, saltan las afirmaciones contradichas por la práctica. Ante el Congreso manifestó que acompañaría “cualquier decisión de la Justicia, como es mi deber”. Pero poco después, cuando no le gustó un pronunciamiento de la Corte Constitucional, se le enfrentó desafiante.
Es grave tratar de convencer a los colombianos de que hay delincuentes armados de primera y de segunda categoría (“bandidos” y “muchachos”), pero es peor si el encargado de tan peligroso magisterio resulta ser el presidente de la República.
ESQUIRLAS¿ ¿Cuánta coca, muertes, narcotráfico, dinero y bosques nos habríamos ahorrado si el Gobierno hubiera hecho caso a los expertos que desde hace años atacaban la fumigación de cultivos ilícitos y pedían la erradicación manual que ahora adopta?
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