Papá está de parto
Leí con mucho interés en una reciente CARRUSEL las experiencias de colegas míos -es decir, periodistas muy ilustres- que fueron invitados a asistir al nacimiento de uno de sus hijos. Me tranquiliza saber que, de los nueve entrevistados, solo dos aceptaron semejante viaje al horror.
Digo horror porque, salvo los especialistas, los hombres no estamos diseñados para presenciar espectáculos donde se mezclan sangre, linfas, fragmentos de tejido, leucocitos, humores, pelos, líquidos viscosos, gasas en remojo, algodones sucios, sábanas manchadas y tiras de carne ensortijada que recuerdan la longaniza.
Estos ingredientes -sumados a los ayes de parturienta, los cuerpos húmedos que emergen de cavernosos orificios, la bofetada del médico, el llanto infantil y los movimientos veloces de las enfermeras- solo son aptos para la entereza y coraje típicos de las mujeres.
Si digo lo anterior de un parto cualquiera, ¿qué quiere que les diga sobre el nacimiento del propio hijo? Me parecen unos valientes los padres que presencian y ayudan a recibir a sus guámbitos. Pero no los envidio. Pertenezco a la generación de taitas cuyo único aporte al maravilloso proceso de la procreación consistía en sembrar la semillita; y después, dejar que obrara la naturaleza…
Al final, uno llegaba a una sala de espera y, tras unas horas de aguantar café y nervios, una sonriente enfermera le mostraba el feliz bojotico, seco, aseado y libre de detritos. Yo habría preferido que me lo entregaran de 25 años, ya graduado de doctor en una universidad prestigiosa y con casa propia. Pero es pedirle mucho a la naturaleza.
Pese a mis hondas convicciones al respecto, cuando iba a nacer mi último hijo alguien me convenció de que tomara uno de esos cursos donde el papá aprende a ayudar en el alumbramiento. Les contaré lo que pasó, para que vean el peligro de la cooperación paterna en el parto.
Acudí a las clases lleno de temores y de ascos, pero acudí. Éramos una veintena de taitas que en situación parecida cerrábamos los ojos, rechinábamos los dientes y procurábamos pensar en otra cosa cada vez que el doctor describía los pasos del parto natural. Había ingenieros, comerciantes, transportadores, dentistas, agrimensores, un actor de televisión, un ex cura, un aviador, dos funcionarios públicos. “Había hasta periodistas”, como dijo alguno.
Nos hablaron de la respiración, tenía que ser acompasada con la de la parturienta, rítmica, a fondo, e intentábamos poner en práctica las instrucciones. Yo estuve a punto de asfixiarme y el aviador se puso verde por culpa de la hiperventilación. Otro compañero, de bigote y gafas gruesas, cayó desmayado entre estertores y ronquidos.
También nos instruyeron sobre las contracciones. Yo terminé sintiéndolas en mi propio cuerpo, uno de los funcionarios públicos quedó al borde de la peritonitis y el de bigote y gafas exigió morfina a gritos.
La colaboración en la pujanza de la parturienta no fue menos tremenda. Los veinte terminamos haciendo cola para entrar al baño, y el de las gafas no alcanzó a llegar.
Cuando explicó el doctor cómo cortar el cordón umbilical, el ex cura pidió los santos óleos y el de gafas se cercenó un dedo.
Las conferencias estaban adobadas con reflexiones sobre belleza de la paternidad y la importancia de acompañar a los vástagos desde su debut en el mundo. Nos decían: “No se trata de que ustedes se vuelvan comadronas, sino de que asistan a sus propios hijos”.
Llegó por fin el día de la graduación. Cuando conté cabezas, me di cuenta de que faltaba uno de los alumnos.
- No estamos completos- le comenté al ex cura.
- Al del bigote y las gafas lo metieron ayer en una casa de reposo -me respondió él- porque empezó a gritar que su mujer debía poner un huevo ya que él no pensaba ayudar en el parto.
Ambos consideramos explicable: la presencia del marido en la sala de maternidad se nos hacía inoficiosa y susceptible de irritar la delicada sensibilidad del varón. Lo insólito fue cuando pregunté qué profesión tenía el pobre sujeto a quien había desequilibrado la posibilidad de intervenir en el difícil trance.
- ¿Cómo? -me dijo el ex cura-. ¿No lo sabías? Es un obstetra.
Que esta historia sirva de advertencia sobre el error de meterse a recibir recién nacidos, sobre todo si son propios.