19th June 2007

Los amores del cazador y las bestias salvajes

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Las difíciles relaciones de la prensa y el poder político cuando ambos pertenecen al mismo club.

La semana pasada, el primer ministro británico Tony Blair, que durante diez años mantuvo amables relaciones con la prensa, dijo que los periodistas son “unas bestias salvajes” que “cazan en jauría”. También los diarios del difunto Ronald Reagan, consentido de la opinión pública, revelan su idea sobre los medios de comunicación: “irresponsables”, “demagogos”, “linchadores”…

No soy de los que piensan que los periodistas y los políticos estaremos siempre enfrentados porque nosotros somos buenos y ellos son malos. Si yo fuera un alto funcionario -o, para ese efecto, cualquier cristiano– tampoco me gustaría ver cómo las declaraciones de los delincuentes saltan a los micrófonos y las primeras páginas sin pruebas ni contrastes y, a menudo, sin el derecho de las víctimas a contradecirlas. Al mismo tiempo, resulta indispensable la función fiscalizadora de la prensa, y considero que ella conduce inevitablemente a señalar más lo negativo que lo positivo. No es más que una derivación de la doctrina del presidente Uribe cuando dijo: “A mí no me gusta hablar de lo bueno, porque yo vivo pendiente de lo malo” (El País, España, Mayo 14 del 2004).

La reciente crisis que sacudió al vicepresidente Francisco Santos y al ministro de Defensa Juan Manuel Santos (primos hermanos dobles entre sí) ha sido especialmente difícil para algunos medios de prensa. El primero de todos, El Tiempo, del que ambos son socios y ambos fueron empleados, y con cuyos directores mantienen cercanos lazos familiares. Pero también, para complicar más la situación, Julio Sánchez Cristo, de la W, y Felipe López, de Semana (revista que dirige un sobrino de Pacho y Juan Manuel), reconocen que el Mindefensa es uno de sus más próximos amigos.

Algunos columnistas de El Espectador y Semana afirman que El Tiempo se dedicó a defender a la parentela. Esta es la acusación que más podría herir a los Santos periodistas, pues saben que allí radica el botón de su credibilidad y realizan sinceros esfuerzos por evitar que se piense que el periódico está al servicio de los intereses de los Santos políticos. Como no conocí de cerca los debates que hicieron al ministro, me queda difícil juzgar si la información fue sesgada o no. Pero pienso que la posición editorial ha sido derigurosa independencia. Los columnistas, como está probado, gozamos de plena libertad para decir cuanto se nos ocurre.

Esto es lo que pienso. Pero ocurre que los lectores no tienen por qué creerme, porque yo también tengo vínculos desde hace 40 años con la familia Santos y, para colmo de vainas, fui “favorecido” con un hermano político, circunstancia que genera toda clase de limitaciones y suspicacias, justas e injustas. Es un callejón sin salida y al mismo tiempo un chiste cruel, porque pertenezco a una familia de músicos, periodistas y empresarios que solo ha tenido media docena de políticos en 150 años.

“Mala suerte” diría cualquiera. Pero no, no es mala suerte. Es que los personajes que menciono pertenecemos a una omnipresente oligarquía capaz de producir la tesis, la antítesis y hasta la síntesis: al cura guerrillero y al que lo da de baja; al paramilitar y al que lo denuncia; al narco y al que agarra al narco; al político cuestionado y al periodista que lo cuestiona; a la bestia salvaje y al cazador. No es una casualidad que dos primos compartan gabinete, ni que sus hermanos dirijan el único diario nacional; tampoco que críticos y criticados pasen juntos los fines de semana y que los amigos acaben absolviendo a los amigos.

Lo dije antes y lo repito con más veras: en el cogollo del poder, Colombia no es un país. Ha sido y sigue siendo un club.

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