26th June 2007

Jeferson, Yohn Edisson, Jeyson Alejandro

Los nombres lo dicen todo: Jeferson, Yohn Edisson y Jeyson Alejandro. En la onomástica colombiana actual, es fácil deducir que se trata de personas jóvenes y de origen humilde. Corresponden a los tres colombianos de entre 20 y 21 años que, enrolados como soldados de España, murieron en El Líbano durante un atentado terrorista el pasado domingo. Conviene que no se olviden sus nombres, porque ellos podrán ser mejores embajadores ante España y Europa que todos los cancilleres que hemos tenido.

Por una vieja reacción de los espíritus primarios, que odian lo que no les es familiar y desconfían de cuanto procede de otra parte, la inmigración despierta siempre la antipatía de los sectores más retardatarios de una sociedad. La derecha atribuye a los inmigrantes la culpa de cuanto ocurre: los problemas económicos, la decadencia social, la inseguridad… En casos extremos, esta paranoia produce un Hitler y en otros estimula a sectores conservadores para que conviertan el tema de la inmigración en el “problema” de los inmigrantes y golpeen con él a sus rivales. En España, el Partido Popular esgrimió hasta tal punto la estaca xenófoba que acomplejó incluso al Partido Socialista. Aún no he visto al primer político que explique sin temor los beneficios que aporta la inmigración a un país estancado demográficamente. Al final, todos se cobijan imponiendo visas detestables.

Jeferson, Yohn Edisson y Jeyson Alejandro representan un antídoto contra esta visión acomplejada y egoísta. España tiene 45 millones de habitantes, de los cuales 5 millones son extranjeros, 600 mil colombianos y casi la mitad latinos. Los demás son africanos, asiáticos y europeos del Este. Las señoras perfumadas y los caballeros distinguidas se escalofrían al ver en la calle indios, negros y orientales y arrugan inquietos la naricita. Pero no pueden imaginar ustedes lo que la presencia variopinta de los inmigrantes ha hecho por España. Para empezar, impulsó el número de nacimientos, lo que rejuvenece al país y le garantiza que habrá dentro de unos años quien sostenga la seguridad social. En contraste, el total de la Unión Europea, Rusia, Grecia e Italia, por ejemplo, tendrán menos gente en el 2050 y algunos Estados podrían suspender el pago de jubilaciones.

Varias ciudades españolas exhiben la influencia cultural de los inmigrantes. Hace 25 años había solo dos restaurantes chinos en Madrid. Hoy abundan. Las tiendas venden comida de numerosos países (yo compro en la esquina de mi casa Areparina, bizcochos de achiras, bocadillos, patacones y Colombiana) y florecen discotecas con diversa música y festejos populares de todas las latitudes. En los colegios estudian miles de niños que hablan español con la zeta pero se llaman Mohamed, Jristo, Li, Fátima, Tsombe, Jeferson, Yohn Edisson, Jeyson Alejandro.

Salvo casos aislados de delincuentes, los inmigrantes procuran no meterse en líos con la ley y pagan, agradecidos, su compromiso con el país receptor. Un neivano, un pereirano y un manizalita murieron el domingo bajo la bandera española. Otros tres colombianos perecieron en el atentado del 11 de marzo del 2004, y la dinamita de ETA en el aeropuerto madrileño mató hace seis meses a dos ecuatorianos que se negaron a abandonar el parqueadero amenazado por temor a que los deportaran.

Ojalá estos tres colombianos muertos con el uniforme español ayuden a derribar prejuicios y a callar demagogos. Ellos pueden corregir la idea de que la inmigración es un mal inevitable y mostrar que, por el contrario, puede ser una saludable inyección de vida en sociedades envejecidas.

Gracias Jeferson, gracias Yohn Edisson, gracias Jeyson Alejandro…

ESQUIRLAS¿El increíble rechazo al proyecto que respaldaba las uniones homosexuales es una vergüenza para nuestra clase política y una deuda del Presidente Uribe -gran enemigo de la iniciativa– con los derechos humanos.

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25th June 2007

¡Pobre rata, pobre china!

En abril del año pasado en un restaurante de Shenyang (ya saben, la capital de Liaoning) se encontraba la universitaria china Luz Dary Echeverri (*). Se había citado con varios compañeros para comer hamburguesa, papas fritas y gaseosa en uno de esos McDonald’s que pululan en la China posterior a Mao Zedong. De repente la muchacha sintió que algo le subía pierna arriba hasta que, sorprendida y atemorizada, asestó un golpe al extraño objeto y el objeto la mordió. Ocurre que ese objeto era un ratón, y, al verse agredido, el animal hincó el diente en la pierna derecha de Luz Dary.

Como resultado del incidente, Luz Dary demandó a la famosa cadena de restaurantes y exigió 2.600 dólares de indemnización por el mordisco. Tras varios meses de proceso, un juez obligó a McDonald’s a pagarle 290 dólares (que equivalen, como va el dólar en Colombia, a unos 17 pesos con 45 centavos). La noticia ha dado la vuelta al mundo y, más que la pequeña multa a favor de Luz Dary, la hamburguesería sufrió un importante golpe de imagen. La razón, creo yo, es que mucha gente que solo lee el titular de la noticia (“Mordida una estudiante china por una rata en McDonald’s”) cree que el roedor saltó sobre el cuello de la joven desde el fondo de un Big Mac.

A mí me parece injusto y absurdo todo esto que está pasando. Vamos a ver. No es por defender a la estudiante, pero si a mí me ataca un ratón en un restaurante, yo también vuelo a demandarlo. Hasta ahora, como relaté en otra columna, he padecido varios encuentros cercanos con ratones en sitios de comida, pero nunca me atacaron. En una ocasión era una rata que salía a almorzar en un restaurante de mejor calidad; en otra, un ratón que miraba con curiosidad el extraño plato suizo que me habían servido; y en el tercer caso una rata, al parecer vegetariana, que se escondía detrás de la cómoda de una fritanguería. En fin: desagradable, pero cero violencia. Comprendo, pues, al ratón.

Sin embargo, y no es por defender a McDonald’s, no hay que extrañarse de que en restaurante oriental encuentre uno ratones.
Lo raro es que no aparezca extendido y pelado en la bandeja. El noble y laborioso pueblo chino padeció durante siglos las vicisitudes de la falta de alimentos, y durante ese tiempo el ratón se convirtió en apetitoso plato. Recuerden que allí también comen perro y mico. Lo digo con admiración, porque un buen sánduche de chimpancé o unos huevos fritos con perro salchicha son verdaderos manjares. Que los ratones ya no estén en el piso sino en el plato, revueltos con arroz y brotes de bambú con salsa de soya, constituye un formidable avance en un país que supo lo que es el hambre.

Hay quien piensa que el castigo de 17 pesos con 45 centavos es poco para una firma que ha convertido en hábito cotidiano la comida rápida. No es por defender esta clase de comida hipercalórica, cuyas consecuencias para la salud son afrentosas, pero entendamos que si fuera verdad que estos restaurantes ofrecen comida rápida uno encontraría en el local gacelas o caballos de carreras, no ratones.

Tampoco faltará quien culpe a los líderes chinos posteriores a Mao Zedong por haber permitido una invasión de hamburgueserías extranjeras. No es por defender a las hamburgueserías extranjeras, ni tampoco por atacar al Gran Timonel Mao Zedong, pero quienes conocieron, como yo, la China de hace treinta años, saben la falta que hace una ocasional hamburguesa cuando uno lleva meses comiendo solo arroz frito con brotes de bambú y salsa de soya.

¿Se excedió entonces el juez al clavarle una multa a la empresa por culpa del ratoncito? No es por defender al juez, pero los únicos mordiscos legales en un restaurante son los que el cliente le propina a la comida. Los demás están fuera de sitio, y cabe la posibilidad de sancionarlos. Sin embargo, habría que conocer en persona a Luz Dary: se vuelven tan gordas y feas esas muchachas alimentadas solamente con hamburguesa, papas fritas y gaseosa, que a lo mejor la multa ha debido imponerse a favor de la rata.

* No es su verdadero nombre, naturalmente: ¿cómo podría llamarse Luz Dary Echeverri una china de Shenyang? Es como si una señora oriunda de Chiquinquirá se llamara Wu Chao-ying.

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21st June 2007

Papá está de parto

Leí con mucho interés en una reciente CARRUSEL las experiencias de colegas míos -es decir, periodistas muy ilustres- que fueron invitados a asistir al nacimiento de uno de sus hijos. Me tranquiliza saber que, de los nueve entrevistados, solo dos aceptaron semejante viaje al horror.
Digo horror porque, salvo los especialistas, los hombres no estamos diseñados para presenciar espectáculos donde se mezclan sangre, linfas, fragmentos de tejido, leucocitos, humores, pelos, líquidos viscosos, gasas en remojo, algodones sucios, sábanas manchadas y tiras de carne ensortijada que recuerdan la longaniza.
Estos ingredientes -sumados a los ayes de parturienta, los cuerpos húmedos que emergen de cavernosos orificios, la bofetada del médico, el llanto infantil y los movimientos veloces de las enfermeras- solo son aptos para la entereza y coraje típicos de las mujeres.
Si digo lo anterior de un parto cualquiera, ¿qué quiere que les diga sobre el nacimiento del propio hijo? Me parecen unos valientes los padres que presencian y ayudan a recibir a sus guámbitos. Pero no los envidio. Pertenezco a la generación de taitas cuyo único aporte al maravilloso proceso de la procreación consistía en sembrar la semillita; y después, dejar que obrara la naturaleza…

Al final, uno llegaba a una sala de espera y, tras unas horas de aguantar café y nervios, una sonriente enfermera le mostraba el feliz bojotico, seco, aseado y libre de detritos. Yo habría preferido que me lo entregaran de 25 años, ya graduado de doctor en una universidad prestigiosa y con casa propia. Pero es pedirle mucho a la naturaleza.
Pese a mis hondas convicciones al respecto, cuando iba a nacer mi último hijo alguien me convenció de que tomara uno de esos cursos donde el papá aprende a ayudar en el alumbramiento. Les contaré lo que pasó, para que vean el peligro de la cooperación paterna en el parto.
Acudí a las clases lleno de temores y de ascos, pero acudí. Éramos una veintena de taitas que en situación parecida cerrábamos los ojos, rechinábamos los dientes y procurábamos pensar en otra cosa cada vez que el doctor describía los pasos del parto natural. Había ingenieros, comerciantes, transportadores, dentistas, agrimensores, un actor de televisión, un ex cura, un aviador, dos funcionarios públicos. “Había hasta periodistas”, como dijo alguno.
Nos hablaron de la respiración, tenía que ser acompasada con la de la parturienta, rítmica, a fondo, e intentábamos poner en práctica las instrucciones. Yo estuve a punto de asfixiarme y el aviador se puso verde por culpa de la hiperventilación. Otro compañero, de bigote y gafas gruesas, cayó desmayado entre estertores y ronquidos.
También nos instruyeron sobre las contracciones. Yo terminé sintiéndolas en mi propio cuerpo, uno de los funcionarios públicos quedó al borde de la peritonitis y el de bigote y gafas exigió morfina a gritos.
La colaboración en la pujanza de la parturienta no fue menos tremenda. Los veinte terminamos haciendo cola para entrar al baño, y el de las gafas no alcanzó a llegar.
Cuando explicó el doctor cómo cortar el cordón umbilical, el ex cura pidió los santos óleos y el de gafas se cercenó un dedo.
Las conferencias estaban adobadas con reflexiones sobre belleza de la paternidad y la importancia de acompañar a los vástagos desde su debut en el mundo. Nos decían: “No se trata de que ustedes se vuelvan comadronas, sino de que asistan a sus propios hijos”.
Llegó por fin el día de la graduación. Cuando conté cabezas, me di cuenta de que faltaba uno de los alumnos.
- No estamos completos- le comenté al ex cura.
- Al del bigote y las gafas lo metieron ayer en una casa de reposo -me respondió él- porque empezó a gritar que su mujer debía poner un huevo ya que él no pensaba ayudar en el parto.
Ambos consideramos explicable: la presencia del marido en la sala de maternidad se nos hacía inoficiosa y susceptible de irritar la delicada sensibilidad del varón. Lo insólito fue cuando pregunté qué profesión tenía el pobre sujeto a quien había desequilibrado la posibilidad de intervenir en el difícil trance.
- ¿Cómo? -me dijo el ex cura-. ¿No lo sabías? Es un obstetra.
Que esta historia sirva de advertencia sobre el error de meterse a recibir recién nacidos, sobre todo si son propios.

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19th June 2007

Los amores del cazador y las bestias salvajes

Las difíciles relaciones de la prensa y el poder político cuando ambos pertenecen al mismo club.

La semana pasada, el primer ministro británico Tony Blair, que durante diez años mantuvo amables relaciones con la prensa, dijo que los periodistas son “unas bestias salvajes” que “cazan en jauría”. También los diarios del difunto Ronald Reagan, consentido de la opinión pública, revelan su idea sobre los medios de comunicación: “irresponsables”, “demagogos”, “linchadores”…

No soy de los que piensan que los periodistas y los políticos estaremos siempre enfrentados porque nosotros somos buenos y ellos son malos. Si yo fuera un alto funcionario -o, para ese efecto, cualquier cristiano– tampoco me gustaría ver cómo las declaraciones de los delincuentes saltan a los micrófonos y las primeras páginas sin pruebas ni contrastes y, a menudo, sin el derecho de las víctimas a contradecirlas. Al mismo tiempo, resulta indispensable la función fiscalizadora de la prensa, y considero que ella conduce inevitablemente a señalar más lo negativo que lo positivo. No es más que una derivación de la doctrina del presidente Uribe cuando dijo: “A mí no me gusta hablar de lo bueno, porque yo vivo pendiente de lo malo” (El País, España, Mayo 14 del 2004).

La reciente crisis que sacudió al vicepresidente Francisco Santos y al ministro de Defensa Juan Manuel Santos (primos hermanos dobles entre sí) ha sido especialmente difícil para algunos medios de prensa. El primero de todos, El Tiempo, del que ambos son socios y ambos fueron empleados, y con cuyos directores mantienen cercanos lazos familiares. Pero también, para complicar más la situación, Julio Sánchez Cristo, de la W, y Felipe López, de Semana (revista que dirige un sobrino de Pacho y Juan Manuel), reconocen que el Mindefensa es uno de sus más próximos amigos.

Algunos columnistas de El Espectador y Semana afirman que El Tiempo se dedicó a defender a la parentela. Esta es la acusación que más podría herir a los Santos periodistas, pues saben que allí radica el botón de su credibilidad y realizan sinceros esfuerzos por evitar que se piense que el periódico está al servicio de los intereses de los Santos políticos. Como no conocí de cerca los debates que hicieron al ministro, me queda difícil juzgar si la información fue sesgada o no. Pero pienso que la posición editorial ha sido derigurosa independencia. Los columnistas, como está probado, gozamos de plena libertad para decir cuanto se nos ocurre.

Esto es lo que pienso. Pero ocurre que los lectores no tienen por qué creerme, porque yo también tengo vínculos desde hace 40 años con la familia Santos y, para colmo de vainas, fui “favorecido” con un hermano político, circunstancia que genera toda clase de limitaciones y suspicacias, justas e injustas. Es un callejón sin salida y al mismo tiempo un chiste cruel, porque pertenezco a una familia de músicos, periodistas y empresarios que solo ha tenido media docena de políticos en 150 años.

“Mala suerte” diría cualquiera. Pero no, no es mala suerte. Es que los personajes que menciono pertenecemos a una omnipresente oligarquía capaz de producir la tesis, la antítesis y hasta la síntesis: al cura guerrillero y al que lo da de baja; al paramilitar y al que lo denuncia; al narco y al que agarra al narco; al político cuestionado y al periodista que lo cuestiona; a la bestia salvaje y al cazador. No es una casualidad que dos primos compartan gabinete, ni que sus hermanos dirijan el único diario nacional; tampoco que críticos y criticados pasen juntos los fines de semana y que los amigos acaben absolviendo a los amigos.

Lo dije antes y lo repito con más veras: en el cogollo del poder, Colombia no es un país. Ha sido y sigue siendo un club.

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12th June 2007

Uribe II: ¿un grave error?

Está brotando el Síndrome de Sansón Carrasco sobre las segundas partes.

Y dijo el bachiller Sansón Carrasco: “Nunca segundas partes fueron buenas” (Don Quijote, II, Cap. IV).

Pocos relatos tan patéticos como el de Edulfo Peña en El TIEMPO del domingo acerca del último viaje del Presidente Álvaro Uribe a Washington. Queda la sensación de que varios congresistas lo trataron con humillante soberbia, como quien regaña a un secretario, y que, por mor de insistente, el Jefe del Estado de Colombia adquirió (perdóneme, señor Presidente: lo digo con pesar de patria y solidaridad personal) visos lagarteriles en las oficinas del Capitolio. La imagen que ofrece la crónica no es la del hombre convencido e iluminado que llega solitario a conquistar un ambiente hostil con su coraje y la fuerza de sus argumentos, sino la del humillado representante de una república bananera a quien despachan con impaciencia en los pasillos. Los posteriores saraos con el condecorado Clinton no compensan las horas de rodilla doblada, así como la modestísima mención a Colombia en la cumbre del G8 (un asterisco de pocas palabras entre 26 declaraciones de variada importancia) no justifica las venias ciegas al presidente francés.

¿Qué le está pasando a Uribe? ¿Quién lo aconseja? ¿Cuántos millones de pesos pagamos los colombianos a estos asesores gringos de imagen que permiten semejante irrespeto? A tan triste episodio hay que sumar otros muy inquietantes. La excarcelación de Rodrigo Granda como cortesía al señor Sarkozy, en plena campaña electoral francesa, sin siquiera averiguar el por qué de la petición (“Preferí la confianza sobre la curiosidad” es la asombrosa explicación de Uribe); la liberación gratuita de cientos de guerrilleros; el silencio sobre los insólitos pinchazos telefónicos clandestinos; la intervención en una convención política; la sustitución de una excelente ministra de Cultura por una joven ingeniera de color para rendir homenaje a los congresistas gringos que luego lo regañaron; el nombramiento en la cancillería de compatriotas sin la menor experiencia diplomática (van tres); los bandazos en la política contra las Farc; el paquete chileno del famoso 7 de junio…

Unos pocos analistas piensan que detrás de todo esto hay jugadas geniales. Pero los demás no logran verlas. Ni siquiera algunos que han sido irreductibles amigos del Gobierno. Temo que estamos en presencia del síndrome descrito en El Quijote por Sansón Carrasco. Es algo que estudia la ciencia política. Gobernantes que disfrutaron de una exitosa administración inicial y se lanzan a la segunda montados solo en la inercia de la primera, acaban sumidos en un pantano de desvaríos, contradicciones, corrupción y desprestigio. Así pasó con Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Fujimori en el Perú, Menem en Argentina…

Este mal suele agudizarse cuando el reelegido, al carecer de un programa renovado, improvisa al vaivén de los acontecimientos. Por eso nuestro Gobierno se aferra al adefesio del TLC con patológico empecinamiento: es lo único que tiene claro para su segundo cuatrienio. Hace apenas once meses empezó Uribe II. Faltan tres cuartas partes del mandato. Si el Presidente no se sosiega y busca consejeros mejores y rumbos nuevos, podrían ser tres años infernales. Y hay quien afirma que, en su recóndita intimidad, aún alberga la esperanza de un Uribe III.

ESQUIRLAS – El artículo 91 del Decreto Ley 274 de 2000, regulador del servicio exterior, dice que el funcionario que se retire del cargo por voluntad propia antes de un año de ejercicio no tendrá derecho a pasajes de retorno, viáticos, prima de instalación ni transporte de menaje doméstico. Devolver la plata es lo menos que debe exigírsele al fugaz embajador Carlos Moreno de Caro: que se burle de los surafricanos, pero que no se burle de nosotros.

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8th June 2007

Pero, ¿qué es lo mejor?

En un reciente artículo critiqué el Día de la Madre porque considero que se ha convertido en un certamen comercial, y pedí que se abolieran los regalos obligatorios a mamá, desnaturalizados por el apetito mercantil. Muchos lectores expresaron su desacuerdo con mi posición, y otros señalaron que la soberbia me impedía ver que estaba equivocado en mi argumento, ya que los objetos de valor expresan amor por los antepasados.

Para demostrar que los equivocados son ellos, acepto con humildad franciscana que me convencieron y me dispongo a modificar mi posición. Así, pues, estoy dispuesto a corregir mi actitud de entonces para afirmar que el Día del Padre debe consolidarse como una fecha sentimental en que los hijos regalan a papá toda suerte de presentes pagados, eso sí, de su propio peculio.

Con ello demostrarán su amor por los antepasados, como exigen los lectores, aunque no ocurra igual con las antepasadas. Abrumemos de obsequios al taita cuando llegue su Día, y después combatamos el mercantilismo prescindiendo de todo regalo a mamá que no sea un dibujito o un poema.
CARRUSEL está sintonizado en esta onda. Su lema es “lo mejor para papá”. Sin embargo, resulta difícil precisar qué es “lo mejor”. Algunos incurren en un error típico al creer que lo mejor es lo más caro. No necesariamente es así.

Algunos dichos los apoyan (“Lo barato resulta caro”, por ejemplo), pero se ha descubierto que estos refranes fueron elaborados a petición de fabricantes de productos costosísimos. Serrat, en cambio, deja en claro que “no hay que confundir valor y precio”. Y José Alfredo Jiménez, imbuido por lamentable mentalidad consumista, dice: “Yo no nací pa’ pobre/ me gusta todo lo bueno”.

¿Quién ha dicho que el pobre no puede conseguir lo bueno? Aquí coexisten una curiosidad y una paradoja. La curiosidad es que lo bueno no depende forzosamente del dinero, y la paradoja es que a menudo el pobre tiene lo bueno, y no lo sabe.

En mi condición de periodista he viajado por medio mundo; me han invitado a lugares donde solamente llegan los dueños de grandes empresas; he probado los manjares más exquisitos, dormido en los más lujosos hoteles y acudido a los restaurantes más finos. Basado en esta amplia y gratuita experiencia puedo ahora proclamar la verdad sobre lo bueno, lo mejor y lo malo. De modo que tomen nota los jóvenes:

* No es mejor el caviar que el arroz con coco…

* No es mejor un sacoleva nuevo que un viejo bluyín…

* No es mejor un jarrón chino que una urna precolombina…

* No es mejor un martini en el salón de un palacio que un canelazo al pie de una chimenea…

* No es mejor la porcelana Lladró de Don Quijote y Sancho que un gato de plastilina hecha por el hijo o la nieta…

* No es mejor una bebida energética que un sorbete de curuba…

* No es mejor el mármol que el ladrillo…

* No es mejor un lied cantado por soprano alemana que una cumbia interpretada por Totó la Momposi na…

* No es mejor ir de paseo con cartera de Gucci que con mochila arhuaca…
* No es mejor una cena de corbata negra que una pa rranda vallenata…

* No es mejor la nouvelle cuisine que la fritanga…

* No es mejor faisán a la Normanda con tenedor de plata que pollo a la brasa con la mano…

* No es mejor “La muerte del cisne” que “Se murió mi gallo tuerto”…

* No es mejor trasnochar que madrugar…

* No es mejor rico enfermo que pobre sano (a menos que se trate de rico un poquito enfermo y sano su mamente pobre)…

* No es mejor Bilbao que Zipaquirá, si descontamos el Museo Guggenheim…

* No es mejor un buen partido de balonmano que un mal partido de fútbol…

* No es mejor una obra de Paulo Coelho en edición de tapas doradas que la más rústica edición de Cien años de soledad.

* No es mejor la admirable firmeza en el error que la duda terrible en el acierto…
Dicho lo anterior, hay que agregar lo siguiente:

* Sí es mejor viajar en clase ejecutiva que en turismo, pero ambas aterrizan al tiempo…

* Sí es mejor un Mercedes Benz que un Volkswagen, pero a nadie han llamado arribista, lobo y nuevo rico por comprar un Volkswagen…

* Sí es mejor ojo bonito que gafa fina, a menos que el ojo no solo sea bonito sino miope…

* Sí es mejor ver un partido de fútbol en televisor de plasma de 38 pulgadas que en un portátil de 21, pero el marcador final será el mismo…

* Sí es mejor malo conocido que bueno por conocer, pero no conviene olvidar que también es mejor solo que mal acompañado.

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5th June 2007

Locos, panteras y manifestantes

Si la razón de Estado resulta un plan genial, espléndido. Pero si no…

¿Recuerdan ustedes el cuento de la onza, aquella feroz pantera de las planicies persas? Un amigo le pregunta a otro qué haría si lo persiguiera una onza. “Me refugiaría en la primera choza que encontrara”, respondió el otro. El uno: “¿Y si no hay chozas?” El otro: “Me escondería en la primera cueva”. El uno: “Suponte que no hay cuevas”. El otro: “Entonces me lanzo a un río”. El uno: “No hay ríos”. El otro: “Me subo a un árbol”. El uno: “Tampoco hay árboles”. El otro: “Bueno, lo golpeo con un palo o le tiro una piedra”. El uno aclara que no hay palos ni piedras, ante lo cual el otro, descorazonado, le pregunta: “Vamos ver: ¿pero tú eres amigo mío, o de la onza?”.

Voy a hacer de enemigo de la onza y defensor del perseguido. Cierto es que el panorama del Gobierno y su proceso de paz parecen un despelote incomprensible: un día el Presidente ordena bombardear a las Farc, y al siguiente excarcela a cientos de guerrilleros; un día los llama bandidos, y al siguiente los suelta; un día deja colgados de la brocha a los países facilitadores, y al siguiente libera a su más importante preso guerrillero para complacer al nuevo presidente francés. Mientras tanto, el jefe de los paramilitares se convierte en botafuegos de verdades y mentiras; las Farc se muestran insensibles ante todo gesto de generosidad; los políticos paramilitares esperan salir de la cárcel por simetría con las amables penas que recibirán los agentes armados; el escándalo de las miles de horas de grabaciones ilegales continúa sin aclararse; el Ministro de Defensa se hunde en un pantano de rectificaciones y Uribe Vélez modifica el gabinete a gusto de los congresistas negros norteamericanos, acatando así la propuesta de unos costosos asesores de imagen gringos que pagamos con nuestros impuestos. Es como si los locos se hubieran tomado el manicomio.

Pero socorramos a quien huye de la onza, y dejémonos llevar del optimismo. Supongamos que mañana 7 de junio, al revelarse la misteriosa razón de Estado que generó el maremagno, se ve que era una jugada genial; que el Gobierno no busca solo darle contentillo a Francia, sino liberar a cientos de secuestrados; que las Farc entran en la pomada; que llega a feliz término el proceso con el Eln; y que se aplican parámetros reales de justicia y verdad a todos los alzados en armas. Imaginemos, pues, que Uribe urdió una trama magistral gracias a la cual empieza a desenredarse el rompecabezas y vislumbramos el final de esta horrible situación. Si eso es así, la Historia y todos nosotros quedaríamos en deuda eterna con él.

Pero si sucede lo contrario y la onza atrapa a su víctima, debería darse un vuelco absoluto a la estrategia. El Gobierno tendría que aceptar su fracaso, quedaría demostrado que los colombianos no pudimos remendar nuestro propio descosido, sería preciso poner en manos de una comisión especial de la ONU la solución de esta sin salida y pedir a algún prócer internacional, como Kofi Annan, Tony Blair o Ricardo Lagos, que nos haga el favorcito de participar en ella.

Lo sabremos dentro de pocas horas.

ESQUIRLAS. Algunos critican a miles de manifestantes pacíficos que se opusieron en todo el país al Plan de Desarrollo de la educación. Lo sorprendente no es que estudiantes y maestros protesten. Lo insólito es que, pese al retroceso social y la sibilina privatización de la salud y la educación pública, no surjan más manifestaciones. Salir a protestar a la calle es un derecho tan democrático como votar. Otra cosa es el condenable uso del terrorismo, como ha sido la carta bomba contra el viceministro Gabriel Burgos. Lamentable.

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