Por culpa de los sudokus
Empecé a resolver crucigramas porque alguien me reveló que era un estupendo ejercicio para reforzar la memoria y “elevar la autoestima”. No recuedo quién fue, por lo cual colijo que los crucigramas no son tan buenos para lo primero, pero sí han elevado mi autoestima. Lo digo porque, pese a tener muy mala imagen de mí mismo por culpa del profesor Herrera, quien afirmaba que yo era un burro para los números, descubrí que no lo hago mal a la hora de encasillar palabras en un parrilla y soy capaz de resolver un crucigrama no muy complicado - digan ustedes, de 5 cuadros por 5 cuadros - en menos de dos días. Con lo cual mi autoestima salía disparada.
Digo “salía”, porque un día aparecieron unos garabatos que en vez de letras contenían números, y otra vez me hundí en la ignominia. Antes de entrar en materia explico mi relación con los números y las letras. Las letras me gustan cuando están al servicio de un significado gramatical, como cuando dice “sobacuna” y en el diccionario explican que es una cosa relativa a la axila.
En cambio, las letras mis enemigas al mezclarse con los números. Verbigracia, si en vez de “sobacuna” dice: S04Ba2CuNa. En ese caso, hablamos de una fórmula química (algo así como bisulfatobárico de cuprosodio) y surgen contratiempos matemáticos como los átomos del sulfato, las valencias del sodio y un viejo conocido de los crucigramistas: el mol, o peso molecular.
No es que yo sea un burro para los números; de hecho, recuerdo el teléfono de mi casa cuando los de Bogotá eran de apenas cinco cifras (era el 93 556) y entiendo que el equipo que mete tres goles vence al que anota solo uno. El tropiezo surge cuando intento restarlos, sumarlos, multiplicarlos o dividirlos o cuando es preciso encasillar un número distinto en las casillas de una especie de crucigrama a fin de que la suma del conjunto sea igual en cualquier columna.
En esto, exactamente, consiste un jueguito que está de moda en el mundo entero. Como casi todo, data de los chinos. El emperador Shu caminaba una linda mañana del año 2200 antes de Cristo cuando encontró a orillas del río Amarillo una tortuga. Aprovechándose de la lentitud física del quelonio y de la rapidez intelectual de su principal consejero, el emperador marcó con un número diferente cada casilla del caparazón de la tortuga y consiguió que en todas direcciones la suma de los dígitos arrojara un 15.
Semejante prueba fue imitada por los eternos lambones que marchan al pie del emperador o gobernante de turno y de repente nacieron los cuadradosmágicos. Con ellos apareció un elemento que, siglos después, iba a acabar con la poca autoestima que nos quedaba a algunos: los sudokus. Aunque sus raíces se remontan al emperador Shu, la versión moderna surge en una revista de Estados Unidos en 1979. Cinco años después, un diario de Tokio lo perfecciona y lo denomina “So ji wa dokushin ni kagiru”, que, para los lectores que no dominen el japonés, significa “los números deben permanecer célibes”. Resumido, Su (número) doku (soltero). Compuesto de 81 cuadrículas (9 x 9), se hace famoso en la prensa inglesa, que empieza a publicarlo al lado de los crucigramas. Hace dos años llega finalmente a Colombia, para mal de los pecados de quienes pensamos que nos habíamos desembarazado de la fama de burros que nos dieron las matemáticas escolares.
Ahora el sudoku me persigue con la saña con que me ponía ceros el profesor Herrera. Veo con cuánta facilidad lo resuelven los niños y, sin necesidad de borrador, muchos adultos de pocas luces. Los que llevan las luces medio encendidas solucionan sudokus de memoria. Hasta mis nietos me desafían y los rellenan antes de que yo haya logrado sacar la calculadora.
Lo peor es que, siguiendo un consejo, busqué en Internet el secreto para resolver sudokus. Se llama escaneo y dice así: “El escaneo se realiza desde el principio y periódicamente, durante toda la resolución. Puede tener que ser ejecutado varias veces entre periodos de análisis. Consta de dos técnicas básicas: trama cruzada y recuento, que pueden usarse alternativamente.
Se trata del escaneo de las filas (o columnas) para identificar qué línea en una región particular puede contener un número determinado mediante un proceso de eliminación. Este proceso se repite entonces con las columnas (o filas). Para obtener resultados más rápidos, los números son escaneados de forma ordenada, según su frecuencia de aparición. Es importante realizar este proceso sistemáticamente, comprobando todos los dígitos del 1 al 9″.
Después de conocer el secreto me doy cuenta de que no solo soy burro para los números. Ahora, por culpa de los sudokus, tampoco entiendo lo que dicen las letras.