Las radionovelas periodísticas de AUV
El presidente Uribe se ha vuelto experto en “comunicación emotiva”: ahí radica parte de su popularidad.
Cada día estalla un escándalo cerca del Palacio de Nariño, pero la popularidad del presidente Álvaro Uribe se mantiene incólume. ¿Cómo explicarlo? En parte, por el descenso de la inseguridad, que todos agradecemos; también, por el buen momento macroeconómico; pero, sobre todo, porque AUV es un tigre para manejar su imagen. Él mismo escribe ciertos comunicados que firman otros y es artista en lo que podríamos llamar “comunicación emotiva”. Sus consejos comunitarios son una mezcla de agitación tricolor, gobierno al detal e imagen campechana y frentera. A las entrevistas de radio y televisión las enfoca como un género dramático, donde las noticias terribles van envueltas en algodones de empatía humana. El hombre ha resultado estupendo manipulador de emociones, materia prima de la comunicación instantánea y caliente. Por eso habla poco para la prensa y ni siquiera permite el acceso de EL TIEMPO a sus escenas de amor con los micrófonos.
Algún día los expertos habrán de analizar la eficaz retórica uribista. Mientras tanto, esbozo unas anotaciones básicas sobre sendas entrevistas radiales que concedió el 16 de mayo, en el más horrible de los momentos recientes, a mis admirados Juan Gossaín (RCN) y Darío Arizmendi (Caracol). Durante cerca de una hora, Uribe acoge, fomenta y monta un gran carrusel de experiencias, no solo de declaraciones. Se refiere, por supuesto, a los temas más gordos -grabaciones clandestinas, paramilitares, copartidarios en líos, tala de generales-, pero convierte la ocasión en un bazar de sensaciones: a Arizmendi lo trata de “Darío” o “doctor Darío” y de “tú” o “usted”, según convenga; a Gossaín no le otorga el doctorado sino un cordial “Juan” sin tuteos. Conoce los nombres de los colaboradores y les habla por el de pila.
Uribe sabe desleír cubitos de azúcar en los temas amargos. Cuando le preguntan por la oficina que realizó las grabaciones ilícitas, arranca con el cuento de “una tía dicharachera y graciosa que yo tenía”; cuando averiguan si quiso cortarle la cabeza al general Óscar Naranjo, sale con la historia de que “era el Día de la Madre e iba a llamar a las ministras que son mamás” y no alcanzó a conseguirlas a todas “pero sí a mis tías, que las quiero mucho”. En esa licuadora que son sus entrevistas, invoca a Dios y la Patria; cita mal a Sor Juana Inés de la Cruz (solo se “paga por la peca” donde el dermatólogo); saca a bailar a Neruda; habla de un profesor que tuvo; pide que le retiren una pregunta “para que no me sienta mal de que no la contesté”; dice que enseñó a sus hijos que “a las mujeres hay que quererlas y respetarlas” y comenta que le gustaría una nietecita “para quererla infinitamente”.
Como en las telenovelas, hay peleas. A Arizmendi lo regaña por “picarme un pleito” y Gossaín en cierto momento le exige respeto. Luego, como en las telenovelas, final feliz: Uribe ofrece disculpas cuando toca y acaba despidiéndose casi de beso.
Uno sale de esas entrevistas como de un “reality show”. Pero sin saber mucho más que al principio.
ESQUIRLAS. Colombia merece el Premio Nobel de surrealismo. Juzgando por sus palabras, así podría haber sido el gobierno de facto que intentó montar Juan Manuel Santos, otro ilustre “refundador de la patria”: ministro de Justicia, Salvatore Mancuso; ministro del Interior, ‘Tirofijo’; ministro de Cultura, Víctor Carranza; ministro de Hacienda, Álvaro Leyva; ministro del Trabajo, el presidente de la Andi; ministro de Educación, el ‘mono Jojoy’; director de Bienestar Familiar, monseñor Rubiano. Y presidiendo el tinglado, como salvador de Colombia, el doctor Juan Manuel. Pero no, me equivoco: antes de que sonara el himno, seguramente ya los habría traicionado a todos.