Cuéntenselo a mi mamá
A lo largo del último cuarto de siglo he venido escribiendo, año tras año y por estas mismas fechas, sobre el Día de la Madre.
No hay nada que no haya comentado sobre el particular: los regalos más adecuados para la ocasión, las madres olvidadas de la naturaleza (la madreselva, la duramadre, la madreperla, etc.), mis recuerdos del Día de la Madre en tiempos escolares, los riesgos del nombramiento de madre, la madre política, la madre probeta, la madre como entidad biológica, la madre como fenómeno filosófico, la madre como metaconcepto ontológico, la madre como paciente odontológico, las madres que se comportan como padres, los padres que se comportan como madres…
Alguna vez incluso intenté una defensa de la madrastra, y en varias oportunidades relaté historias conmovedoras de madres heroicas. Si no estoy mal, hasta dediqué una nota del Día de la Madre a exhortar la vida contemplativa de las madres religiosas, que no son madres sino monjas, pero lo mismo da.
Hoy, cuando corre raudo el año de 2007 y me siento liberado de todo compromiso por mi avanzada edad, mi menguada dignidad y mi precario gobierno, declaro de una vez por todas que odio el Día de la Madre y juro solemnemente que nunca más ¿óiganme bien: ¡nunca más!¿ volveré a celebrarlo, ni mucho menos
a escribir con motivo de esta fecha.
Cuéntenselo a mi mamá, para que sepa a qué atenerse. Durante 25 años he ocultado a mis lectores la dura verdad sobre el Día de la Madre.
Esto es, que se trata de una fecha postiza, cada vez más comercial y cada vez menos vinculada al corazón y más a la billetera. Si no estuvieran interesados los almacenes en vender mercancías, no habría Día de la Madre.
¿Ha existido, acaso, un hijo mejor que Nuestro Señor Jesucristo? No. Nunca. Y, sin embargo, él jamás celebró el Día de la Madre. Es más: si esta efeméride fuera la manera más indicada de demostrar el amor filial, habría sido más específico el cuarto mandamiento, como lo son, por ejemplo, el noveno o el décimo, aquellos que ordenan “no desearás a la mujer del prójimo” y “no codiciarás los bienes ajenos”.
En vez de disponer genéricamente que “honrarás a tus padres”, habría dicho: “honrarás a tus padres y celebrarás el Día de la Madre”. No lo dijo.
Por lo tanto, es mejor ignorarlo. Cuéntenselo a mi mamá, para que sepa a qué atenerse.
Examinen cómo se festeja la fecha de las madres, y verán que no se salva nada. Lo primero, los regalos. Mercantilismo puro. El hijo acude a un almacén atraído por la promoción especial que ofrece mantas de lana a mitad de precio para mamá; pasa el billete, gira el cheque o estira la tarjeta de crédito, y ya está: salió de la vieja. Le regalará una manta de lana barata aunque la mamá viva en Honda o La Dorada.
El asunto es desembarazarse de la obligación. Hace años, los niños regalaban a las mamás pendejaditas que fabricaban con sus propias manos: dibujos, poemas, una flor disecada…
Reconozcámoslo: eran gestos más cariñosos que comprar unas pantuflas por internet, pero resultaban un encarte. Era también costumbre que el hijo amoroso publicara un poema en el periódico. Las poesías filiales tenían la ventaja de que mejoraban los ingresos del diario. Pero se trataba, sin excepción, de versos espantosos, llorones, lobísimos, como todos los que se han escrito a las madres.
Y cuando no era el poema digno de sonrojar en público a la pobre dama, entonces eran las tarjetas con la clásica leyenda: “A mi madre adorada”. Tarjetas que se compraban en cualquier parte, y su tamaño y enjundia solo dependían del presupuesto del hijo, no de su cariño por la anciana.
Cuéntenselo a mi mamá, para que sepa a qué atenerse.
Como remate del festejo, los hijos se reunían en torno a un fastuoso almuerzo para agasajar a la madre. Mareada por el vino, la señora solía dormirse en su silla antes de los postres, mientras las nueras se lanzaban miradas de odio y los hijos empezaban a pelear por vainas de plata.
Todo esto ha hecho del Día de la Madre una fecha insoportable. Faltaba el valiente que lo gritara a los cuatro vientos, y ese valiente soy yo. Así lo digo y lo proclamo: nunca más esta horrible fecha.
Cuéntenselo a mi mamá, para que sepa a qué atenerse. Aunque sospecho que se reirá al leer esta proclama y me llamará para decirme: ¿ Le quedó muy simpática la columna, pero dígame qué me va a traer de regalo al almuerzo del Día de la Madre.