8th May 2007

La ropa sucia de los ‘antipatriotas’

¿Es un pecado contra Colombia criticar al Gobierno desde el exterior?

En agosto de 1955, el director de EL TIEMPO, Roberto García-Peña, publicó en un diario ecuatoriano una carta donde criticaba al gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla. La dictadura exigió a EL TIEMPO que difundiera una rectificación y, como este diario se negó, procedió a clausurarlo. Su argumento principal era que los ciudadanos no deben criticar en el exterior a sus gobernantes. Idéntica filosofía acogía un proyecto fascista de Constitución que intentó imponer Laureano Gómez hace medio siglo, y parece que hoy sigue viva en ciertas mentalidades autoritarias. Vimos cómo el presidente Uribe atacó a los parlamentarios colombianos que se entrevistaron con políticos y sindicalistas en Estados Unidos, episodio en el que recibió inmediato respaldo de sus escuderos. Fernando Londoño escribió que estos congresistas llevan el patriotismo como “flor marchita en el corazón” y María Isabel Rueda los regañó con el dedito parado: “El debate contra el TLC lo deberían dar aquí y no allá.” (En realidad, llevan meses dándolo en Colombia.)

¿Es antipatriota el colombiano que habla mal de su gobierno afuera? ¿Todo lavado de ropa política sucia ha de hacerse en casa? ¿Sería aceptable una ley que castigue a los nacionales por promover acciones legales contra el gobierno desde el exterior? A mi parecer las respuestas son, como en el bolero, no, no y no. Primero, porque “la patria” no es el gobierno. Segundo, porque el gobierno sí se mueve internacionalmente para conseguir sus propósitos. Y tercero porque hay ocasiones en que solo la acción externa es eficaz. Hace pocos días, por ejemplo, el congresista del Polo Democrático Gustavo Petro pidió en España el apoyo europeo para que una comisión de la Corte Penal Internacional vigile en Colombia el proceso contra los paramilitares, a fin de que resplandezca la verdad. No solo considero digna de apoyo esta iniciativa, sino que, lanzada un domingo en la plaza de mercado de Sotaquirá, no tendría ninguna posibilidad de salir adelante. Había que plantearla ante gente influyente en el seno de la Comunidad Europea, como lo hizo Petro.

Dos razones más para que nos acostumbremos a oír voces colombianas desde el exterior es que hay 4 millones de compatriotas en la diáspora. ¿Bonito que manden plata, pero feo que opinen? Por último, si la globalización es aceptable para que los grandes capitalistas compren empresas nacionales, no veo por qué no puede serlo para que los colombianos laven los trapos sucios donde encuentren mejor jabón.

Ecos del apagón

El último Cambalache (‘El día que los bobos quitaron la luz’) desató un indignado diluvio de cartas suscritas por ingenieros. Dicen en ellas que Interconexión Eléctrica S. A. tiene un récord de eficiencia extraordinario; que miles de empleados trabajan allí con mística para que los colombianos tengamos luz; que esta clase de apagones se producen en el mundo entero (citan estadísticas); que la empresa reconoció el error humano con valerosa transparencia; que un tropezón cualquiera da en la vida y no hay que caerle al caído; que insulté a los autores del error y a los directivos de ISA (lo que es verdad) e irrespeté a todos los empleados de la empresa y a la profesión de ingeniero (lo que es una exageración absurda). Señalo que utilicé el término en el sentido colombiano de cada día y en el del Diccionario: “Bobo: de corto entendimiento y capacidad”; pero lamento haberlo hecho, me disculpo por ello y lo retiro. Sigo creyendo, sin embargo, que los consumidores somos siempre el fusible más quemado en estos apagones y los mensajes de varios abogados me hacen pensar que la ley sí contempla la posibilidad de resarcir los daños causados por errores de entendimiento o capacidad.

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