El día que los bobos quitaron la luz
¿Cómo así que los ciudadanos no pueden reclamar por los daños del apagón?
Un apagón dejó sin luz a buena parte del país el jueves pasado. Ciudades enteras -Bogotá, por ejemplo- quedaron privadas del servicio eléctrico; millones de fábricas, oficinas y hogares viajaron de repente al siglo XVIII y sufrieron enormes daños y pérdidas por equipos fundidos.
El Gobierno, apenas se produjo el percance, temió que se debiera a un acto terrorista, y suspiró con alivio al aclararse que se trataba de una falla humana. Yo, en cambio, quedé mucho más preocupado. Me inquieta más saber que estamos permanentemente en manos de estúpidos, y no que somos ocasionales víctimas de atentados. La idiotez ha producido más desastres en el mundo que la maldad, y es por una sola razón: porque los malos a menudo son, además de malos, estúpidos. Una falla de seguridad se soluciona blindando los puntos críticos para que no penetren allí los criminales. En cambio, ninguna protección es suficiente contra los bobos, porque los bobos ya están adentro. Es más: con frecuencia son los que diseñan los sistemas de seguridad industrial.
Este parece ser el caso del apagón del jueves, el más grave que haya padecido este país en veinte años. La explicación oficial es que un ingeniero de ISA (Interconexión Eléctrica S. A.), que debería haber observado en Medellín cuatro etapas reglamentarias para una operación llamada ‘cambio de barras’, omitió uno de los cuatro pasos. Al hacerlo, se recargó una central en Bogotá y se vino abajo el sistema. Así de simple. El que se equivocó tenía diez años de experiencia, lo cual, lejos de consolarnos, nos aterra aún más. Y, para rematar, contó con la ayuda eficaz de otros tres funcionarios. Es bien sabido que un tonto es un peligro; pero cuatro tontos juntos constituyen una amenaza siniestra.
Esa amenaza se cumplió en el apagón. Pero cuando uno examina con más cuidado el episodio, descubre nuevos hechos. La Superintendencia de Servicios Públicos ha señalado que en el 2005 detectó y advirtió a ISA acerca de la flaqueza de sus sistemas de seguridad. ISA, sin embargo, no movió un dedo. O sea que no era cosa de un bobo, ni de cuatro bobos, sino de un completo equipo de bobos que, posiblemente, incluye a algunos altos directivos. Me pregunto si entre ellos no se encuentra el propio presidente de la entidad, quien salió muy gallito en la prensa a informar que “la legislación colombiana no establece compensación económica para los afectados”. Es decir, que los miles de ciudadanos que perdieron electrodomésticos, computadores y otros aparatos tendrán que quejarse al mono de la pila porque no piensan compensarles los daños y perjuicios sufridos.
Una de las características de los bobos es que creen que todos los demás también lo somos. Esto es, que las víctimas de la metida de pata de uno o más bobos de ISA no tienen derecho a quejarse y deberán resignarse a su suerte. Por bobos.
También discrepo de esta sentencia. Por eso invito a las entidades representantes de los consumidores a que se agrupen y exijan ante el poder judicial que los autores del estropicio respondan por él. Es posible hacer de este apagón un caso histórico en la defensa de los intereses de los ciudadanos. Hay que embadurnar de tutelas y demandas a los responsables, para que pongan la cara y la billetera. ¿Ustedes saben qué pasa si uno se niega a pagar la luz alegando que lo echaron del puesto por borracho, o se equivocó al invertir en un negocio fracasado? Que se la cortan. Ahí no cabe el ‘error humano’. Pues vamos a cobrar las cuentas con la misma moneda: que paguen las estupideces del apagón. Sí: que no crean que todos somos tan memos como quienes lo causaron.